Los que parecen mandar

Los que parecen mandar… La propuesta de Jesús (Mc 10, 41-46)

En el centro de las discusiones y los temas estos días (fin de Febrero 2022) sigue estando el tema del poder:

(1) Hubo un día dos «hermanos» que quisieron tomar el poder en la Iglesia, creando una jerarquía total, de derecha e izquierda. Eran hijos de un padre poderoso (llamado Zebedeo) y de una madre que quería mandar a través de ellos. Esta fué la disputa del poder, que comenzaba Mc 10, 35-40(con el «sabroso» paralelo de la madre, Mt 20, 20-28) y que sigue y culmina en Mc 10, 41-45.

2. Para resolver esta disputa por el poder, convocó Jesús el primer «concilio» de las Iglesia, con sus doce «pares» o barones, como los  concilios-congresos que hoy se «celebran», de diversas formas, pero con un mismo fondo, en Roma, en Madrid o en la OTAN. Así lo siguen contando  Mc 10, 41-45 y paralelos en Mateo y Lucas). Tema de fondo en Comentario a Marcos.

Por | Pikaza

Cui prodest? ¿A quién aprovecha?

 En el campo político-social son muchos más los que están en disputa permanente de poder, desde Ucrania a Madrid, desde USA hasta Pekín. El tema de fondo sigue siendo el mismo: Quién manda, a qien aproveha, de uno en uno o de dos en dos.

Hoy mismo (21.2.22) parecen estar celebrándose en Roma y Madrid varios concilios-cogresos de jerarcas de iglesia y barones de partida o estado, para dirimir quién manda aquí, es decir, a quién aprovecha el poder (como sabian los escolásticos de antaño, preguntando cui prodest, a quien aprovecha esto). La pregunta de fondo no es quién manda en apariencia, sino a quién aprovecha de fondo este mando. ¿Al dinero de algunos, a la vanidad de otros, a la institución del Mammón, de quien habla Mt 6, 24?

Sea como fuere, Según el evangelio que (Mc 10, 41-45 y paralelos en Lucas y Mateo), este tipo de «partidos» y partidas de poder, en iglesia, estado y sociedad (concilios-congresos de mandos y para el mando) deben suprimirse, si es que queremos que subsista la humanidad, de manera que la «lucha por el poder» se convierte an abrazo para la vida (recreando el título famoso del libro de Ch. Darwin, Struggle of live, conflicto por la vida).

Planteo el tema desde el evangelio (Mc 10, 41-44) la mayor crítica del tema que conozco… Crítica contra un tipo de iglesia que ha buscado el poder para mantenerse, crítica de una política social de poder de estados, clases y agrupaciones de diverso tipo. No todos los poderes son iguales, unos son peores que otros… Pero su dinámica de fondo, tal como la presenta  Jesús conduce a la destrucción de la iglesia y de la humanidad.

Mc 10, 41-45. El primer «concilio» de Jesús. No ha venido a que le sirvan

 41 Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. 42 Jesús los llamó y les dijo: Sabéis que los que parecen mandar a las naciones las gobiernan tiránicamente y que sus magnates las oprimen. 43 No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; 44 y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos. 45 Pues tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.

            Ésta es la propuesta decisiva de Jesús, en el momento clave , cuando se acercan a Jerusalén, una propuesta que él ofrece a sus discípulos y a todos, cuando han fracasado (o van a fracasar ya) los caminos de la política normal, del poder y de la guerra (en aquel azaroso momento del año 30, parecido al de éste 2022). O superamos (terminamos) el tipo de «busqueda actual de poder» (en Iglesia y/o Estado), o el Estado y la Iglesia en su forma actual terminan destruyéndose a sí mismos (y quizá destruyéndonos a todos), a no ser que se ponga en marcha el «plan» de Jesús, que fue de muerte para él, pero de vida para la humanidad. 

             El problema de los zebedeos (es decir, de los dos que quieren tomar el poder) es el de todos los otros. Por eso, los diez restantes (incluido Pedro, que aquí queda en segundo lugar) se enojan con ellos, iniciando una disputa general por el poder (10, 41). Jesús les llama a «concilio o congreso».

Es evidente que, si se dejara llevar por la línea de poder de los zebedeos, la iglesia acabaría destruyéndose a sí misma (convertida en un partido “político”, para la toma del poder). Es evidente que, en la línea zebedea del poder como dominio económico-social la sociedad civil se destruye a sí misma.

A fin de superar ese riesgo, Jesús ofrece la nueva lógica de autoridad y servicio que brota de la vida interpretada en forma de servicio. Vuelve de esa forma a la enseñanza de Mc 9, 33-35, cuando ponía al niño en el centro de la iglesia (del cuerpo social), diciendo claro que todo tipo de «poder» está al servicio de la vida, es decir, de los niños.

Comentario básico (Mc 10, 41-44).

Los diez se indignan contra los zebederos, Santiago y Juan, y contra su madre (variante de Mateo) no porque rechazan su visión del del poder, sino porque aceptándola quieren ser ellos los que ocupen los primeros puestos a derecha e izquierda, a uno y otro lado «dinero» y del dominio sobre los demás.

Icono de la Trinidad de Andrej(Andrei) Rüblev.Galeria Tetrjakov,Moscú.Su imagen encarna la expresión mas perfecta de la Trinidad bizantina.Tres ángeles sentados a la mesa-altar con cáliz eucarístico.Inspirado en Gn 18,1-10.Hospitalidad de Abraham.

Éste era el tema de un texto anterior paralelo, el de Mc 9, 34; es el tema de conjunto de la historia: los discípulos se afanan y combaten entre sí por ocupar los “tronos” (un «juego de tronos de muerte, que sólo se gana matando y en el fondo matándose todos)… Ésta es la enseñanza de Jesús en su primer Concilio:  Los discípulos le han seguido, pero lo han hecho por y para sí mismos, buscando recompensa; le han creído, pero de una forma contraria a su «evangelio», no por el «reino de Dios», sino por el reino de su Espada y su Bolsillo. Quieren ser «principes», buscan los primeros puestos de la vida, para destruir así la misma vida (al servicio de sí mismos).

Piensan que lo que Jesús ha de ofrecer en realidad y ellos desean ansiosamente es sentarse en unos tronos, reinar en este mundo. Piensan que hay poder en medio. Hay quizá dinero[1].

Los Zebedeos aparecen aquí como signo de un riesgo que se aplica a todos los discípulos. Estos dos zebedeos, que se llaman Juan y Santiago (pero que se podrían llaman Pedro Pablo en Madrid o Joe/Juan y VladimIro en USA y RUSIA). Estos «TIPOS» DEL PODER (tipos psicológicos y sociales o eclesiales)  suelen ser parecidos en los diversos plano de la escala humana.

Estos y otros «tipos» tienen gran capacidad de engaño: creen lo que quieren creer, miran aquello que les conviene y seleccionan las informaciones de tal modo que sólo aceptan aquellas que concuerdan con sus convicciones previas. Esto es lo que pasa con los Doce.

Los que parecen mandar…

     Así empieza Jesús su discurso de congreso-concilio (Mc 10, 42). Quieren el poder aparente porque no tienen podeer verdadero, se mienten a sí mismos  así, mintiéndose, destruyen a los otros… El texto dice hoi dokountes arkhein, los que piensan que mandan: El poder que ellos buscan en su engaño (una mentira), no es «poder creador», sino de imposición destructora… Se creen «algo», son «fidalgos» vanos (hijos de algo que es vanidad). Se engañan, no valen por sí mismos.

Los que «valen» hacen cosas (viven, aman,multiplican la vida en  gratuidad, sin apoderarse de los demas). Los que no valen oprimen a otros, les destruyen,les queman… se aprovechan de ellos, conforme al famoso «apólogo» anti-jerárquico de Jotán (Jueces 9, 7-15) al que Jesús está aquí evocando.

Estos o aquellos «zebedeos» uieren el poderpolítico-social, pues para eso han sido educados en una mala interpretación de la Escritura.

Quieren el poder eclesiástico-religioso, porque piensan que Jesús ha venido para eso, para «empoderarles» en sentido social.

Jesús les ha ofrecido su enseñanza más profunda, pero ellos no han podido (o querido) entenderle. De esa forma han convertido la misma vocación (llamada) de Dios en autoengaño. Pensando escuchar a Jesús, estaban escuchándose a sí mismos[2].

 Aquí aparece, para Marcos, el último enemigo del Reino de Dios (unido al deseo de la riqueza: 10, 17-31): el deseo de poder que oprime precisamente a los mejores (es decir, a los discípulos de Jesús); un deseo que ha estado (o está) en el fondo de la gran protesta judía del 66-73 d.C., que ha fracasado (o fracasará) porque, en el fondo, sigue las normas y principios de poder del mundo. Jesús ha debido enfrentarse con ese enemigo, queriendo superar  en su comunidad los esquemas de una jerarquía genealógica (familias sacerdotales), organizativa (cuadros de mando que se perpetúan según ley) o incluso carismática (si es que va en línea de poder). Así lo indica este pasaje, que consta de tres partes: 

Principio, una teoría sobre el poder, que se aplica tanto a Roma como a los rebeldes judíos del 66-73 d.C. (10, 42), a los poderes civiles como a los eclesiásticos.Siguiendo una línea de profetismo crítico, abundante en la historia de Israel, Jesús desentraña la trama oculta del poder, con lección de durísima política, siguiendo la línea de los profetas de Israel: «Sabéis que los príncipes, los grandes…» (10, 42). De esa forma alude a una conducta que a su juicio es clara entre los grandes (arkhontes, megaloi) de este mundo (que pueden ser los soldados Roma o los los líderes de la guerra judía de esos años, los políicos actuales o los poderes eclesiásticos actuales).

 Aunque digan otra cosa, aunque pretendan tener otros ideas (extender la paz romana, liberar al pueble…), mandar es para ellos dominar y aprovecharse de los otros, utilizar el mando para servicio propio, de honor, de poder y de dinero. Esta búsqueda de mando destruye la paz entre los hombres. Por eso los discípulos de Jesús (toda la Iglesia) tienen que dejar a un lado los métodos de fuerza, imposición y dominio que otros utilizan en el mundo. Es evidente que un tipo de poder, entendido como dominio sobre los demás, se opone a la gracia de reino de Jesús, y así deben saberlo sus discípulos[3].

Podemos suponer, incluso, que Jacob y Juan no buscan directamente un poder militar o político, sino un tipo de autoridad y prestigio «espiritual», en la línea de la tradición más sagrada de Israel, dentro de una visión jerárquica de la realidad, que relaciona presencia (revelación) de Dios y triunfo nacional. Podemos pensar incluso que ellos quieren mandar en línea buena, para ayuda de los demás, como servidores del Dios poderoso. Pero Jesús no les distingue de aquellos que mandan en forma pervertida. No hay para él un poder malo (propio de los gentiles) y otro bueno (que sería propio de sus discípulos). Todo poder es en el fondo destructor, toda imposición es mala. Por eso, no quiere mejorar el poder (convertirlo), sino superarlo de base, esto es, negarlo[4].

Inversión, Dios más allá del poder (10, 43-44).Jesús no necesita el poder económico del rico (10, 17-22) ni el mesiánico de los zebedeos (no ha venido a conquistar el imperio romano) ni el sacerdotal del templo (cf. 11, 12-26), porque el camino de Reino que él ha proclamado no lleva a la toma del poder, sino a su superación. Por eso responde: «No sea así entre vosotros…». Siguiendo en la línea de Mc 9, 33-37, Jesús no ha venido a fundar jerarquías entendidas en clave de honor y prioridad social o espiritual, no ha venido a mejorar la línea del poder, sino a destruirla. De esa forma ha iniciado eso que pudiéramos llamar un gran “huelga del poder”. Desde aquí se entiende su norma de seguimiento, que implica una inversión respecto al orden antiguo: el poder (deseo de dominio) ha de volverse gratuidad, gesto de amor desinteresado por los otros.

Ésta es la meta-noia o conversión que Jesús ha proclamado (1, 14-15) y que ahora propone de nuevo a sus discípulos. De esa forma, quiere cimentar la vida de sus seguidores sobre su mismo camino de su entrega, que es el camino de Dios. No es que Dios se reserve todo el poder, de manera que sus seguidores (los hombres) hayan de mostrarse impotentes, sino todo lo contrario. El Dios de Jesús no actúa con medios de poder. Por eso, sus seguidores deben renunciar al poder (es decir, a la imposición sobre los demás). Aquí se expresa Dios, aquí nace la Iglesia, invirtiendo el deseo de poder de los zebedeos y del resto de los Doce.

Ejemplo: Pues también el Hijo del hombre… (10, 45). La nueva actitud de los discípulos aparece así como una ampliación del gesto de Jesus que, siendo Hijo de hombre, da la vida por los otros. No ha venido a recibir la majestad, el honor y el reino sobre los demás, como el Hijo del Hombre de Dar 7, 14, sino todo, al contrario: ha venido a dar su vida por los otros.

Más aún, Jesús, como Hijo del Hombre, no ha venido al final del final, cuando Dios ya ha derrotado y destruido a las bestias, sólo para recibir el Reino (como supone Dan 7), sino al comienzo de ese final, en un tiempo en que es necesario el enfrentamiento con los poderes perversoss (cf. 1, 12-13), para luchar contra Satán entregando su vida al servicio de los demás. Por eso, los seguidores de Jesús han de actuar como él. No pueden buscar unos tronos de poder, a sus dos lados, sino ser capaces de servir a los demás.

Hijo del Hombre es aquí el “hombre nuevo”, la nueva humanidad mesiánica, que Marcos ha descubierto en el camino de Jesús. Al ponerse a sí mismo como ejemplo, el Jesús de Marcos no ha querido ofrecer ni ha ofrecido una teoría general sobre el seguimiento, diciendo a Roca-Andrés y a Jacob-Juan lo que debían hacer, cuando les llamo para acompañarle como pescadores de hombres (1, 16-20). No les ha ofrecido unas ideas, sino que les ha abierto un camino, haciéndose él mismo camino, para que sus seguidores compartan con él las tareas del Reino. Según eso, discípulo es quien sigue la suerte de Jesus, compartiendo su mismo destino[5].

 Jesús ha invertido la tendencia dominante de los grupos sociales y religiosos que interpretan las estructuras de poder profano y religioso (¡en aquel tiempo todo es religiosos!) en forma sacral. Por eso, frente a la manipulación mesiánica de los zebedeos, que son junto a Roca sus seguidores principales (cf. 5, 37; 9, 2), ha establecido aquí las bases de una fraternidad donde no existe poder sino servicio, ejercido por el diakonos (servidor libre) o doulos (esclavo).  Roca había rechazado el proyecto de entrega de Jesús (8, 32); los zebedeos ratifican aquel gesto, buscando la doxa o gloria mundana del mesías (10, 37), apareciendo así como representantes de una humanidad ansiosa de dominio religioso. Ellos (con los Doce: cf. 10, 41) han querido ofrecer un correctivo mesiánico a Jesús, ayudándole con su poder y organización.

Jesús rechaza esa propuesta, pero no en una línea de utopia extramundana, como si, en este mundo, sus fieles tuvieran que encerrarse en un nivel de intimidad del espíritu, donde nada se posee ni desea, sino en una línea de más alto realismo social: busca una iglesia transparente donde los hombres y mujeres puedan compartir cien casas, madres, hermanos e hijos (cf. 10, 28-31). Por eso necesita que los zebedeos y los Doce aprendan a regalar su vida, convirtiéndola en don (en servicio) para los demás. Eso significa que Jesús no se evade; busca la vida en común, el pan multiplicado; por eso debe rechazar un poder que quiere organizar el mundo desde arriba[6].

Ésta es la novedad de Jesús. No quiere líderes sentados a su derecha e izquierda, asegurando desde el trono compartido el orden y obediencia de los pueblos, sino buenos servidores como él, para servir por ellos y con ellos, gente de entrega eficaz, que sepa dar la vida por los otros. Se ha dicho que hacen falta buenos gobernantes o señores, como si el problema del mundo se arreglara con buen mando («(oh qué buen vasallo, si hubiese buen señor!»: Mío Cid).

 Pues bien, para Jesús, el problema de la humanidad no se soluciona preparando mandos apropiados a nivel político, social o religioso. Por eso no busca en su grupo gobernantes o caudillos, estrategas de finanzas o de buena economía. No investiga las posibles dotes de los zebedeos, ni les hace estudiar leyes o filosofía del poder en una escuela israelita o griega, para hacerles funcionarios de su empresa. Jesús busca madres e hijos, buenos hermanos que sepan regalar su vida por los otros. No se trata de lograr que el poder cambie de manos, sino de superar el poder[7].

Los zebedeos entendían la promesa del Hijo del Hombre en clave de triunfo (ellos mismos se creían el pueblo de los santos, que se identifican con el Hijo del Hombre triunfador); eran buenos exegetas de Dan 7. Pero Jesús entiende esa promesa en clave de más alto servicio: ha venido a dar la vida, no a exigir que otros le rindan homenaje. El evangelio se vuelve así una guía de servidores. No es directorio para triunfar, manual para ganar dinero y dominar sobre los otros. Por eso, todos los que alguna vez han buscado poder en la iglesia, se equivocan de mesías y confunden Dios y Diablo, Cristo y Antricristo. No se salva el pueblo con buenos gobernantes sino con buenos servidores[8].

 NOTAS

[1] La petición de los zebedeos, que se quieren elevar sobre los otros, lleva a la ruptura del signo de los Doce: a medida que Jesús va interpretando su camino en términos de entrega, sus discípulos disputan y rompen lo que ese signo implica (la unión de las tribus de Israel). Ya no hay Doce, sino dos por un lado (10, 35-38) y diez por otro (10, 41), como grupos enfrentados entre sí. Los ha escogido Jesús para que sean signo unido de un poder que es en el fondo antipoder, de entrega de la vida. Ellos prefieren apegarse a los resortes del poder político/militar, representado por sacerdotes y soldados, que mantienen su autoridad con métodos de persecución (cf. 10, 33-34). Así, piden un lugar a la derecha y a la izquierda de Jesús, utilizando para ello los esquemas de poder antiguo y enfrentándose por eso (al menos implícitamente) a los restantes discípulos, que empiezan a sentirse así discriminados (10, 35-37).

[2] Esta fuerte densidad de engaño e ilusión de los primeros apóstoles del Hijo del hombre, que mirada desde fuera puede parecer patética, resulta en el fondo consoladora: en el seguimiento de Jesús hay lugar para personas que corren el riesgo de engañarse.

[3] Sobre la crítica del poder en los profetas, cf. J. L. Sicre, Los Dioses Olvidados. Poder y riqueza en los profetas preexílicos, Cristiandad, Madrid 1979; cf. también Profetismo en Israel, El Profeta, Los Profetas, El Mensaje, Verbo Divino, Estella 1992. Jesús habla de los que parecen mandar (que en realidad no mandan, pues están esclavizados por el sistema), afirmando que ellos destruyen con su falsa pretensión a los demás. Eso significa que el poder, vinculado casi siempre a las riquezas (cf. 10, 17-22) y expresado como dominación política, quiere presentarse como una sagrada (signo de un Dios que sería Poder, en la línea de este), siendo en realidad diabólico.

[4] Junto a la crítica del poder de algunos profetas, en el conjunto del Antiguo Testamento hay otra línea de lógica político/teológica, que piensa que el poder es signo de Dios, como he señalado en El Señor de los Ejércitos, PPC, Madrid 1996 y en Antropología Bíblica, Sígueme, Salamanca 2006.

[5] Suele decirse que, conforme a Jn 19, 31-36, la Iglesia nace del costado abierto de Jesus. Ahora sabemos que ella brota, según esta visión de Mc 8, 2710, 52, del mismo camino de su entrega mesiánica.

[6] La comunidad mesiánica no necesita ricos para edificarse (como vimos en 10, 17-22), ni buenas autoridades sino buenos servidores, gentes que sepan ayudar a los demás de forma intensa, eficaz, creadora. En esa línea, Robinson, History 56-63 ha destacado la crítica antipagana de este pasaje, que puede aplicarse también a los judíos.

[7] Leído en este fondo, el evangelio de Marcos aparece como manual de una iglesia de servidores, tanto en plano externo (en relación al conjunto de la humanidad, en oposición a los insurgentes judíos del 67-73 d.C.), como en línea interna (de supra-organización comunitaria). Allí donde parece que todo está acabado empieza todo; la vida adquiere su más hondo sentido, surgen relaciones nuevas, fundadas en la gratuidad, hay futuro para los niños, fidelidad para los esposos… Esto es posible porque «(El Hijo del Hombre no ha venido a que le sirvan…!» (10, 45).

               Como he dicho, Jesús está invirtiendo el texto central de la esperanza apocalíptica: «Vino el Hijo del humano… y todos los pueblos naciones y lenguas le servirán» (Dan 7, 14; cf. Dan 7, 25-27). Conforme a Daniel, cuando venga el Hijo del Hombre acabará la historia (lo que significa que no habrá historia del Hijo del Hombre). Por el contrario, según Marcos, la historia empieza precisamente con la venida del Hijo del hombre, una historia nueva de servicio, de evangelio.

[8] A partir de una visión como Dan 7 (y como la que está quizá en el fondo de 1 Mac), los zebedeos han querido invertir el mensaje de reino de Jesús, de manera que (en este momento del evangelio) ellos aparecen como ciegos o, quizá mejor, como antagonistas mesiánicos de Jesús. El Maestro les habla de entrega; ellos desean y planean la toma de poder. No están solos, no se diferencian en eso del resto de los Doce, sino todo lo contrario: actúan como representantes egoístas de un grupo llamado a la misión universal (cf. 3, 13-19; 6, 6b-13.30) y que ahora empieza a resquebrajarse por el egoísmo de sus miembros. Los zebedeos y los doce siguen a Jesús en camino equivocado de egoísmo mesiánico.

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