La Buena Noticia del Bautismo del Señor

Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto

El os bautizará con Espíritu Santo y fuego

Lc 3, 15-16.21-22

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espiritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»

Comentario a la lectura

¿PARA QUÉ CREER?

Son bastantes los hombres y mujeres que un día fueron bautizados por sus padres y hoy no sabrían definir exactamente cuál es su postura ante la fe. Quizá la primera pregunta que surge en su interior es muy sencilla: ¿para qué creer? ¿Cambia algo la vida por creer o no creer? ¿Sirve la fe realmente para algo?

Estas preguntas nacen de su propia experiencia. Son personas que poco a poco han arrinconado a Dios de su vida. Hoy Dios no cuenta en absoluto para ellas a la hora de orientar y dar sentido a su existencia.

Casi sin darse cuenta, un ateísmo práctico se ha ido instalando en el fondo de su ser. No les preocupa que Dios exista o deje de existir. Todo eso les parece un problema extraño que es mejor dejar de lado para asentar la vida sobre bases más realistas.

Dios no les dice nada. Se han acostumbrado a vivir sin él. No experimentan nostalgia o vacío alguno por su ausencia. Han abandonado la fe y todo marcha en su vida tan bien o mejor que antes. ¿Para qué creer?

Esta pregunta solo es posible cuando uno «ha sido bautizado con agua», pero no ha descubierto qué significa «ser bautizado con el Espíritu de Jesucristo». Cuando uno sigue pensando erróneamente que tener fe es creer una serie de cosas enormemente extrañas que nada tienen que ver con la vida, y no conoce todavía la experiencia viva de Dios.

Encontrarse con Dios significa sabernos acogidos por él en medio de la soledad; sentirnos consolados en el dolor y la depresión; reconocernos perdonados del pecado y la mediocridad; sentirnos fortalecidos en la impotencia y caducidad; vernos impulsados a amar y crear vida en medio de la fragilidad.

¿Para qué creer? Para vivir la vida con más plenitud; para situarlo todo en su verdadera perspectiva y dimensión; para vivir incluso los acontecimientos más triviales e insignificantes con más profundidad.

¿Para qué creer? Para atrevernos a ser humanos hasta el final; para no ahogar nuestro deseo de vida hasta el infinito; para defender nuestra libertad sin rendir nuestro ser a cualquier ídolo; para permanecer abiertos a todo el amor, la verdad, la ternura que hay en nosotros. Para no perder nunca la esperanza en el ser humano ni en la vida.

José Antonio Pagola

También hoy recibimos “bautismos de agua”

Por Rufo González

Comentario: “Os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,15-16.21-22)

Jesús tiene unos treinta años, “una persona mayor” en aquella época (R. Aguirre). Su bautismo implica capacidad de decidir por sí mismo. Ante la vida de Juan, decide unirse a su movimiento. Antes su familia y paisanos no habían advertido nada extraordinario (Mt 13, 53-56; Mc 6, 2-3; Lc 4, 22). La experiencia bautismal de Juan le “convierte”. Hay también “conversión” cuando, al sentir la fuerza del Espíritu bueno, la vida se ilumina, se llena de sentido y nos vemos movidos a una acción generosa en favor de los demás, y más aún, si los demás son los más débiles. Es Amor gratuito, es Dios (1Jn 4,8).

En su primera parte (vv. 15-16), el texto contrapone el bautismo de Juan al de Jesús. Se hace eco del ambiente de espera mesiánica en el pueblo judío. Pretensiones que se verán frustradas con el levantamiento popular y derrota por parte de Roma a partir del año 66. Sólo los que siguieron a Jesús creerán realizada dicha pretensión en el hecho “Jesús”: “Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él…” (He 10, 37ss). Serán testigos de su resurrección y encargados de anunciar que “de él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados” (He 10,43).

Juan marca la gran diferencia entre su bautismo y el de Jesús. “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Es un segundo nacimiento (Jn 3,5). “Recibimos el Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: `¡Abba, Padre!¨. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo…” (Rm 8,15-17). Somos bautizados por el Espíritu divino. Quien libremente recibe la Palabra de Dios (a Jesús), “le da poder para ser hijos de Dios” (Jn 1,12). He aquí la misteriosa interacción entre la libertad humana y la acción divina. En el bautismo, Dios nos entrega, al aceptar a Jesús como Hijo suyo, el mismo Espíritu que alentó su vida y le llevó a amar como Dios ama. El “fuego” es un símbolo del Espíritu, como el “viento” y el “agua”. Dan a entender el significado del Espíritu de Dios: fuerza transformadora que quema, aventa y arrastra lo que perjudica al ser humano; y aquilata, dinamiza y fecunda todo lo que perfecciona y realiza.

En la segunda parte (vv. 21-22) leemos el bautismo de Jesús, fruto de su decisión libre. En un bautismo general fue bautizado. No dice quién le bautizó. Parece, como subrayan muchos comentaristas, que Lucas no quiere destacar la conexión, históricamente muy probable, entre Juan y Jesús, de maestro y discípulo. Con ello destaca a Jesús como “centro del tiempo” nuevo, difuminando a Juan como colofón del tiempo pasado.

Mientras oraba, se abrieron los cielos”. Teofanía mítica de contenido cristológico. Es un modo de explicar la fe en la divinidad de Jesús. En la oración se oye en lo profundo de la conciencia la voz de Dios. Ahí en lo profundo, Jesús experimenta la convicción íntima de ser “el Hijo amado” de Dios, “viendo al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma” (Mc 1,10). Recuerda el descenso del mismo Espíritu sobre los Apóstoles en Pentecostés para iniciar el ministerio (He 2,1-4). “Vino una voz del cielo: `Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco´”. Alusión al salmo: “Tú eres mi Hijo…” (Sal 2,7), y a Isaac, “el hijo único, al que amas” (Gn 22,2), y lo entrega como Abrahán.

Oración: “os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,15-16.21-22)

Jesús resucitado, “convertido en espíritu vivificante” (1 Cor 15,45):

“por tu Espíritu ofreces luz y fuerzas para responder a nuestra vocación” (GS 10);

“derramas el Espíritu de caridad en los corazones humanos” (GS 78);

“con el don de tu Espíritu creas una nueva comunidad fraterna” (GS 32);

“actúas en los corazones humanos por la fuerza de tu Espíritu, 

suscitando el deseo del siglo futuro,

animando, purificando y robusteciendo propósitos generosos 

de humanizar más la vida y plegar la tierra a este fin (GS 38). 

También hoy recibimos “bautismos de agua”:

“bautismos” como el de Juan, que ayudan mucho:

consejos de salud que intentan sanear nuestra vida;

lecciones de economía para controlar nuestros bienes;

ofertas de divertimiento limpio que nos armonizan;

mejoras educativas y profesionales para acertar en el trabajo;

lecciones de honradez para evitar conductas indeseables; 

compromisos a favor de la justicia y la dignidad de todos…

Pero seguimos en expectación de un bien mayor:

nuestra conciencia siente en lo profundo el deseo

de liberarnos de todo mal,

de realizarnos plenamente;

buscamos un amor que no se canse de nosotros;

que sea manantial de vida, más fuerte que el dolor y la muerte;

que nos dinamice activamente en tareas necesarias y urgentes.

San Juan de la Cruz, experto en vida interior, dice:

necesitamos “otra inflamación mayor de otro amor mejor”;

sólo el amor mueve y llena humanamente.

Este es el regalo de tu bautismo, Jesús:

Amor que responde al Amor” del Padre (Jn 1,16).

Recibimos el Espíritu de hijos de adopción,

en el que clamamos: `¡Abba, Padre!¨.

Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu

de que somos hijos de Dios” (R(Rm 8,15s).

Necesitamos, Jesús, tu bautismo de Espíritu y fuego:

bautismo que nos revista de tus entrañas amorosas;

bautismo que nos distinga por “hacer el bien” (He 10,38);

bautismo que nos capacite para amar como nos ama el Padre;

bautismo que nos reúna en comunidad de hermanos;

bautismo que nos impulse a la acción, sobre todo por los más débiles…

Renueva, Señor, la Iglesia con tu Espíritu:

de pobreza que nos desnude de añadidos no evangélicos;

de consuelo eficaz que libere de cadenas prescindibles;

de respeto a los derechos humanos en nuestras relaciones;

de diálogo sincero, abierto a la verdad y a la libertad;

de fortaleza ante la persecución de tiranos y envidiosos;

de amor desinteresado “que hace salir el sol sobre malos y buenos,

ymanda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45).

Preces de los Fieles (Bautismo del Señor (10.01.2016)

Hoy es una fiesta adecuada para renovar nuestro bautismo. Si estamos de acuerdo con la causa de Jesús, el Reino de Dios, manifestemos nuestra conversión bautismal diciendo: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por la Iglesia:

– que el Evangelio del Reino sea su causa, su trabajo;

– que siga humildemente al Espíritu de Jesús.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por las intenciones del Papa (enero 2022):

– por “todas las personas que sufren discriminación y persecución religiosa”;

– que “encuentren en las sociedades en las que viven el reconocimiento

de sus derechos y la dignidad que proviene de ser hermanos y hermanas”.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por la pastoral del bautismo:

– que sea fruto del amor a la verdad y a la vida, como la pastoral de Jesús;

– que el bautismo sea signo de la conversión al Espíritu de Jesús.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por los padres y padrinos:

– que cuiden y ofrezcan su propia fe a sus hijos y ahijados;

– que sean testigos y educadores de la vida cristiana.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por la catequesis de niños y adultos:

– que el Espíritu anime a todos a crecer en la fe cristiana;

– que suscite vocaciones de catequistas para todos.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Por esta celebración:

– que nos ayude a contactar con Jesús que está en medio de nosotros;

– que sintamos su Espíritu de amor que nos habita.

Roguemos al Señor: Reaviva nuestro espíritu con tu Espíritu, Señor”.

Queremos escuchar al Espíritu Santo que nos habita, que nos asegura que somos hijos de Dios,  que nos hace a todos hermanos de Jesús y coherederos de vida eterna por los siglos de los siglos.

Amén.

Leganés (Madrid), 9 de enero de 2022

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s