El enviado de la ONU llega al Sáhara

El nuevo enviado especial de la ONU llega al Sáhara para abordar un conflicto cada vez más presente en la geopolítica mundial

Con un conflicto bélico sobre la mesa, una región inflamada y una confrontación geopolítica cada vez más activa en el Magreb, De Mistura inicia su labor con el difícil objetivo de poner fin a un conflicto que se alarga desde hace décadas

Staffan de Mistura Sáhara
De Mistura, enviado especial del secretario general de la ONU Antonio Gutérres para el Sáhara Occidental, llega a Tinduf en un avión español. 

SATO DÍAZ@JDSATO

Este sábado, previa parada en Rabat, aterrizaba el diplomático italiano Staffan de Mistura en el aeropuerto argelino de Tinduf, rodeado de desierto. Completa así la primera visita a las dos partes en conflicto (Marruecos y Frente Polisario) como enviado especial para el Sáhara Occidental del secretario general de la ONU Antonio Gutérres. La cuestión saharaui se prolonga durante demasiadas décadas, pero en esta ocasión el conflicto se encuentra en el centro de los intereses geopolíticos a nivel mundial. De Mistura buscará un acuerdo que frene el enfrentamiento armado y una solución para la última colonia de África. Ninguno de sus cuatro antecesores en el cargo lo consiguieron.

Este nuevo capítulo del conflicto se produce con una serie de nuevos elementos encima de una mesa carcomida por el tiempo. Nuevas circunstancias que, en los últimos meses, han sacudido una historia que parecía relegada al olvido. Como telón de fondo, el basto terreno del Sáhara Occidental, un territorio no autónomo pendiente de descolonización cuya potencia administradora legal es el Estado español y sobre el que el régimen marroquí mantiene una ocupación militar desde el año 1975. La riqueza del territorio en fosfatos y en pesca, y la especulación con la presencia de minerales raros, hidrocarburos o petróleo, hacen de este desierto un anhelo para importantes potencias y empresas.

La región está enturbiada. La relación entre las dos grandes potencias norteafricanas, Argelia y Marruecos, pasa por un momento muy delicado. El pasado verano, el gigante argelino rompía las relaciones diplomáticas con su hermano menor marroquí, y le clausuraba también el espacio aéreo. En octubre, Argel cerraba el gaseoducto que suministraba al país marroquí de este recurso energético, el gas natural, abriéndole una nueva crisis, la energética, a Mohamed VI ante su población, muy descontenta por las calamidades económicas que atraviesa agudizadas por la pandemia. Todo esto ocurre mientras ambos Estados engrosan sus presupuestos militares, y exacerban un nacionalismo que se construye contra el otro para obviar problemas internos en cada cada lado de una frontera militarizada. 

Argelia destinaba 7.900 millones de euros a gasto militar en el 2020, el mayor presupuesto para esta partida de cualquier país africano. Marruecos aumentó para el 2022 su presupuesto militar en un 6%. La escalada militar es pronunciada, y más en una región patas arriba. Actualmente, Marruecos destina a esta partida el 4% del PIB del país, frente a Argelia que destina el 6%, según el portal suizo SwissInfo. En armamento convencional, Argelia goza de una cierta ventaja sobre Marruecos; sin embargo, en ciberseguridad los marroquíes llevan la delantera. Un ejemplo de ello fue el espionaje realizado desde Marruecos a miles de teléfonos argelinos en el caso Pegasus, usando tecnología israelí. También sirvió para espiar a periodistas, como en el caso del español Ignacio Cembrero.

Las dinámicas de Oriente Medio en el Magreb

La geopolítica que rodea al conflicto del Sáhara se ha hecho mucho más compleja en los últimos meses. Cabe recordar que el proceso de paz entre Marruecos y el Polisario se rompió en noviembre del 2020. Marruecos violó el alto el fuego disparando a unos civiles saharauis que se manifestaban en la región de Guerguerat, fronteriza con Mauritania; Brahim Ghali, presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) y secretario general del Polisario, declaraba la vuelta a guerra. Desde entonces, el conflicto armado se mantiene de baja intensidad. Argelia vio con buenos ojos cómo sus hermanos polisarios abrían un nuevo frente a su acérrimo enemigo marroquí.

Pocas semanas después, el 20 de diciembre de aquel 2020, Donald Trump se despedía de la política internacional anunciando, a golpe de tuit, el reconocimiento por parte de Estados Unidos de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, contrariando el Derecho Internacional, contrariando la multilateralidad en las relaciones internacionales, volviendo a burlarse de las propias Naciones Unidas. Mediante una jugada a tres bandas, Israel y Marruecos iniciarían un acercamiento mutuo al calor del expresidente ultra norteamericano.

Desde entonces, la Administración Biden no ha secundado lo que inició Trump y no ha corroborado la soberanía marroquí sobre el Sáhara, así como no ha abierto un consulado americano en Dajla, ciudad saharaui, tal y como deseaba Mohamed VI. Sin embargo, desde Washington DC sí que se han hecho declaraciones en favor del plan de autonomía marroquí para integrar al Sáhara en su reino, así como han progresado los acuerdos comerciales y militares entre EEUU y Marruecos. La autonomía era la postura defendida por Marruecos en el proceso de paz y en anteriores negociaciones para resolver el conflicto; la otra postura, la del Polisario, basada en el Derecho Internacional ante un proceso de descolonización, es la autodeterminación: un referéndum que ponga sobre la mesa distintas opciones para que sea la población la que decida. 

Las relaciones de Rabat se han estrechado con Israel, que goza al abrirse paso en el mundo árabe, legitimando su existencia. Esto produce una enorme contradicción entre la población marroquí, unida de sentimiento y religión a la palestina. El pasado 24 de noviembre, el ministro de Defensa israelí Benny Gantz firmaba en Rabat un amplio acuerdo de cooperación militar bilateral. Una forma de extensión de los Acuerdos de Abraham (pactos entre países árabes e Israel, alineándose contra Irán, iniciados por Emiratos Árabes Unidos) que en el 2020 secundaban Israel y Marruecos. Los israelíes abrirían su embajada en Rabat. Paralelamente, la empresa israelí Ratio Petroleum anunciaba el pasado octubre un plan para buscar crudo en aguas del Sáhara Occidental, muy cerca de las Islas Canarias. 

En este contexto, Argelia ha optado por profundizar sus relaciones con Palestina. La solidaridad argelina con el pueblo palestino es histórica, pero aprovecha la coyuntura para profundizar en las contradicciones de su vecino, Marruecos, el aliado de Israel. La labor diplomática argelina para conseguir reconocimiento internacional a la causa palestina y lograr un entendimiento entre sus dos facciones, Al Fatah y Hamás, se ha acelerado. Buscan escenificar dicho acuerdo por la unidad apareciendo como anfitriones. De igual manera, los argelinos subrayan su antagonismo histórico con Israel en políticas cotidianas, como negándose a que este Estado tenga estatus de observador en la Unión Africana. Esto facilita un entendimiento argelino con Irán, frente común a Tel Aviv.   

Ecos de Guerra Fría

Si los alineamientos entre Israel y Marruecos, por un lado, y Argelia y Palestina por otro nos hacen vislumbrar tensiones propias de Oriente Medio en el Magreb, en los últimos meses también podemos intuir viejas inercias de la Guerra Fría en la región vecina del sur. Las relaciones de Marruecos con Estados Unidos han quedado evidenciadas. La Administración Biden no da el paso de reconocer que el Sáhara es parte de Marruecos, como hizo Trump, y deja la resolución del conflicto en el terreno de las Naciones Unidas, pero el acercamiento militar y comercial es evidente. 

La carrera armamentística y militar en el Magreb necesita de proveedores. Si Rabat compra a Estados Unidos e Israel (y Europa), Argelia hace lo propio con Rusia. No es ninguna novedad el intercambio militar y comercial entre Moscú y Argel. La disputa recuerda a luchas por la hegemonía mundial del siglo pasado. 

Pero nada de lo que ocurra en el mapa geopolítico del S.XXI es ajeno a China, una potencia con gran implantación económica en la región norteafricana. Sobre todo en Argelia, donde viven centenares de miles de ciudadanos chinos dedicados a diferentes tareas, como la explotación de yacimientos de hierro y otros minerales, la construcción de infraestructuras argelinas o la exportación de materiales del Lejano Oriente hasta Argelia.

La economía china ansía estar presente en todo el mundo. Es por ello que Marruecos se ha convertido en un nuevo enclave por el que pasará la estratégica Nueva Ruta de la Seda. Se espera, también, que China dote a Marruecos de gas licuado (desde que Argelia cerrara el gaseoducto, la escasez de gas se ha convertido en un problema de gran magnitud para Rabat y ha de comprarlo en el mercado internacional a altos precios).

Otro de los proyectos, según informa El País, que podría relanzarse con esta nueva línea de cooperación entre China y Marruecos es la Ciudad Mohamed VI Tanger Tech, un gran puerto logístico al otro lado del Estrecho de Gibraltar que competiría directamente con España y Algeciras. Hasta ahora, tras varios años de la aprobación del proyecto, este ha resultado un fiasco. Muchas propaganda y poca chicha.

¿Y la Unión Europea?

La relación entre Marruecos y la Unión Europea también ha vivido altibajos en los últimos meses. Se tensó el pasado mes de mayo, cuando el régimen alauí facilitó la llegada de unas 10.000 personas de nacionalidad marroquí a nado a Ceuta, lo que fue supuso una enorme crisis en las fronteras españolas y, por tanto, europeas. Otro momento delicado tuvo lugar a finales del pasado mes de septiembre. El Tribunal General de la Unión Europea hacía pública la sentencia que anulaba los acuerdos comerciales entre Marruecos y la Unión Europea que incluían los recursos del Sáhara Occidental.  

Sin embargo, la legalidad y el derecho no cotizan al alza en el mundo actual. La sentencia reconocía que Marruecos no tiene soberanía sobre el territorio ni los recursos del Sáhara Occidental y que, por tanto, no podía comerciar con ellos. Al mismo tiempo, reiteraba que el Frente Polisario es el único representante del pueblo saharaui. Unas semanas después, ya en el mes de diciembre, el Consejo de la UE, empujado por España y Francia, decidía recurrir la sentencia. El Tribunal de Justicia de la UE, la instancia superior, tendrá que volverse a pronunciar.

Sin embargo, Marruecos no consiguió que ningún país europeo secundara la declaración de Trump, tal y como era su objetivo. Mohamed VI y su Gobierno, viendo que contaron con el favor de la superpotencia americana, creyeron que podrían producir una oleada de suscripciones al pronunciamiento. Eso no pasó. Ni Francia, ni España, ni Alemania, ni la UE han cambiado su posición. Sigue siendo el conflicto saharaui, para las potencias europeas, un conflicto a resolver en el marco de Naciones Unidas.

España ha intentado por todos los medios reestablecer las relaciones bilaterales con Marruecos, que llamó a consultas la pasada primavera a su embajadora por el caso Ghali y esta todavía no ha regresado a la embajada de la calle Serrano de Madrid. Pedro Sánchez llegó a aceptar, incluso, acabar con Arancha González Laya como ministra de Exteriores y sustituirla por José Manuel Albares, más obediente con Rabat, con el objetivo de gustar a Mohamed VI. Ni así. Siguen habiendo desencuentros migratorios, Marruecos ha construido unilateralmente una piscifactoría en aguas españolas del mar de Alborán, tal y como informó el propio Ignacio Cembrero en El Confidencial, desde Marruecos se han criticado las medidas anticovid españolas y… no ha regresado ningún embajador a su plaza de Madrid.

Con un conflicto bélico sobre la mesa (todos los días se emiten partes de guerra por parte del Frente Polisario), con una región inflamada (por la escalada de la tensión entre Marruecos y Argelia) y con una geopolítica cada vez más activa en el Magreb (nuevo terreno de juego de las tensiones propias de Oriente Medio o la Guerra Fría), De Mistura inicia su labor como enviado especial del secretario general de la ONU para el Sáhara Occidental. Entre las partes hay poco optimismo de que su presencia sirva para algo.

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