Pedro, el compañero dominico

Pedro Sánchez Menéndez, dominico 

Pedro Sánchez sigue vivo. Celebro haberle conocido. Su memoria evoca el recuerdo de gratitud inmensa para Alberto Iniesta, el obispo profeta, y para tantas mujeres y hombres que, seducidos por el Espíritu, fueron capaces de construir en el postconcilio, la iglesia local de Vallecas, sinodal, pobre, solidaria con las esperanzas y empeños de aquella gente sencilla por crecer en humanidad mejorando su vida. 

12.11.2021 

El día 11 se celebró en la parroquia Santo Tomás de Villanueva (Vallecas) el funeral por este fraile predicador, que inició y ejerció durante algunos años como párroco de la misma. He tenido la suerte de compartir con él durante muchos años en nuestra andadura como creyentes. Los dos lustros en la Vicaría de Vallecas creando una comunidad dominicana siguiendo las orientación renovadora del Vaticano II, fue oportunidad para conocernos más de cerca. Nuestra sintonía fue más intensa en los dos últimos años. Le despedí por teléfono en vísperas de llevarlo al hospital donde murió afectado por el Covid. 

Leí con gusto unos folios que tituló “Memoria y reflexión” donde manifestaba su evolución espiritual. Entresaco frases que apuntan por dónde discurrió esa evolución: 

“Nuestra formación en Salamanca fue una formación fuertemente tradicional, que determinaría los primeros años de mi vida, y los primeros años de mi actuación como dominico. Sólo años más tarde entendería una expresión que oí a Alberto Colunga un día al salir del comedor, donde se nos estaba leyendo la encíclica “Divino afflante Spiritu” de Pío XII, y que hablaba de cómo debían realizarse los estudios bíblicos. El comentario de Alberto Colunga, que era profesor de Exégesis, fue: “Hace cuarenta años que esperaba yo esta Encíclica”. 

Ordenado ya presbítero, fue destinado a la escuela apostólica y allí estuvo varios años como profesor y director: “traté de educar con cariño y afecto; y  lo hice, no porque fuera un educador excelente, sino precisamente por el cariño y el entusiasmo que todos pusimos en aquel empeño que nos parecía tan importante”. 

“Durante mucho tiempo mi modo de ver y de vivir la vida cristiana y religiosa fue la tradicional, la que vivía entonces la gran mayoría. Era una religión espiritualista, intimista, de falsa relación con Dios, de fidelidad a unas formas estereotipadas que, se suponía, nos acercaban a lo sagrado, a lo que se relacionaba con Dios. Este modo de vivir apenas incidía en la vida de la gente, en la transformación de la sociedad. Eso era cosa de otros. No teníamos que meternos en política. Vivíamos aislados, al margen de la sociedad, y parecíamos felices. Nuestro empeño era que la gente viviese también esa vida cristiana lo mejor posible y así la preparábamos para el encuentro con Dios” 

“En los primeros años sesenta llegó el Concilio Vaticano II. Yo lo viví desde la lejanía. Solo muy poco a poco fui comprendiendo lo que el Concilio significaba para la necesaria transformación de la vida cristiana y también de la vida religiosa. Mis pasos hacia un cambio de mentalidad fueron, por desgracia, muy lentos. La conversión, el cambio nunca vienen repentinamente. Hay que ir asimilando progresiva y casi imperceptiblemente los cambios que se nos presentan como exigencia. Y no siempre son fácilmente aceptados por todos. No siempre tenemos valor para abordar la conversión”. 

Apenas terminado el Vaticano II, fue nombrado Maestro de Novicios y ya entonces compartí bastante con él; era un hombre serio, sensible a lo nuevo, emprendedor. Con ayuda del inolvidable y creativo José Luis Alcalde, su maestro del noviciado, aplicó la reforma litúrgica propuesta por el Concilio. Y como novedad en aquel tiempo, “introdujimos algo que nos pareció entonces importante. Ante el reto del compromiso de ingresar en una Orden Religiosa, nos pareció de gran interés que los novicios dispusieran de un estudio psicológico de su propia personalidad, hecho por profesionales capacitados para ello. Lo tuvimos fácil. Jesús Gallego (dominico) trabajaba en el Gabinete de Psicología de la CONFER”. 

Terminado su cargo como maestro de novicios pasó algunos años en América Latina que le ayudaron a dar un paso más: “Otro factor que influyó en mi cambio, fue el descubrimiento de la pobreza injusta que padece una gran parte de la población, y que entra por los ojos en América Latina. Una vez que vas entendiendo que el mensaje de Jesús es un mensaje de vida, de liberación de la pobreza y de todo lo que impide la felicidad de la gente, ¿cómo no se te va partir el corazón de dolor ante esas grandes poblaciones, sometidas a una vida indigna del ser humano? El descubrimiento de esta realidad causó en mí un fuerte impacto”. Y concluye: “A partir de estos años, esta forma de aproximación a la comprensión del Evangelio fue la que marcó de una manera definitiva mi vocación y mi vida”. 

Con ese impacto regresó a España. Su participación en los cursos  del Instituto Pastoral en Madrid. Y el contacto con profesores como Juan Martín Velasco y sobre todo Julio Lois, le marcaron muy positivamente y le afianzaron en su vocación renovadora como fraile predicador. Por entonces cuando pusimos en marcha una comunidad de dominicos en la Vicaria de Vallecas. Teníamos el proyecto bien claro y creo que parcialmente lo realizamos. En la evolución del proyecto, la comunidad aceptó iniciar una parroquia y Pedro la puso en marcha. Lo más peculiar, según lo que percibí fue que la parroquia comenzó en la asociación de vecinos; unió promoción humana y fe cristiana, celebración litúrgica y compromiso por construir un barrio en la justicia y en la solidaridad. Una iglesia pueblo de Dios donde el párroco y los otros presbíteros eran servidores de la gente sujeto para tomar decisiones procurando siempre la opción por los más pobres e indefensos. 

En meses antes de su muerte Pedro mantenía su espíritu profético, sereno y esperanzado: “Yo, por mi parte, quiero reconocer que estos cuarenta años últimos de mi vida son los que descubro como los años que han dado más sentido a mi vida como cristiano, como seguidor de Jesús y como dominico. Lo cual no me impide reconocer que acaso no haya llegado a acertar y a llevar a cabo todo lo que hubiese significado un proyecto evangélico profundo. ¿Nos equivocamos al tomar la decisión de establecer una comunidad de dominicos en un barrio de Vallecas, en la periferia de Madrid? Con esa decisión, intentamos ser fieles al compromiso de colocarnos al lado de los necesitados, para dejarnos interpelar por ellos y, desde la práctica, anunciarles la ‘buena noticia de Jesús’”. 

En la celebración del funeral José Antonio Lobo, dominico también coherente con la opción por la justicia desde los pobres y que le acompañó en la última temporada, presentó la semblanza de Pedro: “Por mi parte, resaltaría de Pedro una cosa, la coherencia. Sólo un detalle: En febrero de 2020 ya fue ingresado con neumonía. Al visitarle en la mañana siguiente lo encontramos en una sala común rodeado de enfermos de todo tipo, que se quejaban, gritaban… Al decirle alguien, vamos a pedir que te saquen de aquí, esta fue su respuesta: ´he pasado toda mi vida intentando ser como la gente y ahora no voy a pedir privilegios`”. 

Pedro Sánchez sigue vivo. Celebro haberle conocido. Su memoria evoca el recuerdo de gratitud inmensa para Alberto Iniesta, el obispo profeta, y para tantas mujeres y hombres que, seducidos por el Espíritu, fueron capaces de construir en el postconcilio, la iglesia local de Vallecas, sinodal, pobre, solidaria con las esperanzas y empeños de aquella gente sencilla por crecer en humanidad mejorando su vida. 

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