Día de Jueves Santo

Hoy, jueves santo, comenzamos el día con la Misa Crismal, en la que se bendicen los aceites perfumados que se utilizarán posteriormente en la mayoría de los sacramentos. Se conmemora además la realidad sacerdotal del pueblo cristiano. Se declara también este jueves como el día de los sacerdotes ministeriales, que presiden la Eucaristía en recuerdo y memoria del Señor. En esta primera misa se insiste en que la labor sacerdotal es una labor profundamente social. Se realiza en el banquete comunitario de la Eucaristía, desarrolla la fraternidad y conduce siempre a dar la buena noticia a los pobres y liberar a los oprimidos. La lectura del apocalipsis insiste en que esta labor sacerdotal nos incumbe a todos los cristianos, pues es un don del que “nos amó y nos purificó de nuestros pecados con su sangre y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre”. Así como los sacerdotes ministeriales, los presbíteros, renuevan sus promesas sacerdotales, así también todos los cristianos y cristianas deben tomar conciencia de su sacerdocio general, que le llama a ser intermediarios entre los seres humanos y Dios a través del testimonio y de la acción.

En la tarde celebramos la Cena del Señor, con el signo fundamental del servicio plasmado en el lavatorio de los pies. Inicia con esta celebración el triduo pascual; el paso del Señor por la cruz que conduce a la resurrección. La Eucaristía queda reflejada en las lecturas como signo de liberación y servicio. Es la oración más perfecta de la Iglesia porque nos da siempre, en el sacramento, lo que este significa: entrega, confianza en Dios, caridad y comunión. Si en la oración mental o en la de petición podemos equivocarnos, en la Eucaristía siempre está el Señor con nosotros, incluso cuando nos distraemos y no le atendemos y escuchamos. Él se nos da en su totalidad de Hijo, verdadero Dios y verdadero ser humano. Y al dársenos, nos da también su Espíritu. Recibirlo, alegrarnos profundamente con este memorial eficaz, que repite en nuestra comunidad y en nuestro interior individual la muerte-resurrección salvadora del Señor, nos convierte siempre en discípulos y misioneros, amigos cercanos del Jesús que nos salva. “Les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”.

Por José Mª Tojeira

 

 

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