Casaldáliga: una vida, una misión

PORCARME ESCALES 

El homenaje a quien ha logrado que mejore la vida de personas, de colectivos desprotegidos, quien ha sido ejemplar al persistir en el reto de otro mundo posible, más justo y menos distante entre ricos y pobres, sin menosprecio ni trato de inferioridad a nadie por motivos de género, pobreza o clase social, por ideas políticas o sueños que disten de lo que espera la mayoría, debería ser un homenaje perpetuo. 

Porque en el homenaje subyace el agradecimiento por lo que se ha concretado, demostrando que es posible y cómo hacerlo. Y subyace también el reconocimiento de algo necesario, positivo, útil, que no es fácil ni espontáneo, que requiere convicción, inteligencia, perseverancia, valentía y renuncia. Y mucha fe. 

Este pasado verano, el 21 de junio, Cataluña rendía homenaje a su obispo de Araguaia, Pere Casaldàliga, Dom Pedro en Brasil y para toda América Latina. En la céntrica plaza del Rei de Barcelona, el agradecimiento y el empoderamiento vibraron juntos con emoción. Gracias por todo lo que hiciste, que ahora nos toca a nosotros continuar. 

Fe en el Reino 

Las causas de Casaldàliga no han muerto con él y, si su tremenda fe en el Reino no tenía límite, hoy esa fe sigue enfocando sus causas, su legado en el mundo, su esperanza sin fronteras de vida ni de muerte. Su ejemplo nos empodera con conocimiento de causa. El relevo es justo y necesario. 

Una gran pantalla proyectó en aquel homenaje un audiovisual con fragmentos y testimonios del devenir de Dom Pedro, una vida que se mezcló con los más vulnerables para salir con ellos de la dificultad. Afloraba en la piel de los asistentes el orgullo de quienes conocimos personalmente a un misionero tan grande. 

Luz para el camino 

Los valores que iluminaban su camino son hoy una digna y voluntaria propuesta de aprendizaje. Como sociedad y como mundo global. 

Para todo misionero, la designación de un destino lejos del lugar donde nació marca un antes y un después para él y para su familia, también para sus amistades de infancia y juventud. 

Es un punto y aparte en el sendero de su propia vida, una separación física, un adiós temporal. Sin embargo, dejar atrás el propio país no significa desprenderse de las raíces. Pueden llegar a arraigar en una nueva tierra, como las cepas de la vid o los injertos en plantas o tejidos humanos; los implantes, los trasplantes, llegan para unirse a una vida ajena, diferente y nueva. En su destino ayudarán a rebrotar, a fortalecer, pero su fuerza y  esencia, su ADN, su Denominación de Origen (DO), siguen ahí, aunque no siempre se pueda sentir o apreciar, se sea más o menos consciente de ello. 

Vuelta a las raíces 

En 1994, conversando con Casaldàliga, cuando él ya llevaba 25 años en Brasil, decía: “Soy catalán y trato de conservar mi identidad catalana. Siempre digo que cuanto más vamos, más volvemos, de manera que cuando te haces mayor parece que vuelves a las raíces, pero nunca me he alejado del pueblo catalán”. 

Después de pasar sus primeros 20 años en Brasil, Casaldàliga viajó a Roma con ocasión de su visita ‘ad limina’, el viaje que los obispos realizan para poner al Papa al corriente de los asuntos de sus diócesis, y visitar las tumbas de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Era 1988. El obispo catalán volvía a pisar Europa, pero a su tierra madre nunca volvió. Quemó sus alas para entregarse de lleno a sus misiones. 

En su pueblo, Balsareny, donde había nacido el 16 de febrero de 1928, la liturgia se convertía muchas veces en un puente entre Cataluña y la Araguaia, entre São Félix do Araguaia y Balsareny. El 29 de junio de 2002, su familia y allegados celebraron una eucaristía con motivo del 50º aniversario de la primera misa que Casaldàliga ofició en su pueblo. Medio siglo al servicio de los demás compensaba con creces su lejanía. 

Un gran sacramento 

En aquel entonces, llevaba ya 35 años acompañando la lucha por una verdadera socialización de los bienes, de las opciones de vida, de la salud y la educación en el Mato Grosso. Decía Casaldàliga que irse a vivir a América Latina había sido para él como “un gran sacramento social, político, cultural y eclesial”. Reconocía que aquello le había permitido vivir “una experiencia de renovación con las Comunidades Eclesiales de Base, con la Teología de la liberación, en definitiva, con una liturgia más dinámica, más inculturada”. 

Los primeros años, “cada carta suya que llegaba era un regalo. La leíamos en familia, y luego los vecinos y la parroquia”, explica su sobrina Glòria Casaldàliga. “Nuestra fantasía era que nuestro tío estaba en Brasil, viviendo en la selva con los indios, y que ayudaba a los más pobres, y eso no gustaba a los poderosos. 

Por eso lo querían expulsar del país, incluso matarlo”, dice. Glòria lo vio por primera vez en el viaje a Roma. “Cuando tuvimos teléfono, nos llamábamos en Navidad, en Pascua y siempre el día del santo de sus hermanos”, añade Glòria. “En las fechas señaladas, siempre había un poema de él. Somos ocho sobrinas y otros familiares, y a ninguno nos faltó su poema para el recordatorio de la Primera Comunión. 

Fundación Casaldàliga 

Al parecer, Casaldàliga había dicho que regresaría cada cinco años, como acostumbraban a hacer los misioneros en aquella época. “Pienso que cuando se fue ya lo hizo con la idea de no volver. Y una vez en Brasil, las amenazas de expulsión de la dictadura militar del Gobierno del momento allí le sirvieron de excusa para no volver, por el miedo a que no le dejaran volver a entrar en el país”. Su sobrina recuerda a su tío como una persona muy cercana, que hacía sentir importante a cualquiera que estuviera a su lado. 

Poco después de crearse la Asociación Amigos de Pedro Casaldàliga –actualmente Fundación Casaldàliga (https://fperecasaldaliga.org/es/), ella empezó a colaborar de forma activa. “El vínculo con la asociación nos ha ayudado a conocer mucho más las causas del obispo Pedro, a implicarnos en ellas y darlas a conocer”, reconoce Glòria. (…) 

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