¡AY NICARAGUA!

 

¿Cuántos amigos y hermanos no hicieron petate y entregaron a aquella revolución incipiente los mejores años de su juventud? En los años ochenta pocos nombres tenían más sonoridad que Nicaragua, pocas canciones más cerca del alma que ésa de “Ay Nicaragua, Nicaraguita…” El trópico la ensalzaba, pero más aún la sed de cambio, la urgencia de un modelo nuevo, de una rebeldía no mancillada. 

Era la revolución más esperada, virgen, joven, espontánea, creativa, cargada de futuro… Una transición española lenta, bien amarrada, sin sorpresas la enaltecía. Aquella revolución por fin sí iba a colmar los anhelos que las pretéritas no habían conseguido ni de lejos satisfacer. 

No se nos pasaba por alto el barro y la descomposición que las “revoluciones históricas” ya arrastraban. Era cuando aún pretendíamos obviar lo palmario, que la revolución de fuera siempre, siempre exigirá previamente la de dentro. Imposible la primera sin la segunda. 

El tiempo ha constatado que ese interesado olvido tiraría también por tierra la esperanza que pudo representar en su momento el país centroamericano. El alto ideal exige transformación humana. Lo más hermoso se corrompe si dentro no lo habita la pureza. La pureza del ideal nos lleva ineludiblemente a la transformación interior. 

La brutal ignominia de Lenin, Stalin, Mao, Maduro, Ortega… ha venido eludiendo esa elemental premisa. ¿Los últimos y bárbaros dictadores como Daniel Ortega nos grabarán para siempre la enseñanza? Ya no queremos más asaltos a palacios supuestamente definitivos, pues el único asalto definitivo no nos pide correr a cortar ninguna cabeza, no requiere ninguna escalinata cubierta de sangre, sino un simple cara a cara con nosotros mismos, un pulso diario, constante, exigente, ineludible por devenir mejores personas. 

Sólo humanos definitivamente nuevos, victoriosos sobre sus propias miserias, podrán encarar el siempre entusiasmante reto de ir construyendo poco a poco un mundo diferente, una civilización más justa, solidaria, verde y fraterna. 

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