El legado de Rutilio (14)

La unidad alrededor del obispo: la Misa única

La muerte de Rutilio y sus compañeros aglutinó al clero de la archidiócesis alrededor de su pastor. Ocurrió lo impensable hacía solo unas semanas, cuando se conoció el nombramiento de Mons Romero. A pesar de las reservas y los rechazos, el clero se había “apiñado”, según expresión de Mons. Romero, alrededor de su pastor.

Después de los funerales, Mons. Romero y el clero se reunieron en varias ocasiones para pensar cómo enfocar la pastoral después de los asesinatos y en medio de la persecución contra oa Iglesia. El deseo compartido de mantener vivo el mensaje del martirio de Rutilio y sus compañeros dio origen a una novedosa experiencia de unidad eclesial para la arquidiócesis, la cual se prolongó en los siguientes tres años del ministerio episcopal de Mons. Romero, hasta marzo de 1980.

Mons Romero convocó al clero, el martes 15 de marzo, para discutir cuál debía ser la reacción de la Arquidiócesis ante la persecución y el asesinato de Rutilio y sus compañeros. La respuesta a la convocatoria fue masiva. No solo asistió la mayoría del clero de la arquidiócesis, sino también muchas religiosas, otros sacerdotes de la diócesis de Santa Ana, los seminaristas y varios laicos.

La asamblea reconoció de manera unánime la persecución contra la Iglesia y contra otros organismos que luchaban por la justicia social, por parte de los grupos que detentaban el poder económico y político. La asmblea coincidió también en que el motivo de la persecución era la fidelidad al Concilio Vaticano II y a Medellín y, sobre todo, la denuncia de la injusticia y la proclamación del Reino de Dios. Por lo tanto, la persecución era consecuencia de la opción por los pobres. Ante ello la asamblea reafirmó su deseo de unidad. Hacia dentro, la unidad del clero con el obispo y del pueblo de Dios con sus pastores y hacia uera, en la misión, en la promoción de la justicia y en la denuncia de las situaciones injustas. Se propuso el tener una misa única en toda la arquidiócesis el domingo 20 de marzo, pidiendo difundir las homilías más elocuentes de Rutilio, así como programas radiales sobre su persona y su vida, una biografía de Rutilio y poner algún gesto externo para recordar su figura.

Tanto el Nuncio como la Asociación Nacional de la Empresa Privada (ANEP) se opusieron rotundamente por todos los medios posibles a la misa única, pero Mons. Romero dijo que él ya había tomado la decisión junto con el presbiterio que la ratificó. El asumía por tanto toda la responsabilidad, pues sabía que actuaba correctamente. Añadió que los únicos que adversaban la misa única eran los católicos de las clases adineradas que, por lo general, no sentían con la Iglesia, mucho menos con la Iglesia postconciliar y la de Medellín.

A las diez, tal como estaba programado, comenzó la Eucaristía presidida por Mons. Romero y concelebrada por unos 150 sacerdotes. En su homilía impartió una catequesis sobre la eucaristía y enfatizó la unidad eclesial, confirmó al clero en su misión pastoral y concluyó con el significado eclesial de la misa única de este día, cuya finalidad era aprender a valorarla.

“Queremos, con esto, darle todo el valor que tiene la misa de todas nuestras parroquias, de todas nuestras capellanías…la misa está recuperando, en este momento, todo su valor porque quizás, por multiplicarla tanto, la estamos considerando simplemente, muchas veces como un adorno y no con la grandeza que en este momento está recobrando”

Enseguida agradeció al clero su compromiso con el anuncio del reino de Dios y su disposición para construir la unidad de la Iglesia.

“Yo quiero agadecer aquí, en público, ante la faz de la arquidióceis, la unidad que hoy apiña, en torno al único Evangelio, a todos estos queridos sacerdotes. Muchos de ellos corren el peligro, hasta la máxima inmolación del P. Grande. Gracias”

Mons. Romero había comenzado su homilía “dándoles la bienvenida”; y ahora, al llegar al final, expresó su satisfacción: “me alegro de haberles explicado con palabra humilde lo que significa una misa”.

“Y ojalá que aquellos que no tenían fe en ella, sean de aquí en adelante seguidores de ese Cristo que se hace presente en la misa de cada domingo, en la misa de cada circunstancia humana. Muchas gracias por ayudarme a dar este signo que la Iglesia quería dar”

La muerte de Rutilio y sus compañeros aglutinó al clero de la archidiócesis alrededor de su pastor. Ocurrió lo impensable hacía solo unas semanas, cuando se conoció el nombramiento de Mons Romero. A pesar de las reservas y los rechazos, el clero se había “apiñado”, según expresión de Mons. Romero, alrededor de su pastor.

Después de los funerales, Mons. Romero y el clero se reunieron en varias ocasiones para pensar cómo enfocar la pastoral después de los asesinatos y en medio de la persecución contra oa Iglesia. El deseo compartido de mantener vivo el mensaje del martirio de Rutilio y sus compañeros dio origen a una novedosa experiencia de unidad eclesial para la arquidiócesis, la cual se prolongó en los siguientes tres años del ministerio episcopal de Mons. Romero, hasta marzo de 1980.

Mons Romero convocó al clero, el martes 15 de marzo, para discutir cuál debía ser la reacción de la Arquidiócesis ante la persecución y el asesinato de Rutilio y sus compañeros. La respuesta a la convocatoria fue masiva. No solo asistió la mayoría del clero de la arquidiócesis, sino también muchas religiosas, otros sacerdotes de la diócesis de Santa Ana, los seminaristas y varios laicos.

La asamblea reconoció de manera unánime la persecución contra la Iglesia y contra otros organismos que luchaban por la justicia social, por parte de los grupos que detentaban el poder económico y político. La asmblea coincidió también en que el motivo de la persecución era la fidelidad al Concilio Vaticano II y a Medellín y, sobre todo, la denuncia de la injusticia y la proclamación del Reino de Dios. Por lo tanto, la persecución era consecuencia de la opción por los pobres. Ante ello la asamblea reafirmó su deseo de unidad. Hacia dentro, la unidad del clero con el obispo y del pueblo de Dios con sus pastores y hacia uera, en la misión, en la promoción de la justicia y en la denuncia de las situaciones injustas. Se propuso el tener una misa única en toda la arquidiócesis el domingo 20 de marzo, pidiendo difundir las homilías más elocuentes de Rutilio, así como programas radiales sobre su persona y su vida, una biografía de Rutilio y poner algún gesto externo para recordar su figura.

Tanto el Nuncio como la Asociación Nacional de la Empresa Privada (ANEP) se opusieron rotundamente por todos los medios posibles a la misa única, pero Mons. Romero dijo que él ya había tomado la decisión junto con el presbiterio que la ratificó. El asumía por tanto toda la responsabilidad, pues sabía que actuaba correctamente. Añadió que los únicos que adversaban la misa única eran los católicos de las clases adineradas que, por lo general, no sentían con la Iglesia, mucho menos con la Iglesia postconciliar y la de Medellín.

A las diez, tal como estaba programado, comenzó la Eucaristía presidida por Mons. Romero y concelebrada por unos 150 sacerdotes. En su homilía impartió una catequesis sobre la eucaristía y enfatizó la unidad eclesial, confirmó al clero en su misión pastoral y concluyó con el significado eclesial de la misa única de este día, cuya finalidad era aprender a valorarla.

“Queremos, con esto, darle todo el valor que tiene la misa de todas nuestras parroquias, de todas nuestras capellanías…la misa está recuperando, en este momento, todo su valor porque quizás, por multiplicarla tanto, la estamos considerando simplemente, muchas veces como un adorno y no con la grandeza que en este momento está recobrando”

Enseguida agradeció al clero su compromiso con el anuncio del reino de Dios y su disposición para construir la unidad de la Iglesia.

“Yo quiero agadecer aquí, en público, ante la faz de la arquidióceis, la unidad que hoy apiña, en torno al único Evangelio, a todos estos queridos sacerdotes. Muchos de ellos corren el peligro, hasta la máxima inmolación del P. Grande. Gracias”

Mons. Romero había comenzado su homilía “dándoles la bienvenida”; y ahora, al llegar al final, expresó su satisfacción: “me alegro de haberles explicado con palabra humilde lo que significa una misa”.

“Y ojalá que aquellos que no tenían fe en ella, sean de aquí en adelante seguidores de ese Cristo que se hace presente en la misa de cada domingo, en la misa de cada circunstancia humana. Muchas gracias por ayudarme a dar este signo que la Iglesia quería dar”

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