La Asamblea Eclesial de A.L y E. C.

Una Asamblea Eclesial imprescindible e irreversible, y al servicio del Reino 

por Mauricio López Oropeza  

Mi experiencia personal en la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, que todavía no termina, sigue siendo la de una navegación imparable en medio de aguas movidas, porque estamos viviendo tiempos de cambio profundo y real. Este espacio ha posibilitado avances inéditos y, sobre todo, ha dado cabida a muchos y muchas que han estado permanentemente excluidos o no han sido escuchados en el pasado. 

Por supuesto, falta aún mucho camino por recorrer, debemos ampliar la participación con una mayor implicación de sectores excluidos y diversos, pero el contraste que debemos hacer hoy, es sobre los procesos recientes de la Iglesia, es decir, si bien tenemos que mantener una mirada en el horizonte para seguir avanzando, quizás el ideal nunca lo alcancemos y eso nos permite crecer y seguir insistiendo. 

Pero, sobre todo, necesitamos mirar hacia atrás, y reconocer cuál fue la participación de grupos sistemáticamente excluidos en experiencias pasadas, revisar esos temas rechazados u ocultados en eventos anteriores, como pudo haber sido una propia Conferencia General del Episcopado, y mirar el contraste con lo que hoy ha sido la Asamblea, aún con sus limitaciones, pero constatando los enormes pasos que se han dado y lo que ella representa en avances en la dirección correcta: la de ser más Iglesia en salida sinodal. 

Por lo tanto, yo sigo viendo esta Asamblea como parte de un gran kairós, marcado por la escuela de una escucha transformadora con una participación amplia como la que se dio en el Sínodo Amazónico, e iluminada por los cuatro sueños proféticos del Papa que resultaron de este proceso previo. 

Al calor de la escucha 

En esta ocasión, la Asamblea ha asegurado una metodología de discernimiento que dé cauce a la escucha vivida en los procesos previos y en la propia Asamblea. Unas pocas voces, que os ayudan a revisarnos, apenas siendo el segundo día ya expresaban un descontento porque no había suficiente participación, cuando el proceso mismo de los grupos fue desmontando esta postura, y algunos que la mantuvieron hasta el final, me parece que ya venían con posiciones prejuzgadas a participar. 

 Es preciso aclarar que la metodología de discernimiento implica ir optando, ir perfilando, encontrando dónde están los puntos de mayor fuerza y de más consenso, lo cual ha sido inédito, y eso permitió obtener unos compromisos concretos, para ser exacto, 41 compromisos. 

En esos desafíos no está todo lo que absolutamente cada persona quisiera ver o en el modo en que esperarían verlo, porque de hecho se busca que refleje el conjunto, y el camino compartido, si no, ¿para qué hacer una enorme Asamblea Eclesial si lo que esperamos es solamente una lista de todos los temas, para que cada uno regrese y siga haciendo lo que ya estaba haciendo porque simplemente buscaba una afirmación de su quehacer previo? La escucha y el discernimiento implican encontrar puntos en común, esbozar prioridades, y ciertamente dar forma a los horizontes de modo que haya un reflejo del todo en si conjunto, buscando la comunión. 

De los 41 desafíos priorizados, 12 expresaron una mayor urgencia dentro de los participantes, y es claro y evidente que todo ello derivó de la escucha preliminar con la participación de al menos 70.000 personas. 

En este sentido, creo que se confirma que a pesar de haber asumido como desafíos de la Iglesia temas difíciles, complicados, que algunos miembros de la propia Iglesia no quieren ver, éstos aparecieron con naturalidad, y fueron discutidos y acogidos con total transparencia y naturalidad como el Papa ha pedido en estos espacios sinodales. En esto, todos los grupos refieren que la apertura con la que se trataron los temas fue absoluta, sin embargo, unos pocos parecería que lejos de asumir el consenso moral, querían imponer sus propios temas ¿quizás forzarlos para que la Asamblea lejos de ser tal, fuera una expresión a su imagen y semejanza? 

En definitiva, no solo se mantuvo una escucha inédita de un alcance sin precedentes, sino que se desarrolló una metodología específica que permitió la participación de todos en grupos de discernimiento amplios y diversos, aunque de modo limitado e imperfecto. Desde esos grupos de discernimiento se perfilaron los temas para el que podría ser un proyecto pastoral de la Iglesia en América Latina, y este modo de trazar en sinodalidad los horizontes ha dejado una invaluable impronta. 

En todo caso, luego de releer los 41 desafíos, a mí me parece que están ahí bien presentes los temas difíciles y urgentes, los que tienen que ser ubicados dentro de este proceso que vamos a acompañar en los siguientes años como instancias eclesiales en la región, por mencionar algunos: los abusos y la remediación de los daños hechos a las personas vulneradas y lastimadas; es un tema que se ha mencionado antes, pero que a lo mejor a nivel regional no se había asumido con la misma fuerza. La acogida y atención pastoral a personas de diversidad sexual, por ejemplo, que necesita un reconocimiento profundo y que ahora se abre una puerta para seguir acompañando pastorales específicas. 

Asimismo, temáticas sobre la defensa de la vida, sobre el reconocimiento y el papel de los pueblos originarios y afrodescendientes fuertemente explicitados como deudas históricas y su aporte al cuidado de la casa común; el papel de la mujer, que apareció con tanta fuerza, como necesidad de participación efectiva en ministerios, en decisiones, en liderazgo, y muchos temas más de carácter esencial y urgente que están entre los 41 desafíos. 

Aporte al Sínodo de la sinodalidad 

En el aspecto de la eclesialidad, la Asamblea es una contribución directa al camino del Sínodo de la sinodalidad que está ya en marcha, por ende, esta experiencia regional es una expresión del espíritu que insiste, persiste y resiste, que no para ante los grupos que rechazan cualquier cambio en la Iglesia, a los que yo llamo escleróticos, que se cierran en sí mismos con miedo a los cambios. 

Y que, además, va mucho más allá de grupos misofóbicos (miedo a contaminarse), que pretenden tener la verdad absoluta reservada en sus ideas o praxis, quienes desde los despachos o desde sus experiencias más particulares, muchas veces sin haber participado en los procesos, siempre terminan diciendo: ‘esto ha sido insuficiente, nada ha cambiado, esto es inútil’. Esto ha sucedido de igual forma en el Sínodo Amazónico, y esos grupos rechazan, o elijen no reconocer, los cambios reales e innegables que estamos viviendo. 

Esos, muy pocos, profetas de calamidades desde los extremos siguen siempre presentes y eso para nosotros debe ser ya una confirmación de que si mantenemos una cohesión con lo central del camino de la Iglesia que es la comunión y el discernimiento en el proyecto del Señor, ni la esclerosis ni la misofobia pueden someter este camino que no se detiene. Nuestra esperanza seguirá adelante, con ello-as, pero también a pesar de ellos-as. 

Acciones post-asamblea 

Desde el CELAM, la CLAR, las Cáritas ALyC, y múltiples instancias regionales de la Iglesia con las que hemos venido trabajando, sentimos la certeza de que este proceso continúa, siempre hemos hablado de un proceso y no de eventos. Así que, esta fase de Asamblea plenaria, es una dentro del camino que iremos haciendo; viene luego una fase de regresar al pueblo de Dios y de encuentros post-asamblea que se darán a nivel zonas y regional, y esperamos también a nivel país. 

Esperamos que cada una de las instancias participantes pueda procesar, seguir discerniendo, adaptar, identificar cuáles son aquellas llamadas prioritarias que necesitan ser respondidas de manera más urgente en sus realidades particulares. Esto, sin duda, va a ser una fase importantísima. El proceso ha estado lejos de ser perfecto, pero ha sido tejido con una identidad sinodal que nos invita a seguir adelante, y a saber que esto apenas comienza. 

En el CELAM vamos a implementar algo que hace meses estamos preparando, un “Seminario permanente de identidad y misión pastoral” del CELAM, con participación de quienes han estado en el proceso de la Asamblea, con la CLAR y las Cáritas, y que se desarrollará a partir de los resultados de la asamblea en el marco de nuestra renovación. Esto para acompañar las invitaciones discernidas en la Asamblea desde las áreas pastorales prioritarias que ya tenemos, y que responden a muchos de los desafíos, pero también estamos creando plataformas nuevas que respondan a algunos de aquellos desafíos que son esenciales, y ante los cuales debemos comenzar los nuevos caminos eclesiales. 

Por ahora, la preparación hacia la fase continental del Sínodo sobre sinodalidad, nos confirma y reafirma en la necesidad de seguir avanzando, profundizando en todos estos temas para procesarlos como aporte de la región latinoamericana para esta experiencia de la Iglesia universal. Esperamos que las estructuras existentes, que ya están trabajando para responder a estos desafíos, puedan articularse de modo sinodal para seguir asegurando modelos de respuesta a todas estas realidades, sin exclusión. Es necesario seguir avanzando de modo procesual, paulatino y en red. 

En concreto, son varios los caminos previstos, muchos que ya estaban en camino, y otros que se tendrán que generarse a partir de la novedad de esta Asamblea. 

Un proceso irreversible 

En cuanto a la sinodalidad, debo decir que es inherente a la identidad de la Iglesia, no puede ni debe ser una moda pasajera. Tenemos los extremos en tensión que a veces no logran ver los procesos de fondo. Por un lado, quienes asumen la sinodalidad como una amenaza, cuando de hecho es propia del ser Iglesia, y ha estado presente desde su inicio, mientras que del otro extremo, lo asumen como una causa ideológica temporal (por tanto, finita y cambiable), cuando en realidad de lo que se trata es de tejer el camino y el modo de ser Iglesia del tercer milenio. Bien dice el Papa, esto va mucho más allá de una temática o de una ideología, o de las expectativas particulares inmediatas de algunos grupos. 

En tanto, creo que la contribución de esta asamblea ha sido absolutamente determinante para los caminos de reforma irreversible, que el Papa Francisco ha traído de nuevo desde los llamados del Concilio Vaticano II. Es un proceso que entendemos “no tiene marcha atrás”, a pesar de los pesares, de quienes no quieren que nada cambie, y de quienes no reconocen ningún cambio a menos que sea a su imagen y semejanza, o a su modo y ritmo. 

Reitero, esta navegación de la Asamblea contribuye a este kairós, donde las reformas se tornen irreversibles. Un camino que viene de mucho tiempo atrás, pero con más fuerza desde el Sínodo sobre la Amazonía con su modelo de escucha y participación, pasando por esta Asamblea, y hasta el Sínodo sobre Sinodalidad, donde estamos seguros que nuestra contribución latinoamericana junto con todas las otras, sin pretender ser menos o más, será imprescindible para esta reforma eclesial, a la luz del proyecto de Reino, en el proceso de evangelización, y siguiendo los signos de los tiempos para construir un mundo de más justicia e igualdad al modo de nuestro señor Jesús. 

Por Mauricio López Oropeza. Director del Centro Pastoral de Acción Social y Redes del CELAM 

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