Una religión mariana

Inmaculada. Catolicismo popular, una religión mariana 

Desde los primeros siglos, la devoción a María, madre de Jesús, ha sido un elemento importante del cristianismo y resulta difícil separar lo que proviene en ella de la revelación bíblica y de la cultura popular del entorno (semita, griego, oriental y occidental). Es también difícil separar lo que es propio del Magisterio y lo que surgido por la creatividad del pueblo, lo que es liturgia oficial y lo que son devociones particulares, pues se ha dado y se sigue dando un feed-back (una constante ida y vuelta) entre los diversos planos, entre lo que pudiéramos llamar más ortodoxo y lo que linda con expresiones y prácticas devocionales que algunos podrían tachar de heterodoxas.   

            Éste es un tema extenso y resulta imposible condensarlo y valorarlo en unas páginas. Aquí me limito a recoger de un modo casi telegráfico diez puntos más significativos, partiendo de la Biblia, mostrando los rasgos básicos del catolicismo (y de un cristianismo «ortodoxo») como religión mariana. El texto completo de esta síntesis popular mariana (que desemboca en la Inmaculada) acaba de ser publicado en la revista Reseña Bíblica 

07.12.2021 | X.Pikaza 

1.Mujer y madre, “vientre” divino 

En contra de lo algunos han pensado, bien entendidos, los “datos” marianos del Nuevo Testamento son muchos e importante importantes, empezando por Pablo (“nacido de mujer”: Gal 4, 4), siguiendo por Marcos (María vinculada a los parientes de Jesús), Mateo (concibe por el Espíritu de Dios, mujer con niño), Lucas (dialoga con Dios, Madre del Señor, Magníficat), evangelio de Juan (Madre en la bodas de la nueva humanidad, recibida por la Iglesia del Discípulo Amado), para culminar en los símbolos de la mujer Apocalipsis, que la Iglesia posterior entenderá en forma mariana). 

             Hace cien años, los grandes estudiosos de la Biblia analizaron con gran detalle las tradiciones de fondo de la concepción virginal de María (tema que entonces de juzgaba clave), sin llegar a conclusiones claras. Quizá se debe a que plantearon las cosas desde una visión sesgada del helenismo y cristianismo, sin fijarse en algunos textos centrales de la Biblia (Sal 139, 13-18; Job 10,9-10 y 2 Mac 7, 22), en los que Dios aparece como vientre de mujer en el que va surgiendo, plasmándose cada ser humano. 

            Estos pasajes implican ciertos conocimientos anatómicos, pero ofrecen, sobre todo, una profunda confesión de fe, conforme a la cual Dios mismo conoce y guía el surgimiento y despliegue de cada ser humano en el vientre de la madre, como si él mismo fuera ese “vientre”, como si el surgimiento de un nuevo ser humano expresión y consecuencia (presencia y cuidado) de su conocimiento. A diferencia de los animales, que no saben (no conocen), los hombres brotan de conocimiento de Dios y así, por eso, pueden conocerle y responderle. 

Así como Dios ha suscitado en el principio a la Sabiduría (cf. Prov 8, 23) así crea y suscita a cada ser humano, capaz de escuchar su palabra y responder. Desde ese fondo se entiende la concepción y gestación virginal de Jesús en el “vientre” de María, que no se interpreta ya de un modo puramente biológico sino “personal” como espacio privilegiado de presencia de Dios. 

2.Virgen y madre carnal, contra la gnosis 

Una tradición posterior de la Iglesia ha vivido de tal forma ocupado en precisar el carácter milagrosamente “espiritual” de María (sin semen masculino) que ha podido olvidar el carácter radicalmente “carnal” (personal) de la concepción y nacimiento de Jesús, tal como ha puesto de relieve la devoción popular, en contra de una “gnosis” elitista (que aparece ya en Evangelio Tomás  101) que tendía a distinguir “dos madres” de Jesús:  la madre carnal (María) que le ha engendrado en un mundo de pecado; la madre verdadera (Espíritu de Dios) le ha dado Vida verdadera. 

            La tradición sinóptica (Lc 1; Mt 1) vinculaba ambos planos. EvTom 105 los contrapone, devaluando la carne, es decir, la vida de María, diciendo: «Quien conozca a su padre y a su madre, será llamado hijo de prostituta». Conocer significa valorar y vincularse con. En cuanto madre en este mundo, María habría sido simplemente pecadora. Ciertamente, algunos “padres” de la Iglesia (Ignacio de Antioquía, Justino, Ireneo…) criticaron esa “gnosis”, pero la respuesta principal ha sido la del pueblo cristiano, que se ha sentido identificado con María, madre “carnal” (total) de Jesús. 

            En aquel contexto, muchos buscaban seguridades vinculadas a la veneración de una gran diosa (Isis-Cibeles) o al cultivo de los cultos de salvación (como el de Mitra). Es evidente que el despliegue de la devoción de María, Madre de Jesús, no se entiende sólo así, pero ese fondo nos permite interpretarlo. La vida se hallaba sometida a grandes torturas: desigualdades sociales, miedo al destino, empobrecimiento de las masas, inseguridad, amenaza externa (invasiones bárbaras…), todo ello unido a una pérdida de valores familiares, a una desintegración social muy fuerte. En ese contexto se introdujo el mensaje y proyecto cristiano, de manera que, al lado de Jesús, se va elevando la figura de María, como signo de humanidad femenina, de maternidad fiel, de acogimiento y ternura. 

           Ciertamente, hubo riesgos de “contaminación” pagana, con trasvase de aspectos paganos, vinculados a veces con un tipo de idolatría. Pero, en el fondo, los cristianos supieron siempre que María había sido una mujer concreta, madre buena (carnal y espiritual) de Jesús, en contra de la gnosis, por encima de las diosas paganas. Así la presenta implícitamente, el Concilio de Éfeso (431 d.C.), al presentarla como theotokos, Madre de Dios, siendo madre de Jesús. Éste es un “dogma teológico”, pero es, sobre todo, un dogma de devoción popular, que sitúa el cristianismo, por encima de las sacralidades cósmicas y los espiritualismos gnósticos. Dios no es una idea espiritual, una santidad extramundana, sino una persona que se encarna en la historia, por medio de una mujer concreta, llamada María.  

 3.Literatura y tradición de los “apócrifos” 

La devoción mariana no pudo apoyarse sólo en la Biblia, a pesar de que el NT ofrecía, como he dicho, elementos suficientes de veneración. Por eso, ella tuvo que apoyarse en eso que podemos llamar la “Biblia apócrifa”, que se expresa no sólo en libros de meditación y filosofía gnóstica, sino en una serie de textos “históricos” y devocionales que han surgido del pueblo y han formado la “Biblia del pueblo”.  

 Apócrifo no quiere decir “falso”, sino escondido (no oficial). Al gran pueblo cristiano no le ha bastado la Virgen Canónica de los textos de Mateo y Lucas, Marcos y Juan, sino que ha elaborado una intensa visión popular de su vida y misterio, que se centra en dos ciclos importantes de la Biblia de María: 

Ciclo del Nacimiento de María y de Jesús. Se conserva sobre todo en el Proto‒evangelio apócrifo de Santiago, que ha elaborado simbólicamente la historia de la familia de María, con sus padres (Joaquín‒Ana) y con su esposo José (que sería padre de los que el NT presenta como “hermanos” de Jesús.  Este evangelio ha sido y sigue siendo una fuente esencial de la devoción popular de María, asumida por la misma liturgia de la iglesia católica y ortodoxa, que lo toma de alguna forma como “texto canónico”, que está en la base de la celebraciones de la Concepción, Nacimiento y Presentación de María en el templo, de sus Desposorios con José y del nacimiento e infancia de Jesús. 

 Éste es un evangelio de tono piadoso con tendencia judeo‒cristiana doceta, y ha influido mucho en la devoción popular y en las fiestas marianas de la Iglesia. Presenta a María como expresión de la Santidad de Dios y la vincula no sólo con el Templo de Jerusalén, sino con la tradición sacerdotal y davídica del judaísmo, viendo en ella la culminación del Antiguo Testamento. 

            En esa misma línea se sitúan otros evangelios de la infancia de Jesús, como un Pseudo-Mateo, un Pseudo-Tomás, un Evangelio Árabe de la infancia etc. que ha tenido mucha importancia en la “elaboración” de una vida de María, en la que se recoge la piedad cristiana de los siglos IV al VII d. C., más que la historia judía de su infancia.   

       Ciclo de la muerte‒asunción de María. La iglesia más antigua (del siglo II al IV d.C.) no conserva o transmite ninguna tradición sobre le muerte y entierro de María, aunque podemos suponer que su memoria se celebraba, en un contexto judeo-cristiano, en la iglesia de su tumba junto al torrente Cedrón. Sólo más tarde, tras el triunfo del cristianismo helenista (edicto de Milán, 313) y, sobre todo, a partir del concilio de Éfeso (431), vinculando su “memoria” a la nueva basílica construida sobre el Monte Sion (en la parte elevada de Jerusalén, junto al Cenáculo). 

            En este momento el momento de triunfo del cristianismo oficial surgieron los textos asuncionistas, un género literario y una teología popular que ha seguido copiándose y recreándose en varias lenguas (griego y latín, sirio y etíope etc.), hasta bien entrada la Edad Media. En ese “corpus” de apócrifos de la Asunción, fijados por escrito entre el siglo IV/V y el VIII, podemos citar los relatos del Ps. Juan, del Ps. Melitón, de Juan de Tesalónica y del Ps. José de Arimatea, con la Leyenda Armenia de la Asunción, la Leyenda Árabe, la Leyenda Siríaca etc., hasta el “Misterio” se sigue representando hasta el día de hoy en Elche. Entre los elementos fundantes de esa tradición, que aparecen desde el mismo siglo IV, se encuentran los siguientes:  

 ‒ María recibe la revelación de que va a morir, y obtiene de Jesús la certeza de que resucitará, y así lo transmite a sus acompañantes, que avisan a los doce apóstoles, extendidos por todas las partes del mundo, y ellos vienen para acompañar a la madre de Jesús en su tránsito. 

‒ El tránsito de María aparece como una reproducción de la muerte/pascua de Jesús, pero con una gran diferencia: Ella morirá acompañada de los Doce Discípulos de su Hijo, que le transmiten el testimonio de gratitud de toda la Iglesia, aunque, como en el caso de Jn 20, puede faltar a la citar por retraso el apóstol Tomás que llegará tarde, aunque a tiempo para dar testimonio de la (domitio, transitus) de la madre de Jesús. 

‒ La muerte/asunción de María aparece, así como ratificación del ministerio apostólico de los Doce (¡no de los judeo‒cristianos!) y como gran “Concilio constituyente” de la Gran Iglesia.   De esa manera. la historia de Jesús queda integrada en la gran historia de María, su Madre, empezando en Jerusalén (“encuentro” de Joaquín y Ana en la Puerta Hermosa del Templo) y culminando en Jerusalén “dormitio y elevación”. 

 4.Mariología popular del Islam, un “apócrifo” del cristianismo 

Hablo de mariología popular, aunque se encuentre integrada en el Corán, pues Mahoma la ha tomado de las tradiciones populares de los evangelios de María y de Jesús.  Más de 1500 millones de musulmanes toman estos relatos como históricos, en el sentido radical de la palabra. En ese sentido resulta necesario hablar de una mariología popular del Islam, tomada básicamente de los evangelios apócrifos, tal como circulaban en la tradición de los cristianos árabes en tiempo de Mahoma: 

− Jesús aparece en esas tradiciones como el hijo de María, elegida por Dios para ser  su madre-virgen. Por eso se le dice «Te ha escogido y purificado. Te ha escogido entre todas las mujeres del universo» (Corán 3, 42).  En esa línea, el sometimiento de María a la acción del Espíritu de Dios y el nacimiento de Jesús vienen a presentarse como signos de providencia y sumisión religiosa (cf. Corán 3, 33-37). 

− María  acoge la  Palabra de Dios, siendo así verdadera musulmana (como Muhammad, que recibió el Corán por medio del mismo ángel Gabriel). En esa línea, la concepción y nacimiento virginal deberían haber servido de prueba para los judíos, pero ellos no creyeron, ni aceptaron el signo divino del nacimiento de Jesús (Corán 3, 42-48; 19, 16-26). 

− Jesús-niño defendió la virginidad de su madre, proclamando la grandeza de Dios, y actuó después como su enviado, realizando milagros y anunciando el evangelio para los judíos. El Corán ha dado mucha importancia al Jesús niño, entendido como hijo de María, presentándole como portador de un mensaje de Dios, recibido de María (Corán 3, 49-53; 19, 27-36). 

Muhammad llama a Jesús Siervo de Dios (Abd Allâh: Corán 5, 72; 19, 30), y también Nabî, profeta, y Rasûl, enviado de Allâh (cf. Corán 4, 171; 19, 30), Espíritu y Palabra (Rûh y Kalima) que vienen de Dios (cf. 3, 45; 5, 171). Pero no le ha separado de Dios, ni le ha divinizado, sino que le sigue presentando siempre como el Hijo de María, aquella mujer a la que Dios había escogido para revelar por medio de ella su Palabra, haciéndola así madre virginal del profeta Jesús. 

Según eso, los musulmanes interpretan la “virginidad” de María como signo de la acción creadora y reveladora que Dios realiza a través de ella. Para algunos cristianos actuales, los aspectos más “milagrosos” de la concepción, nacimiento e infancia de Jesús tal como han sido recogidos por una tradición antigua, y testificados al menos externamente por el Corán, resultan secundarios, en sentido literal.  

Desde ese fondo se puede y debe poner de relieve la profunda conexión que existe entre María Virgen (por medio de la cual Dios hizo nacer a Jesús) y el profeta Muhammad (por medio del cual Dios reveló su Corán, es decir, su palabra eterna). Pero hay también, en el fondo, dos grandes diferencias. (a) Por medio del «Espíritu» divino, María ha sido la Madre virginal de un profeta mesiánico, en quien al fin los judías no creyeron, y a quien los cristianos después han divinizado de una forma que el Corán y la tradición musulmana no han aceptado.  

 5. Devoción popular de María en orante, los iconos 

La expresión popular más importante de la devoción popular en oriente fueron los iconos, representaciones pictóricas de Jesús, con sus ángeles y santos, entre los que sobresale los de María, madre de Jesús, que se extienden especialmente a partir del concilio de Calcedonia (451), como signo de la presencia de Dios en la vida humana y representaciones del cielo. Las iglesias y monasterios se llenaron mosaicos e iconos, que las convertían en “réplicas” del cielo. Por encima del cristianismo ético (anicónico), más propio de la Biblia y de la primera tradición cristiana, parecía elevarse un cristianismo estético, centrado en la visión del mundo celeste y la devoción vinculada a la contemplación humana de Dios, tal como se expresa en el «icono» de la Madre con el Niño. 

            Pero algunos, como el  emperador León III Isáurico (717-741), se opusieron con violencia al culto a los iconos, en parte para recuperar algunos aspectos del monofisismo, contrario a la veneración de la humanidad de Jesús, y en parte por influjo Islam y del judaísmo, que se oponía al culto de las imágenes. Muchos pensaron que las imágenes iban en contra de la trascendencia de Dios, añadiendo que el único culto verdadero era el de la Palabra (escucharla, cumplirla…), con una eucaristía sin imágenes… 

            Se inició así una fuerte persecución contra los que veneraban a los iconos, de forma que gran parte de ellos fueron detraídos. Pero la mayor parte del pueblo, con los monjes, siguió venerando a los iconos de la madre de Jesús con el niño, no sólo en las zonas dominadas por el Islam (Egipto, Siria…), sino en el mismo imperio bizantino,  hasta que el Concilio de Nicea II (787), reconocido como canónico por las iglesias de Roma y del imperio bizantino, aprobó el culto a los iconos. Con ocasión de los 1200 años de ese concilio, el Papa Juan Pablo II ofreció un valioso resumen de la devoción popular a los iconos de María: 

    María está representada o como trono de Dios, que lleva al Señor y lo entrega a los hombres (Theotókos), o como camino que lleva a Cristo y lo muestra (Odigitria), o bien como orante en actitud de intercesión y signo de la presencia divina en el camino de los fieles hasta el día del Señor (Deisis), o como protectora que extiende su manto sobre los pueblos (Pokrov), o como misericordiosa Virgen de la ternura (Eleousa). La Virgen es representada habitualmente con su Hijo, el niño Jesús, que lleva en brazos: es la relación con el Hijo la que glorifica a la Madre. A veces lo abraza con ternura (Glykofilousa); otras veces, hierática, parece absorta en la contemplación de aquel que es Señor de la historia (cf. Ap 5, 9-14) (Redemptoris Mater, 33). 

 6.Nueva mariología de occidente. Edad media latina 

La devoción popular mariana de las iglesias ortodoxas de oriente culmina en los iconos, y así se ha mantenido hasta el día de hoy. En occidente, en cambio, se han dado una serie de cambios que han marcado de forma poderosa la devoción y “acción” mariana, especialmente a partir del siglo XIII. Éstos son algunos de sus rasgos más importantes: 

  1. Separación entre iglesia oficial y devoción popular. La Iglesia oficial tiende a mantener sus ritos conforme a la tradición antigua, pero se separa progresivamente del pueblo, de forma que surgen estilos y formas de devoción mariana que tienden a independizarse del control oficial de la jerarquía, cada vez más separada del pueblo. 
  1. La devoción popular se centra en santuarios dedicados al culto mariano, con imágenes que se consideran especialmente milagrosas, por el lugar en que se encuentran y/o por el hecho de haber sido “descubiertas” en ese lugar. Así, por ejemplo, en España se puede hablar de la Virgen de Guadalupe en Extremadura o ña de Montserrat en Cataluña. 
  1. Más que el aspecto teológico y orante (como en los iconos de Oriente)importa en esta nueva devoción mariana la ayuda que las imágenes ofrecen,  o la labor que realizan sus devotos, de forma que a veces el “culto” mariano tiende a independizarse de la vida de fe y de la transformación de sus devotos. 

7. Iglesia post-tridentina: barroco, evangelización de América 

La “reforma” luterana (a partir del 1517), con el concilio de Trento (1545-1563) pudo darse una purificación y transformación de la piedad mariana. Pero, en su conjunto, la Iglesia católica siguió escindida entre una teología y culto oficial bastante jerarquizado y una piedad mariana de tipo independiente. Daba la impresión de que el catolicismo en general en general se hallaba dividido, con una jerarquía más centrada en sí misma y un pueblo que debía encontrar y desarrollar sus devociones por sí mismo, especialmente en el campo mariano. 

        Se desarrolló de esa manera un catolicismo popular casi autónomo, controlado de algún modo por el clero, pero internamente independiente. Los grandes cambios los fue dando en general el pueblo, como indican algunos de los rasgos que ahora siguen: 

  1. Evangelización americana. Se realiza a partir de la corona (española, portuguesa), que consigue actuar de un modo independiente, utilizando la religión a su servicio. En ese contexto resulta muy significativo el hecho de que diversos historiadores de Indias (como M. Murúa, Historia General de Perú, 1617) afirman, tras cien años de “evangelización” que el único lugar en que “indios y españoles” compartan de verdad su fe y su religión sea en los santuarios marianos (Guadalupe de México, Copacabana del Alto Perú etc.). El catolicismo americano nace como “mestizaje popular” entre María la Madre de Jesús y la “gran diosa” de fondo de las religiones autóctonas. 
  1. Virgen de Guadalupe, México. La “conquista” española había sido traumática; la gran cultura náhuatl del altiplano estaba desapareciendo, por derrota militar, pandemia sanitaria, sometimiento político y cansancio vital.  Pero, de un modo sorprendente, a partir del 1531, muchos “indígenas” empezaron a  revivir y lo hicieron “pactando» cultural y religiosamente con los “invasores” cristianos, re-descubriendo en  la Virgen-Madre de Ap 12, 1-6a su antigua Diosa-Madre, Tonancin, reina de los cielos Éste es el «milagro» del renacimiento americano, que se entiende desde Ap 12 y la religión pre-cristiana de México, que era muy valiosa en sí misma y que muchos hispanos e indígenas tomaron como Antiguo Testamento de Cristo, con el título de Virgen de Guadalupe. 
  1. María como Espíritu Santo. María ha ocupado en la conciencia y piedad popular de muchos católicos el lugar del Espíritu Santo. Esta es una tesis que han desarrollado diversos teólogos del siglo XX, entre ellos L. Boff (El rostro materno de Dios, 1976), pero que había sido formulada y propagada ya en el siglo XVII por una religiosa alemana llama Crescencia Hoss (1682-1744), que quería extender el culto al Espíritu Santo en la forma de una joven doncella (la Virgen María). El papa Benedicto XIV (1740 al 1758) se opuso a esta identificación, pero de hecho ella ha seguido influyendo en la piedad popular de muchos católicos, que interpretan de hecho (prácticamente) la Trinidad como Dios Padre, Virgen María y Jesucristo. 

8.La devoción popular se hace dogma: Inmaculada y Ascensión 

        Ese motivo anterior (la identificación práctica de la Virgen María con el espíritu Santo, entendido como aspecto femenino y materno de Dios) nos sitúa ante un tema clave de la religiosidad popular mariana  del siglo XIX-XX. 

 Dogmática y teológicamente el tema es bien claro: La Trinidad de Dios está formada por Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Madre de Jesús (María) es muy importante en la historia de la salvación, pero ella no es más que una persona humana, independiente y separada de Dios. 

            Desde ese fondo han de entenderse los dos últimos “dogmas” de la iglesia católica, ambos “mariano”: La Inmaculada concepción (1984) y la Ascensión de María (1960). Ambos son “dogmas” antropológicos, no teológicas: María, como mujer concreta, madre de Jesús y signo de la Iglesia, ha sido concebida por el Espíritu de Dios sin pecado original, y ha culminado su camino siendo asumida en Dios (asunción), y vinculada para siempre con su Hijo Jesucristo. 

            Estos dogmas tienen un sentido teológico y han sido formulados por la iglesia jerárquica (por los Papas Pío IX y Pío XII). Pero, al mismo tiempo, ellos tienen un origen y sentido popular: Forman parte de la devoción del pueblo, asumida por los papas. Así lo puso de relieve, por ejemplo, un famoso antropólogo llamado C. G. Jung (1875-1961). A su juicio, y al de otros muchos analistas e historiadores, de hecho, Trinidad popular (funcional) católica consta simbólicamente de tres personas: Padre-Dios, Madre-Divina e Hijo-Jesucristo. Sin duda, pueden y deben hacerse precisiones y distinciones de tipo teológico-dogmático,  pero en el imaginario popular de gran parte de los católicos la Virgen María forma parte de la Trinidad (como rostro materno de Dios). 

 9.Apariciones marianas. Un catolicismo de apariciones 

Desde la perspectiva anterior se pueden entender quizá mejor las “mariofanías” o revelaciones marianas, que han venido marcando la religiosidad popular de muchos católicos, desde las apariciones de Lourdes (1858) y Fátima (1917) hasta otras semejantes de la actualidad. Esas apariciones pueden y deben estudiarse desde diversas perspectivas psicológicas religiosas, culturales y sociales,  personales y eclesiales etc., pero ellas y otras semejantes muestran estos rasgos:  

  1. Brotan de la religiosidad popular, que se expresa de un modo especial en unos niños que recogen en su vida (en su vivencia) la experiencia religiosa más profunda de su ambiente (dejando aquí a un lado el aspecto sobrenatural del tema). Pero no sólo brotan de esa religiosidad popular, sino que retornan a ella y la “transforman”, influyendo así en el catolicismo de miles y millones de personas. 
  1. Esas apariciones, con la devoción popular que ellas reflejan y suscitan han sido aceptadas por la religiosidad oficial de la Iglesia, que las aprueba, promueve y matiza, valiéndose de ellas para su pastoral de conjunto. Ciertamente, el mensaje y camino universal de la Gran Iglesia debe fundarse en sus dos principios (Escritura y Tradición), pero de hecho se encuentra vinculada con estas “apariciones marianas” que forman (deben formar) una especie de expresión actualizada de su mensaje. 

 10.El futuro de la mariología popular: Mujer, iglesia, libertad 

Ahora, a comienzos del tercer milenio, las cosas han empezado a cambiar poderosamente, de manera que está en juego no sólo la figura de la Madre de Dios, sino todo el misterio cristiano. En este contexto podemos evocar varias rupturas y problemas  

  1. Ruptura sacral. ¿Un cristianismo sin mujer divina? Muchos piensan que la devoción a María significa una especie de vuelta al paganismo. Su culto ha sido una regresión, una especie de retorno a los poderes sagrados de la naturaleza, que el judaísmo había superado ya. Jesús sería presencia y revelación de Dios por lo que ha hecho: por su anuncio de reino y su entrega a favor de los excluidos del sistema, por su muerte y su resurrección, como un hombre concreto (este hombre). María, en cambio, sería sagrada por su misma condición femenina y materna, es decir, por su naturaleza y no por lo que ha hecho como persona. Por eso, algunos afirman que sería mejor quedarse sólo con Jesús, sin María, en línea protestante. 
  1. Ruptura familiar¿Un cristianismo sin madre? Muchos consideran a María como refugio psicológico, una necesidad infantil del hombre-niño que quiere volver a los brazos de la madre. Su figura habría servido para mantener a muchos hombres y mujeres detenidos en un infantilismo. En esa línea, la devoción mariana sería un signo residual y casi folklórico de infantilismo y de imposición psicológica, que el hombre maduro y creador de nuestro tiempo debería superar. Puede haber algo cierto en esa visión, pero no podemos olvidar el hecho de que el ser humano sigue conservando a lo largo de su vida unos rasgos de niño (neotenia), que le llevan a entender a Dios como Padre (Abba), conforme a la experiencia y palabra de Jesús. De todas formas, sería preciso plantear mejor el sentido de María-Madre. 
  1. Ruptura femenina: Santa María, la Mujer. Muchos afirman que la devoción mariana ha sido una reacción compensatoria normal frente al predominio de lo masculino. En contra de la mujer esclavizada de este mundo (y para justificar su esclavitud real), los hombres habrían elevado así la figura de María como madre celeste y mujer bella, cariñosa, cercana. Según eso, ella representaría una especie de carencia femenina. Por eso, una vez que el problema femenino quedara básicamente resuelto, de manera que no existen diferencias entre varones y mujeres, la figura de María sería innecesaria. Tampoco esta objeción parece concluyente, pero debe tenerse en cuenta. 
  1. Ruptura cultural: Folklore. La figura de María sigue siendo importante para muchísimos cristianos, pues su historia está vinculada a tradiciones venerables, propias de imágenes milagrosas y santuarios famosos. Pero muchos de esos santuarios desaparecen o se convierten en centros de folklore. El patrimonio mariano de la iglesia puede convertirse en arte, que miles y millones de personas visitan cada año en romerías y exposiciones de arte, vinculadas al mar y a la montaña (Montserrat, Aranzazu), a la fuente-río y a la roca (Fuensanta, Pilar), al árbol y la cuerva (Virgen del Olivo o del Pino, Covadonga)… En esta línea se sitúan, de un modo especial, las fiestas patronales de pueblos y lugares. Algo de eso puede existir, de manera que para entender la función de María es preciso volver al evangelio. 
  1. Ruptura imaginaria: Apariciones.El culto a la virgen María está vinculado, al menos desde la Edad Media, a una tradición, casi siempre idéntica, de apariciones (especialmente dirigidas a niños y pastores) e imágenes sagradas (escondidas hace tiempo y luego encontradas, bajadas del cielo etc.). 
  1.  La mayor parte de los santuarios marianos antiguos tienen una ‘leyenda’ fundacional, que habla de revelaciones sobrenaturales, que de algún modo expanden y actualizan (e incluso transforman) la revelación del Nuevo Testamento, desde el “ayate” celeste de Guadalupe (México, 1531), la imagen “Aparecida” del río (Brasil, 1717), o las “revelaciones” de Lourdes (Francia, 1854) y Fátima (Portugal, 1917). Es significativo el hecho de que el Magisterio de la Iglesia católica, tan reacio en otros casos a dejarse llevar por mensajes y ‘revelaciones’ particulares, haya aceptado en estos y otros casos una providencia especial de María, la Madre de Jesús, en el despliegue de la vida cristiana de sus comunidades. Pero hay muchos cristianos que piensan que este tipo de culto mariano fundado en apariciones puede ser por evangélico. 

Estas y otras rupturas nos obligan a replantear el lugar y función de María dentro de la iglesia, en el comienzo del tercer milenio. Son muchos los que piensan que ella representa el pasado, la devoción de un tiempo antiguo, marcado por una minoría de edad. Pues bien, el hombre que alcanza su madurez con la Ilustración, y que se atreve a pensar (Kant) y a transformar la sociedad desde sus propias capacidades racionales (Marx) no tendría ya necesidad de este tipo de Madre. La mariología sería un refugio infantil, propio de reprimidos o miedosos. El hombre moderno, creador de sí mismo, no sentirá la necesidad de Madre.  En contra de eso, la devoción popular mariana arraiga al cristiana en el despliegue de la vida humana, representado de un modo muy intenso por la mujer-madre, que ha sido y sigue siendo un elemento esencial de la teofanía. Evidentemente, la devoción popular mariana no es todo el cristianismo, pero puede (y quizà debe) entenderse como un elemento importante de la revelación cristiana 

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