El Papa en Chipre

«No hay ni debe haber muros en la Iglesia católica, es la convivencia de la diversidad» 

Francisco, en la catedral maronita de Nicosia Vatican News 

El Papa agradeció a la Iglesia chipriota por ser «lugar de encuentro, diálogo y aprendizaje del arte de construir puentes» 

«Ninguno de nosotros estamos llamados al proselitismo, estamos llamados a la misericordia. Las raíces de nuestra misericordia están en el Señor. Su misericordia no defrauda. ¿Quién hace la unidad? El Espíritu Santo. El que quiera entender, que entienda. El Espíritu Santo es el espíritu de la armonía» 

«Queridos hermanos y hermanas, necesitamos una Iglesia paciente. Una Iglesia que no se deja turbar y desconcertar por los cambios, sino que acoge serenamente la novedad y discierne las situaciones a la luz del Evangelio» 

«No sirve ser impulsivos y agresivos, nostálgicos o quejumbrosos, es mejor seguir adelante leyendo los signos de los tiempos y también los signos de la crisis» 

«Cuando hay una paz rigorista, no es de Dios. Yo sospecho de aquellos que no discuten nunca, algo esconden, siempre» 

«Esta es la fraternidad en la Iglesia, se puede discutir sobre visiones, sensibilidades e ideas diferentes. Y decirse las  cosas en la cara con sinceridad en ciertos casos ayuda, es ocasión de crecimiento y de cambio. Pero  recordemos siempre que no se discute para hacerse la guerra, para imponerse, sino para expresar y vivir la  vitalidad del Espíritu, que es amor y comunión. Se discute, pero seguimos siendo hermanos» 

«Con su fraternidad pueden recordar a todos, a toda Europa, que para construir un futuro digno del hombre es necesario trabajar juntos,  superar las divisiones, derribar los muros y cultivar el sueño de la unidad. Necesitamos acogernos e  integrarnos, caminar juntos, ser todos hermanos y hermanas» 

Por Jesús Bastante 

«No hay ni debe haber muros en la Iglesia católica». El Papa quiso dejar clara su intención de trabajar por romper muros de exclusión, en el interior de la Iglesia y de cara al exterior, en su primer discurso a su llegada a Chipre. Un lugar del mundo que, aún hoy, simboliza la separación. Un país partido en dos, una Iglesia también diversa. Y con necesidad de «paciencia y fraternidad», las dos claves que, tomando el ejemplo del apóstol Bernabé, recomendó Bergoglio. 

El primer encuentro oficial del Papa a su llegada a Nicosia (a una hora del aeropuerto de Lárnaca) fue con los sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos, catequistas, asociaciones y movimientos eclesiales de Chipre, en la catedral maronita de Nuestra Señora de las Gracias, a la que llegó en un pequeño Fiat oscuro. 

Antes que Francisco, tomaron la palabra el patriarca maronita, cardenal Béchara Rai, y que habló de «la expectativa de una reunificación» entre los dos pueblos de la isla, dividida desde 1974; y dos religiosas, una franciscana del Sagrado Corazón, que hizo una encendida crítica de la invasión turca de aquel año; y la otra de la orden de las josefinas, quien destacó el trabajo de la Iglesia por los más desfavorecidos, descartados, excluidos. 

El arte de construir puentes 

En su discurso, Bergoglio mostró su alegría por llegar a este país de frontera, al tiempo que agradeció a la Iglesia chipriota por ser «lugar de encuentro, diálogo y aprendizaje del arte de construir puentes«. 

Siguiendo las huellas del apóstol Bernabé, «hijo de este pueblo, discípulo enamorado de Jesús, intrépido anunciador del Evangelio  que, pasando por las nacientes comunidades cristianas, veía cómo actuaba la gracia de Dios y se alegraba de ello», Francisco afirmó llegar con su mismo deseo: «Ver la gracia de Dios obrando en su Iglesia y en su tierra, alegrándome con ustedes por las maravillas que el Señor obra y exhortándolos a perseverar siempre, sin cansarse, sin desanimarse nunca».   

«Los miro y veo la riqueza de su diversidad», apuntó el Papa, quien quiso saludar a la Iglesia maronita, «que en el curso de los siglos  ha llegado en varias ocasiones a la isla y que, a menudo atravesando muchas pruebas, ha perseverado en la fe». 

«Deseo de paz» para el Líbano 

En este momento, mostró su preocupación «por la crisis» en el Líbano. «Noto el sufrimiento de un pueblo cansado y probado por la violencia y el dolor». «Llevo a mi oración el deseo de paz  que sube desde el corazón de ese país. Les agradezco lo que hacen aquí en Chipre», prosiguió, agradeciendo a los maronitas ser como los cedros del Líbano, que «surge desde las raíces y crece lentamente». «Ustedes son estas raíces, trasplantadas en Chipre para difundir la  fragancia y la belleza del Evangelio. ¡Gracias!». 

Francisco también saludó a la Iglesia latina, «presente aquí por milenios, que ha visto crecer en el tiempo, junto a sus hijos, el entusiasmo de la fe y que hoy, gracias a la presencia de tantos hermanos y hermanas migrantes, se presenta como un pueblo ‘multicolor’, un auténtico lugar de encuentro entre etnias y culturas diferentes».  

«Este rostro de la Iglesia refleja el rol de Chipre en el continente europeo: una tierra de campos dorados, una isla acariciada por las olas del mar, pero sobre todo una historia que es cruce de pueblos y mosaico de encuentros», glosó Bergoglio. «Así es también la Iglesia: católica, es decir, universal, espacio abierto en el que  todos son acogidos y alcanzados por la misericordia de Dios y su invitación a amar». 

«Ninguno de nosotros estamos llamados al proselitismo, estamos llamados a la misericordia. Las raíces de nuestra misericordia están en el Señor. Su misericordia no defrauda. ¿Quién hace la unidad? El Espíritu Santo. El que quiera entender, que entienda. El Espíritu Santo es el espíritu de la armonía», improvisó. 

«Así es también la Iglesia: católica, es decir, universal, espacio abierto en el que  todos son acogidos y alcanzados por la misericordia de Dios y su invitación a amar» 

Y es que, insistió, «no hay ni debe haber muros en la Iglesia católica, es una casa común, es el lugar de las relaciones, es la convivencia de la  diversidad».  

Paciencia para no juzgar 

Regresando a San Bernabé, el Papa quiso retomar dos palabras de su vida y misión. «La primera palabra es paciencia. Se habla de Bernabé como de un gran hombre de fe y de equilibrio,  que fue elegido por la Iglesia de Jerusalén —se puede decir la Iglesia madre— como la persona más idónea  para visitar una nueva comunidad, la de Antioquía, que estaba compuesta por diversas personas que se habían convertido recientemente del paganismo». 

De hecho, fue enviado «casi como un explorador«, encontrándose «personas que provenían de otro mundo, de otra cultura y sensibilidad religiosa», con «una fe llena de entusiasmo, pero todavía frágil». La actitud de Bernabé fue «de gran paciencia», de «entrar en la vida de personas hasta ese momento desconocidas, la paciencia de acoger la novedad sin juzgarla apresuradamente, la paciencia del discernimiento, que sabe captar los signos de la obra de Dios en todas partes, la paciencia de “estudiar” otras culturas y tradiciones». En una palabra, «la paciencia del acompañamiento».   

«[Bernabé] no sofocó la fe frágil de los recién llegados con actitudes estrictas, inflexibles, o con requerimientos demasiado exigentes en cuanto a la observancia  de los preceptos. Los acompañaba, los tomaba de la mano, dialogaba con ellos». Eso también ha de suceder hoy.  

«Queridos hermanos y hermanas, necesitamos una Iglesia paciente», proclamó el Papa. «Una Iglesia que no se deja turbar y desconcertar por los cambios, sino que acoge serenamente la novedad y discierne las situaciones a la luz del Evangelio», como el drama de la migración, que precisa «cultivar una mirada paciente y atenta, a ser signos visibles y creíbles de la paciencia de Dios que nunca deja a nadie fuera de casa, privado de su tierno abrazo». 

«La Iglesia en Chipre tiene estos brazos abiertos: acoge, integra y acompaña. Es un mensaje importante también para la Iglesia en toda Europa, marcada por la crisis de fe. No sirve ser impulsivos y agresivos, nostálgicos o quejumbrosos, es mejor seguir adelante leyendo los signos de los tiempos y también los signos de la crisis», recalcó Bergoglio, que prosiguió. 

«Es necesario volver a comenzar y anunciar el Evangelio con paciencia, sobre todo a las nuevas generaciones» 

«Es necesario volver a comenzar y anunciar el Evangelio con paciencia, sobre todo a las nuevas generaciones», dijo, dirigiéndose a los obispos: «Sean pastores pacientes en la cercanía, no se cansen nunca de buscar a Dios en la oración; a los sacerdotes, en el encuentro; a los hermanos de otras confesiones cristianas, con respeto y solicitud; y a los fieles, allí donde viven». 

A los sacerdotes, les pidió ser «pacientes con los fieles, siempre dispuestos a animarlos, ministros incansables del perdón y de la misericordia de Dios. Nunca jueces  severos, siempre padres amorosos» porque «la obra que el Señor realiza en la vida de cada persona es una historia  sagrada, dejémonos apasionar por ella». 

«Tomar consigo» al otro 

«En la multiforme variedad de su pueblo, paciencia significa también tener oídos y corazón para acoger sensibilidades espirituales diferentes, modos de expresar la fe distintos y  culturas diversas. La Iglesia no quiere uniformar, sino integrar con paciencia. Es lo que deseamos hacer  con la gracia de Dios en el itinerario sinodal: la oración paciente, la escucha paciente de una Iglesia dócil a  Dios y abierta al hombre», culminó.  

La segunda palabra tiene que ver con el encuentro de Bernabé con Pablo de Tarso. «Bernabé lo tomó consigo, lo presentó a la comunidad, contó lo que le había sucedido y  respondió por él». Ese ‘tomar consigo’, «es una actitud de amistad y de compartir la vida». «Significa hacerse cargo de la historia del otro, darse tiempo para conocerlo sin etiquetarlo, cargarlo  sobre los hombros cuando está cansado o herido, como hace el buen samaritano. Esto se  llama fraternidad, y es la segunda palabra»

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