La 1ª Asamblea Eclesial de A.L. y el C.

Primera Asamblea de la Iglesia de América Latina y el Caribe: habla, Pueblo, habla 

Del 21 al 28 de noviembre, México se convierte en sede de este foro inédito donde 1.000 clérigos, consagrados y laicos abordarán los retos de la evangelización en el continente 

“Junto al Pueblo de Dios. Que esta Asamblea Eclesial no sea una élite separada del Santo Pueblo de Dios. No se olviden que todos somos parte del Pueblo de Dios”. Así cinceló el papa Francisco el camino para la celebración de la Primera Asamblea Eclesial, un evento inédito que, desde las entrañas de la Iglesia de América Latina y el Caribe, emergió de esos chispazos providenciales que han caracterizado su pontificado. 

Vale decir que es hija de Aparecida (2007), como refrenda Miguel Cabrejos, arzobispo de Trujillo (Perú) y presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM): “Tiene su origen en un deseo de los obispos, cuando propusimos celebrar una sexta Asamblea General del Episcopado”. No obstante, Jorge Mario Bergoglio zanjó el asunto y, de manera salomónica, propuso: “Todavía hay muchos desafíos de Aparecida que no se cumplen, hagamos un espacio más abierto”. 

México será la sede de la Asamblea Eclesial, entre el 21 y el 28 de noviembre de 2021. Allí, a los pies de la Virgen de Guadalupe, patrona de América Latina, mil asambleístas reflexionarán sobre los nuevos caminos de la Iglesia a partir del Documento para el discernimiento, un insumo surgido al calor de más de 70.000 testimonios de delegados recogidos en la fase de escucha. 

Hay un claro objetivo durante y después de este encuentro: hacer pedagogía sobre una sinodalidad aún desconocida por muchos fieles, temida por quienes prefieren hacer tienda aparte para mantener estructuras y esperanzadora para quienes sueñan con una Iglesia de puertas abiertas. Todo luce muy bien sobre el papel y, precisamente, este espacio permitirá ver los parches para mejorar la experiencia del camino del Sínodo sobre la sinodalidad. 

Distribución 

Sobre esta base, el empeño desde el CELAM es que la Asamblea no derive en un diálogo de intelectuales o de aristocracia religiosa. Por eso, los participantes se distribuyen así: un 20% de obispos, un 20% para la vida religiosa, un 20% procedente del clero y un 40% del laicado, del cual el 10% corresponde a lo que se puede denominar como periferias. Pero, ¿cómo lograr que tomen de verdad la palabra los hombres y mujeres que viven o trabajan en las fronteras del descarte? 

Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo (Argentina) y secretario general del CELAM, explica a Vida Nueva que hay dos líneas. “Por un lado, tener presente en la Asamblea estas realidades para escucharlas de forma directa. Ya han participado en el proceso de escucha, así que en esto hay también un trabajo previo y esperamos su mirada como un aporte. En segundo lugar, no queremos que haya una voz clerical más fuerte que la voz laical, pero tampoco caer en escuchar a un sector de modo preferencial, en lugar del otro. La idea es que sean tan asambleístas unos como otros”. 

Voz de los sin voz 

“Somos un pueblo que camina y juntos caminando podremos alcanzar / otra ciudad que no se acaba sin penas ni tristezas ciudad de eternidad”. Así corea Elvy Monzant, secretario ejecutivo de la red de migración, trata y refugio Clamor, otro de los asambleístas que estará en México en representación de las organizaciones eclesiales encargadas de la movilidad humana de toda América Latina y el Caribe. Este laico venezolano, cuando fue secretario ejecutivo del Departamento de Justicia y Solidaridad del CELAM, animó la creación de Clamor en 2016, como entidad encargada de materializar los cuatro verbos del papa Francisco: acoger, proteger, promover e integrar. 

Por eso, al seno de la Asamblea llevará las voces de esos migrantes, refugiados y víctimas de la trata “como discípulos misioneros”, para reivindicar su papel en la Iglesia, porque “es nuestra responsabilidad poder garantizar que las voces de las víctimas de la cultura del descarte, de esas víctimas de quienes se empeñan en levantar muros que excluyen, puedan ser escuchadas y poder animar a la Iglesia a comprometerse con la cultura del encuentro”. 

Venanzio Mwangi Munyuri, misionero de la Consolata oriundo de Kenia, lleva 18 años en Colombia. Es uno de los asambleístas que estará presente en México. En Cali, la capital del departamento de Valle del Cauca, dirige la pastoral afrocolombiana y se desempeña allí como delegado arzobispal. Desde 2015, forma parte del Secretariado de la Pastoral Afroamericana y del Caribe, que, junto al CELAM, vela por el acompañamiento eclesial de los afrodescendientes en el continente. Será portavoz de estas periferias, marcadas por el duro peso de la exclusión. 

Deseo del Espíritu 

Para el sacerdote africano, “este es el espacio donde tenemos el gran desafío de aportar desde lo que somos al sueño eclesial; no solo desde el pueblo negro, sino para toda América Latina y el Caribe”. “Que sea el Espíritu Santo el que nos ilumine para que no sea nuestro deseo, sino el del Espíritu Santo que nos guíe en este proceso, que tiene como fin último vivir auténticamente la catolicidad; no como espectadores, sino como partícipes del cuerpo místico de Cristo, nuestro Salvador”, confía. 

En el corazón de la Amazonía brasileña, Laura Vicuña, religiosa de las Catequistas Franciscanas y asambleísta por los pueblos indígenas, toma la palabra: “Nací y crecí en comunidades eclesiales de base, donde la vida y la acción evangelizadora de las comunidades articulan fe y vida”. Está preparando todo para viajar a México. Piensa que “la Iglesia es un pueblo que se organiza, pueblo oprimido que busca la liberación en Jesús, por ello debe estar dinamizado por mujeres que aseguren que la comunidad se mantenga firme y no se desanime en el camino”. 

Por su parte, Delio Siticonatzi, con un bagaje de experiencias en el Sínodo amazónico, se prepara también como asambleísta. Este líder indígena asháninka, docente y asesor del Papa, sueña con una Iglesia que “siga acompañando a las comunidades amazónicas, formadora desde lo cultural, que trabaje con personas para la defensa de su territorio”. Es una tarea impostergable y que demanda tiempo. Todo radica en la formación. Sus seis años en la docencia avalan esta petición, pues de “nada vale hablar de sueños en la Amazonía, si no se dan pasos concretos. El papel lo aguanta todo”, lamenta. 

Con los descartados 

En cuanto a esos colectivos a los que muchos no se acercan (homosexuales, habitantes de calle, drogadictos, prostitutas, reclusos…), Miriam González conoce sus pesares. No en vano, es coordinadora de la Escuela de Formación Latinoamericana de la CVX, la instancia laical de los jesuitas. Esta laica paraguaya, desde muy joven peregrina con los descartados, sueña así con una Iglesia “abierta donde quepamos todos y podamos compartir todo con todos, como lo hizo Jesús. Una Iglesia que se embarra, que se compromete con el más pequeño, que sea signo de contradicción y no tenga miedo, ya que su fuerza proviene del mismo Dios, sabiendo que Él está presente en la historia de cada ser humano y se encarna en su realidad”. 

En cuanto a su papel como asambleísta, comenta: “Me preparo con la oración, en discernimiento, conociendo el documento síntesis. Agradezco ser testigo de este momento histórico de la Iglesia y deseo apertura al Espíritu para cada asambleísta”. La CVX, presente en 17 países de América, participó activamente en la fase de escucha; por ende, “estamos llamados volver a aprender a leer la historia con los ojos de Jesús, salir de la zona de confort, ser portadores de esperanza con la alegría de sentir al Dios vivo”. 

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