El Domingo de la Palabra de Dios

por Departamento Nacional de Animación y Pastoral Bíblica (CEA) 


El papa Francisco instituyó el Domingo de la Palabra de Dios a través de la carta apostólica en forma de motu proprio ‘Aperuit Illis’, luego de haber recibido numerosas peticiones de distintos particulares y de asociaciones vinculadas a la pastoral bíblica, y habiendo consultado –principalmente a los miembros del Pontificio Consejo para la promoción de la Nueva Evangelización (ministerio vaticano creado por Benedicto XVI, el 21 de septiembre de 2010)–.

El objetivo principal de esta nueva celebración es estimular a los creyentes a comprender la riqueza inagotable que proviene del diálogo permanente de Dios con todos los seres humanos, puesto de manifiesto particularmente en el desarrollo progresivo de la historia de salvación vivenciada por el pueblo elegido y testimoniada en las Sagradas Escrituras.

“Por tanto, dice Francisco, es necesario no acostumbrarse nunca a la Palabra de Dios, sino nutrirse de ella para descubrir y vivir en profundidad nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos”.

Tal vez, para entender que el ‘Domingo de la Palabra de Dios’ no anula ni es lo mismo que el ‘Domingo Bíblico’ (que en nuestro país, desde 1961, celebramos el último domingo de septiembre) sea útil recordar lo que decía el Papa Francisco a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica el 12 de abril de 2013: “Las Sagradas Escrituras, como sabemos, son el testimonio escrito de la Palabra divina, el memorial canónico que atestigua el acontecimiento de la Revelación. La Palabra de Dios, por lo tanto, precede y excede a la Biblia. Es por ello que nuestra fe no tiene en el centro sólo un libro, sino una historia de salvación y sobre todo a una Persona, Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne. Precisamente porque el horizonte de la Palabra divina abraza y se extiende más allá de la Escritura, para comprenderla adecuadamente es necesaria la constante presencia del Espíritu Santo que «guiará hasta la verdad plena» (Jn 16,13)”.

Los ciclos

Posiblemente se eligió para esta nueva celebración el III domingo del tiempo ordinario por las lecturas que propone el Leccionario:

Ciclo A: la Primera Lectura del libro del Profeta Isaías (8,23b-9,3) anuncia que brillará en Galilea una gran Luz; y en el Salmo Responsorial (26,1.4.13-14) se canta que esa Luz –que al mismo tiempo es la salvación– es el Señor; en la Segunda Lectura (1 Corintios 1,10-14.16-17) el apóstol Pablo asegura que Cristo no lo envió “a bautizar sino a anunciar el Evangelio” y en la proclamación del Evangelio (Mateo 4,12-23) se afirma que con el comienzo de la predicación de Jesús en Galilea se cumplió lo anunciado por Isaías (lo leído en la Primera Lectura) y se hace referencia a la llamada de los primeros discípulos de Jesús, que luego de la Ascensión del Señor serán responsables de anunciar la buena noticia haciendo que todos los pueblos sean discípulos, bautizando, y enseñando a cumplir todo lo que su Maestro –con obras y palabras– les había mostrado (cfr. Mt 28,19-20).

Ciclo B: la Primera Lectura de la Profecía de Jonás (3,1-5.10) muestra cómo la Palabra de Dios anunciada –incluso a desgano y de forma distorsionada– produce frutos de conversión; en el Salmo Responsorial (24,4-5ab.6-7bc.8-9) se recuerda que “El Señor (…) enseña el camino a los pecadores, hace caminar a los humildes con rectitud y enseña su camino a los humildes” y en el Evangelio (Marcos 1,14-20) se afirma que “después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Y allí proclamaba la Buena Noticia de Dios”.

Ciclo C: en la Primera Lectura (Nehemías 8,2-6.8-10) se dice que “los levitas leían el libro de la Ley de Dios, con claridad, e interpretando el sentido, de manera que se comprendió la lectura”; la antífona del Salmo Responsorial (18,8-10.15) canta: “Tus palabras, Señor, son Espíritu y Vida”; en la Segunda Lectura (1 Corintios 12,12-30) se recuerda que “en la Iglesia, hay algunos que han sido establecidos por Dios, en primer lugar, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar, como doctores” para que proclamen y expliquen las Escrituras a todos los miembros del único Cuerpo de Cristo; y en el Evangelio (Lucas 1,1-4;4,14-21) el autor del libro explica que su obra se basa en los testimonios que “fueron transmitidos por aquéllos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra” y presenta a Jesús leyendo al profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret y asegurando que en él se cumplía el pasaje de la Escritura que se acababa de proclamar.

Por tanto, hay que tener en cuenta que el ‘Domingo de la Palabra de Dios’ no es lo mismo que el ‘Domingo Bíblico’, que en Argentina se celebra el último domingo de septiembre, cerca de la fiesta de san Jerónimo. La nueva celebración no hace que se opaque o deje de celebrarse el ‘Domingo Bíblico Nacional’ y la Semana y/o el Mes de la Biblia como lo venimos haciendo.

La revelación de Dios

En la celebración de enero recordamos fundamentalmente que “Dios dispuso en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina.

En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación” (‘Dei Verbum’, 2).

En cambio, en septiembre, lo que se procura es hacer tomar conciencia del lugar fontal que las Sagradas Escrituras tienen en nuestra fe y la necesidad que tenemos de conocerlas e interpretarlas comunitariamente para que animen nuestra vida personal y eclesial, y toda la actividad pastoral.

Estas dos celebraciones pueden ser una oportunidad para convertirnos al Evangelio de Jesucristo, profundizando la comunión entre nosotros y redescubriendo la mesa común de la Palabra donde el mismo y único Cristo se nos ofrece como Alimento para la Vida del mundo.

*Gerardo García Helder. Director del Departamento Nacional de Animación y Pastoral Bíblica de la Conferencia Episcopal Argentina.

El Departamento nacional de Animación y Pastoral Bíblica –dependiente de la Comisión Episcopal de Catequesis, Animación y Pastoral Bíblica de la Conferencia Episcopal Argentina– ofrece su servicio a las distintas Diócesis y Comunidades para que la Palabra de Dios sea cada vez más apreciada y entendida en el espíritu con que fue escrita.

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