La Metaiglesia

La necesidad de otra manera de ser, de celebrar, de creer y de esperar

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«En la Iglesia, como en el nuevo Facebook, todo puede suceder sin que tengas real contacto humano con nadie»

«Es que, seamos claros, se puede ser un buen católico sin jamás tener que hablar o compartir con nadie. Puedes confesarte por años en algún templo sin jamás conocer personalmente a quien te administró el perdón»

«La Iglesia no es precisamente una escuela de fraternidad, sino más bien una emisora que de vez en cuando se acuerda de repetirla»

«Así, no es raro que la iglesia institucional y sus fieles – la gente «amén» – se aparten cada vez más de lo que pasa en los días de los seres humanos, de sus auténticas necesidades y preguntas, o peor aún, de las víctimas que la misma iglesia va dejando a su paso en todo el mundo»

«De la misma forma que no es raro que en todos los ambientes de fe en los que, como Cristo, se pone en el centro a los pequeños, y a los pobres, cada vez más se entienda la necesidad de otra manera de ser, de celebrar, de creer y de esperar»

Por Beto Vargas

He sido un católico repleto de abrazos y conversaciones, de reuniones con interacción de unos con otros, de retiros en los que no abunda el silencio – cosa que agradezco, ya verán por qué – ni la soledad. De jornadas, convivencias y campamentos en los que el encuentro es determinante para la experiencia espiritual, como lo es en el evangelio. Y, por lo mismo, he vivido un catolicismo muy distinto del de la mayoría de mis «correligionarios» (vaya palabra rara), que escasamente van a la misa y muy pero muy esporádicamente a la confesión, algún matrimonio aquí, un bautizo allá, y sale… esperar al día en que sea preciso buscar un cura para que vaya a la habitación del hospital, si es que hay tiempo.

Voy a misa casi desde que tengo memoria. Entonces la parroquia que hoy puedo ver desde mi ventana era un pequeño salón comunal que el barrio usaba para todo tipo de reuniones. Aprendí desde pequeño las oraciones, las respuestas, las fórmulas de la rúbrica que solo pronuncia el presbítero, es decir el 95% de la misa, y aprendí también que al rito se asiste en silencio, mirando al altar, sentados, de pie, sentados, de rodillas, de pie, amén, y con tu espíritu. Los abrazos de paz cortos y sin algarabía, que no es una fiesta. No lo es.

Luego, ya en estos movimientos más espontáneos de los que hice parte, una que otra modificación se le hacía a la misa para hacerla más «vivencial», pero guardando siempre la mayor cercanía posible con lo que en el resto del mundo se considera una misa. Porque siempre hay quien se queja porque no estamos en la Italia de 1545 (que no se llamaba Italia). Estos movimientos, abundantes en Latinoamérica y no por la mejor de las razones, fueron siempre vistos con sospecha por la jerarquía y con distancia por la masa de creyentes que venían acostumbrados a lo solemne, lo majestuoso, lo impersonal, eso que con tanta soberbia suelen llamar «la tradición» en los ambientes ortodoxos, siempre tan equivocados en poner nombres a sus cosas.

Sin embargo, aún allí no se promovía del todo la fraternidad como una práctica. Era más bien un discurso, como en tantos otros lugares de la iglesia. En los congresos de la Renovación Carismática se repite con frecuencia eso de «dígale al que está a su lado…» pero muy poco se nos invita a escuchar al que está a nuestro lado. Y eso que, insisto, es uno de esos ambientes religiosos raros en los que está permitido hablar, orar en voz alta, dar largos abrazos de paz. Pero todo cambia cuando la pastoral se convierte en misión, en diálogo, en el desafío de esas realidades que no se resuelven con una misa. Supongo que todo el que lo ha vivido sabe que hay un catolicismo muy distinto en el encuentro, que en el rito.

Es que, seamos claros, se puede ser un buen católico sin jamás tener que hablar o compartir con nadie. Basta con que cada domingo religiosamente -nunca mejor dicho- vayas a la misa y mires para el frente. puedes incluso no contestar nada y nadie lo va a notar. Puedes entrar allí solo y salir solo durante años, y no cambia eso en nada el cumplimiento del precepto. Puedes confesarte por años en algún templo sin jamás conocer personalmente a quien te administró el perdón.

Sé que suena raro para los que han crecido, como yo, en ambientes de conversación y espontaneidad, pero es que esos ambientes no son los de la mayoría, ni son los que promueve el sistema religioso tal como lo conocemos. Cualquier párroco sabe que la diferencia entre los asistentes a la misa y los parroquianos con los que se cuenta para un grupo, un servicio o una pastoral, es enorme. Y benditos todos los que lo hacen ¡qué sería de la Iglesia sin ellos!, pero son la mayoría los que van, escuchan, quizá respondan, y salen a sus casas y a sus cosas.

Y sí, se habla de fraternidad, se hacen homilías sobre el prójimo, largos sermones sobre la caridad, escuchados por personas que permanecen inmóviles durante el rito, que no lo protagonizan, que no lo construyen, que no se notan si es que llegan a faltar. La Iglesia no es precisamente una escuela de fraternidad, sino más bien una emisora que de vez en cuando se acuerda de repetirla. Algo así como el Metaverso de Zuckerberg, pero en vez de gafas de realidad virtual o aumentada, tenemos custodias y sagrarios que cumplen la función de ser suficientes para no tener que entrar en contacto con los otros. Y en vez de NFT’s y terrenos en mundos virtuales, tenemos estampitas y ánimas del purgatorio que nos aseguran que podemos alcanzar la santidad preocupándonos por cosas que no están en esta vida y que no tienen una gota de realidad que ofrecer. No olvidemos que siglos antes de las criptomonedas que se usan para comprar cosas ficticias en el mundo virtual, se vendían perdones y absoluciones para evitar el infierno a cambio de monedas bastante reales.

Así, no es raro que la iglesia institucional y sus fieles – la gente «amén» – se aparten cada vez más de lo que pasa en los días de los seres humanos, de sus auténticas necesidades y preguntas, o peor aún, de las víctimas que la misma iglesia va dejando a su paso en todo el mundo. De la misma forma que no es raro que en todos los ambientes de fe en los que, como Cristo, se pone en el centro a los pequeños, y a los pobres, cada vez más se entienda la necesidad de otra manera de ser, de celebrar, de creer y de esperar.

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