Domingo de Cristo Rey

Pilato le preguntó: ¿Eres el rey de los judíos? Jesús respondió: Para eso he nacido y he venido al mundo; para ser testigo de la verdad (Jn 18, 33-37). 

  • El texto es algo más complejo, pero esas son sus palabras centrales: El Reino de Dios consiste en decir/hacer la verdad. No se trata de expresar una verdad que ya existía fuera, en un tipo de cielo independiente de la tierra, sino de hacerse (ser-vivir) en verdad. 

1) Muchos pensaron (y siguen pensando) que Jesús debería ser como David, Alejando, César o Napoleón: conquistador guerrero, creador de dinastía eterna de reyes triunfadores. Pero se equivocaban. Ni esos fueron reyes de verdad, ni Jesús fue rey por armas o dinero, sino por ser testigo de la verdad y así le mataron, pero fue y sigue siendo rey verdadero. 

2) Así le presenta el evangelio de Juan como Cristo-rey ante Pilato, representante del César Augusto de Roma. Fue y sigue siendo Rey en el sentido más alto, en un mundo como el nuestro (año 2021) donde (en nombre de Dios, de la paz, del orden mundial, del capital o del progreso) se siguen inventando e imponiendo reinos de muerte, imposición y mentira. Un día como hoy se sigue crucificando  a muchos hombres y mujeres simplemente porque son testigos de la verdad, como Jesús.   

20.11.2021 | X Pikaza Ibarrondo 

Juan 18, 33b-37 

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?» Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?» Jesús le contestó: 

«Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.» Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?» Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.» 

Interpretación básica: soy rey. para eso he nacido y para eso he venido: para dar testimonio de la verdad ( jn 18, 37) 

 Juan Bautista de Jerusalén había sido profeta del juicio de Dios, y así pensaba que este mundo debía pasar por el fuego (siendo destruido por el hacha y huracán), a fin de que surgiera después un mundo distinto, para un grupo pequeño de liberados (Mt 3, 1-10 par), el Reino de Dios. Augusto o Tiberio de Roma era entonces Rex, gran Basileus por imponer su dominio militar (imperium) sobre todo el mundo conocido. 

 Jesús, en cambio, no anunció un como Bautista, ni conquistó un imperio con legiones como Augusto, sino que inició un programa de liberación por la verdad, anunciando y preparando así la llegada del Reino de Dios para todos los que buscan y aceptan la verdad (cf. Mc 1, 14-15). 

La respuesta del Bautista era más fácil: Dios había fracasado con el mundo y debía destruirlo, para crear después uno distinto (con hombres limpios, ya purificados). La respuesta de César Augusto era más visible: Las legiones de su imperio se extendían por todos los caminos como testimonio de un imperio mundial, llamado a extenderse sobre el orbe de la tierra. 

Jesús, en cambio, se atrevió a pregonar y anunciar la verdad (ser verdadero) ese un mundo que parecía condenado, para crear de esa manera el Reino de Dios que es la Verdad, desde los pobres y excluidos. 

            De esa forma, en un mundo como aquel, obsesionado por pecados, faltas e impurezas, en un tiempo en que el templo de Jerusalén funcionaba como máquina de expiación y purificaciones, al servicio de la remisión de los pecados, dentro de un imperio obsesionado por perfeccionar su máquina militar, Jesús vino a presentarse como un hombre de Dios, había enviado para dar testimonio de la verdad, anunciando de esa forma la llegada de un Reino en el que todos los hombres y mujeres serían “reyes”, seres libres, abiertos a Dios, comunicándose entre sí, por amor y salud, en la la Verdad. 

 Ciertamente, habló de la llegada del Reino, pero no en sentido de dominio económico, social o militar, sino de servicio mutuo, de establecimiento de la vedad por el amor. Por eso no vino anunciando una guerra apocalíptica, ni la destrucción de los perversos, sino sembrando humanidad, desde Galilea, ofreciendo a los enfermos, marginados y pobres la Palabra, pues otros se habían apropiado de ella, dejándoles sin nada, sin riqueza ni semilla humana. Quiso así que todos fueran reyes, en un Reino fundado en la verdad Dios y en la fraternidad entre los hombres. 

No sabía de antemano la forma en que vendría ese Reino (ni qué día), pero estaba seguro de que había comenzado a revelarse, y que culminará muy pronto, desde Galilea, transformando a los artesanos y pobres, a los expulsados y enfermos de las aldeas de su tierra, que se convertirán en portadores de la Verdad de Dios. 

No quiso ni pudo evocar sus detalles, pero estaba convencido de que el Reino estaba viniendo a través de campesinos, artesanos y pobres, a quienes él concibió como portadores de la verdad de Dios, para culminar así la obra de la creación (Gen 1). No fue a las ciudades mayores de Galilea (Séforis, Tiberíades) o de su entorno helenista (Tiro, Escitópolis, Gadara, Gerasa, Damasco), pues, aunque en ellas había muchos pobres, su núcleo dominante se hallaba pervertido, al servicio del poder. 

Así inició su marcha entre las aldeas de Galilea, con la certeza de que Dios le enviaba a recoger y transformar a las “ovejas perdidas” (cf. Mt 10, 6), para iniciar con ellas un movimiento al servicio de la Verdad de Dios (que es el Reino), para Israel y para la humanidad entera.   

 En esa línea debemos superar un gran malentendido, propio de aquellos que creen que el Reino de Dios vendría de repente, a través de algún tipo de estallido espectacular, como la descarga de un rayo que brilla en el horizonte y sacude la tierra de repente (cf. Mt 24, 27), sin que los hombres puedan hacer nada para impedirlo.  

Ciertamente, en un sentido, la llegada del Reino será como relámpago que alumbra y transforma de pronto el espacio y tiempo de los hombres. Pero en otro ha de entenderse como resultado de un proceso que habían puesto en marcha los profetas y que Jesús ha ratificado y acelerado con su vida, siendo testigo de la verdad de Dios.   Jesús no fue inventor de empresas productoras, ni organizó nuevos mercados laborales, como los que estaban imponiendo en aquel tiempo los magnates de Galilea, ni promotor de una alternativa política, pero hizo algo mucho más profundo y duradero: Inició desde (con) los pobres (enfermos, excluidos) de su entorno un camino de humanidad, es decir, de Reino de Dios, siendo así testigo de la verdad de Dios y de su vida entre los hombres.   No fue pensador erudito como Filón de Alejandría (maestro de filósofos), ni profeta político como Josefo (que al fin pactó con el poder establecido), sino hombre de pueblo, que conocía por experiencia el sufrimiento de los hombres, sabiendo que la historia de Israel (y el mundo) no podía seguir manteniéndose en su dinámica actual de imposición y violencia (mentira)… Por eso, sabiendo que Dios es mayor que el pecado de los hombres y que había decidido cumplir sus promesas, proclamó y preparó la llegada y triunfo de su Verdad, que es el Reino. 

No quiso hacerse rey militar, pues la violencia pertenece al nivel de los poderes de un mundo pervertido al servicio de los poderosos, ni quiso hacerse rey el sólo, sino de manera que todos fueran reyes, testigos de la verdad. Asi respondió a Pilato diciéndole que «su reino no era (= no provenía) de las fuerzas de este mundo». Pilato sólo conocía un Reino que se funda en la espada del imperio (cf. Rom 13, 1-7) que se apoya y defiende con armas, de manera que la verdad como tal resulta secundaria, preguntando a Jesús ¿qué es la verdad? para marcharse sin esperar una respuesta (cf. Jn 18, 38a). 

 Jesús, en cambio, aparece y actúa como testigo de la verdad, frente a los sacerdotes de Jerusalén, que le acusan ante Pilato, porque también ellos tienen que apelar de algún modo a la mentir para mantenerse en el poder. Jesús, en cambio, sólo quiere el Reino de la vida del Hombre y su Verdad. Por eso, en el caso de que hubiera triunfado externamente (¡por un milagro de Dios!) Jesús no habría actuado como rey político o militar, en el sentido usual del término; ni habría tomado el poder, ni se habría convertido en emperador o regente político, sino que se presentaría como testigo y portador de la verdad entre los hombres, como signo y representante del Dios de la verdad, es decir, de una humanidad reconciliada y fraterna. 

Profundización. Tenemos miedo al reino de Jesús 

 Nos faltan modelos para imaginar este reinado de Jesús, pues nuestras categorías mentales y sociales se encuentran marcadas por dinámicas de poder militar, político o sacerdotal. Pero el evangelio de Juan ha trazado el perfil fundamental de su reinado, diciendo que Jesús ha venido a “dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37), una verdad que no sería como la de aquellos sabios platónicos que se imponían sobre militares y trabajadores (como se dice en la República), sino experiencia de amor compartido, desde los más pobres. 

Jesús identifica así el Reino de Dios con la Verdad, en sentido pleno: Verdad Personal y social, material y espiritual, económico, político y religioso. Que de pronto cesen y acaben las mentiras y ocultamientos, de personas y pueblos, de iglesias y personas… de forma que cada uno se abra de un modo transparente ante los otros. 

            En ese sentido, él es Rey, porque viene a dar testimonio de la verdad…, pero no de una verdad metafísica o teológica, separada de la Vida, sino de la misma vida como transparencia de amor, en comunión de todos y con todos.                                                                     Jesús es Rey (y todos podemos ser en él y con él reyes), siendo en verdad lo que somos, en transparencia de Vida, en amor mutuo, en conocimiento compartida, sin armas, sin secretos militares, sin dineros escondidos, sin manipulaciones religiosas, sin ocultamientos miedosos.                                                                                                                                  El Reino de Jesús es la verdad: La transparencia afectiva y efectiva, personal y comunitaria, sin secretismos ni imposiciones de ningún tipo… Se trata de ser lo que somos, de no tener miedo de vivir en trasparencia, en salud expansiva, pues la verdad cura (en el tema de la pederastia, en el tema del dinero, en el tema del poder…).                                Vamos a celebrar este domingo (21.11.21), la fiesta de Cristo Rey… Van a saltar por el aire muchas campanas, proclamando himnos antiguos de Victoria Real de Cristo: Christos vincit, Christus Regnat, Christus imperat (Cristo vence, Cristo Reina, Cristo impera).  Soñamos con cristos imperiales, en la línea de San Constantino o San Carlomagno, de San Justiniano o San Inocencio III. Hemos olvidado una y otra vez el evangelio: Jesús es rey como testigo crucificado de la Verdad.                                                                                           Gran parte de la política actual es una “mentira organizada” al servicio del poder o dinero de algunos… Una parte de la Iglesia actual que llama “rey” a Jesús (diciendo que es Pantokrator, todo-poderoso) sigue fundando su reino en secretos, mentira, formas de dominio ideológico… Un tipo de Iglesia no es “reino de verdad”, sino de oscuros instintos de imposición mentirosa, hecha de jerarcas que no son “testigos de la verdad”. Por eso es necesario volver hoy (domingo de Cristo-Rey) al verdadero reinado de Jesús, como él dijo a Poncio Pilato, siendo crucificado por ello.   

            Hoy, día de Cristo Rey, Jesús sigue diciendo que él es “rey” por ser transparente, por decir la verdad, por vivir en verdad, por ser “personalmente” verdadero, es decir, auténtico, haciéndose “verdad” en el amor (cf. Ef 4, 15). Jesús es rey en amistad porque ha dicho todo lo que es, todo lo que tiene, todo lo que sabe, la verdad completa  (Jn 15, 12-17).                              Para dirigir el mundo con poder hace falta ocultar y mentir… Para ser “poder” (en la línea de los reyes de este mundo) la misma iglesia tiene que ocultar, mentir… Jesús, en cambio, afirma que sólo quien dice la verdad es libre, es Rey. 

Apéndice. Éste es el primer texto conocido del NT (Papiro J. Rylands 52). 

P. J. Rylands 52

Significativamente, ésta es  la primera palabra de Jesús (y del Nuevo Testamento) que se ha conservado hasta hoy, en un pequeño papiro que se encontró en Egipto en los años 20 del siglo pasado y que se conserva en una biblioteca de Manchester, con el nombre de P. J. Rylands 52. Está escrito en la letra llamada «adriánica» (del tiempo de Adriano) y se debió escribir hacia el año 140 d.C. Ofrezco aquí el texto central, con imagen del papiro, quizá el mayor tesoro de la literatura cristiana primitiva: 

«Soy Rey. Para eso he nacido y para eso he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad    אני מלך   ΒΑΣΙΛΕΥΣ ΕΙΜΙ ΕΓΩ ΕΙΣ ΤΟΥΤΟ ΓΕΓΕΝΝΗΜΑΙ ΚΑΙ ΕΙΣ ΤΟΥΤΟ ΕΛΗΛΥΘΑ ΕΙΣ ΤΟΝ ΚΟΣΜΟΝ ΙΝΑ ΜΑΡΤΥΡΗΣΩ ΤΗ ΑΛΗΘΕΙΑ    

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