El legado de Rutilio (3)

Rutilio en El Paisnal

Rutilio y la Semana Nacional de Pastoral, julio de 1970 (3)

3. La intervención de Rutilio ante el clero de la arquidiócesis

Después de haberse dirigido en privado a los obispos sin haber sido escuchado y una vez publicado el parecer de la conferencia episcopal, Rutilio se sintió obligado a contradecir a los obispos en la reunión mensual del clero de la arquidiócesis.
“En conciencia… no encuentro …nada contra la ortodoxia, ni contra la disciplina e instituciones eclesiásticas”, “a no ser que se las saque de contexto”.
A pesar de que había intentado comprender la reacción episcopal como “una natural reacción contra la radicalización de ciertos juicios valorativos”, la condena autoritaria no dejaba de ser una “lamentable” equivocación, porque no había error. En cualquier caso, el criterio último lo tenía la realidad de un pueblo oprimido, que interpelaba y exigía una palabra de salvación a la Iglesia. Esta, “puede seguir tranquilamente como hasta ahora en una calma y una falta de sentido crítico y sin discernimiento de espíritu”, pero no debía olvidar que había sido llamada a colocarse al lado de ese pueblo, “según la teología de Cristo encarnado, para redimirlo y llevarlo a la Resurrección”.
Contrario al parecer episcopal, la semana no había sido lamentable, ni triste, sino un reflejo veraz de la vida de la Iglesia, “ahí está como un hecho conflictivo que ha causado una crisis, en la que todos estamos implicados”. Pese a ello, ninguno debía perder de vista que Dios mismo había colocado a la Iglesia en la countura de crisis, “una auténtica gracia de Dios”, y un llamado apremiante a la conversión.
La  crisis era un signo de los tiempos, es decir, un indicio de que Dios pedía algo más, “porque ningún acontecimiento escapa a esta historia de salvación y Dios anda siempre por medio, aunque se nos haga difícil reconocerlo”. La crisis “es el camino de Dios y pasa por la mitad del corazón del hombre…Cristo pone al hombre en estado de crisis, que es el estado de salvación”.
“Toda la Biblia es una teología de la crisis: una reflexión teológica inspirada acerca de la tensión existencial radical del hombre ante Dios (dimensión vertical) y ante los demás hombres (dimensión horizontal). Dios va llevando a su pueblo hacia la conversión, de crisis en crisis, de caída en caída, de fe en fe”.
Por tanto, la crisis debía ser asumida sin “esconder la cabez debajo del ala como el avestruz ante el peligro. Una crisis está ahí como un tumor, hay que interiorizarla por la fe y hay que tratar de superarla”.
Una institución sin tensiones estaba muerta. Si la Iglesia estaba en crisis, era porque en ella había vida y espíritu. De momento las Conclusiones habían despertado la conciencia eclesial, “ya es tiempo que despertásemos de esta realidad dolorosa, ¡Demasiado tardábamos!” en recibir el Concilio.
Rutilio insistió ante el episcopado y ante el clero arquidiocesano que la transformación de la realidad empecatada era la “prioridad absoluta” de la misión eclesial. Todo apostolado por fidelidad a Jesucristo, debía orientarse a la salvación, esto es, a la liberación de la sociedad. La encarnación no permitía que la humanidad se encontrara con Dios al margen del encuentro consigo misma. Por lo tanto, la fe estaba condicionada por la estructura social.

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