El legado de Rutilio (5)

 

Fiesta del Divino Salvador del Mundo

 En medio de aquella polémica sobre la misión de la Iglesia y la manera más adecuada de llevar una pastoral comprometida con los obreros y campesinos, Rutilio tuvo otra actuación pública a nivel eclesial en la Fiesta Patronal del Divino Salvador del Mundo, en la cual de nuevo y claramente expresó sus ideas delante de la Jerarquía eclesiástica, el Gobierno de la República y el pueblo. Rutilio era el maestro de ceremonias y también el encargado de hacer la homilía: Rutilio se preguntó por la situación del hombre salvadoreño. ¿Está transfigurado el hombre salvadoreño? ¿está transfigurada la inmensa mayoría del pueblo salvadoreño, nuestro campesinado? ¿Está transfigurada esa minoría que tiene en sus manos los medios económicos, el poder de decisión, el control de la prensa y de todos los medios de comunicación?

Rutilio contestó con dolorosas confesiones: muchos bautizados en nuestro país no han comulgado todavía con los postulados del Evangelio, los cuales exigen una transfiguración total: sus mentes y sus corazones no han sido transfigurados. Han construido un dique de egoísmo al Mensaje de Jesús Salvador.

Las mayorías, los campesinos, tampoco estaban transfigurados. Citando a Pablo VI en la Populorum Progressio, dijo que los campesinos iban adquiriendo conciencia de su miseria no merecida, a lo cual se añadía el “escándalo de las disparidades hirientes” no solamente en el goce de los bienes, sino todavía más en el ejercicio del poder.

¿Por qué esta necesidad de transfiguración personal y social?, preguntó Rutilio. Porque el bautismo es un compromiso sagrado y exigente. Ser bautizado es estar de lleno centrado en los cauces del Evangelio de Jesús hasta sus últimas consecuencias. En definitiva, es entrar en un proceso de cambio de actitud frente a la vida, el mundo, los valores y Dios.

El slogan de Jesús había sido: “cambien de actitud”. La palabra de Dios es lo que da sentido, vigor, dinamismo a toda existencia cristiana, situándola en medio de los acontecimientos de la vida con la “brújula de la Palabra de Dios en nuestra inteligencia y en nuestro corazón”. Y aquí esta precisamente la capacidad de hacer una revolución netamente cristiana purificando dicha palabra de todo sentido abusivo, peyorativo y exclusivo, especificó Rutilio, para que no se le malinterpretara. Una revolución cristiana basada en las esencias del Evangelio, cuya médula es el amor y que no excluía a nadie.

Jesús fue el libertador que se identificó y fue a la muerte por nosotros. Dijo y vivió siempre de acuerdo a la verdad. Es el prototipo del líder auténtico: detectó la problemática de la humanidad, se metió de lleno en ella por la encarnación y aceptó el último reto, la muerte. Y al expirar, mientras inclinaba su cabeza, muribundo, exclamó, en un triunfo de transfiguración: “Todo está consumado”. Y en ese momento, todas las miradas de todos los hombres de todos los tiempos quedaron fijas en él. Su muerte fue un paso para la transfiguración total de la resurrección. Transfiguración y resurrección son equivalentes en la teología del Evangelio y constituyen el acontecimiento que siempre congrega en el altar en torno a la Eucaristía.

De este modo Cristo se convirtió en nuestro liberador. El es el liberador de todo hombre, del hombre integral. “Esta transfiguración del hombre, conquistada, pregonada y exigida por Cristo a sus seguidores tiene su punto de partida en el Bautismo, compromiso sagrado de cada bautizado con Cristo resucitado. Esta transfiguración no puede quedarse en los límites de la realidad personal, sino que, necesariamente, tiene que explotar en el seno de la familia, ha de salir a las plazas públicas, a la empresa, a la política, al encuentro con todos los hombres”…

En esta tarea de lograr la transfiguración total, íntegra y verdadera, de todos y de cada uno, concluyó Rutilio, puede estar seguro el Señor Presidente de contar con el apoyo del clero salvadoreño, porque ésta es la línea evangélica, la del magisterio eclesiástico y la de los obispos. “En esto coinciden nuestros más caros y entrañables ideales, como bautizados y como ciudadanos”. La Iglesia, dentro de su esfera y el gobierno dentro de la suya, con mutuo respeto dentro de sus legítimos ámbitos, han de colaborar eficazmente, audazmente y urgentemente a fin de propiciar leyes justas, honestas y convenientes para transformar al pueblo salvadoreño.

Solamente entonces podremos llamarnos a plenitud y con orgullo “hijos de esta patria nuestra”. Y solamente entonces, Cristo Salvador Transfigurado, será realmente nuestro patrono…Solamente entonces, todos los hijos de esta patria del Divino Salvador, rubricaremos nuevamente y con verdad plena, según lo proclamamos en el himno nacional, la tercera palabra que ondea al viento en nuestra bandera: Libertad, plena, completa y definitiva pata todos los hijos de Dios, los salvadoreños”…

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