Para la renovación de las parroquias

La motivación correcta en la organización eclesial 

En muchas ocasiones me han compartido sacerdotes y organizaciones parroquiales sus propuestas de acción pastoral, desde planeaciones discretas, hasta muy elaboradas basadas en la metodología prospectiva que, a mi parecer se le ha dado demasiado protagonismo como una solución no entendida ni adaptada al ámbito eclesial; el producto final de cualquier planeación es tener objetivos generales y específicos de las diferentes áreas analizadas que tratan de embonar en un sistema que tiene una gran falla focal: la motivación correcta en cualquier organización que quiera ser productiva no es la motivación extrínseca, sino la intrínseca

La ciencia de la motivación inició en 1945 cuando el psicólogo alemán Karl Duncker hizo un experimento que se conoce ahora como “el problema de la vela”. Puso en una mesa una vela, unos cerillos y una caja con tachuelas, y les dijo a los participantes que con lo que tenían ahí debían encender la vela sin que chorreara la cera en la mesa. El ejercicio sigue siendo un claro ejemplo muy usado en diferentes formatos para ayudarnos a “pensar fuera de la caja”, es decir, fuera de los paradigmas creados. Muchos intentaron clavar con las tachuelas la vela, pero sin éxito, otros trataron de calentar un lado de la vela para pegarla en la pared, pero no funcionó. La solución era vaciar la caja de tachuelas, pegar con éstas la caja a la pared y poner dentro la vela. Soluciones al pensar de forma periférica o como científicamente se llama “superar la fijación funcional”. Los participantes en el experimento veían la caja como el depósito de tachuelas, pero no lograban ver que podría tener otra función: ser el soporte de la vela. 

Usando este mismo experimento, el psicólogo canadiense Sam Gluckberg añadió un elemento más, el de los incentivos. Hizo un grupo de control que no tenía incentivos, contra otro que sí los tenía, ellos recibían una recompensa por la rapidez con la que lograran solucionar el problema. El resultado fue que el grupo que tenía el incentivo, tardó mucho más en resolver el problema que el grupo de control, y este mismo resultado se fue dando en otras sociedades y culturas donde se replicó, por ejemplo en la India o países europeos. A esto se fueron sumando experimentos y análisis de muchas universidades en diversas áreas, sociología, economía, etcétera, con los mismos resultados. 

En conclusión, las motivaciones extrínsecas no funcionan cuando el objetivo es que una organización sea productiva, esto quiere decir que los asensos, los bonos, las promociones, las despensas o lo que se quiera ver como premio o castigo, no hacen a las organizaciones verdaderamente innovadoras. Este es uno de los más grandes hallazgos en las ciencias sociales y es uno de los más ignorados y, lo verdaderamente preocupante es que el sistema operativo de nuestras iglesias se construye alrededor de este mismo esquema, es decir, de forma más o menos velada un sistema de castigo – recompensa. Muchas veces los planes pastorales colocan en el horizonte las metas de los objetivos prospectados y en base a eso se realizan juicios calificativos que determinan mecánicamente si se están haciendo bien las cosas o no, y lo peor de todo, sin tomar en cuenta el cambio cultural, tan necesario en nuestros días; de modo que no solo pocas veces funciona, sino que en la mayoría de los casos perjudica el avance en la misión de hacer discípulos. Hay una expresión que no me agrada, pero nos ayudaría a entender: “se termina vacunando a la gente”. 

Más adelante el doctor Gluckberg hizo una variante del mismo “problema de la vela”, colocando sobre la mesa la vela, los cerillos, la caja y fuera de ésta las tachuelas; el resultado fue que el grupo que iba a recibir los incentivos logró hacerlo en segundos, porque la caja de tachuelas ya no se presentaba como tal, al presentarla vacía, de alguna manera se guiaba a la solución buscada. Cuando las tachuelas se presentan fuera de la caja es más sencillo, la respuesta es mecánica, y las recompensas condicionadas funcionan muy bien en los entornos donde hay reglas sencillas y objetivos claros, pero se crea un nuevo paradigma que no te hace “pensar fuera de la caja”, solo te toca responder a una situación diferente sin pensar, o sea,  mecánicamente. Esto sucede con muchas planeaciones pastorales que carecen del espíritu compasivo del Evangelio porque los sistemas de castigo – recompensa, suelen concentrar la mente en las metas a conseguir, es decir en lo que se quiere  o “debe” obtener y en ese sentido funcionan con éxito; pero se olvida la realidad de la periferia, a los más alejados, a los indecisos, a los no creyentes, a quienes está dirigida la misión no de argumentos, sino de acción compasiva; porque a final de cuentas el cambio cultural de la renovación parroquial es una propuesta a largo plazo a la que es fácil renunciar. 

Recuerdo que en todas las reuniones donde se nos comenzaba a hablar de la metodología prospectiva, hace ya casi 10 años, siempre se terminaba diciendo: es que es algo muy elaborado que no van a entender, son muchas cosas que les iremos diciendo poco a poco… algo totalmente contrario a la inclusión. La metodología prospectiva, como toda moda, se trató de imponer como la gran respuesta en este afán de buscar soluciones integrales que den forma a los planes pastorales, cosa que hace medianamente bien, pero con resultados que dejan mucho que desear en la realidad de las comunidades; por un lado se evita la parte científica del análisis de resultados, y por otro se olvida que la vida cristiana es básicamente un seguimiento que tiene mucha más riqueza que el alcance de metas. El resultado es que la planeación arrojada por la metodología ocupa el lugar del Evangelio, y entonces lo único que importa es “el hacer” sin “el ser”. Es como cuando todo esta cargado por un andamiaje que si se quita o no alcanza para sostenerlo, se cae. En otras palabras, en los reportes anuales hay un gran crecimiento, pero las parroquias siguen creciendo o decreciendo igual. 

Piensen un momento en su propia parroquia, los problemas que enfrenta ¿tienen unas reglas claras y una sola solución? No. La realidad es que no hay reglas claras y la solución, si es que existe se descubre providencialmente y no es obvia. Es más, cada uno de nosotros estamos lidiando todos los días con la misma situación a la que nos enfrenta “el problema de la vela” y pensamos en soluciones mecánicas que no funcionan. En muchas ocasiones cuando no se entiende y vive la verdadera compasión evangélica, terminamos parados junto a  las ruinas de una pastoral que al pretender mecanizarse, termina perdiendo la conciencia de sí misma. Veamos cualquier ejemplo de planes mecanizados “All Inclusive” que funcionan hasta cierto punto, pero luego ya no dan más porque lo mecanizado está desencarnado. Si queremos salir de este desorden, si realmente queremos construir parroquias y diócesis del siglo XXI, no sigamos haciendo las mismas cosas equivocadas, atrayendo a las personas con una zanahoria más dulce o amenazándolas con un palo por otro lado. Me sigo negando a una iglesia proselitista. 

Hacer una renovación en nuestras iglesias implica abandonar las motivaciones extrínsecas por las intrínsecas. La motivación intrínseca mueve a las personas hacia las cosas que les gustan, que les resultan interesantes, que realmente les importan, a ver escuchadas sus verdaderas necesidades. Este es uno de los elementos principales cuando se comienza a renovar, porque cuando hablamos de pertenencia, hospitalidad e identidad, estamos hablando de este motor interno que mueve a las personas. Los científicos que estudian lo que ahora se llama la ciencia de la motivación, colocan tres pilares que no pueden faltar en la motivación intrínseca: autonomía, capacitación y propósito. Y estos tres elementos son los que deben formar el concepto de pertenencia que es tan fundamental en la renovación parroquial. 

A veces me imagino que las metodologías pastorales son como una cápsula que muchos se tragan sin agua. Resultan ser una base para prospectar soluciones, metas, proyectos y más, basados en un análisis de la realidad que, muchas veces, disfrazado bajo algo parecido a la inclusión, pasan por encima del verdadero espíritu del Evangelio, terminan arrojando resultados que construyen soluciones huecas y, lo más grave a mi parecer, corrompiendo valores muy nobles como la espiritualidad de comunión, por poner solo un ejemplo. ¿Tú qué piensas? ¿Conoces resultados palpables y duraderos de estos planes? 

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