Bienaventuranzas 2

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Las siete felicidades de Jesús: De los ojos, las manos y el tacto; de la caricia y el oído, del pan y la esperanza

Como dije ayer (Domingo de felicidad 1), Jesús fue un «bienaventurado»: Descubrió en su vida la felicidad y quiso hacer felices a los hombres y mujeres, a los niños y mayores de su entorno. Siguiendo en esa línea quiero hoy exponer las siete felicidades de su programa mesiánico.Vinieron a preguntarle  los «discípulos de Juan», los penitentes de la vida, partidarios del juicio-juicio, de la ley estricta, y le dijeron: ¿Qué traes de nuevo? ¿En qué te distingues de todos nosotros? Y Jesús les expuso su programa de felicidad. Un programa para todos, especialmente para los pobres, enfermos y oprimidos de Galilea: “¿Eres tú el que debía venir o esperamos a otro?Así respondió a los enviados de Juan. Este es mi programa: Que los hombres vivan y sean felices.

Por | X Pikaza Ibarrondo

El texto de las siete felicidades

Habiendo oído… las obras del Cristo, Juan envió desde la cárcel a unos discípulos para preguntarle: ¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro? Jesús les respondió: Id y anunciad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena noticia, ¡y bienaventurado aquel que no se escandalice de mí! (Mt 11, 2‒6; cf. Lc 4, 17‒18)[8].

       Esta respuesta recoge  e interpreta con mucha precisión el mensaje y obra de felicidad de Dios, encarnada en Jesús, que no ha venido a enseñar la Ley sagrada como rabino, ni a organizar el buen culto del templo (como sacerdote), ni a reinar como gobernante (en la línea de David), ni a enseñar meditación interna, como Krisna, ni a superar los deseos, como Buda, ni siquiera a convertir a los demás en una línea penitencial, como quería Juan Bautista, sino a ofrecer el testimonio de la felicidad de Dios y a impulsarla con la vida, curando, animando, abriendo caminos.                     Estas obras del Cristo son precisamente aquellas que hacen felices a los hombres, en esta tierra, en un sentido intenso, material y espiritual, como expresión radical de la fe en la vida, en línea de sanación‒curación, no para que los hombres se sometan a Dios y le supliquen así como sometidos, sino para que vivan, se muevan y sean en plenitud (cf. Hch 17, 28), como creaturas queridas. No son “obras” de felicidad puramente intimista, propias de “expertos religiosos” separados del mundo, ni obras de ley y cumplimiento externo, sino experiencias de vida total, abiertas de un modo particular a los enfermos, pobres y excluidos de la tierra.

En esa línea, ellas retoman el principio y sentido de las siete bienaventuranzas del Antiguo Testamento,  como expresión de felicidad de la vida entera, en cuerpo y alma, en vida y muerte, pero sin patriarcalismo económico‒social, sin ley nacional, sin conquista violenta de la tierra, una felicidad abierta a todos, desde los más pobres.

A Juan Bautista le importaba la conversión (para que viniera el perdón de Dios). Jesús, en cambio, empieza ofreciendo a los hombres curación (esto es, salud humana), y felicidad, como signo de que Dios, es decir, como experiencia y camino de felicidad, construyendo así un templo de vida humana (no de sacrificios externos) sobre el mundo.

Parece que todos deberían haber saludado con júbilo un mensaje y camino de felicidad como esta de Jesús. Pero los poderes del mundo tienen miedo de la felicidad auténtica,  ellos prefieren que los hombres sigan sometidos a su ley, no libres y felices, y así mataron a Jesús. Por eso, el texto termina diciendo: “Y bienaventurados aquellos que no se escandalicen de mí”. Estos son los momentos básicos de su felicidad:

1.Felicidad de los ojos: Que los ciegos vean (Mt 11, 5). En esta palabras late y se expresa el recuerdo de algunas “curaciones” integrales de Jesús, que han recogido con mucho interés los evangelios (cf. Mc 8, 22-26; Mc 10, 46-52; Mt 9, 27-30; 20, 30-34; Jn 9, 1-41. Pues bien, esas palabras expresan y ratifican al mismo tiempo la experiencia superior de un conocimiento liberador del Reino de Dios (cf. Mt 13, 10-17) tal como aparece en la controversia de Jesús con un tipo de rabinismo judío del entorno.              La primera felicidad es que los hombres “vean”, que descubran por sí mismos el don y tarea de la vida, que se dejen transformar por la gracia y libertad del Reino, que sean felices y se amen mutuamente. En esa línea hablará Mt 5, 8 de la bienaventuranza de los limpios de corazón, que verán a Dios, interpretando así el corazón como sede de la visión más profunda. Pero el mundo en general no quiere la felicidad de los hombres, sino que se sometan, que sean “súbditos” del estado, cumplidores de sus leyes, productores y consumidores de sus bienes. 

2.Felicidad de los pies: Que los cojos anden(Mt 11, 5). Conforme a la palabra de Pablo en Atenas (Hch 17, 28), los hombres “vivimos, nos movemos y somos” en Dios. En ese contexto, los verdaderos cojos (= paralíticos, mancos, encorvados…) son aquellos que se encierran y detienen (se paralizan) en sí mismos, de manera que no pueden moverse, en un plano corporal y espiritual. Pues bien, en contra de eso, la felicidad de Jesús es que los hombres se “desaten”, que puedan andar por sí mismos, tomando así en libertad los caminos del Reino.                                                             Jesús se ocupó de los que son cojos bajo un sistema de poder, de aquellos están paralizados bajo un tipo de verdad e “interés” oficial, de los que tienen miedo de desatarse y andar, haciéndoles capaces de vivir y moverse en libertad, como recuerda la tradición de los evangelios (cf. Mt 8, 5-13; Mt 9, 2-7; 15, 30-31; 21, 14). Según eso, tras la felicidad de los ojos, le importó la felicidad de los pies y las manos: Que los hombres y mujeres “anden”, que puedan caminar y obrar en línea de Reino, pues la felicidad se identifica con la felicidad del hombre que se mueve, que vive plenamente, en su plano corporal y “espiritual”. 

 3. Felicidad de la piel y del tacto: Que los leprosos queden limpios, que hombres y mujeres puedan acariciarse en amor.(11, 5)La lepra es para la Biblia (y más en concreto para los evangelios) una enfermedad somática y una mancha (=impureza) religiosa, pues, conforme a la Ley (Lev 13‒14), los leprosos quedan excluidos del culto de Dios, como infortunados permanentes. En contra de eso, Jesús viene y actúa como sanador de leprosos, en sentido corporal, pero sobre todo personal y social (cf. Mc 1, 40-45; Mt 8, 2-4), proclamando la bienaventuranza o felicidad de Dios a los excluidos por “impuros”, diciéndoles: Sentíos limpios, amaos, vivid en ternura de piel, de tacto.  Esta es la felicidad de saberse limpios, de tocarse, acariciarse, compartiendo juntos la «marcha de la vida», marcha en amor, en limpieza de alma y cuerpo, buscando cada uno la felicidad del otro.                                                                                         Esta actitud y conducta de Jesús resultaba escandalosa en un mundo que excluía del templo de Dios y de la vida en amor a los leprosos por impuros y malditos (como muestra el caso de Job). Pues bien, en lugar de ratificar la bendición y bienaventuranza de los puros (limpios), que habitan en el templo de Dios y cumplen su Ley nacional (como destacaban muchos salmos), Jesús ha proclamado los bienaventurados a los leprosos eimpuros, expresando (iniciando) así la mayor de la inversiones o revoluciones religiosas (humanas) de occidente.

4. Felicidad de la lengua y del oído: Que los mudos hablen, que los sordos oigan (cf. Mc 11, 5). La tradición del evangelio ha vinculado a sordos y mudos, pues ambas enfermedades solían ir unidas, y así presenta a Jesús como aquel que ha “curado” a unos y otros de un modo conjunto (cf. Mt 9, 33-34; 12, 22; 13, 14-15). Curar significa aquí ante todo acoger, animar, y así aparece en este pasaje como un milagro de fuerte simbolismo mesiánico (de reconciliación humana).                                                            Como enviado de Dios, Jesús ha querido crear (está creando) grupos de personas que escuchan y hablan, pero no en un plano exclusivamente religioso (obedecer a la Ley, dialogar sobre ella, como dicen varios salmos y muchos textos rabínicos), sino en sentido humano, integral: Que los hombres puedan hablar y escucharse mutuamente, comunicándose en su verdad como personas, como han de hacer padres e hijos, enamorados y esposos, amigos y posibles enemigos, en sentido radical, todos los hombres y mujeres de la tierra. Ésta es la felicidad de la Palabra, esto es, de la comunicación de hombres y pueblos.

5.Felicidad de la vida: Que los muertos resuciten (Mt 11, 5). Estas resurrecciones pueden aludir a las que Jesús había realizado, según la tradición, haciendo volver a este mundo a personas que estaban o parecían ya muertas (cf. Mc 5, 21-43; Mt 9, 18-23; Lc 7, 11‒17; Jn 11; Mt 27, 52-53. Pero, en el fondo de ellas, se ha expresado la más honda fe en la resurrección, como despliegue integral de Vida de aquellos (hombres y mujeres) que creen en el Dios que resucita a los muertos (cf. Mc 12, 18‒27 y par).                          En un sentido, allí donde la vida se interpreta como maldición, resucitar tras la muerte sería la mayor de las desdichas. Pues bien, en contra de eso, allí donde la vida se concibe como gracia, la felicidad consiste en “renacer” en un mundo donde ella es manantial de felicidad (por encima de la muerte), felicidad que se da (regala) y que no muere, que se comunica y alcanza su plenitud en el Dios de la vida. El Job bíblico no había conocido esta felicidad, Krisna y Buda la entendían de otra forma (como inmortalidad o nirvana). Pues bien, Jesús nos sitúa aquí ante la felicidad del Dios que no muere, una felicidad que se expresa en aquellos que viven en él, por encima (resucitando) de la muerte, conforme al mensaje pascual de Jesús en la Iglesia (cf. Mc 16, 1‒8; Mt 28, 16‒20).

6.Felicidad de los excluidos: Y los pobres reciben la buena noticia(11, 5). Pobres (ptôkhoi, mendigos) son aquellos que no pueden mantenerse la vida por sí mismos, pues carecen de trabajo o medios para subsistir, a diferencia de los miembros de clase humilde (penêtes) capaces de alimentarse, aunque a costa de duros sacrificios. Evangelizar a esos mendigos no es darles un simple mensaje espiritual, sino abrir para ellos un camino de esperanza (como dirá la primera bienaventuranza: Lc 6, 20 y Mt 5, 3), con lo que ella implica de cambio (transformación) en las condiciones personales y sociales de los hombres.                                                                                                    La felicidad de Jesús es buena nueva de vida para los pobres: Que ellos puedan mantenerse (vivir) en dignidad y relacionarse unos con otros, siendo así portadores de felicidad, de curación y esperanza, como supone el envío de Mt 10, 8-10. En esa línea aparece aquí Jesús como buena nueva de felicidad para los mendigos, no porque ellos sea pobres, sino porque, siéndolo, pueden ser portadores de un mensaje de felicidad que les transforma y capacita para hacer felices a los otros.

7 Y bienaventurado aquel que no se escandalice de mí (M 1,6). Las obras anteriores de bienaventuranza (sanaciones, resurrección, liberación de los pobres…) culminan de forma paradójica en esta conclusión de Mt 11, 6: ¡Bienaventurado, makarios, aquel que no se escandaliza de mí! (es decir, aquel que no se escandaliza de mi felicidad). Eso significa que hay un mundo de poder social y religioso, económico y militar que no quiere (no soporta) la felicidad de Jesús, porque ella va en contra de sus intereses. Estas palabras de “riesgo de escándalo” se dirigen, en primer lugar, en contra de una oligarquía social de Galilea, que no aprueba el cambio de Jesús, sino que quiere que sigan dominando sobre el mundo las relaciones y rangos de felicidad de la sociedad establecida, con ricos felices y pobres sometidos!                    Todo el anuncio de bienaventuranza de Jesús como sanación en libertad, para la vida tiene que culminar con estas palabras sombrías (¡Bienaventurado el que no se escandaliza de mí!) que pueden entenderse a la luz de los “ayes” o lamentaciones que en Lc 6, 24‒26 siguen a las bienaventuranzas. En sentido estricto, esos ayes no son “malaventuranzas” (y mucho menos maldiciones), sino expresión de la tristeza mesiánica, en la línea de las Lamentaciones clásicas del libro de ese nombre.

La felicidad de Jesús constituye, por tanto, un motivo de “escándalo” para aquellos poderosos que quieren mantener sus privilegios (su placer personal, parcial, elitista), impidiendo así que todos puedan ser felices. Ciertamente, él no ha luchado de un modo externo (económico‒militar) en contra de nadie, pero su proyecto de bienaventuranza resulta peligroso para los “privilegiados” de un sistema, que dice querer a los pobres y enfermos, pero pretende tenerles sometidos (que no se curen, que no vean, que no entiendan, que no sean dueños de sí mismos). Ante ellos sólo quedará el “dolor” de Jesús, expresado en forma de lamentación, como seguiré indicando.

 Las últimas palabras (¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!) están indicando que algunos (muchos) no quieren la felicidad de los pobres (como insinuaba el libro de Job). Ciertamente,  quizá están dispuestos a ayudarles, pero desde arriba, dándoles de comer, para mantenerles de esa forma sometidos: Que no vean de verdad, que no anden libres, que no sean verdaderamente autónomos, señores de sus propias vidas. Muchos no quieren que se implante y crezca un movimiento de sanación y liberación real, de resurrección de los muertos. Para ellos la bienaventuranza de los pobres (enfermos, oprimidos…) es más peligrosa que una lucha militar, y por eso acaban condenando a muerte a Jesús, para impedir que él les haga de verdad felices. Y desde aquí podemos pasar ya a las bienaventuranzas de Lucas

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