¿Se renueva la vida religiosa en clave laical y sinodal?

El convento de Santa Clara, indicador de nuevos caminos de las comunidades religiosas

Sor Lucía Caram, frente al convento de Santa Clara.
Sor Lucía Caram, frente al convento de Santa Clara.

Auspiciada por el papa Francisco, la iniciativa de las hermanas dominicas de Manresa de abandonar una regla incompatible con su labor social en favor de los necesitados plantea interrogantes en relación con el futuro de la vida religiosa

¿Será esta ‘refundación carismática’ de Santa Clara una experiencia que marcará el camino de otras comunidades en el futuro? ¿Morirá la vida contemplativa clásica? ¿Cómo abordará, en definitiva, la vida religiosa del siglo XXI el reto que implica la crisis de vocaciones en el mundo occidental? 

Josep Miquel Bausset: “El problema de la vida contemplativa lo encontramos cuando dejamos de vivir como discípulos de Jesús y nos convertimos en una caricatura de lo que habríamos de ser, como la higuera estéril que no daba fruto»

Gemma Morató: “No creo que muera nada con esta iniciativa de las hermanas de Santa Clara. Al contrario, es una innovación. Ojalá muchos conventos, monasterios, congregaciones e institutos fueran capaces de preguntarse qué les inspira el Espíritu hoy»

Por Jordi Pacheco

Ha sido una de las últimas noticias del año 2021 y una de las más insólitas en la Iglesia catalana y, particularmente, en su vida religiosa: a inicios de diciembre el Convento de Santa Clara, en Manresa, anunció que dejaba de ser de clausura y se desvinculaba jurídicamente de la Federación Dominica de la Immaculada para poder seguir llevando a cabo su labor en favor de los más vulnerables de la sociedad. 

Auspiciada por el papa Francisco, la iniciativa de las hermanas dominicas de Manresa de abandonar una regla incompatible con su labor social en favor de los necesitados —algo que vienen realizando desde hace más de una década bajo el liderazgo de sor Lucía Caram a través de la Fundación del Convento de Santa Clara— ha sido enfocada desde el punto de vista de la eventual fórmula jurídica que, durante los próximos cinco años, tendrá que encontrar la comunidad ante este cambio de paradigma. 

Sin embargo, el trasfondo del tema plantea interrogantes tal vez de mayor calado en relación con el futuro de la vida religiosa, ya sea en su faceta activa como contemplativa o de clausura: ¿Será esta ‘refundación carismática’ de Santa Clara una experiencia que marcará el camino de otras comunidades en el futuro? ¿Morirá la vida contemplativa clásica? ¿O más bien se renovará en clave sinodal y laical? ¿Cómo abordará, en definitiva, la vida religiosa del siglo XXI el reto que implica la crisis de vocaciones en el mundo occidental? 

Cuestión de calidad, no de cantidad

“Hablar del futuro requiere a mi modo de ver dos visiones, una espiritual que no debemos obviar, y que nos dice que el Señor sabe lo que pretende hacer con la vida religiosa, y otra, más terrenal que nos muestra que el futuro, especialmente en la vieja Europa, es de pocas vocaciones”, apunta Gemma Morató Sendra, monja de la Dominica de la Presentación, una congregación de vida apostólica con presencia en 37 países en todo el mundo. “Lo interesante, sin embargo, es analizar no el número sino la calidad de cómo se vive la respuesta dada un día al Dios que nos llamó”, remarca la religiosa.

Igualmente consciente de que la importancia de la vida contemplativa no se encuentra en el número de monjes y monjas, Josep Miquel Bausset opina que el ‘problema’ de siempre en los monasterios para afrontar el futuro no radica en la cantidad, cada vez menor, sino el hecho de “perder la dimensión mística, contemplativa y profética”. “El problema de la vida contemplativa —, asegura el monje de Montserrat— lo encontramos cuando dejamos de vivir como discípulos de Jesús y nos convertimos en una caricatura de lo que habríamos de ser, como la higuera estéril que no daba fruto (Lc 13:1-9). El problema es cuando somos insignificantes, como decía el papa Francisco, es decir, cuando no significamos nada, cuando nuestra vida no tiene ningún valor ni ningún significado, como cuando la sal pierde su sabor”.

Abadía de Montserrat.
Abadía de Montserrat. Dídac García Castañeda.

El futuro de religiosos y laicos

El cambio de rumbo adoptado por el convento de Santa Clara pone de relieve un trabajo sinodal en el que religiosas y laicos unen sus esfuerzos para alcanzar un mismo fin. Un cambio con perspectiva de futuro que impedirá que el convento sea objeto en el futuro de operaciones inmobiliarias que lo acaben convirtiendo, como advierte sor Lucía Caram, en un hotel de lujo. Lo que se intenta es que, con monjas o sin ellas, la misión sobreviva a sus fundadoras. 

“Entendemos que esta decisión es fruto de los nuevos carismas y de las nuevas formas que están surgiendo de hacer el bien y de dar a conocer el Evangelio”, decía hace unos días sor María Teresa de Jesús Gil Martínez, priora federal de la Federación Dominica de la Inmaculada, mostrando su conformidad con la decisión adoptada por sus hermanas de Manresa. 

“Cada carisma tiene su valor y para mí es la manera de que quien sea encuentre el zapato que le va bien ante la llamada de Dios. La vida contemplativa es un motor muy especial para el caminar de la Iglesia”, reconoce Gemma Morató preguntada por la pervivencia de la vida contemplativa clásica en el mundo actual. 

“No creo que muera nada con esta iniciativa de las hermanas de Santa Clara. Al contrario, es una innovación. Ojalá muchos conventos, monasterios, congregaciones e institutos fueran capaces de preguntarse qué les inspira el Espíritu hoy, siendo fieles a su fundación pero también dando respuesta a un mundo cambiado, marcado ahora por una pandemia que ha trastocado ya tantas cosas”, reflexiona Gemma Morató, convencida de que este tiempo sinodal “es una gran oportunidad para todos, pero para la vida consagrada es un reto que se debe afrontar y hay que pedir la palabra, romper con esquemas preconcebidos y arriesgar y mucho”.

Dominicas de Manresa, con el Papa

Atreverse a ser diferente

Tras su nombramiento como arzobispo de Tarragona en marzo de 2019, Joan Planellas se refirió en estos términos al futuro de la vida contemplativa: “Hay que atreverse a ser diferentes, a mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, a dar testimonio de la belleza de la generosidad, del servicio, de la pureza, de la fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia vocación”.

Exhortaciones como esta del prelado catalán son vistas por Josep Miquel Bausset como una oportunidad para que “los monjes y las monjas podamos salir de nosotros mismos, arriesgando nuestra vida por el Reino”. “Hemos de ser peregrinos y nómadas, no sedentarios. Hemos de ser hombres y mujeres que abran caminos nuevos, que no se conformen con hacer siempre lo mismo, porque siempre se ha hecho así. Hemos de vivir abiertos a las sorpresas del Espíritu, desinstalados, buscando siempre caminar hacia adelante, con esperanza y con determinación”, argumenta el monje benedictino.   

La revolución de la ternura

Las siete monjas de la comunidad de Santa Clara conviven algunos días de la semana con una quincena de laicos, con quienes han construido en una zona del convento un banco de alimentos y un albergue para gente sin techo, además de atender a personas con problemas de salud mental y organizar actividades para niños en la casa de la infancia. Más de una década después de su creación, la Fundación del Convento de Santa Clara dispone en la actualidad de ocho proyectos que no sólo sirven para paliar situaciones de emergencia sino también para ofrecer a las personas un punto de apoyo en medio de una sociedad marcada por el individualismo y la fragilidad del vínculo social. 

Aparte de la Plataforma de los Alimentos, la Residencia Rosa Oriol y los pisos de acogida, la fundación tiene el Proyecto Amburnia (experiencias en torno al huerto para alumnos de secundaria con dificultades para seguir la escolaridad); el Taller (espacio de costura para mujeres de diferentes culturas); el Espacio de duchas (instalaciones para garantizar la higiene personal adaptadas para personas solas y familias con menores a cargo); Salud visual para todos (revisiones oculares a precio módico en diferentes centros oftalmológicos) y el Huerto ecológico (un espacio común donde compartir conocimientos con gente muy diversa, salud y buenos alimentos).

“El papa Francisco nos decía que tenemos que mirar a los ojos de los más pobres, de los niños, de los que sufren y hacernos cargo de su dolor, de su sufrimiento, de su realidad. Es lo que llevamos muchísimo tiempo haciendo: mirando”, explicaba sor Lucía a principios de este mes de diciembre a través de su canal de Youtube. “No hemos querido apartar la mirada del sufrimiento de nuestros hermanos y esto nos ha llevado a vivir una situación de alegría, de pascua, de mucha esperanza. Nuestra comunidad tiene muchos proyectos y necesita ayuda para llevar a cabo esta gran revolución de la ternura, y sobre todo, de la compasión, que es la pasión compartida que vivió Jesús, quien pasó entre nosotros haciendo el bien, compadeciéndose de las multitudes y dando esperanza a los desesperados”, concluye la monja manresana.

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