Instrumentalización geopolítica de los desplazados

Frontera entre Bielorrusia y Polonia: la instrumentalización geopolítica de los desplazados 

El régimen autoritario de Lukashenko ha convertido a Bielorrusia en un títere en manos de Putin. Las consecuencias derivadas del fraude electoral en las elecciones presidenciales —celebradas en agosto de 2020— y la posterior oleada de represión generalizada, evidenciaron la decisión del autócrata bielorruso de su renuncia a dejar el poder que acumula desde poco después de la independencia de esta república. La posición geoestratégica que ocupa es esencial para Rusia, creando una zona de seguridad en la frontera occidental del antiguo espacio soviético. La denominada franja territorial de Suwalki, que une el enclave ruso de Kaliningrado —incrustado en plena Unión Europea— con la frontera bielorrusa, delimita igualmente los territorios de Lituania y Polonia. Es decir, es el punto de contacto entre las fuerzas armadas de la OTAN allí desplegadas y el centro de misiles Iskander instalados por Rusia. La dependencia económica y energética endémica de Rusia se ha unido a la supervivencia política de Lukashenko, que está hipotecada al Kremlin. 

Polonia y Bielorrusia son actores interpuestos en una controversia internacional de mayor calado de Rusia con la UE y la OTAN. Rusia ha conseguido llevar la iniciativa en la creación y el mantenimiento de conflictos híbridos, caracterizados por el despliegue de variados instrumentos: la presión energética, las campañas de desinformación, el intervencionismo en asuntos internos de Estados y organizaciones internacionales, o en procesos electorales y/o movimientos secesionistas. Las sanciones aprobadas y en ejecución por parte de la UE se han ido intensificando hacia Bielorrusia, alcanzando la prohibición de los vuelos de la compañía Belavia por el espacio aéreo de la Unión, después de acto de piratería aérea cometido por Minsk en el vuelo que transportaba al disidente Protásevich y su pareja desde Estambul, con destino en Vilna. 

Presión migratoria 

La presión migratoria, con la utilización de la población refugiada transportada en esos mismos vuelos prohibidos, constituye la última herramienta incorporada a este conflicto híbrido. ¿Qué pretenden conseguir el tándem ruso-bielorruso? La desestabilización del conjunto de la UE a través de varios factores. 

 El primero, ya experimentado en anteriores ocasiones por las acciones de Marruecos y por Turquía, intenta explotar las debilidades estructurales y funcionales del SECA (Sistema Europeo Común de Asilo) que fracturó el modelo en su primer examen serio, tras la crisis de los refugiados provenientes del conflicto sirio y sus derivadas regionales. Una segunda derivada se orienta hacia el objetivo de crear disidencias entre aquellos Estados más sensibles a la recepción de este tipo de población que, además, se están mostrando como el caldo de cultivo de formaciones políticas abiertamente xenófobas y anti-europeistas. Pero un tercer elemento resulta potencialmente más nocivo, abonar las contradicciones entre el conjunto de principios y valores que constituyen la base ética y moral sobre la que se edifica el ordenamiento jurídico comunitario, y las acciones concretas de la UE en esta materia. 

Los desplazamientos de población son, por desgracia, frecuentes e incontrolados, fruto de conflictos de diversa tipología. Las guerras civiles como las acontecidas en la antigua Yugoslavia provocaban movimientos forzosos y “operaciones de limpieza étnica” con el objetivo de crear territorios étnicamente homogéneos. En los conflictos con ramificaciones internacionales —como el de Siria— durante la comisión de genocidios —como el de los rohingyas, en Myanmar— o en el curso de catástrofes naturales se producen estos flujos poblacionales. Sin embargo, lo inédito del caso protagonizado por Lukashenko se traduce en la búsqueda de los mismos en los territorios de origen, y el traslado hacia un horizonte tan incierto como vulnerable. Aprovechar la situación de indefensión de este tipo de colectivos, jugar con sus sentimientos y con sus vidas—muchas infantiles entre ellas— y utilizar la desgracia infinita que les acompaña (desarraigo, pobreza, indefensión, hambre, enfermedades) constituye un ejercicio de indecencia moral al alcance de muy pocos. La UE no debe de caer en este tipo de trampas y reforzarse globalmente en sus estructuras. El Tratado de Unión entre Rusia y Bielorrusia y la pertenencia a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) le ofrece a esta última cobertura militar. No obstante, Putin no llegará a tanto en su pulso con la OTAN y la UE. Pero si debe de servir a socios como Polonia o Hungría para que aclaren definitivamente su posición regional. Hace solo unas semanas cuestionaba la primera, a través de una sentencia de su Tribunal Constitucional, la primacía del ordenamiento jurídico comunitario sobre el polaco. Ahora reclama la ayuda de sus socios. Estas son las fisuras que intenta explotar Rusia. 

*José Ángel López Jiménez es profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia Comillas/ICADE 

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