Sinodalidad, ¿a fondo o con sordina?

La Sinodalidad es una invitación a realizar un encuentro a nivel de la Iglesia Universal con el propósito de aprender, cada día más, a “caminar juntos”; a contar  con la ayuda de los hermanos en la fe y ser más fieles a lo que nos enseña Jesús: seguir juntos el mejor camino para avanzar en lo que el Papa Francisco llama una Iglesia en salida. Por eso la Iglesia en todas sus dimensiones se encuentra en marcha para reflexionar en torno a la Sinodalidad. Este hecho ya es en sí mismo positivo. 

La convocatoria del Papa, dirigida a todos los creyentes, trata de ofrecer la mejor orientación para la vida de cada una de nuestras diversas comunidades (parroquias, diócesis, Iglesia universal y católica, junto a congregaciones, instituciones, movimientos o cualquier forma de vida común), llamadas a vivir como la sencilla comunidad de seguidoras y seguidores de la inicial misión evangelizadora. 

No olvidemos el origen del término SIN-ODO. Si la raíz del término “sin” nos invita a “compartir” lo que unos y otros vamos descubriendo por fidelidad al Evangelio, el final “odos” nos muestra el “camino” que necesitamos seguir con tal de no desviarnos de la ruta que Jesús marcó especialmente en sus momentos de cercanía y serenidad y, sobre todo, en las confidencias ofrecidas en solitario y tranquilidad a los suyos.                       No obstante, es necesario plantear alguna aclaraciones para que este movimiento al final no resulte frustrante para un Pueblo de Dios al que se le puede ilusionar de una manera un tanto tendenciosa por parte de algunos sectores eclesiásticos. 

Una primera pregunta podría ser pertinente: ¿Qué límites tiene la Sinodalidad? ¿De qué temas no se puede discutir? Evidentemente, las únicas cuestiones serían “los Dogmas de Fe”, pero aún así desde una sana Teología Fundamental, se podría plantear un análisis hermenéutico global de cada uno de ellos para desde su lenguaje y contexto histórico actualizar su sentido y significado para hoy. Dicho en otras palabras, esto serían los límites absolutos. A partir de ahí, todo lo demás sería susceptible de profundizarse y cambiarse. 

Evidentemente, la Iglesia después de los Dogmas se mueve inmediatamente después en el ámbito de la Tradiciones y las tradiciones con minúscula. Un esfuerzo serio en torno a la validez de cada uno de ellas sería necesario, ya que muchas de ellas lastran la autenticidad del testimonio y la renovación de muchas instituciones y estructuras. Este es un segundo nivel que no deberían descuidarse, ya ni mucho menos se trata de dogmas de Fe. Lo que fue valido ayer puede ser un obstáculo grande hoy, ya que puede dañar la credibilidad de la Iglesia y de la vida cristiana. Por eso hoy que hilar fino, y de manera valiente. 

También habrá que tener en cuenta el sano Magisterio, que exigirá un esfuerzo conjunto de discernimiento. No basta afirmar quien dicta  lo que vale o lo que no. Probablemente, el único y mejor itinerario para  la vida cristiana es poner en marcha el poema de A. Machado “Tu verdad? No; la verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.    

Y, finalmente un sinfín de temas fosilizados, a los que algunos han elevado a la categoría de leyes eternas e inmutables.  

En cualquiera de estos niveles podemos encontrar ejemplos que sin duda nos pueden llevar a una Sinodalidad seria y profunda que desemboque en decisiones serias y valientes, de acuerdo con los signos de los tiempos. 

Una segunda pregunta surge al pairo de estas reflexiones: ¿Es esto lo que realmente se pretende o estamos ante una operación de cirugía estética simplemente? ¿Consideran realmente al Pueblo de Dios maduro?¿Está la Iglesia dispuesta a escuchar la voz del Pueblo de Dios sobre determinados temas conflictivos: el celibato opcional, el sacerdocio de la mujer, la moral matrimonial, el Derecho Canónico, la elección de Obispos…? ¿Está la Jerarquía abierta a desjerarquizarse a fondo en determinados temas? Me gustaría que fuera así…Expectante. ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar…? 

Una inquietud brota espontáneamente, a la luz de la experiencia: ¿A nivel Parroquial y Diocesano, los relatores y redactores tendrán la suficiente libertad para reflejar de manera fidedigna lo opinado? No sería bueno que estos personajes sean “meapilas” que acaten las posibles consignas para maquillar los Documentos para que digan lo que deben de decir y oculten los temas vidriosos o conflictivos.. Sería una pena… 

Dicho esto, estoy convencido que el Papa Francisco al poner en marcha este movimiento sinodal está en una línea de renovación profunda, pero no sería bueno, ya que se va a implicar mucha gente que la frustración nos lleve a una oportunidad perdida. 

Nuestra Iglesia es como una gran familia, llamada a crecer  y avanzar, compartiendo la vida y trabajando unidos bajo la guía del Espíritu Santo: es lo que se nos propone para el próximo Sínodo de Obispos (pero no con la exclusiva responsabilidad y participación de ellos) para los tiempos actuales de nuestra Comunidad de fe entendida y orientada “hacia una Iglesia sinodal, en salida y misionera”  

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