El poder de los gestos

Francisco en Chipre: el poder de los gestos 

Francisco besa la cruz de Crisóstomos

Francisco El Papa besa la cruz de Crisóstomos 

Bergoglio alaba el papel de la pequeña Iglesia católica en Chipre y la pone de ejemplo ante las Iglesias de Europa «marcadas por la crisis de fe» 

El Papa propone el testimonio como modelo de actuación frente al proselistimo y aboga por la necesidad de «cristianos luminosos» 

04.12.2021 José Lorenzo 

La fraternidad -es decir, el abrazo y los brazos abiertos- la paciencia, la escucha, la disposición a hablar y a encontrar, el dejarse asombrar por el que llega, el perseverar como la llave maestra para la reconciliación… El papa Francisco fundamentó en esos –pero no solo– elementos el verdadero motor que puede hacer caminar a la humanidad a través de la actual “oscuridad de la historia”, como subrayó durante eucaristía que presidió en Nicosia en su segunda jornada en Chipre. 

Se trata de dar una oportunidad “al poder de los gestos”, en lugar de a “los gestos de poder” que hoy siguen marcando el lenguaje de la comunidad internacional, como se ve en la pertinaz exhibición de estupidez estos mismos días en las fronteras entre Bielorrusia y Polonia, pero también entre Rusia y Ucrania, en Sudán y en tantas guerras olvidadas. También en la anomalía que vive esta isla dividida -pero no aislada- por una dolorosa cicatriz que estos días está acogiendo su 53º viaje internacional, el tercero de este año. 

Ecumenismo, reconciliación, acogida 

Mosaico de civilizaciones, la cuna de Afrodita es la parada previa a su segunda estancia en Grecia (el único país que puede presumir de esta distinción), pero no obedece, como ningún otro periplo del Papa argentino, a un mero capricho, sino que el objeto y objetivo está cuidadosamente delineado, perfilado en sus aristas, que tienen que ver con una irrenunciable vertiente ecuménica, pero también de reconocimiento a la labor de la minoría católica, tan difícil en tantas ocasiones; un indisimulado deseo de ayudar a encontrar una salida al contencioso que dividió la isla en 1974, convirtiéndola en un avispero, pálido reflejo del histórico conflicto entre otomanos y cruzados; y, finalmente, un enérgico grito contra la conciencia dormida de una comunidad internacional ciega y sorda al sufrimiento de los migrantes. 

El encuentro con la comunidad católica maronita, primero, y las autoridades ortodoxas, después, sirvió a Jorge Mario Bergoglio para, en un ejercicio de humildad, elogiar la sinodalidad de la Iglesia ortodoxa, un camino por el que apuesta claramente también para la católica, nada menos que con una convocatoria sinodal, pero saliendo del individualismo y abandonando antiguas seguridades y la “pretensión de la autosuficiencia”, expresiones que no llevaban dedicatoria pero que fácilmente se intuye que van dirigidas a los de la casa propia. 

Testimonio, sí; proselitismo, no 

Lejos de eso, invitaba a “seguir el camino del encuentro personal, prestar atención a las preguntas de la gente” y desechar la tentación aún dominante del proselitismo, dando una oportunidad “al testimonio”. “No es moralismo, que juzga, sino misericordia que abraza; no se trata de culto exterior, sino de amor vivido”. 

Para eso, “para iluminar la noche que a menudo nos rodea”, el pontífice argentino abogó por “cristianos iluminados, pero sobre todo luminosos, que toquen con ternura las cegueras de los hermanos, que con gestos y palabras de consuelo enciendan luces de esperanza en la oscuridad”. 

Un recado para las Iglesias de Europa 

Lo decía Bergoglio desde la capital de Chipre, pero no era un deseo solo para aquella Iglesia. Era, más bien, para las comunidades creyentes de la vieja Europa, “marcadas por la crisis de fe”, que tienen mucho que aprender de una Iglesia chipriota que “tiene estos brazos abiertos”, que “acoge, integra y acompaña”. 

Tanto el presidente de la República chipriota como el arzobispo ortodoxo eran plenamente conscientes de que en pocas ocasiones podrían sus diversas reivindicaciones contar con un altavoz semejante al de la visita del líder moral más importante del mundo. Y no perdieron la ocasión, centrada sobre todo en los problemas internos derivados de la partición del país, pero el profundo desasosiego que genera la influencia turca sobre la mitad de la isla quedó meridianamente claro con un discurso muy duro de Crisóstomo II, que denunció a las claras la limpieza étnica practica por Turquía en las últimas cuatro décadas. 

Las heridas de una división 

Recogió el guante Bergoglio en su homilía, aunque si en realidad fue menos vehemente (no puede perder la baza de contar con el presidente turco como mediador en conflictos con el Extremo y Medio Oriente, así como con su papel posibilista en el tablero de ajedrez en el que los migrantes son los peones de hoy), no ocultó que la herida más dolorosa en ese hermosa isla es “la provocada por la terrible laceración que ha padecido en los últimos decenios”, refiriéndose al “sufrimiento interior” de quienes no han podido volver ni a sus casas ni a sus lugares de culto y celebración. Lugares hoy ocupados por Turquía. 

Frente a ello, les ofreció Bergoglio un bálsamo poco novedoso, es verdad, resbaladizo, largo, tortuoso y recurrente en su pontificado: el diálogo, sin el cual “no hay alternativas para la reconciliación. Fue ahí donde animó a las partes a cambiar el orden de los factores: dejar los gestos de poder para aferrarse al poder de los gestos

El encuentro más esperado 

Le quedaba aún, poco más de veinticuatro horas después de su aterrizaje en la isla, su encuentro más esperado, en el que Bergoglio se crece porque se entrega a fondo y donde el dolor le coloniza los gestos, porque, como dijo al salir del Vaticano, “toca las llagas” de los que sufren, y lo volvió a hacer en un encuentro ecuménico con un grupo de migrantes en una parroquia de la capital. 

Como en tantos otros lugares a lo largo de sus ocho años largos de pontificado, tocó, acarició, abrazó las historias de dolor y desarraigo de hombres y mujeres que pusieron confiadamente en sus intervenciones ante él su fe, su esperanza, su voluntad de seguir caminado a pesar de tanto sufrimiento acumulado. 

El Papa saluda a una de las migrantes que intervino en el encuentro 

Todos habían llegado a través de ese Mediterráneo que, denunciaría de nuevo el Papa, «se está convirtiendo en un cementerio», arribados en pésimas condiciones a las mismas costas del mar del que surgió vestida de espuma la Venus-Afrodita de Boticelli y que se han convertido en las principales víctimas de “la guerra de nuestros días”, que son las migraciones. 

Era el preludio de lo que será uno de los momentos más esperados de la segunda parte de su viaje, su nueva peregrinación a Lesbos, para, como en esta pequeña parroquia, encontrarse con las personas que se ven obligadas a abandonar su hogar y que son esclavizadas, vendidas, torturadas, humilladas y, finalmente, dejadas morir a su suerte cuando no asesinadas o convertidas en un vergonzoso objeto de presión por países sin entrañas de misericordia. 

La cálida acogida a todos ellos por parte de Francisco, la emocionada y emocionante intervención ante un anciano que por momentos disimula su fragilidad, las lágrimas de pesar, los silencios restallantes por los que se colaba la sana indignación y el compromiso de la perseverancia en el testimonio de las bienaventuranzas, “la constitución perenne del cristianismo”, se convirtieron en en estos días en Chipre en poderosos gestos que hacen que la esperanza no haya sido ahogada aún por la noche

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s