Sinodalidad eclesial

No hay cosa más bonita que mirar a un pueblo reunido”. Este canto final de la misa nicaragüense podría ser el himno de la sinodalidad eclesial. O aquella bella marcha lenta de Aimé Duval: “tout au long des longues longues plaines, peuple immense avance lentement. Tout au long… peuple immense va chantant”. 
Pero antes de ponernos a cantar, quizá convenga una fundamentación 
teológica de esa sinodalidad o “comunión de caminantes” que llamamos Iglesia. 

1. Comunión.- “La Iglesia no es una democracia”: pocas frases se han 
dicho que sean, a la vez, más verdaderas y más heréticas que esta. Ahí se 
muestra la ambigüedad de todo lenguaje. 
La Iglesia no es una democracia porque en ella no tiene el pueblo la 
palabra última y definitiva: la Iglesia está sometida a la Palabra y a la 
revelación de Dios, a la voluntad de Aquel que es el Señor de todo y de 
todos. 

Pero que la Iglesia no sea una democracia no significa que sea una 
monarquía absoluta. Y este es el sentido herético que dan a esa frase los 
que apelan a ella. Las dos palabras que definen a la iglesia son la koinonía y 
la sinodalidad. La primera significa comunión en el ser, la segunda significa 
comunión en el caminar y, por tanto, en el obrar. 

Koinonía (de koynós: común) es una palabra hermana del comunismo. 
Por eso no es extraño que a los eclesiásticos más auténticos (desde Helder 
Camara a Msr. Romero y a Francisco) se les acuse de comunistas. Y sin 
embargo, hay una diferencia importante: el comunismo es una comunión 
impuesta a la fuerza y, desde fuera. Es, por tanto, una comunión falseada. 
La koinonía es una comunión buscada libremente (y dificultosamente) por 
todos y desde dentro. La koinonía es pues el verdadero comunismo. 

Y curiosamente, lo que molesta a quienes tachan de comunistas a 
algunos cristianos, no es el autoritarismo de estos (que nunca lo hubo) sino 
su pretensión de comunión total. Critican porque ellos padecen una especie 
de autismo (individual o grupal) que les vuelve autoritarios cuando mandan 
y rebeldes cuando han de obedecer. 

El Vaticano II insistió mucho en la Iglesia como comunión. Es por tanto 
lógico que ahora se hable y se luche por la sinodalidad en la Iglesia: que la 
comunión en el ser, se despliegue en la comunión en el hacer. 
Aclarado esto, quisiera proponer, como paso al punto siguiente, una 
reflexión que me parece muy humana y necesaria. 

La sinodalidad no significa que las cosas vayan a ser más fáciles y más 
cómodas para nosotros. Al contrario: serán más arduas y más difíciles. 
Sinodalidad significa que la Iglesia será más conforme con la voluntad de 
Dios que es “Comunión Infinita”. Una imagen bíblica de la sinodalidad puede 
ser el pueblo judío caminando por el desierto: la Iglesia camina también por 
el desierto de la historia, pero sabe que va hacia una “tierra prometida” .                                Si Moisés, con Aarón y su grupo, hubiesen caminado solos, habrían llegado 
mucho antes a la tierra prometida, pero, seguramente el pueblo no habría 
llegado nunca. Moisés tuvo la grandeza de hacer que todo el pueblo llegara 
hasta la meta de su peregrinación por el desierto. Pero eso le supuso no 
entrar él en la tierra prometida…. 

Una advertencia parecida nos la ha dado a todos los hispanos la 
democracia: cuando la reclamábamos en tiempos de Franco, pensaban 
muchos que así iba a ser todo más cómodo. Y ha resultado que no: por eso 
estamos peleándonos constantemente, incapaces de convivir y 
desengañados de la democracia. 

Cuidado pues con la sinodalidad. Bienvenida sea por fin, pero solo si 
estamos dispuestos a pagar su precio. En comunidades de tres o cuatro 
personas es fácil actuar juntos. En una comunidad de más de mil millones 
nunca se hará plenamente la voluntad propia. 

Escribí otra vez que el gran milagro de la democracia es que nos enseña 
a perder. Con la sinodalidad eclesial pasará eso mismo. Pero la gracia (y lo 
asombroso) de la comunión es que puedes perder y seguir contento. Como 
puedes ganar alguna vez y no por eso sentirte superior a nadie. 

Me recuerda esto una anécdota que viví en el norte de Nicaragua (ya no 
sé si era Ocotal o Estelí) en 1980, cuando aquella magnífica campaña de 
alfabetización. Un chaval me explicaba entusiasmado lo bonito que iba a ser 
el futuro de Nicaragua y la de maravillas que iban a realizarse. De vez en 
cuando yo intentaba advertirle de que las cosas podrían no ser tan fáciles: 
EEUU tenía mucho poder, podrían sobrevenir bloqueos, la “Contra” estaba 
armándose, los nueve comandantes (tan unidos durante la guerra) podrían 
pelearse ahora… Hasta que llegó un momento en que el pobre chaval 
interrumpió la conversación y me dijo medio gritando “vos sos un matizón”. 
Nos reímos luego y quedamos tan amigos. Pero últimamente me he 
acordado y preguntado qué será de él ahora que tendrá ya unos 57 años. 
Me gustaría mucho volver a contactarle. Pero sería un milagro que leyera 
estas líneas y se acordara de la anécdota. 

En cualquier caso: la sinodalidad será difícil. No esperemos de ella 
ventajas propias sino más gloria de Dios. Como se decía hace años por 
Centroamérica, el Reino que buscamos es el de Dios, no el nuestro. Y ahora 
queda por ver lo que esto implica. 

2. Camino.- Como ya se ha dicho, eso de la sinodalidad no se limita a 
estar juntos, sino que busca caminar juntos. Ahora bien: es normal que 
cuando muchos caminan juntos, unos tiendan a correr demasiado y otros a 
quedarse rezagados. Jesús en los evangelios muestra una cierta tendencia a 
no dejar a nadie atrás: al menos cuando se trata de enfermos, hace parar a 
la comitiva y espera a que el enfermo pueda acercarse… 

Personalmente, este valor de la sinodalidad me deja una pregunta 
incómoda: aun sintiéndome muy distante de ese grupo de cardenales y 
obispos contrarios a Francisco, me pregunto qué hay que hacer con ellos. 
Simplemente ¿hay que dejarlos que se pudran? ¿O hay que mirar de hacer 
algo por ellos? Y me hago esta pregunta consciente de que, si fueran ellos 
los que están en el poder, no me tratarían a mí de esa manera: demasiadas 
veces lo han demostrado ya. Pero aquí está la gracia de ese gran principio 
paulino de responder al mal con bien, y no con mal. 

Es decir: los débiles y los hostiles son los primeros en hacer difícil ese 
camino conjunto que llamamos sinodalidad. Alguna vez, ambos grupos se 
identificarán, pero otras veces no: se puede ser hostil por falta de fuerza 
pero también por exceso (es decir: por la derecha o por la izquierda si 
queremos un lenguaje más claro). Los lefebvrianos lo son hoy por lo 
primero. Los “viejos católicos” nacidos tras el Vaticano I, lo fueron por lo 
segundo. 

En cambio, fue admirable el empeño de Pablo VI porque los documentos 
del Vaticano II tuvieran una aprobación cercana a la unanimidad. A veces, a 
costa de aguarlos un poco, pero sin que eso luego haya molestado 
demasiado. Un proceder totalmente contrario al seguido con la “Humanae 
Vitae”, donde se apartó del parecer de más del 90 % de la comisión 
nombrada para estudiar el problema. ¡Cuanto mejor hubiera sido al menos 
un silencio paciente! 

Pero no está aquí toda la dificultad: el Primer Testamento bíblico es un 
ejemplo eximio de que todo grupo que camina puede necesitar quien lo 
empuje, pero puede tropezarse también con quien lo manipule. En lenguaje 
bíblico podríamos hablar de verdaderos y falsos profetas. Pero, como los 
falsos profetas veterotestamentarios actúan generalmente con oráculos 
ante los reyes, y esto no es hoy nuestro caso, prefiero hablar simplemente 
de profetas y manipuladores (quizás inconscientes). 

Es otra de las repetidas experiencias humanas cómo en todos los grupos 
que quieren ser más horizontales, aparecen lo que podríamos llamar 
“líderes ocultos” que pretenden que su propio camino sea el de todos, en 
vez de buscar un camino tejido entre todos: ya no se trata de “caminar 
conjuntos” (syn-odos) sino de que se camine “tras ellos”. 

Y la cosa se complica porque todo camino largo suele necesitar líderes: 
los verdaderos profetas que despiertan, empujan y animan. Pero esa 
necesidad tropieza por lo general con la aparición de los profetas falsos o 
manipuladores. Gentes que tienen un don especial para “acaparar 
lenguajes”, dejando una sensación ambiental de que su discurso es el único 
posible, facilitando así un calificativo negativo para cualquier otro discurso, 
o suscitando silencios temerosos que tienen más de miedo o de inseguridad, 
que de verdadero asentimiento. 

Este fenómeno no es exclusivo de la Iglesia. Existe en todos los grupos 
humanos y es posible detectarlo muchas veces también en la política 2 . Y no 
estoy queriendo decir que las propuestas de estos falsos líderes sean 
siempre falsas: a veces pueden ser las más acertadas aunque no sean las 
más compartidas, o pueden ser las más radicales aunque no sean las más 
oportunas. También, desde luego, pueden ser las más egoístas y menos 
comunitarias. 

¿Cómo distinguir entonces al verdadero profeta del manipulador? ¿Al que 
busca cumplir la voluntad de Dios del que busca imponer su propia voluntad 
(quizá desde la buena fe de que esa es la voluntad actual de Dios)? Me 
vienen ganas de decir que por su paciencia (que no dejará de ser una 
paciencia impaciente). Pero la pregunta no se agota en el pensar, sino que 
pasa necesariamente al obrar. ¿Qué hacer entonces? 

3. Discernimiento.- Es, ante este problema tan serio, donde se hace 
imprescindible un verdadero discernimiento de espíritus, tanto individual 
como comunitario. Recordando que cosas necesarias solo se consiguen a 
veces a largo plazo, por aquello tan teresiano de que la verdad puede 
padecer más no perecer… Y que, como testifica la historia, los verdaderos 
profetas acaban triunfando, pero no de entrada sino tras un largo proceso, 
bien doloroso a veces. 

Hoy, cuando tanto se habla del discernimiento comunitario, puede ser útil 
releer la crónica del llamado Concilio de Jerusalén, en el capítulo 15 de los 
Hechos. Lo importante no son las palabras de Pedro y Santiago (todas las 
palabras acaban quedándose cortas) sino la actitud de profunda honestidad 
de ambos personajes. Pedro tiene la honradez de reconocer dos cosas: que 
no se puede imponer “un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos 
sobrellevar”. Y además, que estamos viendo cómo Dios “ha dado el Espíritu 
a los paganos lo mismo que a nosotros” 3 . Santiago, por conservador que pudiera ser, no puede menos de reconocer que si Dios se ha creado un pueblo suyo, no lo hizo desde la nada, sino “desde los paganos” y “para que busquen al Señor todos los demás hombres”. 

 Concedido esto, solo aboga para que no haya una contradicción palmaria entre las prácticas que van a aceptarse y “lo que se lee cada sábado en las sinagogas”. 

 Quizás así tranquilizó Santiago a la parte más conservadora de la Asamblea. 
Y (como dice el decreto final) esa Asamblea cree que decide “con el 
Espíritu Santo”. En ese decreto final hay cosas que pronto quedarían 
caducas (no comer carnes sacrificadas a los ídolos, que era visto por 
algunos como idolatría 4 , y no beber sangre porque se la consideraba como 
sede de la vida). Esas prácticas irían cayendo por sí mismas. Pero lo que se 
salvó al integrar a Santiago fue todo el sentido social del Primer 
Testamento, que destila la carta a él atribuida: un legado importantísimo 
hoy, y que Pablo podría descuidar desde su obsesión por la igualdad entre 
judíos y paganos (como descuidó también el tema de la igualdad de la 
mujer que él mismo proclamaba) 5 . 
Me atrevería a pensar que toda la sinodalidad eclesial tiene ahí un buen 
paradigma. Podrá implicar resoluciones que unas veces serán para unos 
como un frenazo y otras serán como un acelerón brusco para otros. Pero 
ambos podrán seguir entonando el canto final de la misa nica con que 
abrimos estas reflexiones: “no hay cosa más bonita que escuchar, en el 
canto de todos, un solo grito inmenso de fraternidad… 
Y ahora que regrese a mi lugar, repleto de alegría, voy a vivir mi vida con 
más devoción”. 

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