El camino hoy de una Iglesia martirial

Por José M. Tojeira

En principio toda Iglesia cristiana es una Iglesia martirial. El Apocalipsis le da a Jesucristo el título de “Testigo fiel” (mártir, dice en griego Apoc 1, 5). Todo seguidor de Jesús tiene que ser testigo de la muerte y resurrección del Señor. En los Hechos de los Apóstoles, en varios de sus primeros discursos, Pedro y sus compañeros se definen como testigos (mártires) de la resurrección de Jesús. Quienes posteriormente derramaron su sangre por Cristo se unen especialmente a él. Todos nos unimos al Señor por el bautismo, participando simbólica y sacramentalmente en su muerte y resurrección. Pero los mártires se unen de un modo especial al Señor: No solo “por la representación figurada del sacramento”, sino también “por la imitación de su obra”, decía Santo Tomás de Aquino. Cuando una Iglesia como la nuestra, la salvadoreña, ha sido rica en mártires, el camino eclesial debe ser más exigente.

En efecto, la beatificación y canonización de San Óscar Romero dejó muy clara la radicalidad de la llamada al seguimiento del Señor Jesús en El Salvador. Nuestro Pastor entregó su vida martirialmente al pueblo salvadoreño cuando otros mártires del pueblo de Dios encendieron en su corazón un fuego profético. Hoy, algunos de los que le precedieron en la entrega de sus vidas, Rutilio, Nelson y Manuel, son también mártires beatificados por la Iglesia. Cosme Spessotto, asesinado poco después de nuestro obispo santo, ha alcanzado también el reconocimiento eclesial de su muerte martirial. La Iglesia salvadoreña se prepara para iniciar nuevos procesos de beatificación de los numerosos mártires que entregaron generosamente su vida en el anuncio del Reino de Dios, antes y después del sacrificio de nuestro San Romero de América.

Esta realidad martirial de nuestra Iglesia salvadoreña nos presenta una desafío fundamental: seguir con radicalidad a Jesucristo, encarnándolo en la propia historia personal de cada cristiano. Cuando los primeros escritores cristianos, santos y mártires muchos de ellos, hablaban del martirio, solían fijarse especialmente en dos conceptos fundamentales de la vida cristiana: la resistencia frente al mal y frente al perseguidor, y la libertad para anunciar el Evangelio e incluso denunciar lo que se oponía al mismo. Todo ello desde una opción por la verdad, revestida de un profundo pacifismo, nacido del espíritu de fraternidad cristiano. En una sociedad como la nuestra, en la que la fraternidad sufre los asaltos de la violencia, de la injusticia social, y de la triple idolatría (riqueza, poder y organización político-social) que ya había denunciado San Óscar Romero, los cristianos debemos tener posiciones tan claras como exigentes. La fraternidad y el amor al prójimo deben estar siempre en el primer término. Enfrentar la injusticia social, desde la riqueza de nuestros mártires y desde la sabiduría de la Doctrina Social de la Iglesia, es una exigencia ineludible. La construcción de comunidades de solidaridad, que multipliquen una nueva cultura, distinta del individualismo consumista, y extiendan un modo de actuar diferente al de un sistema, denunciado por Pablo VI en la Populorum Progressio, que “conduce a la dictadura justamente denunciada por Pío XI como generadora del “imperialismo internacional del dinero”.

Los mártires han sido siempre los mejores maestros de la identificación con Cristo. Su profunda eclesialidad, su dimensión moral, la fuerza profética de su memoria, su capacidad de soñar y delinear una sociedad fraterna y solidaria, su libertad para anunciar el Evangelio en todas sus exigencias, nos ofrecen actualizaciones concretas del camino del Señor. Celebrar hoy y recordar a nuestros mártires, retomar su fuego apostólico y hacerlo presente en una sociedad en la que con frecuencia se mezcla la superficialidad con el egoísmo individual y la irresponsabilidad social, puede ser difícil para los que quedamos. Pero nuestros mártires interceden por nosotros. Ellos están definitivamente en el Reino de Dios y sentados al lado del Señor como verdaderos jueces de la historia. A nosotros nos corresponde continuar su obra, aproximando la historia terrena a ese Reino que viene hacia nosotros desde el amor gratuito de nuestro Dios.

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