La misión cristiana del siglo XXI 

Evangelización y poder, colonización religiosa.

 Por X. Pikaza  

El proceso de evangelización realizado por las iglesias y confesiones cristianas de la modernidad ha estado vinculado a los poderes coloniales y se ha ejercido, de manera considerable, a través de la política. Por eso se encuentra bastante viciado, a pesar de sus valores. Ese proceso había comenzado atrás (en la Edad Media), pero culminó con las conquistas hispanas de los siglos XVI y XVII y la colonización posterior de las potencias europeas, desde el siglo XVIII hasta mediados del XX. 

Aliados a conquistadores y colonizadores, los misioneros no pudieron llevar el puro evangelio, buena nueva de comunión universal, abierta de un modo gratuito a los más pobres (sin imposiciones culturales y sociales), sino que fueron a veces portadores de tipo de ideología político-religiosa, al servicio de las grandes potencias que les amparaban. 

            De esa manera, los misioneros corrieron el riesgo de tratar a los «indígenas» como menores de edad, carentes de cultura, ofreciéndoles un cristianismo protegido, como un sistema sagrado que se les imponía desde fuera, sin que ellos pudieran recrearlo libremente, desde sus propias culturas y situaciones sociales. Lógicamente, allí donde ha extendido su mensaje utilizando formas de poder social y político del mundo, la iglesia ha corrido el riesgo de volverse un elemento del mismo poder, vinculado a la intolerancia de los triunfadores. 

Colonización y evangelización. Jesús y los primeros cristianos propagaron el evangelio desde su misma experiencia de humanidad, de un modo gratuito, poniéndose en manos de los pueblos y las gentes a quienes ofrecían su palabra (cf. Mt 10 par). Pues bien, después de haberse aliado al poder, el cristianismo corrió el riesgo de emplearlo para defenderse y extenderse. Así lo hicieron los caballeros teutónicos en la Europa del Norte, los conquistadores hispanos en América y los colonizadores posteriores en África o Asia. La mayoría de los misioneros fueron personas de honradez intachable y realizaron una labor ingente, al servicio de los valores humanos. Pero de hecho su cruz se ha vinculado a la espada del conquistador o al poder administrativo del colonizador de turno, corriendo el riesgo de perder su valor evangélico. 

En general, ofreciendo su evangelio a unos pueblos que parecían cultural y políticamente menos desarrollados, la iglesia pensó que les hacía un bien: la conquista se justificaba porque permitía la evangelización (a pesar de los posibles daños que causara). Pero evangélicamente el fin no justifica los medios y una misión vinculada a la conquista resultaba en sí viciada. Es evidente que la conquista y colonización tuvieron raíces y fines no cristianos, de tipo económico y político, en línea de sistema, de manera que se hubieran realizado aunque no fuera por razones de evangelización. Pero de hecho, al promoverse bajo el patronazgo de los reyes de España y Portugal o la complicidad de los poderes coloniales de Inglaterra o Francia, la evangelización quedó muy viciada, de manera que el cristianismo apareció como una religión de poder, propia de la política y la ideología de occidente. 

   Hubo, sin duda, muchos rasgos buenos, misioneros admirables que entregaron su vida a favor de los pobres. Pero, en conjunto, aquella evangelización pudo volverse dictadura sacral ilustrada: los misioneros sabios actuaron como «padrecitos», dispuestos a ayudar bondadosamente a los «pobres» indígenas. Ese gesto pudo ser socialmente valioso, pero muchas veces resultó cristianamente negativo, contrario al signo de Jesús, que no se impuso sobre los demás por su poder más alto, y contrario a los valores y a la dignidad de los pueblos «indígenas», que eran y siguen siendo portadores de una cultura que la iglesia no ha tolerado o respetado totalmente. 

¿Nueva evangelización, más allá del poder?El tiempo de misión desde estructuras de poder ha terminado, de manera que ahora podemos volver a la raíz de la experiencia cristiana. Estamos en un momento bueno para que los portadores del evangelio puedan recuperar la experiencia que está al fondo de los relatos de misión de Jesús (cf. Mt 10 par), cuando nos dicen que envió a sus discípulos sin otro poder que su palabra y el don de su presencia humana (el don de curaciones). Les mando en desnudez radical, sin más poder que el poder de sus personas creyentes, para compartir la vida con aquellos que les acogieran, sin imponerles estructuras, ni dogmas o verdades hechas. 

El evangelio no tiene más autoridad que la nueva de Dios: el mensaje del Reino que se acerca, la vida que se expresa y despliega allí donde los hombres acogen, entregan y comparten su existencia, de un modo gratuito, en comunicación de amor, como nómadas de un tiempo que está lleno de Dios. Esa autoridad nos impulsa a ser y a decir lo que somos, ofreciendo a los demás nuestra experiencia, dialogando con ellos, sin pedirles ni imponerles nada. Desde ese fondo podemos hablar de una nueva voluntad de vida (=poder), pero no en el sentido que Nietzsche dio a esa palabra, sino desde una perspectiva de creatividad múltiple, abierta a la esperanza. Parece que muchos buscamos solamente poder y evasiones: estamos cansados, sin deseo de vivir. Pues bien, en contra de eso, la primera misión del evangelio consiste en hacernos capaces de recuperar la voluntad de vida, en pluralidad y comunión, en inspiración personal y respeto mutuo, de manera que podamos acoger y expandir gratuitamente la vida que hemos recibido. 

   A veces tenemos la impresión de que algunos eclesiásticos cristianos se encuentran agotados, como aplastados por el peso de la vida, de manera que no tienen más que teorías que ofrecer, dogmas hechos, organizaciones exteriores, construcciones. Pues bien, en contra de eso, el evangelio es deseo de vivir y don de vida, es gozo de nacer y de ser hijos de Dios, en amor mutuo.  

Estructuras y organizaciones vienen, si hace falta, en un segundo momento. El evangelio de Jesús es Presencia y deseo de Reino, es inspiración de Dios y comunión, es palabra de gratuidad y comunión, por encima de todos los sistemas sociales y políticos del mundo. Sobre esta base ha de asentarse la misión de la iglesia. 

Evangelio universal y sistema cultural de occidente. Han existido otros tipos de iglesia y cristianismo: uno judío o judeo-cristiano, otro siríaco muy importante hasta el final de la Edad Media, otro copto y etíope… Pero han quedado marginados a lo largo de la historia, de tal forma que sólo han triunfado y se han impuesto dos muy vinculados: el greco-bizantino de oriente y el latino de occidente (dividido después por la Reforma protestante). Prescindimos aquí, en general, del cristianismo ortodoxo-bizantino; dejamos también algo al margen la tradición protestante y nos fijamos, de un modo más estricto, en el cristianismo de la iglesia occidental católica, muy vinculada a la tradición latina y al sistema político y social de la modernidad. 

            Este cristianismo ha corrido el riesgo de asumir los valores y riesgos la cultura occidental, que ha sido muy creadora, pero que puede volverse y se ha vuelto también destructora, como venimos destacando. Desde ese fondo queremos evocar los riesgos y exigencias de ese pacto del cristianismo católico con la cultura de occidente, para indicar después la necesidad de suscitar un nuevo paradigma de iglesia universal. 

Riesgo de un evangelio occidental e intolerancia del sistema. El despliegue del sistema capitalista, que ha desembocado en el neo-liberalismo actual, se ha realizado teóricamente con la oposición oficial de la iglesia católica (que hasta el Vaticano II condenaba los «derechos humanos»), pero, de hecho, en su conjunto el cristianismo ha pactado y sigue pactando con ese sistema intolerante y portador de muerte. En ese sentido, son muchos los que afirman que el cristianismo se cierra en occidente y que su ciclo de expansión e incluso de existencia ha terminado, sea por secularización (están disminuyendo los cristianos explícitos) sea por rechazo de contra las injusticias del sistema (que se convierte en rechazo del mismo cristianismo). 

Esta afirmación debe, sin duda, matizarse. Contra el sistema se vienen oponiendo, desde antiguo, muchos movimientos de inspiración cristiana, cercanos antaño al socialismo y ahora más abiertos a un tipo de humanismo espiritual. En este contexto podemos citar la teología de la liberación y el mismo magisterio social del Papa Juan Pablo II. 

Sin embargo, en su conjunto, las grandes iglesias parecen inmersas en el sistema occidental, vinculado a la filosofía griega, a la organización romana y, de un modo especial, a la política social y económica del mundo occidental. La cuestión resulta compleja y no pueden trazarse soluciones simplistas. Pero es evidente que el sistema ha brotado en un contexto cristiano (alguien diría judeo-cristiano) y que las iglesias no han opuesto la resistencia que hubiera sido deseable, de manera que, al menos en parte, ellas son responsables de su intolerancia y prepotencia. 

    Ciertamente, existe tolerancia externa: Por primera vez en la historia, el sistema de occidente ha proclamado y quiere defender la libertad formal (religiosa, cultural) de todos, oponiéndose a la visión de las sociedades antiguas (donde la religión se entendía como signo de pertenencia social) y a un tipo de marxismo comunista (que creyó que debía oponerse a las religiones para conseguir la verdadera libertad y justicia humana). Esa tolerancia externa del sistema resulta en sí muy positiva, pues ratifica la libertad de conciencia de los hombres. Pero corre el riesgo de convertirse en una trampa: permite el despliegue de lo religioso, pero como sentimiento privado, de manera que el conjunto de la sociedad, aparentemente libre, corre el riesgo de caer bajo la opresión del sistema. Esa libertad religiosa puede convertirse en una estrategia de inmunización: se la deja libre porque no hace daño (para que no haga daño), mientras la vida social actúa y se despliega según otros principios de lucha y competitividad. 

Una iglesia que no sea ya occidental, creatividad cristiana. Buscamos una iglesia o, mejor aún, un conjunto de iglesias dialogantesque no estén vinculadas a los poderes fácticos de nuestra sociedad (que ha tenido valores admirables, pero que de hecho es portadora de violencia y muerte sobre el mundo). Necesitamos iglesias que se abran y que ofrezcan en todas las naciones su signo de evangelio; unas iglesias con identidad, capaces de abrir un surco de evangelio o buena nueva para los nómadas del tiempo, en estas circunstancias difíciles de cambio radical del paradigma humano. 

El surgimiento de tales iglesias no se puede planear (en la línea de los planes políticos o económicos), pues los valores de evangelio no son algo que pueda medirse, programarse y, al fin, evaluarse con métodos de ciencia. La expansión de la iglesia no se mide en números, ni se valora por el capital de sus organizaciones, sino al contrario: donde la organización crece y triunfa puede desparecer y destruirse la iglesia de Jesús. Apelamos, según eso, a una creatividad cristiana, que sólo puede interpretarse en términos de Espíritu Santo, es decir, de multiplicidad de vida, riqueza de dones y encuentro gratuito entre los hombres. 

   En este contexto resulta secundario (y en el fondo ya obsoleto) el sistema latino de la iglesia occidental y la administración de Curia Vaticana que quiere imponer en todas partes un mismo modelo de jerarquía y pensamiento unificado. La nueva misión del evangelio ya no podrá llamarse occidental ni oriental (aunque en cada pueblo o cultura reciba sus rasgos). Esa misión será simplemente evangélica: brotará de la experiencia de la gracia de Jesús y se expresará en términos de diálogo de amor, sin más condiciones ni tareas que el puro amor gratuito. 

   Hemos vivido por siglos en una situación de evangelio “custodiado”, bajo la protección de jerarcas y patronos encargados de decirnos lo que debíamos que hacer, de manera que la pobre y simple gente no ha tenido capacidad de pensar y vivir el evangelio como algo propio, sin pedir permisos a nadie para hacerlo. En ese contexto, el ser cristiano era un signo de sometimiento, pero no de sometimiento creador al Dios de la libertad, sino de sumisión a unos esquemas eclesiales. 

   Pues bien, hoy podemos encontrarnos ante un tiempo privilegiado de surgimiento eclesial, en clave de evangelio. La caída de formas y estructuras anteriores nos permite abrir el mensaje de Jesús en todas direcciones, de manera que los creyentes de cada cultura y lugar lo puedan expresar como ellos quieran, creando su propia iglesia, en diálogo con los cristianos de otras iglesias y culturas. Se había dicho que la religión se está acabando, pero eso resulta muy dudoso: lo que cae y acaba es un tipo de religión dirigida y marcada desde fuera, por los dirigentes de las grandes estructuras eclesiales, que siguen trazando sus planes, pensando que cumplen una función imprescindible, sin darse cuenta de que han perdido el contacto con la realidad, de manera sus instituciones se encuentran vacías. 

   Esta es, sin duda, una situación de gran riesgo, pues son muchos los hombres y mujeres que parecen abandonados a su propia búsqueda, sin la ayuda de instituciones avaladas por la experiencia de siglos. Pero esta es, al mismo tiempo, es una situación llena de posibilidades creadoras, siempre que dejemos que el Espíritu del evangelio actúe (nos inspire), vinculándonos en comunión unos con otros. Ciertamente, el tiempo es difícil para miles y millones de personas ricas de las nuevas generaciones de occidente, que se encuentran perplejas ante la serie casi infinita de ofertas que presentan los medios de comunicación, las facilidades del sistema. Es tiempo todavía más difícil para millones y miles de millones de personas pobres, incapaces de introducirse de manera creadora en el nuevo orden social, por marginación, pobreza o falta de posibilidades. Pero este puede y debe ser un tiempo bueno para el conjunto de los hombres y mujeres de la tierra desde el evangelio. 

   En este contexto es necesario que la iglesia vuelva a lo esencial, a la Presencia del Espíritu de Dios (Inspiración) y a la experiencia del encuentro inmediato entre creyentes, en gesto de comunicación gozosa, sin exclusivismo sectarios, ni condenaciones de ninguna especie. La iglesia está formada por ese mismo encuentro directo de los hombres y mujeres que se sienten vinculados por Jesús y que recrean, desde ellos mismos, sin jerarquías exteriores, los signos fundamentales del evangelio: el bautismo como nuevo nacimiento, la eucaristía como unión mesiánica con Cristo en la comida compartida. 

              Ante esta urgencia y riqueza de creatividad, resultan secundarios los signos más externos de la iglesia occidental: un tipo de estructuras jerárquicas fijadas de antemano, unos dogmas formulados en clave helenista, un tipo de poder social… Sólo habrá iglesia si podemos volver a la experiencia de Jesús, para recuperar desde ella la gran riqueza de los valores mesiánicos (carismas) y la experiencia de una comunicación personal, de una experiencia de la vida compartida. Eso significa que debemos encontrar o inventar la nueva forma de vinculación cristiana, que no esté la marcada por la jerarquía sacral, la filosofía dogmática y la política imperialista de occidente. 

            Ciertamente, será necesario que vayamos desmontando muchos elementos de nuestra iglesia tradicional. Pero lo que importa no es desmontar en sí, sino recrear el mensaje del evangelio, desde la experiencia de las propias comunidades de discípulos de Jesús, reunidos en diversos lugares del mundo. La iglesia real es la formada por cada comunidad de seguidores que se reúnen en amor, recordando a Jesús y contando de nuevo sus palabras. Pero cada iglesia debe mantenerse en comunión con todas las restantes iglesias, en esperanza de resurrección. 

Comunicación racional, comunión religiosa: nómadas del tiempo. El centro del cristianismo es una experiencia de encarnación: Dios mismo se ha introducido por Jesús en el despliegue de la vida y en la carne de la historia, de manera que su Realidad se hace Presencia fuerte en la frágil realidad de los nómadas del tiempo, que somos los hombres. El Dios a quien los filósofos llaman Inmortal asume así la peregrinación de los mortales, indicando de esa forma que la muerte es una experiencia pascual, lugar privilegiado del despliegue compartido de la Vida. 

            Por eso, el centro de identidad cristiana no es la expectación mesiánica des futuro (como supone cierto judaísmo), ni la experiencia de una soberanía absoluta del Dios siempre trascendente (como añade cierto Islam), sino la marcha o peregrinación de los hombres, enriquecidos por los dones de Dios, que no son puros nómadas perdidos en un tiempo de muerte (que nunca alcanza plenitud), sino presencia encarnada de Dios que se hace tiempo para que en él podamos caminar los hombres. Según eso, la Historia de Dios es nuestra historia y su Camino viene a revelarse como el nuestro. Desde este fondo queremos expresar los riesgos y valores de la comunicación racional y de la comunión religiosa, vistas como caras de una misma identidad humana. 

 B Las razones de la iglesia, una iglesia más allá de las razones. La comunidad cristiana es heredera del camino israelita, asumido y universalizado por Jesús, desde su opción a favor de los pobres y excluidos y desde la experiencia pascual de sus primeros seguidores. Entendida así, ella es vivero del Espíritu, un camino o mapa escatológico que marca unas direcciones o mojones en línea de Reino. Muchos de los discípulos de Jesús pensaron, en un primer momento, que el tiempo de su travesía mesiánica sería cronológicamente muy breve. Pero luego, por la misma tensión de la historia (por el “retraso” de la parusía), fueron advirtiendo que esa «brevedad» escatológica debía interpretarse en otra perspectiva y así se dispusieron para recorrer un camino más largo. 

De esa manera, para instalarse nuevamente en el tiempo, desde el mismo fondo de su experiencia escatológica, la iglesia ha debido pactar y ha pactado con los grandes poderes históricos, especialmente con la sacralidad judía, el pensamiento griego y el orden romano, construyendo un edificio admirable de racionalidad human (sagrada, conceptual y jurídica) en línea de sistema. Ese pacto resultaba necesario y debemos aceptarlo con admiración, pues nos ha permitido ser lo que somos; pero ahora, concluido un ciclo cultural y eclesial que ha estado definido por instituciones y estructuras sociales de occidente (buenas, pero muy parciales y peligrosas en línea de sistema), debemos volver al origen, para recuperar y recrear desde nuestro tiempo la radicalidad escatológica del evangelio. Aquel pacto había sido necesario, pero hemos corrido el riesgo de confundir lo esencial del evangelio con lo accidental de unas estructuras cambiantes de la historia de occidente. 

   La iglesia ha desarrollado muchas «razones» buenas, viniendo a presentarse como institución bien organizada, en sentido sacral, social y espiritual. Pero, en otras circunstancias, acabado un ciclo histórico, casi todas aquellas razones han perdido su sentido y no responden más a las preguntas que plantean hoy los hombres, ni reflejan la tensión del evangelio. Ahora, cambiadas las preguntas e inútiles muchas razones y respuestas que antaño nos parecieron pertinentes, tenemos que volver a la radicalidad del evangelio de la gracia. 

Signo y presencia de gracia, superar el sistema político-económico de poder. No se trata de negar el pasado de la iglesia, pues de su seno nacimos y en él nos hallamos insertos, sino de recrearlo desde nuestra fidelidad al evangelio. Venimos de una historia de glorias y errores, de grandeza y pequeñeces, que han servido de cauce al evangelio y así debemos admitirlo, a no ser que queramos negarnos a nosotros mismos. Sólo se asume de verdad la historia al superarla, no para convertirla en objeto de museo (una curiosidad que miramos desde fuera), sino para recrear de otra manera lo que ella había creado, a partir del evangelio. 

Recrear la historia significa estar dispuestos a reconocer lo pasado, sin querer eternizarlo. No podemos entrar en el futuro con el lastre de aquello que ya ha terminado, manteniendo las instituciones sin cambiarlas. No podemos exportar a los demás lugares de la tierra nuestra iglesia occidental, con su filosofía y su derecho, su organización y sus estilos de liturgia, pues con ello confundimos la esencia con las formas exteriores, la comunión con una imposición social, el agua de la vida y el pan del alimento compartido de Jesús con una ceremonia externa, la libertad creadora del Reino con la uniformidad de unas instituciones pasajeras y parciales. 

   No podemos exportar nuestra iglesia, ni imponerla en otros tiempos y lugares, pues son ellos, los hombres de esos tiempos y lugares, quienes han de hacerlo. Pero podemos y debemos ofrecer a las próximas generaciones (y a todos los pueblos de la tierra) nuestra experiencia original de gracia, que se funda en el mensaje-vida de Jesús, que cada pueblo debe acoger de una manera libre, creadora. Sólo así podemos superar los riesgos del sistema, que pretende imponer su fuerza en todas partes, no por simple estrategia, sino por exigencia de nuestra identidad cristiana, asumiendo de nuevo la experiencia del éxodo israelita y la gracia salvadora de la muerte de Jesús, que es Presencia de Dios en nuestra historia. Salir y morir para vivir, desde el poder de Vida que es Dios: esa es la vocación del evangelio. 

   Para nosotros, privilegiados de la cultura occidental, es fácil criticar el sistema, pero aprovechando sus ventajas; es fácil condenarlo, pero estando dentro. Lo importante y difícil es salir, como hicieron los israelitas de Egipto, lo importante es dejarse matar como Jesús, no por negatividad, ni por simple inconsciencia o «amor al destino», sino por confianza en el Dios de la gracia. Pues bien, estoy convencido de que ha llegado para la iglesia cristiana la hora de la ruptura, la hora de abandonar un sistema de seguridades racionales, para confiar de manera radical en la Presencia radical del Dios de Jesús, en la cons-piración dialogal de su Espíritu. Sólo así podremos ser de verdad los nómadas creadores del evangelio, recreados por el amor de Dios (su propio ser) en el tiempo de la pascua. 

Conclusión. Portadores de la travesía cristiana. Al final de este recorrido teórico queda abierto el tema práctico de quienes pueden ser los pro-motores de esta navegación monoteísta a través del tiempo de Dios (que es el tiempo humano). Este no ha sido un simple periplo, en que al final volvemos al principio (como Ulises), ni un crucero de placer, que nos permite ver islas y costas desde un barco de lujo resguardado. Nosotros mismos somos barco y pasajeros de esa travesía en que vivimos y nos realizamos (o morimos); sólo en ella podemos existir y así queremos que sea creadora y tolerante, capaz de ofrecer también a otros, en este fuerte tiempo de paroxismo y crisis del sistema, unos espacios de diálogo, en respeto mutuo y tolerancia gozosa, contagiosa. 

            Ya no queremos convertir a los «infieles», ni extender las instituciones actuales de la iglesia sobre el orbe de la tierra (como si tuviéramos respuesta para todos los problemas), sino ofrecer el testimonio del Reino, con una palabra narrativa y no demostrativa, con un ejemplo de solidaridad fraterna y fiesta pascual, que nos reúne en forma de comunión a los diversos grupos de cristianos. Queremos ofrecer el gran tesoro de Jesús y hemos de hacerlo de manera humilde y generosa, pues tesoro que se impone acaba siendo obligación y verdad que se demuestra se vuelve banalidad o dictadura mediática. En este contexto podemos y debemos ofrecer un testimonio misionero activo, asumiendo, sin duda, las estructuras del orden eclesial, pero desbordándolas de forma generosa. 

 Riesgo de un cristianismo dirigido. Misión desde el sistema. En estos últimos decenios ha culminado en la iglesia católica un proceso en el que destacaban, como venimos indicando, los rasgos de organización sacral y verdad ontológica. Ciertamente, ella ha ofrecido valores excelente, de manera que ha podido presentarse como «Madre y Maestra» de la humanidad. Pues bien, esos mismos valores se han vuelto ahora un riesgo: ella se ha extendido por el mundo como si tuviera las respuestas ya sabidas, como si pudiera organizar y dar lecciones a los hombres y mujeres de todas las culturas, imponiendo en el conjunto de la tierra una misma moral y liturgia, una teología y organización clerical, que deriva de la tradición latina más que de la experiencia del evangelio. Pero el tiempo de esas buenas lecciones ha pasado. 

Ciertamente, la iglesia ha realizado con estas estructuras ya pasadas una labor admirable de globalización, de manera que ha podido decirse que ha sido el primer sistema mundial, en plano de derecho y administración sagrada. Pero ese mismo triunfo en línea de sistema se ha vuelto una gran debilidad: la iglesia ha corrido el riesgo de entender la unidad como uniformidad, la comunión en Cristo como imposición sagrada, como una dictadura donde todo se impone desde arriba, sin que los individuos y las comunidades puedan expresar el evangelio de manera creadora, a partir de sus propias opciones culturales y sociales. 

   Estoy convencido de que el tiempo del buen sistema clerical, donde se dictan y resuelven los problemas desde un centro que pretende hallarse en comunicación directa con el Espíritu de Cristo, ha terminado, no porque fuera falso, sino porque ha tocado fondo y su cauce de agua se halla seco. Ese sistema no sirve ya para animar y organizar la travesía de esos nómadas del tiempo que somos los humanos. Ciertamente, pervivirá por una etapa, quizá de decenios (¿de siglos?), pero sin sabia interior y sin agua verdadera. La corriente del evangelio discurre por otros cauces de libertad y comunicación, de diversidad y diálogo en los que todos se sientan y sepan creadores. 

 B Camino católico, comunión de nómadas del tiempo. Lo que importa no es la pura tolerancia externa, pues ella puede nacer de la falta de interés o creatividad (como la paz de un cementerio) o volverse al fin intolerante, pues abandona a cada uno de los miembros del grupo en manos de sus posibles carencias o necesidades. Una tolerancia sin solidaridad y comunicación personal acaba siendo experiencia de muerte. Por eso, lo que importa de verdad es la capacidad creadora de vida: que los hombres y mujeres puedan descubrirse enriquecidos por el don de Dios (por su Presencia), de manera que lo expandan y compartan, abriendo un camino de humanidad, en este tiempo amenazado por la muerte. 

El viejo paradigma de un cristianismo sacral, bien centrado en su verdad dogmática y dirigido por una jerarquía que se presentaba como signo del Cristo de la gloria ha sido hermoso, pero ha terminado. Por eso, la estructura actual de la iglesia católica, que culmina en la pirámide de la jerarquía, no parece la más adecuada para expresar la experiencia de Jesús y expandir una forma de vida en comunión y tolerancia. No es que esa haya sido falsa o que carezca de valores. Lo que pasa es que parece que ha perdido la capacidad de anunciar el Reino de Jesús, desde la nueva situación de la historia. Ella puede y debe seguir realizando su función por un tiempo, pero las aguas de la vida y del evangelio van por otros cauces. Por eso resultan necesarios y están surgiendo (quizá han surgido ya), unos nuevos paradigmas de comunicación y fe cristiana. 

    No se trata de un pequeño cambio en la burocracia del sistema, de reemplazar los posibles malos funcionarios por otros mejores o de anunciar un tercer Concilio Vaticano, sino de algo mucho más hondo, de una ruptura interior, por desbordamiento de vida, pues las mismas «ovejas», que parecían incapaces de encontrar por sí mismas el camino, han conocido al Pastor Jesús y dialogan con él de un modo personal, como amigo con amigo (cf. Jn 10, 14; 15, 15), encontrando así el camino. El paradójico rebaño de los nómadas del tiempo se ha vuelto comunión de personas libres, capaces de dialogar, abriendo su diálogo de amor todos los restantes «rebaños» u ovejas de la historia. 

   No se trata, por tanto, de trazar nuevas instituciones, que el tiempo borrará muy pronto, para que los nómadas del tiempo vuelen juntos, sino de dejar que ellos mismos vayan trazando sus propias conexiones, que no serán ya genes de un genoma, ni redes de un sistema, sino palabras de comunión en la que unos transmiten a otros la vida, desbordando los diques de la muerte. Sólo así podrán surgir instituciones que sean testimonio de la creatividad cristiana, portadoras de diálogo en tolerancia, de creatividad en comunión, en un camino donde todos puedan dialogar con todos, superando las mediaciones impositivas de un sistema de jerárquicas establecidas. 

   Todos los cristianos pueden y deben descubrirse portadores de la misma Vida de en Cristo, ministros mesiánicos del Espíritu de Dios. No podemos fijar de antemano las formas de la nueva institución eclesial de los peregrinos cristianos del tiempo, pero sabemos que ellas deben ser recreadas desde el cimiento de la Pascua de Jesús, de forma que ellas mismas sean signo y presencia de una gracia abierta a todos los hombres, en esperanza de resurrección. 

             Estos son los momentos fundamentales de mi diagnóstico cristiano, desde la perspectiva del monoteísmo, en diálogo con el evangelio y los signos de este tiempo de amenaza de sistema y de esperanza de Reino en que vivimos. Este ha sido un diagnóstico de sombras y luces, pero pienso que dominan las luces de esperanza.             

En un determinado nivel, ha triunfado una iglesia que tiende a edificarse a sí misma en forma de sistema, pero su mismo triunfo constituye su derrota, pues allí donde el sistema parece más perfecto resulta más grande su riesgo y su ruina más cercana. Son muchos los que piensan que la iglesia-sistema se ha vuelto intolerante o vacía, como una superestructura organizativa ideológica que administra unos bienes espirituales que han perdido su sentido. Pero en el fondo de esa estructura, como poder que transforma y llena esa vacío, puede y debe revelarse el Espíritu de Cristo, en conspiración plural de Vida. 

Pues bien, más allá de esa iglesia-sistema, que corre el riesgo de volverse prostituta de los poderes del mundo (como ya sabía la tradición cristiana antigua), se eleva y triunfa una iglesia que es libre en Jesús, una iglesia que se funda en la gracia pascual y se expresa en forma de gozo creador y comunicación gratuita, abierta a todos los hombres y mujeres de la tierra. Esta es la iglesia donde los nómadas del tiempo pueden convertirse en liberados en el tiempo, compañeros y amigos, pues no tienen miedo de morir en el camino (pues su camino es ya pascua). 

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