Semblanza de Pablo Richard

Pablo Richard, médico de la fe y de la amistad 

                                   Foto del II Congreso Continental de Teología, Belo Horizonte, 2015 

[Por: Marcelo Barros] 

Pablo Richard, teólogo y exégeta chileno, uno de los pilares de la Teología de la Liberación en América Latina, ha revivido, es decir, ha partido a otra dimensión de la vida. Los que tuvimos la gracia de conocer de cerca a Pablo Richard y, de alguna manera, convivir con él, sabemos lo doloroso que es ver partir a alguien tan querido y siempre tan presente en nuestras vidas y en el camino de la Iglesia de los pobres. 

 Es cierto que en los últimos años, ya con sus 80 años cumplidos en 2019, su salud era frágil y parecía avisar de que estaba a punto de irse. Pero siempre fue muy vivo y perspicaz, lleno de un humor afectuoso y juguetón.  

Quien lo encuentre tan cálido no imaginará que en su juventud, a fines de los 60 y principios de los 70, había sido uno de los fundadores en Chile del colectivo «Cristianos por el Socialismo» y fue su principal pensador en la tarea de unir la teología y la lectura de la realidad de manera crítica y profética. Con el golpe militar en su país, Pablo se vio obligado a exiliarse en Europa. Allí, además de su doctorado en exégesis bíblica y sociología, la distancia metodológica le ayudó a profundizar en su propio modo de ser profeta como teólogo y a hacer una teología muy insertada en los retos y rostros de la realidad.  

 Las primeras veces que nos vimos, todavía a finales de los años setenta, me hizo ver que ambos habíamos sido influenciados por el pensamiento y las intuiciones del mismo maestro, el padre José Comblin, que había sido su profesor en Chile y mi profesor durante todo mi curso de teología en Recife. Desde entonces, parece que siempre nos sentimos hermanos y compañeros en la búsqueda de cómo fortalecer a los hermanos en el camino en la esperanza del reino divino aquí y ahora.  

 Durante todas estas décadas (desde los años 70 hasta ahora), Pablo nos ha enseñado con su propia manera de unir el camino social, una espiritualidad ecuménica y laica y lo que llamamos «la Iglesia de los pobres» al servicio de la liberación, que como afirmaron los obispos en Medellín: «es la liberación de toda la humanidad y de cada ser humano en todas sus dimensiones» (Med. 5, 15).  

 José Comblin fue el primero en escribir sobre «los padres de la Iglesia en América Latina». Sin duda, entre ellos, desde los primeros años del camino, siempre estuvo Pablo Richard, que ahora está con Comblin en el cielo, así como Oscar Romero, Samuel Ruiz, Sergio Mendes Arceo, Leónidas Proaño, Pedro Casaldáliga y tantos otros pastores y pastoras que supieron revitalizar la misión ministerial como profetas de la Palabra de Dios para el mundo. Para los oprimidos del mundo, Pablo siempre ha sabido ser verdaderamente, como escribió el profeta Juan en el Apocalipsis: «hermano y compañero en las tribulaciones y en el testimonio del reino» (Ap 1,9). 

 Si en una Iglesia jerárquica, para ser pastor y doctor de la fe es normal ser obispo, entonces por su forma de ser y de ejercer su misión de consultor siempre muy presente en la base, Pablo Richard nos reveló una forma de unir estas vocaciones de presbítero o incluso de sacerdote episcopal, vigilante de las comunidades y padre casado con hijos y nietos. Para él, esto nunca fue fácil y requirió una inmensa apertura de corazón y mucha fidelidad en la búsqueda y en el diálogo con su esposa y los suyos. Pero siempre fue así, siempre fiel y un verdadero maestro del cuidado de los demás.   

 Por su forma de entender la fe y el ministerio eclesial, Pablo se convirtió, incluso para los no creyentes, en un testigo autorizado de Jesús, en un distinguido doctor de la fe y de una espiritualidad liberadora. Nunca limitó su misión al ámbito de la Iglesia. Siempre supo ser una presencia fraternal y solidaria con las luchas sociales del pueblo, un aliado incondicional de los campesinos e indios en su legítima y evangélica lucha por la tierra y la vida digna.  

 La tendencia natural es que las personas sean más abiertas y libres cuando son jóvenes. A medida que crecen, se vuelven menos libres y más conservadores. Es cierto que hoy en día, en ciertos ambientes del clero y en algunas congregaciones, encontramos a los jóvenes más conservadores y preocupados por la ley que la generación anterior. Pero esto no es natural. Tiene razones y explicaciones más estratégicas y menos espirituales. No tiene nada que ver con lo que Dios hizo que ocurriera en la vida de profetas como Pablo Richard que, cuanto más maduros en edad, más se abrieron interiormente. Supo renovarse permanentemente en un proceso espiritual y humano muy hermoso. Cuanto más viejo y frágil se volvía, más libre era y así daba testimonio de la libertad del Espíritu. En este camino, ahora, desde el cielo, nos invita a continuar y a profundizar siempre en la mística del Reino de Dios y a vivirla en el compromiso social y político junto a los empobrecidos y a los pequeños de este mundo.  

 En este punto, Pablo ya ha escuchado de Jesús, su maestro, la palabra esperada: «Bien hecho, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25,21).  

 Pablo Richard, doctor de la fe y profeta de estos tiempos revueltos, ruega por nosotros.  

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