La nueva ecología social que el mundo necesita 

ÓSCAR FAJARDO 

En un pasaje de la novela ‘La broma infinita’, de David Foster Wallace, uno de sus personajes relata un breve cuento en el que un viejo pez, al cruzarse con dos jóvenes peces, pregunta qué tal está el agua, a lo que estos, sorprendidos, entrecruzan sus miradas y le responden: ¿qué demonios es el agua? Quise recordar este pasaje en uno de los capítulos de mi reciente ensayo ‘En extinción. Los nuevos desprotegidos de los nuevos tiempos’ (Ediciones Rialp), con el fin de ilustrar cómo, a menudo, las realidades más obvias pasan inadvertidas ante nuestros ojos. Poco sospechaba yo que, al poco, me convertiría también en un joven pez. 

Enfrascado en las teclas de mi ordenador, deslizaba una línea tras otra de mi nueva obra, cada vez con más soltura y facilidad, cada vez más intuitivamente, y así durante cinco meses, sin apenas ser consciente del agua en la que me dejaba bañar, del agua en el que me iba sumergiendo. Al quinto mes, puse un punto, pero no final, al libro. Algo faltaba, quizás, me decía, un prólogo que en unos pocos párrafos englobara lo allí contado. A ello me puse con empeño, tanto, que solo dos palabras bastaron, un eureka feliz contenido en una combinación tan breve y sencilla como reveladora y desafiante: ecología social. De repente, aquellas aguas, más bien océano ya, tenían un nombre, aunque yo, totalmente zambullido en ellas, seguía sin percibir dónde me encontraba flotando. 

Hubieron de pasar algunos meses más, un año en concreto, para que esas aguas, aún imperceptibles, comenzaran a calarme. Primero suavemente, con la llamada de la editorial que publicó el original enviado y me descubrió la presencia, inadvertida hasta ese momento para mí, de una raíz cristiana. Aguas que se hicieron más presentes y evidentes cuando un redactor de la revista que ahora tienen entre sus manos leyó un par de capítulos de ‘En extinción’ y halló una extraordinaria, ¿o puede que no tanta?, coincidencia con buena parte de la doctrina social del papa Francisco y de su ecología integral. Como buen pez joven, obnubilado por otras cuestiones que creía más relevantes, apenas me daba cuenta de esas aguas cristianas en las que nadaban mis pensamientos y reflexiones. O quizás sí lo hacía… pero me resistía inconscientemente. 

Ecologías complementarias 

Fue así como este pez joven que escribe se percató, o más bien le hicieron percatarse, de que su idea de ecología social se entreveraba hasta tal punto con esa doctrina social del papa Francisco, que incluso hasta podría escribir un artículo en el que ambas ecologías, la social y la integral, se encontraran y complementaran. Lo que hace un tiempo me hubiera parecido descabellado, dejó de serlo de inmediato, y hoy son estas líneas que ahora escribo y ustedes leen. 

Pero… comencemos por el principio, por el concepto. ¿Por qué ecología? ¿Qué sentido tiene esta idea? El concepto de ecología posee una triple vertiente que permite un acercamiento al mundo y a su realidad acorde con lo que los tiempos presentes demandan. Primeramente, la ecología se ocupa de estudiar las relaciones entre los seres vivos y el entorno en el que habitan, por lo que presenta un cariz integrador y no separador, inclusivo y no exclusivo, donde se contempla tanto a quienes habitan el medio como al propio medio y las relaciones que se producen entre todos ellos. Es esa integralidad la que resalta el papa Francisco cuando habla de ecología, una integralidad que responde a la necesidad de interpretar el mundo como un todo interconectado que ha de conocerse y comprenderse. 

En segundo término, la ecología muestra un matiz positivo de preservación y cuidado sobre aquello de lo que trata, que invita a que nos dispongamos a abordar los problemas que encontramos en el mundo actual de una forma constructiva. En tercer lugar, la ecología se acompaña de una idea de activismo, de puesta en marcha que nos impulsa a llevar el pensamiento a la acción, a pasar de la idea al hecho, a cultivar –como afirma el papa Francisco– un diálogo constante entre lo que se piensa y lo que se hace, evitando que lo pensado y lo actuado caminen en direcciones divergentes. 

Realidad interconectada 

Así que me adentro en la doctrina social del Papa, leo y extracto ideas, y las aguas en las que nado se vuelven más evidentes cuando descubro que mi visión del mundo desde las páginas de ‘En extinción’ dibuja una parecida intención “socioecológica”, un propósito de entender la realidad de forma interconectada, de llamar la atención sobre la necesidad de preservar y conservar aquello que está en riesgo de desaparición, y un imperativo de conmover y llamar a las personas a la acción

Es a través de esa mirada que entiende la realidad como algo integral y relacionado, que busca lo que está en extinción para preservarlo, desde la que se detecta algo totémico a lo que todo se pliega, que expande sus formas y maneras de hacer a toda nuestra existencia, hasta coparla y dominarla como un moderno Arquímedes que hubiera hallado un punto de apoyo sobre el que mover el mundo. Es la expansión irrefrenable de una mentalidad economicista, de costes y beneficios, de rentabilidades y productividades, de utilitarismos y funcionalidades, que ha encontrado el rápido corcel de la tecnología para correr aún más rauda. 

Esa simbiosis mágica, casi chamánica, emboba y atrapa en una dulce y pacífica sumisión al ser humano, que tolera la inequidad, la desigualdad y el sufrimiento con apática indiferencia, aunque sea él mismo quien las sufra. Este mundo economizado que, con su lógica matemática, narcotiza pensamientos críticos y sentimientos también críticos hacia uno mismo, hacia los demás y hacia su entorno nos impele –como apunta el papa Francisco– a decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”, a decir no al ser humano entendido “como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar”, a decir no a la “globalización de la indiferencia”. (…) 

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