¿Marchar juntos?

El cuestionario propuesto para el Sínodo de la Sinodalidad consiste en los 10 puntos presentados en el Vademécum de la Secretaría General del Sínodo de Obispos. Leyéndolo, le viene a uno a la memoria lo que, según Mateo 18:20, decía Jesús: Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Según eso, ¿está Jesús en el Sínodo convocado? A primera vista parece que ni está ni se le espera. En el mencionado cuestionario no aparece ni una sola vez el nombre “Jesús”, o “Cristo”, o “el Señor”. Parece que no nos reunimos en su nombre. En cambio el término “Iglesia” aparece 16 veces, más otra en la que aparece con la expresión “Pueblo de Dios”, (como si no fuesen de Dios todos los pueblos).

Dije “a primera vista”, en el resto del Vademécum sí se menciona a Jesús de Nazaret y se ve que se le tiene como referente, pero en el conjunto del documento sigue teniendo más peso la atención que se dedica a la Iglesia que a Jesús y su mensaje. Menciona a Jesús 16 veces y a la Iglesia 682 veces. Parece que es un documento muy “eclesio-céntrico”, si se puede usar esa expresión. La Iglesia se preocupa mucho de su situación, de lo que le ocurre a ella misma. Al proyecto de Jesús casi no le nombra como “Reino de Dios” (3 menciones); prefiere referirse a él como la misión de la Iglesia (58 menciones). Ese término de misión resulta bastante ambiguo en este contexto pues no especifica su contenido; tan sólo una vez parece relacionarla con el “anuncio del Evangelio”, que también es bastante ambiguo, pues puede entenderse que la misión del anuncio del Evangelio queda cumplida con la predicación que se hace en los actos de culto.

Quede claro que no despreciamos o minusvaloramos las formas que la Iglesia habilitó para difundir el mensaje de Jesús de Nazaret: predicaciones, cursos de catecismo, enseñanza de religión en las escuelas, trabajo misionero… A fin de cuentas, lo que conocemos del Evangelio nos llegó por esas vías. No es tarea nuestra valorar la aportación de la Iglesia Católica y de otras iglesias cristianas a la construcción de Reino de los Cielos; ese juicio le corresponde a Dios. Lo que ocurre es que cuando se asume el mensaje evangélico ya nada es igual que antes; la llamada de Jesús a seguirle implica un compromiso de dedicación al establecimiento del Reino de Dios y su justicia. Vistas así las cosas, el problema no es si la Iglesia Católica y otras cristianas están perdiendo prestigio y clientela; el problema es constatar que los cristianos no estamos caminando en dirección a ese objetivo del Reino que Jesús quería instaurar. Las Iglesias no son un fin en sí mismas; son instrumentos para contribuir a la realización del proyecto de Jesús.

Y aquí viene lo de “caminar juntos”, que es lo que significa la palabra “sínodo”. Ese caminar tiene sentido sólo si se trata de ir hacia ese objetivo; pueden marchar juntos sólo los que van en la misma dirección y con el mismo destino. Entonces procede aclarar en qué consiste ese ideal que se persigue. Jesús definió el Reino de Cielos como una situación de fraternidad universal, que cada uno ame a los demás como a sí mismo. Esto excluye la opresión y la competencia: la opresión que genera el afán de dominio y la competencia mercantil que pone a los humanos en situación de buscar su propio provecho a costa de los demás. Y sobre la autoridad dijo que debería ser de servicio y no de dominio. Era consciente que su Reino no era como los de este mundo.

Y ¿qué ocurre hoy con relación a esa meta? El imperialismo actual no es menos opresivo que el de los romanos que Jesús conoció, y los actuales imperialismos gozan del apoyo de personas que se definen como cristianas. La desigualdad, las diferencias de clases y la explotación del hombre por el hombre no son hoy menores de lo que eran en la época de Jesús, y muchos que se dicen seguidores suyos están instalados en ese esquema social y procuran su perpetuación. La tiranía de las autoridades sobre los súbditos o gobernados sigue siendo una característica de las sociedades que conocemos, incluida nuestra Iglesia. La mitad femenina de la población mundial sigue estando postergada a los varones. Y sigue existiendo el rechazo a los inmigrantes, la discriminación de los diferentes… y muchos cristianos miran hacia otro lado, cuando no participan personal-mente en el abuso.

El problema es que tradicionalmente nuestra Iglesia fomentó ese tipo de actitudes anti-evangélicas. Hace pocas semanas se entrevistaba con el papa una ministra comunista del actual gobierno de coalición de izquierda de nuestro país. Desde el principal partido de la oposición de la derecha se calificó ese encuentro como “cumbre comunista”, dándole al término “comunista” el sentido peyorativo que le asigna la clase dominante y que desea que tenga para todos. Y el director de un diario de la derecha declaró que el Espíritu Santo se equivocó y los cardenales eligieron un candidato catastrófico. El director de otro diario de la misma tendencia política declaró: “Este Papa comunista es el anti-Papa, el representante del diablo en la Tierra”. Y hubo otras declaraciones similares de otros políticos de derechas. Es remarcable que todos ellos se definen como católicos y quizá fueron educados en colegios religiosos, y que si se atreven a expresarse así públicamente es porque saben que es, o puede ser, políticamente rentable, es decir, que existe en nuestro país una amplia masa de católicos que piensan que la misión de la Iglesia es combatir las ideas de la izquierda política a favor de la derecha, de la clase dominante.

Ese tipo de mentalidad no se genera repentinamente; fueron necesarios muchos siglos de tradición antisocial por parte de la jerarquía eclesial. Quienes se quejan de la actitud del actual papa es por que se acostumbraron a otros papas y otras jerarquías de la Iglesia que se posicionaron a favor de las clases dominantes y formaban parte de ellas. Quienes quieran avanzar hacia la realización del plan de Jesús, de un Reino distinto de los de este mundo, ¿pueden esperar que los acompañen aquellos que están bien instalados en los reinos de este mundo? El Evangelio nos habla de un joven rico que rehusó seguir a Jesús cuando comprendió lo que implicaba ese seguimiento. Es de temer que muchos catolicos, incluidos jerarcas eclesiásticos, que no sienten ningún deseo de emprender una marcha hacia una sociedad igualitaria, hacia un Reino distinto de los de este mundo, den la batalla, fuera y dentro de la Iglesia, para conservar esta sociedad de la desigualdad, del dominio de unos seres humanos sobre otros y de la discriminación de la mujer fuera y dentro de la Iglesia.

El análisis que aquí se hace sobre la temática sinodal se aleja deliberadamente del cuestionario que presenta el mencionado Vademécum. Si se entra por el cauce marcado por los 10 puntos de ese cuestionario, queda uno atrapado en el estudio de los problemas de la Iglesia tal como la Iglesia los percibe, y se abandona el estudio del principal problema, no de la Iglesia sino del mundo. El principal problema del mundo es que después de tanto tiempo aún no se implantó el Reino de Dios. No toda la culpa es de la Iglesia pero ésta tiene bastante responsabilidad en lo que ocurrió durante los últimos dos milenios.

La verdadera misión de la Iglesia es la de generar activistas plenamente volcados en hacer avanzar la sociedad hacia esa meta ideal. Lo que la Iglesia generó son: monjes, anacoretas, algún que otro místico, cruzados, inquisidores, un clero profesional encuadrado en una estructura jerárquica, una feligresía que piensa que el seguimiento de Jesús de Nazaret consiste en participar en los actos de culto, y lo peor del caso es haber servido durante mucho tiempo como aparato ideológico legitimador de los sistemas de dominación. Bueno, para ser justos hay que recordar que la Iglesia generó también misioneros, algunos tan dignos y encomiables como Ignacio Ellacurría, Segundo Montes, Gaspar García Laviana, las monjas estadounidenses asesinadas en El Salvador, los miles de catequistas salvadoreños asesinados, los maristas del Congo, Rutilio Grande, los teó-logos y teólogas de la liberación, la Madre Teresa de Calcuta y tantos otros y otras. Por eso decía antes que corresponde a Dios el juicio y la valoración global de personas e instituciones.

Lo que sí compete a nosotros es poner fin al acomodo de la Iglesia a los reinos de este mundo, promover, dentro y fuera de las iglesias, esas actitudes generosas de promoción social, de trabajo por hacer desaparecer la explotación y la injusticia, fomentar planes de colaboración humana en condiciones de igualdad, rechazando los clasismos y elitismos, predicando con el ejemplo para erradicar todo tipo de violencia, promover un sistema social justo e igualitario en el que la economía está al servicio de las personas y no a la inversa… en definitiva, volcarnos plenamente en hacer avanzar el proyecto de Jesús. Sólo a tal marcha se puede convocar a todo el mundo. Buscar sólo el Reino de Dios y su justicia y lo demás vendrá por añadidura.

Faustino Castaño, pertenece a los grupos de Redes Cristianas de Asturias

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