Sinodalidad desde el pluralismo

 

Sinodalidad desde el pluralismo 

«Este proceso sinodal ha encontrado respuestas -hasta ahora, al menos- poco entusiastas y movilizadoras. Pesa aún la inercia de siglos de cristiandad cuyo modelo era la Iglesia piramidal» 

«La sinodalidad implica que, por un lado, otras Iglesias cristianas, más abiertas y participativas, no pueden quedar al margen de este proceso y por otro, una dimensión poco explorada y realizada: la relación con otras religiones» 

«En última instancia somos humanidad con espiritualidad plural. La sinodalidad, por tanto, no termina en la Iglesia. El Sínodo convocado por el Papa Francisco no es para que la Iglesia se mire a sí misma»» 

«Es urgente abrir aminos de solidaridad mundializados desde los pobres y excluidos. La igualdad, la justicia, la compasión la inclusión, el pluralismo son meta de una auténtica sinodalidad» 

19.11.2021 | Félix Placer Ugarte, teólogo 

Aunque la sinodalidad expresa una característica básica de la Iglesia, no dejó de sorprender la inesperada llamada del Papa Francisco a un Sínodo de obispos con la participación de toda la Iglesia. Desea e invita a que en los lugares más sencillos, parroquias y grupos se tome conciencia de lo que significa e implica caminar juntos. El sínodo de la Amazonía fue ya una experiencia de alto valor y realización eficaz de un proceso sinodal con este estilo. 

Escuchar con respeto y empatía, hablar con libertad y honestidad, dialogar con apertura creativa son actitudes básicas para una Iglesia que quiere ser sinodal y sentirse unida, participativa con responsabilidad común para realizar su misión evangelizadora

Es indudable que tales actitudes y relaciones son eco fiel del estilo de relación de las primitiva Iglesia que el concilio Vaticano II quiso recuperar para el Pueblo de Dios. Pero también es cierto que en las circunstancias actuales del contexto eclesial la llamada del Papa a este proceso sinodal ha encontrado respuestas -hasta ahora, al menos- poco entusiastas y movilizadoras

Pesa aún la inercia de siglos de cristiandad cuyo modelo era la Iglesia piramidal. Cuando todavía se mantienen en algunos jerarcas y clérigos estilos directivos y autoritarios, cuando los nombramientos de obispos se sigue haciendo con procedimientos ajenos a una participación efectiva de las comunidades cristianas, cuando la mayoría de la Iglesia, que es femenina, está limitada para una plena responsabilidad eclesial, cuando las estructuras de la Iglesia continúan siendo verticales y dependientes, no resulta fácil descubrir todo lo que implica la sinodalidad y ponerla en práctica de manera efectiva. Aunque muchas personas la entiendan, la convicción de que esto pueda llevarse a cabo está bajo mínimos para la mayoría. 

Si deseamos motivar y establecer un proceso sinodal en la Iglesia, es necesario afrontar con valentía y audacia sus exigencias y desafíos para hacer creíble esta interpelante llamada que no es solo del Papa. Muchas comunidades de base y personas la vienen pidiendo y proponiendo desde su experiencia vivida en sus contextos sencillos y humildes. 

Su interpelación debe llegar, en primer lugar, a una Jerarquía a la que en bastantes casos se la ve distante de las realidades que la gente vive, de “sus gozos y esperanzas, tristezas y angustias…de los pobres y de cuantos sufren”, como quiso la Constitución pastoral Gaudium et spes del Vaticano II. Todavía el clericalismo, que el Papa tantas veces denuncia, sigue incidiendo en la relación con los fieles e impide su participación responsable en las comunidades parroquiales e iglesias locales. 

Por tanto, para un proceso sinodal es necesario y urgente un profundo cambio en la concepción y forma del ejercicio pastoral. Todavía las personas laicas que se consideran miembros de la Iglesia en sus comunidades, dependen de decisiones jerárquicas y clericales; no encuentran ni ejercen su plena capacidad de participación plural en el Pueblo de Dios al que pertenecen de pleno derecho por el bautismo. 

Pero estas exigencias de la sinodalidad no se afrontarán con honestidad solamente desde el interior de la misma Iglesia católica. Otras Iglesias cristianas, más abiertas y participativas, no pueden quedar al margen de este proceso sinodal; aunque, creo, que esto no está suficientemente considerado ni previsto en el itinerario marcado. Sin embargo es sin duda imprescindible para lograr una nueva relación a fin de caminar juntos en toda la Iglesia ¿Qué testimonio de sinodalidad puede ofrecer una Iglesia que camina mientras mantiene distancias y separaciones con otras confesiones cristianas? 

La sinodalidad implica además otra dimensión poco explorada y realizada: la relación con otras religiones está todavía muy lejana y el pluralismo religioso que dimana de ellas no encuentra su lugar en la Iglesia. A pesar de los deseos, propuestas y afirmaciones del Vaticano II, según el cual “la Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo”, quienes lo han intentado se han encontrado con un muro de censuras y sospechas, con recelos y desconfianzas. 

Pero todavía es necesario ir más lejos. Cuando se afirma que el Espíritu motiva la sinodalidad y es como el viento que “sopla donde quiere: oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va “(Jn 3,8), ¿cómo no considerar en un proceso sinodal tantas experiencias espirituales donde se abren perspectivas sorprendentes y renovadoras para la humanidad y la Iglesia? 

Es necesario, por tanto, abrir caminos “hacia un diálogo entre espiritualidades”; así titulo un trabajo que va ser publicado estos días, donde intento ofrecer reflexiones y bases para una ‘sinodalidad mundial’ desde el pluralismo de espiritualidades relacionadas; en ellas también aletea el Espíritu que renueva todo lo creado. 

En última instancia somos humanidad cuya humanidad profunda -su espiritualidad plural- nos apremia a descubrirla en nuestro caminar en una tierra cuidada, casa de todos, habitada por el Espíritu, pero donde enfrentamientos, divisiones, desigualdades, injusticias, odios internacionalizados impiden que su luz ilumine los caminos de una sinodalidad plural de justicia y paz. 

La sinodalidad, por tanto, no termina en la Iglesia. Debe abrirse al mundo para superar la globalización sistémica del poder capitalista, su beneficio excluyente y su pensamiento único. Es urgente abrir aminos de solidaridad mundializados desde los pobres y excluidos. La igualdad, la justicia, la compasión la inclusión, el pluralismo son meta de una auténtica sinodalidad, “porque si el mensaje cristiano sobre el amor y la justicia no muestra su eficacia en la acción por la justicia en el mundo, muy difícilmente será creíble para los hombres de nuestro tiempo” (Sínodo de Obispos 1971). 

En ese dinamismo plural, que hoy palpamos en muchos esfuerzos solidarios, signo de los tiempos, está presente el poder del Espíritu que encamina hacia el Reino de Dios. Ahí descubrimos el “dinamismo liberador del Evangelio”, como afirmó el Sínodo citado. Las inmensas riquezas de espiritualidades, desde su pluralismo, nos abren a la esperanza y nos descubren esa atrayente relación que nos une con personas y pueblos en la diferencia enriquecedora, con la naturaleza y el cosmos donde todo es interrelación y mutua atracción hacia una nueva tierra, hacia una nueva humanidad. 

El Sínodo convocado por el Papa Francisco no es, por tanto, para que la Iglesia se mire a sí misma, sino para que mirando al mundo con ojos abiertos y manos entrelazadas con los últimos, se renueve, dialogue y actúe solidariamente. Porque como ya decía Paulo Freire “Nadie se salva solo, nadie salva a nadie, todos nos salvamos en comunidad”. Su misión evangelizadora de salvación se realizará en esa relación mundial porque “nos salvamos todos o no se salva nadie” (Fratelli tutti). 

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