‘La Cruz. Variaciones sobre la Buena Noticia’

Xabier Pikaza: «La cruz es un signo donde se entrecruzan y fecundan las líneas de la vida»

Crucificado
Crucificado

Este es un libro para lectura de Semana Santa. Quiero recomendarlo sobre todo por su valor, pero también porque su autor (Gabriel Maria Otalora) es mi paisano, colega y amigo, un cristiano «de a pie», comprometido en la vida civil y en el pensamiento y tarea social de la iglesia, en la diócesis de Bilbao.

Colabora asiduamente en RD, Redes cristianas, Fe adulta etc.  Quien quiera «escucharle» vea su podcast en Radio Popular. 

 Ha tenido la gentileza de pedirme un prólogo-epílogo, que presento a continuación, para quienes quieran acudir después a su libro, como»lectura de Semana Santa» y de siempre. Con un abrazo, Gabriel.

Por| Xabier Pikaza teólogo

EL SIGNO DE LA CRUZ. REFLEXIÓN DE SEMANA SANTA. PRÓLOGO-EPÍLOGO AL LIBRO DE G. M. Otalora (X.Pikaza).

              El libro de mi amigo y colega Gabriel Otalora no necesita prólogo ni introducción, pues se vale y sobra por sí mismo. Pero como testimonio de amistad quiero ofrecerle unas palabras de acompañamiento teológico. Van en línea más teórica, no hace falta leerlas para entender el libro. Pase directamente al texto de G. Otalora quien quiera saber sobre la Cruz, y encontrará respuesta a muchas de sus preguntas, y caminos abiertos al misterio.

            Mi reflexión no es necesaria, pero podrá servir quizá para algunos, que quieran relacionar la Cruz de Jesús con la Trinidad de Dios. Se podrá leer también como epílogo, tras haber saboreado el texto de Otalora, a quien doy gracias por haberme dejado acompañarle en su espléndido libro. Es un honor y un placer “navegar” contigo, Gabriel, en esta Marcha de Reino en la que estamos ambos empeñados. 

  1. La Cruz, señal de cristiano.

La cruz destaca entre otros signos religiosos de la humanidad, como la estrella, la media luna o la roca y árbol de muchas religiones. La estrella de David enciende y simboliza la utopía del hombre que entiende la vida en forma de camino abierto a la promesa de la paz final de la historia. La media luna del Islam evoca la vivencia de la condición humana como ritmo fatal de vida y muerte, de sometimiento a lo divino.

             De un modo especial, a diferencia de los signos anteriores, la Cruz de Jesús es signo del valor infinito de los descartados y oprimidos, de los crucificados que son víctimas del terror del mundo (¡un instrumento de tortura hasta la muerte!). Pero, siendo signo de tortura y muerte, la cruz es también la insignia y señal de compromiso de aquellos que ponen su vida de los más crucificados de la historia.

            En esa línea, siendo signo de tortura hasta la muerte y de servicio a favor de los torturados y víctimas del mundo, la cruz es a la vez (y sobre todo) la señal suprema de Dios para los cristianos, como ha dicho San Pablo en el conjunto de sus cartas, y de un modo especial en 1 Cor 1-2. Así lo he querido poner de relieve en las reflexiones que siguen, a partir de algunos signos primordiales de la vida humana.

 – En un sentido el primer símbolo específicamente humano es el vientre de la madre, pues nos muestra que de ella hemos nacido, como indican las figuras de las “grandes madres” vinculadas a las religiones antiguas, desde el neolítico. El vientre materno es redondez fecunda, “tierra nutricia”, como el árbol y la fuente, y así aparece en los primeros signos religiosos de muchos pueblos.En un sentido complementario, otro signo primordial del hombre el sepulcro, es decir, el entierro de los muertos. Todos los vivientes mueren, pero no lo saben. Los hombres, en cambio, mueren y lo saben, y además veneran de algún modo a la muerte (y protestan en contra de ella), enterrando a los difuntos, poniéndolos en manos del vientre de la madre tierra, al lado de una piedra (roca, menhir, dolmen) como signo de supervivencia o nuevo nacimiento

Hay otro signo poderoso de la vida humana que es la guerra (thanatos, muerte violenta), esto es, la imposición de los que vencen en la lucha de la vida y sobreviven. Esa “violencia” se expresa a través de las armas “divinas” (hacha, maza, espada) que sirven para matar a otros seres, tanto animales como hombres. En esa línea de guerra se sitúan los sacrificios violentos de muchas religiones, con instrumentos de dominio y castigo, entre ellos la cruz, como forma de muerte por tortura y castigo, para tener sometido al conjunto de la población.

– Hay también signos de amor, mirados desde diversas perspectivas (hierogamia, amor materno/paterno, solidaridad, fraternidad, ayuda mutua). En ese contexto se puede situar también la cruz, pero desde una perspectiva inversa, como signo de aquellos que entregan su vida al servicio de los demás, sufriendo incluso por ello, como en el caso de Jesús, a quien condenaron precisamente por haber amado y ayudado a otros. Tomó la cruz de otros (enfermos, excluidos…), para así ayudarles a vivir. Por eso le mataron, y lo hicieron precisamente clavándole a una cruz.

Lógicamente, la Cruz ha sido en principio una señal de “maldición” (se crucifica a los malhechores), y se ha entendido, al mismo tiempo, como signo de separación de Dios (maldito el que cuelga de un madero, como sabe Gal 3, 13). Pero esa maldición ha venido a convertirse por Jesús en presencia y garantía de la bendición suprema del Dios, que acompaña a los que ayudan a llevar la cruz de los demás, y que acoge en la cruz a Jesucristo. Ese Dios no se limita a resucitar tras haber muerto en una Cruz, liberándole así de su oprobio, sino que le acoge y bendice precisamente en ella, en la misma Cruz, como dice Pablo (Dios estaba en la cruz de Jesús, reconciliando el mundo consigo mismo, cf. 2 Cor 5, 19-20).

La cruz se vuelve así señal suprema de la bendición del Dios que en Jesucristo asume como propio el dolor y pequeñez de los crucificados, de los sufren y mueren como víctima del odio y violencia de otros, en la historia. Precisamente en esa cruz ha “entrado” Dios por Jesucristo. Si se hubiera mantenido lejos, sin haberse dejado alcanzar por la tragedia y terror de la cruz, sin asumir como propia la “suerte” de las víctimas, todo hubiera permanecido eternamente idéntico como eterno retorno de una historia de pura violencia. Pero, en contra de eso, la novedad del cristianismo consiste en haber descubierto y confesado que la cruz forma parte del misterio del Dios que se abaja y encarna, no en la humanidad en “general”, sino en esta humanidad concreta de los crucificados de la historia, expresando en y por ellos su vida de amor.

Señal de la Cruz, experiencia trinitaria.

Gabriel María Otalora
Gabiel Mª Otalora

Conforme a lo anterior, los cristianos decimos que la cruz es el signo principal de Dios, y así nos “signarnos” con ella, trazando sus dos líneas, una vertical y otra horizontal, diciendo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Así mostramos que Dios se expresa (se revela humanamente) en la historia de Jesús crucificado y en la de todos los crucificados.

            Al trazar la cruz, empezamos por la frente, diciendo en el Nombre del Padre…, que es el principio y “don” de toda vida, padre-madre en amor, que se ofrece, se entrega, a fin de que vivamos todos. No se clausura y cierra en sí mismo, a solas, no conserva egoístamente nada. Por eso se auto-entrega en Jesucristo, su Hijo, en forma humana, dándole todo lo que él (Dios Padre) tiene, en gesto abundante de amor. Por ser amor gratuito, concreto y pleno, como el Padre, Jesús ha debido amar gratuitamente a todos, en su vida humana, hasta ser crucificado por ello.

            Así lo confiesa san Pablo cuando afirma que Dios ha ofrecido a su Hijo (Rom 8, 32), esto es, nos lo ha dado, pero de tal forma que ha sido Cristo mismo quien se ha dado/ofrecido en amor, expresando y realizando así el amor del Padre sobre el mundo. Eso significa que la cruz no es algo exclusivo del Hijo Jesús, que habría tenido que “sufrir” como hombre, a diferencia del Padre que sería pura felicidad, sin sufrimiento algunos. La cruz del Hijo Jesús que muere por amor a los hombres es el signo y despliegue supremo de la “cruz de amor del Padre”, que se da (se entrega) en amor como Padre, dándose a Jesús, su Hijo, y en Jesús a todos los hombres, a quienes Jesús ama y por quienes se entrega en la cruz hasta la muerte.

            Lógicamente, tras haber dicho con la mano en la frente “en nombre del Padre”, al seguir trazando con la mano la señal de la cruz, de arriba abajo, decimos: “Y (en el nombre) del Hijo…”. Es como si el Padre bajara en y por el Hijo (Jesús) hasta la hondura plena del amor sobre la tierra, muriendo en Jesús a favor de los hombres, como dice el Credo de los apóstoles: Descendió a los infiernos

            Sólo así puede entenderse la confesión de fe de Flp 2, 6-11: En lugar de cerrarse “en sí” (disfrutando a solas de su dignidad sobre la altura), Jesús, Hijo de Dios, se entregó a la muerte y muerte en cruz, al servicio de los hombres. No se puede hablar de una Cruz de Jesús sin hablar al mismo tiempo de la Cruz del Padre (esto es, de Dios mismo como entrega de amor pleno a favor de los hombres).

La cruz, camino de vida
La cruz, camino de vida

            Y con esto llegamos al tercer momento de la “señal de la Cruz”: Tras haber descendido hasta el fondo (en nombre del Padre y del Hijo, desde la frente hasta el centro del cuerpo), seguimos trazando una línea horizontal, de izquierda a derecha (cristianos occidentales) o de derecha a izquierda (orientales), diciendo y del Espíritu Santo, como signo de comunión (comunicación, acogida y encuentro) entre todos los seres humanos. De esa forma, el camino trinitario (el Padre se abaja por amor en Cristo Hijo) culmina en el Espíritu Santo, amor horizontal de comunión de vida entre todos los seres humanos.

            Según eso, no se puede hablar primero de un Dios que es sólo amor en sí, para hablar después de un Dios que ama y muere en la historia (por la Cruz en Jesucristo), pues la Trinidad en sí (inmanente) se identifica con la Trinidad de Dios en la historia (como se indica con la palabra “economía de la salvación). Siendo en un sentido el signo más grande de la maldad de unos hombres que matan clavando en un madero hasta la muerte, por tortura de terror, la Cruz aparece en Cristo como expresión suprema del amor de Dios en Cristo (Dios que no mata, sino que se deja matar por amor a los hombres).

¿No sería mejor un Dios sin Cruz?

             ¿No sería mejor un Dios de triunfo superior, sin necesidad de entrar en el mundo y dar su propia vida por los hombres? Quizá sería así mejor, en teoría. Pero ese Dios no sería el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. No hay para los cristianos más Dios que el de la cruz de Jesús, el Dios que se deja “matar” (rechazar), amando y salvando precisamente allí donde le odian y le matan.

No hay verdadero amor sin que el Amante salga de sí y se entregue al amado, como el Padre que se entrega plenamente al Hijo. No hay cumplimiento de amor (no hay comunión) si el Amado (en este caso Jesús) no responde en amor al amor recibido. En esa línea, de un modo consecuente, Jesús confía y se ofrece al Padre poniéndose en sus manos, con y por todos sus “hermanos” (incluidos aquellos que le matan). Ésta es la visión de Dios que ha desarrollado San Juan de la Cruz en su Romance de la Encarnación y de la Trinidad, que es, en el fondo, un romance de la Cruz: Dios se introduce como Trinidad por la Cruz en la historia de los hombres, a fin de que los hombres puedan responderle libremente, compartiendo así su amor divino.

            Por eso, lo mismo que afirmamos que no hay amor sin cruz (esto es, sin donación de sí mismo), debemos añadir que no hay amor divino, esto es, amor “cumplido”, sin respuesta pascual, esto es, sin transformación de la vida, sin que surja el hombre nuevo, inmerso en el misterio de la Trinidad. Lo que Dios entrega, al entregarse en amor, en la cruz no se pierde sino que se realiza en plenitud transfigurada. Por eso, la verdad de la historia de Dios como despliegue creador (trinitario) no fracasa en la fatalidad de un aniquilamiento de muerte, sino que culmina y se cumple en la pascual del amor como resurrección. En ese sentido (con la muerte en cruz), la resurrección de Jesús, Hijo de Dios, forma parte del despliegue trinitario.

            Dios no ha creado a los hombres con el fin de abandonarles fuera de sí mismos, sino para ofrecerles su propia Vida como espacio, camino y plenitud final de amor. En ese sentido, a pesar de las contingencias de su realización concreta, la cruz de Jesucristo constituye un momento integrante de la realización trinitaria de Dios en la historia de los hombres. En ese sentido debemos repetir la formulación ya evocado: La realización trinitaria (inmanente) de Dios y su expresión histórica (económica) en la cruz de Jesucristo no constituyen verdades distintas, sino que forman las dos caras de la manifestación originaria de Dios.

  La Cruz no es algo que Dios imponga a la fuerza sobre las espaldas de los hombres, reservándose egoístamente un amor de felicidad separada, sin cruz. El contrario, desde la perspectiva de la historia humana, la Cruz de Dios forma parte de la historia de los hombres, y la Cruz trinitaria de Dios se expresa y despliega en la vida de los hombres. Un Dios sin cruz (plenitud ontológica cerrada en sí) terminaría siendo ajeno y contrario a los hombres. Sólo un Dios de cruz, que sale de sí mismo, penetrando en la finitud humana, experimenta el abandono de la historia y que la transfigura internamente con su amor, culminando así en la plenitud del triunfo pascual puede ofrecer a los hombres un sentido y camino de amor.

            Ciertamente, en este mundo hay un hombre que quiere vivir sin cruz propia, pero imponiendo la (su) cruz sobre los otros. Ése es el hombre de la autosuficiencia, de la imposición racional, cultural y militar, de la esclavitud económica. Sin duda, ese hombre puede ofrecer en lo externo unos rasgos que parece creadores y tienen rasgos buenos: ha transformado el aspecto externo de la tierra con la conquista de su ciencia y las posibilidades de su técnica. Pero al final de su camino puede terminar destruido en su impotencia; puede conquistar el mundo, pero matándose a sí mismo y destruyendo al fin el mismo mundo, como ha puesto de relieve el papa Francisco en Laudato si (2015)

Ese hombre sin cruz ha podido cambiar mucho este mundo, pero no ha podido transformarse a sí mismo, ni entender su vida como don de amor. Por otra parte, ese triunfo externo se ha logrado a costa de una gran esclavitud de los pequeños; en las cunetas de un mundo rico siguen tirados y aplastados los hombres de la cruz, los crucificados (hambrientos, oprimidos) de la nueva historia.

Ungido por la Cruz
Ungido por la Cruz
  1. Conclusiones. De la cruz al hombre nuevo.

Frente a la antigua o nueva escuela de la imposición por “ley” de talión, por legalismo (como supo san Pablo), la cruz de Jesús nos permite contemplar y compartir el misterio creador de Dios como fuente de amor y de transformación desde los crucificados, superando así el “orden” de muerte que puede terminar destruyendo la vida de los hombres en la tierra. Sólo a partir de los crucificados (esto es, de las víctimas), con ellos y por ellos, se puede construir sobre la tierra una historia que sea signo y presencia del Dios Trinitario, Dios de la Cruz Pascual.

   En el camino de esa “construcción desde la Cruz”, no podemos empezar destruyendo por destruir aquello que ahora existe, sino que debemos transformarlo en amor, impulsando una nueva forma de comunión humana en gratuidad y perdón, en esperanza de vida. No se trata pues de condenar y matar a los que “mataron” a Jesús (o a los que nos parecen que son como ellos), expulsándole de la ciudad y clavándole en un madero, hasta que mueran de terror y agotamiento. No se supera la Cruz de Jesús crucificado a los crucificadores, sino trascendiendo el “orden” del talión, del ojo por ojo y diente por diente.

El programa de la cruz no consiste por tanto en de crucificar a los que crucificaron a Jesús (y a sus continuadores actuales), sino en superar la “lógica de la cruz violenta” a través de una lógica paradójica de perdón nueva y más alta gratuidad. La cruz de aquellos que mataron a Jesús y que de alguna forma le siguen crucificando cuando matan a las víctimas actuales (en contra de lo que pide Mt 25, 31-46) no se supera con otra cruz más fuerte, sino con una dinámica distinta de gratuidad. Cuando se dice que Dios ha vencido el pecado del mundo a través de la cruz de Jesús no se está postulando con eso ningún tipo de “venganza” posterior, sino la superación de la venganza, por obra del perdón y amor de las víctimas, de los crucificados.

            Dios no dejó “que mataran en la cruz a Jesús” para después “vengarse” y triunfar mandando al infierno a los “malos”. Al contrario, la victoria de Dios se identifica con la misma cruz, es decir, con la entrega total de la vida, en amor, por los demás, por todos, sin excepción. Murió Jesús, y no vino (ni viene) después la venganza de Dios, pues lo que podríamos llamar “venganza” (esto es, la “diferencia”) de Dios consiste en su amor por encima de muerte, a favor de los demás.

Eso significa que la victoria de Dios en Jesús no está “después” de la muerte en Cruz, sino en esa misma muerte. En esa línea, en un sentido muy hondo, la misma muerte de Jesús es su “resurrección”, como sabe la liturgia de las iglesias orientales, cuando insiste en el “descenso de Jesús a los infiernos”. Cuando desciende por la cruz a la hondura de la tumba, llegando hasta el sheol o el hades de la historia (el “lugar” de Adán y de los muertos antiguos) Jesús “resucita”, en ese mismo momento, en ese gesto.

             Según eso, como católicos, hombres universales, valoramos todos los signos religiosos. aceptamos la estrella de Israel y su misterio de esperanza. Saludamos la media luna del Islam como signo de la ley inexorable e inefable de la vida. Nos fascina el misterio de la esfera, rostro de la eternidad de un Dios de mudo silencio majestuoso y signo de un mundo perfectamente clausurado por la ciencia. También valoramos otros signos cósmicos (cielo estrellado, espacios infinitos de galaxias…), y de un modo especial sentimos la armonía de aquellos que buscan y sienten lo divino en lo infinito de su propia vida interna (como en ciertas religiones orientales). Pero, más allá de todos esos signos, ubicándonos en el corazón de la experiencia de Jesús, hemos descubierto la cruz como señal suprema del misterio que es Dios en nuestra vida.

La cruz es un signo donde se entrecruzan y fecundan las líneas de la vida. Es señal de Dios como amor que se expresa en el encuentro, entrega y comunión entre personas, y señal de la historia de los hombres que progresan a través de la creatividad sacrificada de la propia vida y de la entrega de los pobres. La cruz es signo de la plenitud del cosmos, como totalidad abierta hacia los cuatro puntos cardinales. Y sobre todo, ella es signo de la historia que avanza, lentamente, a través del misterio de fracasos y muertes, hacia la irrupción inesperadamente esperada y sorprendentemente nueva de la gloria de Jesús crucificado.

            En el centro de los caminos de vida que se encuentran y fecunda, la Cruz es signo radical de los cristianos: En ella se expresa el don del Padre, el amor de Jesús, la comunión del Espíritu Santo… Como expresión de amor trinitaria, lugar donde culmina el encuentro Padre-Hijo, la cruz es el signo privilegiado del Espíritu Santo, que es Vida de Dios en la vida de los hombres.

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