LA ESPERANZA DEL SÍNODO

col maza

Por primera vez desde que la Iglesia dejó de estar compuesta de pequeñas comunidades más o menos autónomas para convertirse en una Iglesia unificada con una jerarquía universal y unos dogmas canónicos en el siglo IV, el papa Francisco nos convoca a todo el pueblo de Dios, tanto jerarquía como laicos a dar nuestra opinión sobre cómo debe caminar toda la Iglesia para ser testigo de Jesús en la actualidad y en el futuro.

Es verdad que el concilio Vaticano II ya hablaba del Pueblo de Dios que lo éramos todos por el bautismo, pero no se sacaron de esa mención las consecuencias lógicas de que a los laicos se nos concediera un papel y una responsabilidad en la marcha de la Iglesia, seguramente por el “invierno eclesial” de los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Nos alegramos de que el Papa Francisco haya dado este paso, pero no debemos hacernos demasiadas ilusiones, porque el paso de los siglos nos enseña que las evoluciones en general y las de la Iglesia en particular suelen ser bastante lentas. Pero a pesar de todo los laicos debemos contribuir con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro entusiasmo al feliz resultado de este sínodo que lleve a la Iglesia a ser luz del mundo en el mundo actual y en los siglos venideros.

¿Cuáles son los problemas de la Iglesia en la actualidad? Muchos y de muy diversa índole. El primero de ellos es que la Iglesia desde el siglo IV ha dejado de ser una iglesia pobre y de los pobres, como nos pide insistentemente el papa Francisco para convertirse en una iglesia rica. No hay más que ver la riqueza de las iglesias en el Vaticano, en las catedrales, los tesoros de las catedrales de oro y piedras preciosas en cálices y otros instrumentos del culto, las joyas y coronas de las imágenes sobre todo las de las incontables de María, como patrona de innumerables pueblos y ciudades de toda la cristiandad. Todo ello cuando millones de personas en el mundo mueren de hambre o de enfermedades que tienen remedio en los países más desarrollados, cuando faltan escuelas y hospitales en tantos países de África, Asia y América del centro y del sur. Es verdad que Cáritas y otras organizaciones de la Iglesia luchan en muchas partes contra estos problemas, pero la acción de la Iglesia contra la pobreza en el mundo no tendría que ser sólo de algunas organizaciones eclesiales, sino del toda la Iglesia desde Roma hasta la última comunidad cristiana del universo. Este es el primer problema que debería ser lo prioritario en esta nueva Iglesia que queremos ayudar a construir.

Poder o servicio

El sínodo debiera promover una Iglesia pobre y de los pobres como nos pide el papa Francisco, pero en el Evangelio tan importante es el rechazo de Jesús al culto al dinero como su mandato de que sus seguidores no se convirtieran en superiores y jueces sino en siervos de los pobres y marginados: «No llaméis a nadie padre, ni maestro, ni excelencia…» (Mateo 23), sin embargo al sacerdote le llamamos padre, al obispo de Roma Papa, a los cardenales eminencias y así otros títulos eclesiásticos igualmente rechazados por Jesús.

Más importante que los títulos son los comportamientos eclesiásticos durante toda la historia de la Iglesia, sobre todo a partir del siglo IV cuando el emperador Constantino dio libertad a la Iglesia. Constantino no se convirtió al cristianismo, puesto que sólo se bautizó en su lecho de muerte en el año 337 de manos de un sacerdote arriano. Sin embargo convocó el concilio de Nicea en el año 325, lo presidió y condenó a los que el concilio había considerado herejes, precisamente a los seguidores de Arrio. El emperador consideró a los obispos como a grandes dignatarios del imperio, los colmó de honores y les facilitó edificios para las ceremonias religiosas, puesto que aún no tenían templos. Durante el paganismo los emperadores se habían considerado como sumos sacerdotes de los dioses, con el cristianismo  Constantino ocupó un papel parecido al de los antiguos emperadores.

A partir de ese momento la Iglesia adoptó una jerarquía copiada del imperio y sus dirigentes estuvieron en íntima convivencia con las autoridades a lo largo de los siglos. Los reyes y grandes personajes eran los grandes benefactores de la iglesia, las grandes catedrales y conventos eran construidos y conservados mediante las donaciones y mecenazgos de los reyes, la nobleza y las familias poderosas de cuyos restos vemos las tumbas en catedrales, conventos e iglesias. Muchas de las iglesias actuales están en las plazas de los pueblos al lado de los ayuntamientos o incluso en Madrid la catedral está junto al Palacio real.

A cambio de estos beneficios la Iglesia casi siempre se ha plegado a las órdenes de reyes y poderosos, ha estado casi siempre al lado del poder, de ahí el anticlericalismo secular de los pobres y los oprimidos por el poder político. La llamada Jerarquía eclesiástica se ha mantenido alejada del pueblo e incluso de los fieles laicos.

La Iglesia jerárquica también ha participado en el poder político, grandes personajes eclesiásticos han ocupado cargos políticos como el Cardenal Cisneros, regente del reino de Castilla. Durante la Edad Media muchos obispos han participado en las guerras de la reconquista española con sus propias tropas a las que dirigían en persona en las batallas.

Los papas han gobernado durante muchos siglos un territorio italiano, los Estados Vaticanos, basados en una llamada donación de Constantino, que ha demostrado ser falsa. A partir de 1870 estos territorios han quedado reducidos a la Ciudad del Vaticano, un enclave en el centro de la ciudad de Roma. Este mini-estado es la última monarquía absoluta de Europa, donde no existe la democracia y que no ha firmado de Declaración de los Derechos Humanos promulgada en 1949 por la ONU. Esta monarquía tiene sus embajadores, llamados nuncios que atienden por igual a los asuntos políticos del país al que representan que a los religiosos de los obispos del país al que están destinados.

Espero que este tema sea tenido en cuenta en el futuro sínodo.

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