Una espiritualidad “sin Dios”… y “sin carne”

JESÚS MARTÍNEZ GORDO

André Comte-Sponville publicó el año 2006 un libro que no llamó tanto la atención por su título (‘El alma del ateísmo’, en su traducción al español) cuanto por el subtítulo: ‘Introducción a una espiritualidad sin Dios’. Fueron muchos los que no dieron crédito a lo que leían: un ateo reivindicando la espiritualidad. Probablemente porque formaban parte del colectivo de quienes entendían que, si se era ateo de verdad, no podía haber sitio alguno para la espiritualidad o la mística, aunque fuera “sin Dios”.


Sin embargo, la pretensión de A. Comte-Sponville no era tan novedosa como creyeron estos sorprendidos lectores. Los estudiosos de la historia de las religiones, de la fenomenología de la religión y de la espiritualidad o de la mística conocían cómo dicha propuesta se inscribía en una larga tradición que hundía sus raíces en las ‘Enéadas’ de Plotino (205-270) y en otras aportaciones más recientes, como las de Ludwig Wittgenstein (1889-1951), Georges Bataille (1897-1962) o Jean-Claude Bologne (1956). La suya no era, por tanto, una pretensión aislada o la de un francotirador, sino la de quien interpretaba una experiencia originante en términos ateos o “sin Dios”; y, por tanto, no como culminación del camino de la salvación, sino en confrontación con la explicación que de la misma se realizaba en las tradiciones religiosas.

Mística profana

Dicha experiencia era reconocida como espiritual, al tener muchos rasgos en común con los fenómenos místicos de las diferentes tradiciones religiosas, aunque, al no ser vivida ni interpretada con las peculiaridades propias del mundo religioso, se identificaba como fenómeno o comportamiento propio de la espiritualidad o de la mística, en este caso, profana. Y lo era porque, en el caso de Comte-Sponville, se trataba de una experiencia fundada en el contacto con la Realidad última, con el infinito o lo absoluto que en el mundo de las religiones es definido como lo sagrado, fuente y culmen de la salvación, y que en el suyo es presentado, entre otras denominaciones, como el “todo”el “sí eterno sobre un acorde perfectamente afinado”; “la verdad que me contiene y a la que yo contengo”; “solo lo real, pero sin otro”, es decir, sin alteridad y, sin ánimo de agotar todos los circunloquios, “sin Dios”.

André Comte-Sponville da testimonio de su experiencia contextualizándola en la naturaleza y en su “silencio audible”: “La primera vez sucedió en un bosque del norte de Francia. Tenía 25 o 26 años. Daba clases de filosofía (era mi primer empleo) en el instituto de una ciudad muy pequeña, perdida entre campos, al borde de un canal, no lejos de Bélgica. Esa noche, después de cenar, salí a pasear con algunos amigos por ese bosque que tanto nos gustaba. Estaba oscuro. Caminábamos. Poco a poco, las risas se apagaron; las palabras escaseaban. Quedaba la amistad, la confianza, la presencia compartida, la dulzura y la noche… No pensaba en nada. Miraba. Escuchaba rodeado por la oscuridad del sotobosque. La asombrosa luminosidad del cielo. El silencio ruidoso del bosque: algunos crujidos de las ramas, algunos gritos de animales, el ruido más sordo de nuestros pasos… Todo eso hacía que el silencio fuera más audible”.

Pura presencia

A la contextualización sucede el relato de la experiencia en cuanto tal, acompañada de alguna explicación: “Y de pronto… ¿Qué? ¡Nada! Es decir, ¡todo! Ningún discurso. Ningún sentido. Ninguna interrogación. Solo una sorpresa. Solo una evidencia. Solo una felicidad que parecía infinita. Solo una paz que parecía eterna. ¡El cielo estrellado sobre mi cabeza, inmenso, insondable, luminoso, y ninguna otra cosa en mí que ese cielo, del que yo formaba parte, ninguna otra cosa en mí que ese silencio, que esa luz, como una vibración feliz, como una alegría sin sujeto, sin objeto (sin otro objeto que todo, sin otro sujeto que ella misma), y ninguna otra cosa en mí, en la noche oscura, que la presencia deslumbrante de todo! Paz. Una paz inmensa. Simplicidad. Serenidad. Alegría. Estas dos últimas palabras podrían parecer contradictorias, pero no se trata de palabras: era una experiencia, un sí eterno, sobre un acorde perfectamente afinado, que era el mundo. Me sentía bien. ¡Sorprendentemente bien! Tan bien que no sentía la necesidad de decírmelo, ni siquiera el deseo de que no se terminara. Ya no había palabras, ni carencia ni espera: puro presente de la presencia”.

Una vez reseñado el núcleo de la experiencia, empiezan a tener un protagonismo creciente las explicaciones, bien sea de manera taxativa (recurriendo al adverbio “solo” o “únicamente”), bien sea intentando transmitir su singularidad mediante la yuxtaposición: “Ya no había ‘ego’, ni separación ni representación: únicamente la presentación silenciosa de todo. Ya no había juicios de valor: tan solo lo real. Ya no había tiempo: tan solo el presente. Ya no había la nada: tan solo el ser. Ya no había insatisfacción, ni odio, ni miedo, ni cólera ni angustia: únicamente alegría y paz (…). Ya no había preguntas. ¿Cómo se les podría dar respuesta? Solo había la evidencia. Solo había el silencio. Solo había la verdad, pero sin frases. Solo el mundo, pero sin significación ni meta. Solo la inmanencia, pero sin contrario. Solo lo real, pero sin otro (…). Eso era suficiente”.

Experimentar la perfección

A esta conjunción de experiencia y explicaciones sucede una importante referencia a Baruch Spinoza (1632-1677), uno de los padres del deísmo moderno y, al parecer, una apoyatura explicativa de primer nivel en las consideraciones que han antecedido a la comunicación de esta experiencia y a las que la suceden: “Me dije: esto es a lo que Spinoza llama ‘la eternidad…’. Y esto, os lo imagináis, la hizo cesar, o, más bien, me expulsó de ella. (…). Había vivido un momento perfecto, justo lo suficiente para saber lo que es la perfección (…). ¡Vaya! Lo había sentido y experimentado, en efecto, y eso hizo en mí las veces de una revelación, pero sin Dios”.

La entidad e intensidad de la experiencia reseñada es –abunda Comte-Sponville en su exposición– de una incuestionable importancia: “Fue el momento más hermoso que haya vivido nunca, el más alegre, el más sereno y el más evidentemente espiritual (…). Intelectualmente, no considero que sea una prueba de nada, pero tampoco puedo hacer como si eso no hubiera sucedido”.

Testimonio ateo

Cuando leí este testimonio, me llamó poderosamente la atención cómo satisfacía buena parte de lo que Juan de Dios Martín Velasco (1934-2020), fenomenólogo de la religión, había caracterizado como experiencia profana o atea, años antes de que Comte-Sponville comunicara la suya.

Lo percibí cuando hace referencia a sus estados de conciencia, marcadamente intensos y fruitivos: la experiencia le llevó a disfrutar de una paz inmensa, de la simplicidad y de la serenidad, encontrándose bien… “¡Sorprendentemente bien!”. Tan bien, que no sintió deseo alguno de que terminara ni necesidad de decírselo a sí mismo. Fue “un momento bienaventurado, justo lo suficiente para saber” lo que era “la beatitud”; “un momento de verdad, justo lo suficiente para saber, pero, por experiencia”, que era “eterna”. (…)

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