La nube de testigos

Mártires salvadoreños beatificados

José M. Tojeira

Después de narrar la resistencia en la fe de los oyentes y seguidores de la Palabra, la carta a los Hebreos continúa en el capítulo 12 diciendo que nos rodea una nube de testigos que debe estimularnos en nuestros compromisos cristianos. Nada más actual que ese texto, ahora que hemos celebrado la beatificación de Cosme Spessotto, Rutilio Grande, Nelson y Manuel. Mons. José Luis Escobar, en su carta pastoral sobre el martirio, recordaba también en el contexto martirial salvadoreño la visión del apocalipsis de una gran multitud “vestidos con túnicas blancas y con palmas en la mano”. Las cuatro beatificaciones que celebramos son, con Mons Romero, la punta de lanza y el signo visible de una enorme cantidad de mártires salvadoreños, que desde muy diferentes actividades y servicios se identificaron en la muerte con el Señor, fieles a la Palabra hecha vida. La memoria de ellos, igual que la beatificación, es ya un signo de la resurrección de nuestros hermanos profetas del Evangelio y de la audacia de ser fieles hasta el final.

Esta historia martirial del pueblo salvadoreño nos llama y nos interpela a revisar nuestro caminar. En el Plan Pastoral de la Archidiócesis, vivir la dimensión martirial de nuestra Iglesia se presenta como una tarea necesaria para vivir en nuestro aquí y ahora el Evangelio. Cuando en un país como el nuestro continúan existiendo demasiados rostros que nos recuerdan el de Jesús crucificado, no podemos menos que repetir con el apóstol Pablo que el amor de Cristo nos apremia (2 Cor 5, 14) y nos exige renovar nuestra realidad. La pobreza, el hambre, la desigualdad, los ancianos sin pensión, desprotegidos y abandonados, los niños de la calle, los campesinos condenados a una subsistencia vulnerable, los trabajadores mal pagados y sujetos a la humillación de los poderosos, las niñas y adolescentes abusadas, nos recuerdan el rostro de Cristo ensangrentado. Los mártires sintieron esa realidad y trataron de enjugar lágrimas, infundir esperanzas, animar y recordar la suprema dignidad del ser humano como hijos e hijas de Dios. Y supieron vivir sin que la muerte fuera un freno a su esperanza y a su solidaridad.

Hoy, la nube de los innumerables testigos que nos ha legado nuestra historia relativamente reciente nos llama a la acción. El Concilio Vaticano II, al hablar de la Iglesia como pueblo mesiánico, nos indica que quienes tenemos a Cristo como cabeza debemos “dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra” (LG 9). Esa tarea de ampliar el Reino de Dios significa, en muchos sentidos transformar el mundo en que vivimos. Y esa transformación solo se puede lograr desde las labores más específicamente cristianas de personas convertidas al Evangelio, y desde la colaboración propositiva y crítica con todos los seres humanos de buena voluntad que desean un mundo más justo. Un mundo sin fuertes que opriman a los débiles, sin pobreza, sin que se pongan el poder del dinero, de las armas o de la manipulación ideológica por encima de la dignidad universal de la persona humana y de su derechos a vivir en fraternidad y en desarrollo pleno de sus capacidades. El mundo era complejo en tiempo de Jesús y continúa siendo hoy un lugar con demasiada indiferencia ante el dolor del pobre, del sencillo y del débil. Nuestros mártires recién beatificados fueron para los pobres sal y luz como Jesús, hasta convertirse con Él en ofrenda crucificada al Padre Dios. Su proceso de resurrección se ha unido ya al Espíritu que vivifica a la Iglesia. Y eso nos exige abrirnos a ese mismo Espíritu que llevó a Nelson, Manuel, Rutilio y Cosme a la entrega total, profética y amorosa. Ellos nos invitan hoy a expandir y afirmar en este mundo y en nuestro país ese Reino de Dios que es de vida plena, de verdad en la hermandad, y de paz con justicia y amor.    

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