Nuestro Caribe se desangra en Haití

Haitianos se agolpan en una estación de servicio ante el desabastecimiento de combustible


La Conferencia Episcopal Haitiana, en su reciente mensaje de Navidad, hizo tres llamados muy importantes para todos nosotros, estemos cerca o lejos del hermano atribulado país caribeño. Los señores obispos plantearon la necesidad de que la institución del Estado sea viable, advirtieron que con las armas no se negocia la paz entre hermanos y le rogaron al mundo que no deje solo a Haití.


Podemos ver ese mensaje como un lamento de dolor, un grito ante el terror y una súplica por que llegue una mano misericordiosa. Es más, podemos también usar el mensaje de los obispos para plantear que Haití debe servir de ejemplo de hasta dónde se pueden hundir nuestros otros países si no tomamos como advertencia lo que ha pasado allí. Es como tantas veces le advierten los padres a los hijos, con aquello de “mírate en ese espejo”, para que eviten los caminos del mal y se esfuercen en el trabajo y la superación.

Sin embargo, valoro el trascendental y firme mensaje de la CEH de otra manera. Para mí, Haití no es el espejo para que escarmiente nadie. Lo que veo es que en Haití se libra una batalla que no nos conviene perder. Por la herida abierta y profunda de Haití se desangra mi Caribe, nuestro Caribe. El lamento, el dolor y la súplica es por todos nosotros. El espejo que tenemos que ver no es el de lo que le pasa a los hermanos haitianos, sino el que refleja lo que hasta ahora ha sido nuestro fracaso para enfrentar y contener la barbarie que asedia nuestra región.

En Haití, lo único que pareciera no haber fracasado es la “voluntad férrea” del pueblo haitiano, que desde que sembró la semilla originaria de la libertad para todo el continente latinoamericano, ha seguido vivo enfrentando todas las formas en que se puede traducir la palabra miseria.  En este contexto, pienso que decir “haitiano” debería entenderse como admirable, indomable, valiente, decir haitiano es sinónimo de decir fe. Al decir de nuestro querido profesor, teólogo latinoamericano, Jon Sobrino, SJ , tenemos que “hacer todo lo posible para que la libertad sea victoria sobre la injusticia y el amor sobre el odio”.

Las pandillas controlan el 60% del territorio

Ahora bien, el menosprecio de lo mucho que tiene para enseñar Haití, ha llevado a demasiadas personas y organizaciones a ver ese país como objeto de laboratorio para las “ciencias fraudulentas” del estudio de los fracasados.  ¡Alerta!  Por supuesto, si no creo tener nada que aprender del otro, se hace más fácil olvidarme de él.  Así, muchos están interesados en lo que ellos pueden protagonizar para incursionar en Haití con aires de superioridad llevándole migajas disfrazadas de caridad, mientras dejan, sin mucho mirar, que los piratas y filibusteros imperiales extraigan de allí riquezas en grado obsceno.

Los esfuerzos de los imperios de “Estados Unidos y Europa” han fracasado y no han logrado producir una sociedad de gobernanza democrática de la miseria, el saqueo y la corrupción.  El dinero de los “inversionistas buitres”, disfrazados de donativos humanitarios, siguen fracasando, como también fracasan muchas otras formas de conducir desde afuera la historia de ese pueblo. Y esto, sin poner en acción la verdad solidaridad fraterna con respeto a la dignidad humana.

Mientras tanto, hoy en día, en el hermana nación Haitiana, los grupos armados irregulares –conocidos como pandillas– controlan con gran crueldad cerca del sesenta por ciento del territorio nacional y buena parte de la capital. Esos grupos, que parecen haber tenido su origen en el uso de las “jefaturas políticas y oligárquicas de pandilleros” para imponerse, dan señales de radicalización y de intentar hacer una revolución, mientras se pelean entre ellos.

¿Qué nos toca hacer a los caribeños ante tamaña crisis? Me siento como pienso que pudieron haberse sentido aquellos discípulos al que Jesús les ordenó que con dos peces y cinco panes le dieran de comer a una muchedumbre. Los grandes milagros requieren fe, mucha perseverancia, una resistencia que haga brillar en nuestros ojos un potente rayo de justicia social, y estamos llamados a ponerla en práctica, aunque tengamos apenas un poquito de fe, una fe tan pequeña como un diminuto grano de mostaza.  Por favor, les invito a cada minuto, cada día nos preguntemos: qué más podemos hacer por Haití? ¡No dejemos de preguntarnos hasta alcanzar juntos la verdadera justicia y paz para nuestro caribe empobrecido, pero con esperanza!  Nos encontraremos en el camino de las respuestas diarias. No claudiquemos.

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