Un joven militante de la Causa del reino

Su amor por la educación lo llevó a estudiar Pedagogía Básica. Se graduó de Profesor de Educación Primaria en la Escuela Normal Experimental de La Universidad Católica en Talca y luego, entre 1970 y 1973 hizo cursos de perfeccionamiento en Historia y Geografía en la Universidad Católica de Santiago. En la Universidad Católica se destacó llegando a ser presidente de la Asociación Católica Universitaria, dirigente de la Juventud de Estudiantes Católicos, y más tarde se integró a la militancia en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

Fue profesor en el Centro Básico de Adultos de los Sagrados Corazones y en la Escuela Consolidada Especial Experimental Juan Antonio Ríos, desde donde fue expulsado en marzo de 1974 en plena dictadura por su militancia política.

En horas de la tarde del día 6 de enero de 1975, salió de su domicilio para juntarse con un compañero de partido en alguna parte de Santiago pero nunca regresó a su casa. No hubo testigos del secuestro pero sí está establecido en la investigación judicial que fue secuestrado por agentes de la DINA que buscaban afanosamente exterminar al MIR y que Emilio Iribarren, uno de sus compañeros, le traicionó participando en su reconocimiento para que fuera capturado.

José Patricio León, el “Pato”, representa a tatos hombres y mujeres de fe que comprometieron su vida y la apostaron por la construcción del reino de Dios hasta sus últimas consecuencia. Por eso el pueblo los considera santas y santos y así los venera porque como señala el teólogo vasco Javier Vitoria: “Solamente Dios es capaz de responder al grito de las muertes que claman justicia si resucita a los asesinados. A nosotros solo nos queda el deber de su memoria para que el olvido no vuelva a matarlos”.

Por Jesús Herrero Estefanía

José Patricio León Gálvez nació el 12 de septiembre de 1945 al inicio de una etapa histórica donde la humanidad declaraba el “nunca más” a los crímenes de guerra y comenzaba el proceso que terminaría con la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

José Patricio era de la zona central y campesina de Chile. Nació en la comuna de La Estrella a la que solía llamar “la República de La Estrella”. Estudió en la ciudad de Talca pero como tantos chilenos emigró a Santiago la capital del país donde siguió sus estudios y trabajó durante varios años.

Su amor por la educación lo llevó a estudiar Pedagogía Básica. Se graduó de Profesor de Educación Primaria en la Escuela Normal Experimental de La Universidad Católica en Talca y luego, entre 1970 y 1973 hizo cursos de perfeccionamiento en Historia y Geografía en la Universidad Católica de Santiago. En la Universidad Católica se destacó llegando a ser presidente de la Asociación Católica Universitaria, dirigente de la Juventud de Estudiantes Católicos, y más tarde se integró a la militancia en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

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Estaba casado con Rosa Rosales a la que había conocido en 1969 en El Salvador. Patricio pertenecía al Secretariado Latinoamericano de la Juventud Estudiantil Católica (JEC), cuya sede en esa época estaba en Montevideo.Los miembros del secretariado acostumbraban a hacer visitas de trabajo a los diferentes movimientos de la Acción Católica en Latinoamérica. Rosa contaba que como secretaria de la JEC centroamericana, en uno de los viajes se quedó en Chile por amor y por compromiso político. De su relación con el Pato nació su primer hijo.

Fue profesor en el Centro Básico de Adultos de los Sagrados Corazones y en la Escuela Consolidada Especial Experimental Juan Antonio Ríos, desde donde fue expulsado en marzo de 1974 en plena dictadura por su militancia política.

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José Patricio, vivía en la población José María Caro, en la zona sur de Santiago. Allí realizaba su trabajo político en el Frente de masas, actividad que siguió realizando en la clandestinidad hasta su detención.

Su esposa recuerda que para el golpe de Estado estaban juntos en casa y los rumores de golpe eran cada vez más fuertes. Como los dos eran militantes activos estaban muy conscientes de lo que podía pasar. Se enteraron por la radio, discutieron sus respectivos refugios y decidieron esconderse pero no huir del país.

En horas de la tarde del día 6 de enero de 1975, salió de su domicilio para juntarse con un compañero de partido en alguna parte de Santiago pero nunca regresó a su casa. No hubo testigos del secuestro pero sí está establecido en la investigación judicial que fue secuestrado por agentes de la DINA que buscaban afanosamente exterminar al MIR y que Emilio Iribarren, uno de sus compañeros, le traicionó participando en su reconocimiento para que fuera capturado.

Al día siguiente de su detención, su hermano Bernardo fue visitado en su lugar de trabajo por una persona que no se identificó y que le contó que José Patricio había sido detenido a las cuatro de la tarde del día anterior.

Fue visto por varios detenidos en el centro de torturas “Villa Grimaldi”. Según testimonios, José Patricio permaneció en la Torre junto a varios detenidos y luego fueron hechos desaparecer. María Alicia Salinas Farfán, quien estuvo detenida entre el 3 y el 10 de enero de 1975 en dicho centro, que después fue trasladada a otros campos de prisioneros y que permaneció privada de libertad hasta el 10 de diciembre de 1976, atestiguó, en declaración jurada ante notario del 16 de julio de 1986, que: “En ese mismo día 6 de enero de 1975, en horas de la tarde vi llegar a otro compañero que también yo conocía y que hoy está igualmente desaparecido. Se trataba de José Patricio León Gálvez.»

Tenía 29 años cuando desapareció. La familia de José Patricio León hizo consultas y gestiones en hospitales, postas de salud y la morgue. También solicitó información sin obtener respuesta.

Hoy su causa está radicada en la Corte de Apelaciones de Santiago y se encuentra en estado de sumario sin ningún resultado concreto.

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José Patricio León, el “Pato”, representa a tatos hombres y mujeres de fe que comprometieron su vida y la apostaron por la construcción del reino de Dios hasta sus últimas consecuencia. Por eso el pueblo los considera santas y santos y así los venera porque como señala el teólogo vasco Javier Vitoria: “Solamente Dios es capaz de responder al grito de las muertes que claman justicia si resucita a los asesinados. A nosotros solo nos queda el deber de su memoria para que el olvido no vuelva a matarlos”.

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