Una reflexión a propósito del próximo sínodo 

Por Marco de Carlo Hernández 

Hace algunos meses conocí a un extraordinario personaje, que ahora es mi amigo, y que no me alcanzaría este espacio para describir: gran conversador, bohemio, honesto, en pocas palabras una persona íntegra y feliz. Mi amigo José Luis es muy bueno en lo que hace, pero es el primero que oigo que dice: “yo no sé hacer esto, por eso lo hago con cuidado”, a pesar de que es un experto en el tema. Y él mismo lo dice bien, no se trata de una falsa humildad, sino de mantener los pies en la tierra y disfrutar de lo que uno sabe y le gusta hacer, cuidando los detalles. En una ocasión le pregunté cuál podría decir que es su secreto, y acercándose a mí, como si se tratara de una cosa muy privada, me dijo: a cada cosa hay que darle su tiempo. 

Esta anécdota a propósito de que en estos días llegó a mí el vademecum preparatorio para el Sínodo de los Obispos al que ha convocado el papa Francisco para el mes de octubre del 2023. Se trata de una reunión representativa de todos los obispos del mundo para tratar temas específicos. El documento, a pesar de los descuidos en la ortografía, me parece muy esperanzador. Me alienta muchísimo leer que la Iglesia quiere escuchar a todos, especialmente a los más alejados para, en esas voces, escuchar el clamor del pueblo de Dios y a Dios mismo. Algo muy necesario y oportuno en la iglesia del siglo XXI. Su proyección y objetivos son muy loables, las figuras bíblicas muy evocadoras y me parece que ofrece una gran inspiración. Les invito a todos a informase del tema y buscar lo que esta maravillosa invitación implica para todos. 

El mismo documento señala que el objetivo principal es escuchar, inclusive es la herramienta indispensable para la sinodalidad, que es el tema central del sínodo; pero lamentablemente, la escucha es algo de lo que cada vez más carecemos en la sociedad y en la Iglesia en la que vivimos. Desde que como humanidad comenzamos a grabar lo que escuchamos, primero en papiros y libros, luego en audios y ahora en videos, hemos perdido la capacidad de escuchar con atención; además ahora mismo vivimos en medio de una gigantesca cacofonía global, el estilo de vida moderna nos llena de mensajes que inundan de ruido toda nuestra vida ofreciéndonos cosas innecesarias, estilos de vida insostenibles y modelos a seguir que muchas veces son inhumanos. En este escenario nadie escucha a nadie. Entonces nos volvemos una sociedad impaciente, ya no queremos oratoria (rollo como coloquialmente se llama) sino fragmentos, videos de 20 segundos que me cuenten una pequeña parte de la historia antes de ‘swipear’ (termino anglosajón que de forma práctica significa pasar a otra historia si no me atrapa en los primeros cuatro segundos) y la conversación se ha desplazado por la transmisión personal breve de lo que puede significar un emoji. 

Nos hemos vuelto tan insensibles a la escucha que los medios de comunicación tienen que gritarnos con sus titulares aquello que desean atrapará nuestra atención, porque no prestamos atención a lo que no se destaca dentro de todo el ruido. Y este es un problema fundamental al que el itinerario de la preparación al sínodo no le está dando su tiempo. Es tan fundamental porque la capacidad de escucha consciente implica el entendimiento. Un mundo donde no hay escucha consciente es un lugar tenebroso y violento. Si esto lo transportamos a la Iglesia, el escenario será el mismo. 

La ciencia ha descubierto que en las estructuras de comunicación, pasamos casi el 60% del tiempo escuchando, pero solo retenemos el 25% de eso que escuchamos, lo que se traduce en un 16.6%. Y es que este ejercicio de escuchar se trata del significado que podemos extraer de aquello que escuchamos, es decir, en realidad es un proceso mental que obedece a patrones que lo hacen más o menos eficaz; por ejemplo, cuando se le llama a alguien por su nombre pone más atención en la escucha. Pero lo más importante del escuchar es la intención, aunque de intenciones no se vive, dice el refrán. Y es que según el itinerario ofrecido por el vademecum, el próximo abril se termina la etapa de escucha a los más alejados, es decir, en 5 meses, y estoy muy seguro que muchos de ustedes aún no han oído hablar del sínodo ni saben qué pretende. En pocas palabras, tiene una gran intención, pero no veo ninguna estrategia, ni estructura, ni recursos reales para lograr sus objetivos, y como generalmente pasa, los mismos de siempre, la gente de una iglesia para gente de iglesia, terminará imponiendo sus mismas opiniones sin realizar el ejercicio que se pretende. 

La escucha tiene una importancia fundamental porque además nos ubica en el espacio tiempo; escuchar el presente es ubicarnos en un aquí y ahora, reflejando la realidad, pero también contiene una narrativa que nos conecta con todo, el pasado y el futuro. De hecho en el documento se invita a todos a imaginar la Iglesia ideal; un ejercicio que, en las diócesis donde se ha impuesto la metodología prospectiva, ya conocemos, y que mientras no se haga con verdadera intención, no da resultados reales. 

Cinco requisitos 

Podría enumerar cinco requisitos para una escucha consciente. Primero el silencio, pero no un silencio violento utilizado como castigo, porque la indiferencia puede ser más dolorosa que un grito, sino un silencio intencionado para entender al otro, escuchar su necesidad real; segundo, aprender a escuchar al otro en medio de tanto ruido, o pasar de las expresiones violentas y ruidosas a escuchar la verdadera necesidad; tercero, conectar con la propia necesidad, disfrutar el ejercicio de escucha consciente y empática que tengo con aquel que estoy escuchando; cuarto, modificar las posturas de escucha, de una escucha activa a una pasiva y paciente, de una reducida, aquella donde solo escucho lo que me interesa, a una extendida, de una crítica a una postura empática; finalmente un acrónimo: ARCI (aceptar, reconocer, contestar, interrogar). Aceptar es encontrase con el otro y entender que detrás de su dolor existe una necesidad no cubierta; reconocer es agradecer que el otro hable, que se tome ese tiempo para decir lo que siente; contestar es replicar lo que me acaba de decir para, con mis palabras, esta misma persona se escuche y confirme qué eso es lo que siente; interrogar si es así como se siente o reformular lo expresado a modo de llegar a su necesidad auténtica. 

Todos, pero especialmente como Iglesia, necesitamos escuchar conscientemente para un crecimiento pleno, para conectarnos en la realidad presente, en el espacio y tiempo que vivimos, para entendernos los unos a los otros y realmente hacer una conexión espiritual como lo expresa la intención del sínodo en el vademecum. De no hacerlo así, este ejercicio de escucha global que se pretende, entrará en un terreno muy resbaladizo quedándose muy lejos de su intención y seguiremos, los que hemos sido empujados al borde del camino, los despreciados y excluidos, los que hemos sido vetados y tenemos que vivir en las periferias, contemplando una jerarquía sorda, ciega y muda que no refleja la compasión y misericordia que predicó Nuestro Señor Jesucristo. 

Quiero terminar pidiéndote, querida (o) lectora (or), hagas un ejercicio; pregunta a cinco personas, de esas que están más alejadas de la Iglesia o de la fe, si saben lo que es un sínodo o han escuchado que se va realizar uno. Y te invito a que te expreses, a que utilices tus redes sociales, tus estados de WhatsApp, o cualquier otro medio que tengas a tu alcance para decir qué Iglesia del siglo XXI sueñas ver. Utilicemos el hashtag #PreguntameAMi o #QuieroEstaIglesia o cualquier otro. Hagamos resonar nuestra voz para ser escuchados y contribuir a la paz, inclusión y compasión evangélica que deberíamos vivir. 

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