La Buena Noticia del Dgo 2º Adviento-C

Vino la palabra de Dios sobre Juan… en el desierto

Preparad el camino del Señor

Lucas 3, 1-6

Todos verán la salvación de Dios

En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.»

Actualización de la Palabra

¿UN ADVIENTO MÁS O UNA NUEVA OPORTUNIDAD? 

Written by José Enrique Galarreta 

Lc 3, 1-6 

Los dos primeros capítulos de Lucas se dedican al «evangelio de la infancia». En éste tercero comienza la vida pública de Jesús, introducida por la predicación de Juan Bautista. 

Lucas hace una presentación «histórica», intentando precisar la fecha exacta de la aparición del Bautista en el Jordán. A pesar de ello, los datos son menos precisos de lo que parece, aunque a través de ellos podemos fijar estos sucesos hacia el año 28 de nuestra era, con un margen de error de un año más o menos. 

La intención de Lucas sin embargo no es preferentemente histórico-cronológica, sino la de presentar a Jesús a través del anuncio de Juan. El Bautista, en éste y en los otros evangelios, es el precursor, el que anuncia que la llegada del Salvador es ya inminente. 

Y se presenta al Salvador con las mismas palabras que los antiguos profetas (Isaías, Baruc…) anunciaban la restauración de Israel. Jesús es presentado por tanto por medio de un profeta, como «El que había de venir, el que esperábamos, el salvador de Israel». 

En estos capítulos de los evangelios (Mateo 3, Marcos 1, Lucas 3, Juan 1) encontramos, como casi siempre en los evangelios, un suceso que ocurrió (apareció un profeta llamado Juan que bautizaba con un bautismo de penitencia) y la interpretación que da la fe del evangelista (su función era preparar el camino de Jesús, que es «el que esperábamos, el Salvador»). 

Pero estaría muy bien no descontextuar este fragmento (cosa que hace la liturgia sin escrúpulo alguno constantemente). Los evangelios del Bautista dan un mensaje completo y amplio, que apenas se vislumbra en este trocito. (1) 

Fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. 

Juan, hijo del sacerdote Zacarías, no es sacerdote. Vive en el desierto, quizá en el entorno de Qumran; lleva una vida austera, alimentado y vestido con lo que el desierto le da, que es bien poco. La Palabra de Dios no sale del Templo. El Precursor es un don nadie que vive en el desierto; como aquél a quien el Precursor anuncia. 

La Palabra de Dios fue dirigida; de nuevo, una vez más. Porque la Palabra es incansable. Toda esa larguísima trayectoria que es la historia de Israel narrada en la Escritura no es más que la crónica de la constante, incansable presencia de la Palabra. 

También es la crónica de las respuestas –buenas y malas– del pueblo a la Palabra. La Palabra que no cesa. La Palabra que es aceptada y rechazada. La Palabra que es entendida y malentendida. Pero siempre, la peregrinación humana acompañada por la Palabra. 

Podríamos decir que éste es el dogma básico, la creencia más profunda de Israel: Dios está ahí, acompañando el peregrinar del pueblo: Dios es Palabra para iluminar el camino. 

En la larga peregrinación del pueblo, la Palabra fue a veces bien, a veces mal correspondida. Pero, antes de eso, la Palabra fue entendida como aquellas personas pudieron entender. Palabra por Palabra, tan Palabra de Dios es «amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo» como «amad a vuestros enemigos». Tan Palabra de Dios es «ojo por ojo y diente por diente» como «poned la otra mejilla». Tan Palabra de Dios es el mandato de las guerras de exterminio como la negativa de Jesús a identificarse con un Mesías davídico. Palabras de Dios contradictorias. 

También Juan Bautista fue Palabra para su tiempo: una Palabra que resonaba con los más puros acentos de los profetas alarmistas. «Ya está el hacha puesta a la raid del árbol», ya está aquí el día de la venganza del Poderoso, temblad, arrepentíos para escapar al castigo inminente. Una terrible Palabra de Dios, como tantas otras antes, como tantas otras después. 

Esta Palabra fue recibida de manera diversa: mucha gente, gente normal, soldados, publicanos, acudían a Juan. Quedaban impresionados, cambiaban de vida, salían de sus pecados. Otra gente, letrados y fariseos, le pedían cuentas: «¿con qué autoridad hablas así, pues no eres el Mesías, ni siquiera un Profeta?». 

Mucha gente normal, pecadora normal, reconoció en Juan La Palabra y estuvieron dispuestos a cambiar de vida. Gente importante, experta en La Palabra, recelaron de Juan y le pidieron garantías; no estaban dispuestos a cambiar de vida: ellos ya tenían la Palabra, y no estaban dispuestos a que un don nadie sin cualificación oficial alguna les anunciara nada de parte de nadie. 

Con Jesús pasará lo mismo. La Palabra vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron. Es el argumento principal del cuarto evangelio: y ya lo había sido de Marcos: hay que creer en este Mesías, no en el que os habíais imaginado. ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Evidentemente, esperaban a otro, y por tanto, no era Jesús el que había de venir. 

Sorprendentemente, la Palabra/Jesús es fuertemente discordante con la Palabra/Juan. El austero penitente amenazante tiene poco que ver con el conversador de sobremesa que trae Buenas Noticias. El Dios que empuña el hacha vengadora tiene poco que ver con el padre del hijo pródigo. 

Pero tendrán algo en común: las dos Palabras serán aceptadas por los mismos y rechazadas por los mismos. Sea como sea la Palabra, por los mismos es aceptada y por los mismos es rechazada. Y, sin duda, por la misma razón; porque YO conozco de sobra la Palabra, porque ¿quién es ése para decirme a MÍ, la Palabra? 

En conclusión, en la larga peregrinación de la humanidad hacia la plenitud soñada por el Padre Creador, el Padre es Palabra, permanentemente presente en la aventura de los que caminan hacia la cumbre que es ser hijos. 

La Palabra es siempre luz, luz cada vez más intensa, de manera que una luz vista desde la oscuridad es luz, y vista desde más luz es casi oscuridad. Es la única manera que tenemos de leer como luz las oscuridades del antiguo testamento. Fueron luz en un momento de tinieblas: son tinieblas vistas desde Jesús. 

Hacemos mal en acudir a las velas cuando resplandece la luz del sol. Hacemos mal en recurrir a las velas de las antiguas palabras cuando podemos vivir al sol de Jesús. Ni la Alianza ni la promesa ni el Pueblo Elegido ni los Sacrificios ni el Templo ni el Juicio del Terrible, ni Yahvé justiciero… son más que velas de mortecino resplandor, que fueron quizá útiles para un pueblo en su caminar a tientas. 

Juan Bautista es la última de esas vacilantes candelas. Y lo dijo Jesús: el más grande de los profetas, pero el más pequeño del Reino es mayor que él. Y nosotros estamos en el Reino, porque en la noche de Navidad va a salir el sol, ante el cual todas las candelillas anteriores parecen estar apagadas. 

Pero a lo largo de la historia, las personas se han comportado igual ante la palabra, fuera modesta vela parpadeante o radiante sol de mediodía. Todas las historias de los profetas de la Vieja Ley y del Reino se parecen: Palabra de Dios aceptada por gente vulgar y rechazada por sabios, santos y poderosos. 

Los profetas oficiales rechazando a Jeremías, los ricos y los reyes riéndose e incluso dando muerte a los portadores de la Palabra. Juan Bautista acosado por los escribas y fariseos y asesinado por Herodes, Jesús, igualmente acosado por escribas, fariseos y sacerdotes, y entregado a la muerte a mano de los poderes políticos. 

Y siempre por la misma razón de fondo, una actitud: estar a la espera de la Palabra, necesitar la Palabra, desear la Palabra, o, por el contrario, estar seguro, no necesitar ninguna palabra. Actitud que es la manifestación de otra más interior: estar insatisfecho, desear mejorar, estar dispuesto a cambiar. o, por el contrario, estar satisfecho, no estar dispuesto a cambiar. 

Impresiona mucho comprobar cómo toda historia religiosa, de antes y de ahora, repite como calcos las mismas actitudes vitales; por esa razón, las situaciones y los personajes que aparecen en los evangelios se convierten en paradigmas extra-temporales; nos reconocemos a nosotros mismos en los personajes y en las situaciones. 

Por eso, la palabra clave del Adviento «viene el Señor» puede ser una Gran Noticia o un tópico. Y que sea una cosa o la otra podrá servirnos para conocer a qué bando pertenecemos: si esperamos la Palabra para mejorar o la encajamos sin más en el catálogo de las cosas ya conocidas para no cambiar. 

¿Un Adviento más? ¿Una Navidad más? ¿Una nueva oportunidad? 

Como cuando nieva sobre un charco, que los copos se disuelven nada más tocar el agua. Como un paisaje nevado atravesado por un torrente. El torrente, inmune a la nevada. Nuestra vida, charco estancado quizá, palabra largamente conocida y estancada, que imposibilita recibir cualquier novedad… o torrente de múltiples actividades, deseos… incapaz de recibir palabra alguna. 

Adviento: no una «época litúrgica», sino una dimensión básica de la vida: estar atentos a la Palabra, porque viene, siempre viene, continuamente, porque Dios es incansable, porque el Amor es incansable. 

Estamos a las puertas del invierno: es bueno contemplar los árboles muertos. Parecen piedras, irremisiblemente perdidos para la vida. La contemplación del invierno debería llevarnos a pensar que el final de todo es la muerte, que la vejez no tiene remedio, que los grandes árboles helados e inmóviles han llegado a término. Pero nosotros sabemos que hay primavera, porque la hemos visto. De esas medio-piedras brotarán pequeños milagros verdes. Esos escalofriantes manojos de palos desnudos se vestirán de hojas resplandecientes. 

¿Quién soy yo? ¿Tengo el alma vieja, definitivamente resignada al invierno? ¿Estoy convencido de que en mi vida ya no va a pasar nada? 

Estaría muy bien re-leer despacio la parábola del sembrador: Dios es el incansable sembrador. Puedo estar seguro de que habrá siembra, habrá Palabra. De que la hay. Pensar en mis piedras, en mis zarzas. Y no resignarme a ellas. A veces parece que nos gusta vivir tranquilamente resignados a la esterilidad, como si las zarzas nos protegieran de algo temible…. 

Estaría muy bien re-leer la parábola de la levadura. Y atreverse a entrar dentro de nosotros mismos, sin piedad y sin miedo, descubriendo nuestros íntimos miedos, abriendo las puertas que tenemos quizá largo tiempo selladas… Y al entrar en la última morada, donde no esperamos encontrar más que lo más oscuro de nosotros mismos, encontrarnos con Dios/levadura, dispuesto a fermentar la masa, desde dentro, en silencio. 

Adviento: tiempo de agradecer. Porque siempre está ahí, porque no se cansa. Porque el amor de Dios es paciente, porque la semilla se sigue derramando, aunque haya caído tantas veces en el camino y se la hayan llevado los pájaros. Porque la levadura, pequeña y desconocida, tiene poder para fermentar hasta treinta medidas de harina… 

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