María: primera creyente en su hijo

  1. María Inmaculada, sin pecado concebida 

El 8 de diciembre de 1854 el papa Pío IX presentaba a la Iglesia el dogma de la Inmaculada Concepción. Las palabras eran: 

La Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano. 

Dios estaba con María: El Señor está contigo, le dijo el ángel a María. 

María tuvo la noble tarea de ser madre, madre de Jesús. Y en esa tarea ocupó María toda su vida, incluida la libertad. Y tal misión en la vida la liberó del pecado y la hizo mujer llena de gracia. 

Dios estuvo en su vida, presidió su vida y por ello en María no hubo pecado. Quizás en este sentido podríamos entender a María como Inmaculada, sin pecado en su vida 

La forma de superar el mal es que Dios esté en nuestro transcurrir. 

  1. La mujer, la madre como memoria

    Creo que es una realidad muy común entre nosotros que cuando muere la madre, los padres, las familias se disgregan y cada cual hace ya su camino. No es que los miembros de la familia se lleven mal, pero ya no se da aquella cohesión, aquella unión y cercanía, aquellos encuentros-comidas de cumpleaños, de Navidad, etc. 

Sin embargo la madre (los padres) son siempre la memoria, la referencia a la que nuestra existencia se remite. La madre es siempre es la fuente de vida; y no solamente la vida física, sino de la acogida, del cariño, de la inserción en la familia, en la cultura, en el idioma, en los valores, etc. 

    María es memoria de JesuCristo. 

  1. Eva – María. 

    Hemos escuchado hoy la memoria de dos mujeres, de nuestras “dos madres míticas”: Eva y María (Adán y Jesús), que son también rumores de la complejidad de la existencia humana: luz y tinieblas, bien y mal, vida y muerte, Adán y Cristo. Somos así. Somos a dos tiempos. 

Hoy celebramos la memoria de María, Madre del Señor de la Vida. La fuente amable, gratuita de la vida. 

Si en épocas pasadas, sobre todo desde Trento, siglo XVI, hasta el Vaticano II, la figura de María ocupó un lugar, tal vez excesivo en la espiritualidad cristiano-católica y se utilizó a María abusivamente como fuente de identidad ideológica frente al mundo de la Reforma protestante, no es menos cierto que es bueno recuperar la memoria de María como madre, como creadora de vida, como mujer dispuesta a desempeñar su tarea en la historia de la salvación, mujer que pensaba, que guardaba y meditaba todas las cosas en su corazón. 

María fue mujer creyente que llega a la fe en su propio Hijo. (Seguro que a María le costó llegar a la fe en su propio Hijo). 

María estaba presente en el nacimiento de la comunidad cristiana, al pie de la cruz con el creyente amado, en Pentecostés con los primeros cristianos. 

La tradición oriental (ortodoxia), ha guardado fielmente la memoria de María como Madre de Dios (Theotokos), advocación muy temprana en la vida de la Iglesia. Fue el Concilio de Éfeso (431) el momento en el que se proclama a María como madre de Dios. 

Tal vez parezca un pietismo, pero cuentan que Santo Tomás de Aquino (1224-1274), cercano ya a su muerte decía que dejaba o cambiaba toda su sabiduría por el contenido del Ave María. 

Muchas veces en la vida en momentos de abatimiento, de enfermedad o de desganas, basta con evocar la memoria de nuestra madre biológica y con evocar la memoria de María la madre del Seño. 

Dios te salve, María, llena de gracia 

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