Elogio de la filosofía

por Rafael Narbona 

  

A veces, el azar –caminar siempre es una aventura- me lleva a las proximidades de un instituto. Pasé más de veinte años en las aulas, enseñando filosofía. Los institutos de la Comunidad de Madrid carecen de belleza como edificios. Cubos de ladrillo visto con altas verjas de hierro pintadas de rojo, bancos llenos de grafitis y patios con árboles raquíticos. Las aulas no son menos impersonales, pero cuentan con una de las herramientas básicas del profesor: la pizarra.


Me refiero a la pizarra convencional. La tiza no es un simple instrumento, sino una prolongación del pensamiento. Al escribir con ella, las ideas se aclaran, puliendo sus aristas. O, simplemente, emergen, como pecios de un naufragio que salen con obstinación a la superficie. Nunca llegué a utilizar una pizarra digital. No me cuesta trabajo reconocer cierta resistencia a los cambios introducidos por la tecnología, pues aprecio en ellos el riesgo de la despersonalización y cierta mengua de la creatividad. No sé si Ortega y Gasset empleaba la tiza en sus clases magistrales, pero creo que habría ilustrado inmejorablemente su teoría del pensamiento como quehacer.

Comenzar de nuevo

La tiza esboza, corrige y concluye, pero siempre para borrar lo anotado y comenzar de nuevo. Vivir es proyectar, tantear, consumar, reiniciar. Al menos es lo que yo experimentaba dando clases. Aunque expliques una y otra vez la misma idea, siempre fluye de forma diferente, dibujando meandros que imprimen un recorrido más fructífero.

Las otras dos herramientas básicas del profesor son la voz y el libro. La voz ofrece un cauce de expresión a nuestro mundo interior. Nos permite llegar a los otros y nos ayuda a conocernos mejor. Las palabras son como pasos que nos adentran en el pensamiento propio y ajeno, descubriéndonos vastos territorios. Desde los griegos sabemos que albergamos un infinito en nuestra psique. Somos un alma que se expande, no simple biología. Y nos expandimos con los otros, enlazando nuestras vivencias.

Aparentemente, Sócrates ganó la batalla a los sofistas, pero las clases magistrales, aún vigentes, no se parecen mucho a la mayéutica, el arte de alumbrar ideas. Un arte que siempre presupone un intercambio dialéctico. En el aula se practica poco el diálogo. Sin embargo, la verdad suele ser un hallazgo compartido, un acontecimiento que no se produciría sin el encuentro entre dos perspectivas, cuyas discrepancias engendran algo nuevo e inesperado.

Aún recuerdo mi voz contrastando puntos de vista con otras voces más jóvenes. Aunque yo hablaba con la autoridad del saber y la experiencia, las intuiciones de mis alumnos a veces abrían grietas en mis argumentos. Hablando de los atributos de Dios, cuestioné en una ocasión su omnipotencia, pues no se me ocurría otra forma de explicar su pasividad ante las grandes tragedias de la historia, pero un alumno afirmó que esa posibilidad solo agraviaba la indefensión y el desamparo de las víctimas.

La última palabra es de Dios

“Dios siempre puede más”, dijo Juan Pablo II en una ocasión, y he de admitir que, si no es así, el mal o el absurdo tendrán la última palabra. En otra ocasión, apunté que la prioridad de un profesor debía ser inculcar valores y otro alumno señaló que los conocimientos no eran menos necesarios, pues constituían el material primario de la reflexión. Tenía razón. ¿Podríamos saber que la paz siempre es preferible a la guerra si no conociéramos el sufrimiento desatado por el fanatismo, la crueldad o la avaricia? La ignorancia es peligrosa. Los valores estarán suspendidos en el vacío si no se han forjado mediante el conocimiento de hechos e ideas.

Aristóteles dijo que la filosofía nace del asombro. Ese sentimiento no es algo específico de los griegos del siglo VI a.C. Aún seguimos reaccionando con perplejidad ante la complejidad del cosmos. ¿Qué podemos saber de la vasta realidad que nos envuelve? A pesar de nuestra aparente insignificancia, poseemos una llave milagrosa: la razón.

Todo tiene una causa

La razón ha creado conceptos para explicar el ser. Saber que todo tiene una causa ha aplacado nuestra angustia. Descubrir que todo tiene un principio y un límite nos ha librado de vivir el tiempo como una sucesión desordenada e ininteligible. Queremos saber, interpretar, comprender. Es un anhelo inherente a nuestra condición de seres racionales, pero nuestro afán de conocimiento no se agota con la explicación de los fenómenos. Nuestra curiosidad va más allá. Queremos averiguar qué debemos hacer y, sobre todo, qué podemos esperar.

El ser humano es un animal filosófico. Por eso, la metafísica, la ética, la teología nunca desaparecerán. Solo se extinguirían si perdiéramos el hábito de hacer preguntas. No parece probable. Un saludable inconformismo nos obliga a revisar y evaluar críticamente nuestras respuestas. Siempre estamos insatisfechos con nuestras especulaciones. Siempre surgen nuevas preguntas. Y nuevas respuestas, que sufren de inmediato el acecho de la duda y vigorosas tentativas de refutación, lo cual garantiza la continuidad del debate filosófico.

El taller del porvenir

Alguna vez he vuelto a entrar en un instituto, movido por el deseo de pisar un aula y evocar los años en que ejercí la docencia. Mientras contemplaba las mesas y las sillas vacías, pensaba que allí se hallaba el taller del porvenir, el lugar donde sucesivas generaciones oirían hablar por primera vez de Sócrates, Platón, Aristóteles, san Agustín, Pascal. Entre esas paredes se familiarizarían con unas ideas con dos mil años de historia y sin las que no seríamos lo que somos.

Herederos del ágora ateniense, las universidades medievales y el humanismo renacentista, los europeos hemos aportado al mundo la democracia, el pensamiento conceptual, un concepto dinámico del arte y –ay- el conocimiento experimental. Mi queja nace del descrédito que ha arrojado la ciencia empírica sobre la metafísica, la teología y el arte. Asociar el conocimiento exclusivamente a la experiencia, al laboratorio donde la verdad queda reducida a lo estrictamente cuantitativo, ha provocado que los legisladores no cesen de recortar la filosofía de los planes de estudio.

Una civilización mutilada

Si alguna vez la materia acabara en el desván de los saberes desechados y los alumnos terminaran el bachillerato –o como se llame entonces– sin haber oído hablar del mito de la caverna, el justo medio aristotélico o la Ciudad de Dios, nuestra civilización quedaría mutilada y sumida en la banalidad de las sociedades desgajadas de su pasado.

Desgraciadamente, ya está sucediendo algo así, con la postergación del latín y el griego. Cuando reparo en estas cosas, suelo abandonar el aula con la tristeza que tal vez experimentó Aristóteles mientras huía de Atenas para que sus conciudadanos no ultrajaran a la filosofía por segunda vez, condenándole a muerte como ya habían hecho con Sócrates.

El poder del espíritu

Pese a todo soy optimista. El ser humano nunca cesará de formular preguntas. La filosofía perdurará o, en el peor de los casos, renacerá. El espíritu de Sócrates, precursor del mensaje cristiano, seguirá convocando a todos los que sueñan con vivir sabia y virtuosamente. La inercia de las modernas sociedades industriales y tecnológicas, que ha encadenado la vida humana a la producción y consumo de bienes innecesarios, es menos poderosa que el espíritu y el espíritu posee una sed inagotable de sentido, trascendencia y belleza

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