¿Parroquias felices?

Dentro del horizonte de sucesos de la renovación parroquial, es decir, aquella frontera donde empiezan a suceder cosas que son observables pero ya no inmiscuyen a toda la cúpula parroquial, o para decirlo de forma más coloquial, cuando las cosas suceden sin que el párroco esté necesariamente en todo, siempre tenemos una lista muy concreta de objetivos: la catequesis, porque lo deseable es que nuestros laicos estén lo mejor preparados; la evangelización, porque lo deseable es que todos conozcan a Cristo; los sacramentos, porque lo deseable es que nadie se quede sin esas gracia que cada sacramento da, y alguna más, pero pocas veces nos planteamos como objetivo el tener una parroquia feliz. 

Claro, aquí también entramos en terrenos muy paradójicos, sobre todo cuando confundimos la felicidad con “hacer felices a todos”, porque este último tiene más bien el tinte de complacencia donde cualquiera tiene la batalla perdida, nada más basta mirar a Nuestro Señor en los mismos evangelios. Unos querrán misas más cortas, otros más largas, unos más con cierta música y un largo etcétera. No es de eso de lo que quiero hablar. 

Generar una parroquia feliz 

Últimamente se han hecho numerosos estudios sobre lo que ahora se llama la ciencia de la felicidad, y existen diferentes posturas que no agotaremos aquí, pero van desde las soluciones bioquímicas con las hormonas de la felicidad, hasta las aplicaciones terapéuticas y de meditación que te ofrecen esa anhelada vida. Pero debemos de ser realistas, la felicidad pura la tendremos en el cielo, aquí, como dice el rezo de la Salve, es un valle de lágrimas. Sin embargo, no nos vayamos del lado del pesimismo, podemos y debemos tener parroquias felices. 

Un primer acercamiento diagnóstico sería revisar los memos o actas de cada reunión de consejo parroquial. Si nos dedicamos a resolver problemas, la estamos haciendo más de bombero que de líder parroquial; si están llenas de planeaciones para actividades “pastorales” que muchas veces se dirigen a los que ya vienen a misa, porque queremos que se capaciten (catequesis), que conozcan (evangelización) o que se casen (sacramentos), tenemos una parroquia de sobrevivencia, una iglesia para gente de iglesia.  

Si en nuestras reuniones de decisión planeamos cómo recaudar fondos y eso consume todas las reuniones, pues, vamos de mal en peor, porque el círculo se cierra y seguimos pidiendo dinero a la gente que ya da dinero, solo tratamos de convencerles de que este dinero se destinará para otra cosa de la cual se tiene necesidad pero esa persona, muchas veces, no se involucra mas que dando una moneda. Con todas estas cosas estamos coartando la libertad de nuestros laicos, no estamos generando líderes y no le estamos dando su espacio a la felicidad de nuestros feligreses. 

Solo imaginemos gente feliz en nuestros ministerios, en las misas, en la evangelización y catequesis… Hablo de una bola de nieve, de una transformación transformante. De eso se trata la renovación parroquial. Evidentemente, no hay recetas para ello, lamento decepcionarles, pero sí hay un camino que son los tres principios de la renovación parroquial de los que ya les he hablado en artículos anteriores: el cambio cultural o de pensamiento, alcanzar a las siguientes generaciones y ser hospitalarios en todo. Pero ¿cómo estos principios me pueden generar una parroquia feliz? No son datos míos, sino de una de las más prestigiosas universidades del mundo. 

Desentrañar la felicidad 

La universidad de Harvard ha roto un hito en las investigaciones de campo al llevar hasta el día de hoy 80 años continuos de una misma investigación, un trabajo llamado “Estudio de desarrollo de adultos”. El objetivo de este estudio interdisciplinario es desentrañar la felicidad. Al darse cuenta de que la memoria es parcial, selectiva y creativa, decidieron dar seguimiento a más de 720 personas durante casi toda su vida para analizar cómo iba cambiando su perspectiva de una vida feliz, desde la adolescencia hasta la senectud. Actualmente cerca de 60 siguen participando. Este estudio se enriquece por la heterogeneidad de sus participantes, personas que estuvieron en la segunda guerra mundial, personas con carreras universitarias y también personas de barrios pobres con familias disfuncionales; la gran conclusión y lección de este estudio es que las buenas relaciones hacen a la gente más feliz y más saludable. No es el dinero, la fama o trabajar duro muchos años de su vida, sino las relaciones sociales saludables. 

Otro estudio del laboratorio que dirigen Dan Gilbert y Timothy Wilson, llamado “pronósticos afectivos” hicieron algo más profundo, analizando las funciones cerebrales, especialmente del lóbulo frontal, que es lo que morfológicamente nos pone el apellido “sapiens”. En esta parte del cerebro se concentran los enlaces neuronales que nos permiten predecir, visualizar el futuro inmediato de cualquier situación, lo que modela nuestra toma de decisiones y produce un enlace directo con nuestro mundo interior, porque las perspectivas, favorables o desfavorables que nos imaginamos, terminan conectando con las emociones. 

Con todo esto quiero que pensemos en que al hablar del tercer principio de la renovación parroquial: ser en todo hospitalarios; no nos referimos solo a tener siempre café y galletas en nuestras reuniones, o un ministerio de bienvenida en cada misa; se trata de una transformación más real, moldeable y realmente permeable en cada miembro de la comunidad para abrirse al prójimo a modo de tener y generar un pronóstico afectivo que sea el rostro de una nueva parroquia. Sentirse bienvenido y hacer que cualquiera sea también bienvenido. Este es el ingrediente más fundamental para generar pertenencia y perseverancia. 

Ser realmente hospitalarios 

En alguna parroquia en las que me ha tocado servir, cuando entrevisté a los miembros de las pequeñas comunidades, me sorprendió que en sus temas de estudio fueran en el segundo libro, pues llevaban con la evangelización más de 30 años. Realmente nunca habían pasado del tercero. La justificación es que “siempre se aprende algo nuevo”, lo que en realidad estaba escuchando era: “no entendemos bien, y aprender en realidad no nos interesa mucho”. Las más viejas comunidades no perseveraban por su catequesis, sino porque habían hecho fuertes lazos que los hermanaban. Contrario a esto, quienes dejaban de perseverar, en el 90 por ciento de los casos, se iban por algún hecho que rompía esa comunión, por ejemplo los juicios, los chismes, el que se rompiera el sigilo que exige la edificación mutua, etcétera. 

Ser realmente hospitalarios implica una seria conversión personal que tiene que impactar todas nuestras conductas, no como represión, sino dejando en libertad y escucha a ese que critica, que juzga, que condena, que compara, que se burla, que se cree mejor que los demás, como dice la CNV (comunicación no violenta), el pensamiento chacal y empezar a cultivar un actuar más compasivo aprendiendo a colocarnos desde nuestras propias necesidades y conectando con las necesidades del otro, o como se dice, el sistema jirafa. 

También es otro elemento que muchas veces dejamos de lado en las planeaciones pastorales, la conversión personal de los feligreses como proceso o programa dentro del apostolado. Algunos intentos muy dignos de revisión tuvo en sus inicios la Renovación Carismática y ahora algo más orgánico el Movimiento Neocatecumenal; no obstante, la reflexión y el diálogo propositivo serio entre los que dirigen las diócesis, las parroquias, sobre la adhesión de un camino de discipulado dentro de la planeación pastoral, estoy seguro, provocaría un cambio cultural muy importante en nuestra Iglesia y por supuesto en nuestra sociedad. 

En estos casos es fijarse en lo menos para tener más, porque es una gran tentación dirigir el foco a las grandes obras que nos arrojen números, en vez de encaminar a tres o cuatro que realmente encuentren la compasión evangélica en su vida, resulta más tardado y arroja menos resultados. Pero aquí se aplica la explicación que Jesús daba cuando le preguntaron si serían muchos los que se salvarían (Lc 13,22-30) y aquellos que pensaron que tenían méritos suficientes por haber hecho grandes cosas, les respondió: “no te conozco”. Tú ¿qué opinas? 

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