Vía Crucis 2022, la cruz multiplicada

«Señor, detén la mano de Caín. Ten lástima del mundo»

Cristo de la Misericordia de El Acebrón, Cuenca

Los poderosos no tienen misericordia ni con la gente, ni con las naciones, ni con la tierra. Así ocurrió con Jesús

Necesitamos la fuerza de nuestras raíces para un mañana nuevo. Las raíces de un humanismo que pone al ser humano en el centro; y que se esfuerza en construir un mundo justo y abierto, al tiempo que cuida de la naturaleza

Señor, siembra de resurrección nuestras muertes diarias. Señor, ten lástima de la humanidad. Señor, sana nuestras heridas

Por | Eugenio Campanario, sacerdote rural

Primera estación: JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

Los poderosos no tienen misericordia ni con la gente, ni con las naciones, ni con la tierra. Usan el poder para su beneficio, oprimen a los que deberían regir con justicia y rectitud, expolian las riquezas naturales y determinan el futuro de los seres humanos. Y muchas veces eso significa la muerte. Así ocurrió con Jesús. Pilato, que era un gobernante sin escrúpulos, decretó su muerte como había decretado antes la de muchos otros. Hoy nos estremecemos por la condena a muerte de millones de inocentes en todo el mundo; la condena de personas cuya vida se ve truncada sin salida, sin misericordia.

-Señor, detén la mano de Caín.

-Señor, ten lástima del mundo.

-Señor, sana nuestras heridas.

Segunda estación: JESÚS CARGA CON LA CRUZ

El confinamiento durante meses, la soledad durante años, el silencio siempre, el cansancio de la sociedad. Son cruces que nos aturden. Y la cruz de la enfermedad tiñe de amargura y limitación nuestros días y nuestras horas. Y la cruz del pueblo que pierde gente, servicios y vida. La cruz de la plaza vacía.
Bajo el peso de la cruz nos sentimos heridos, fatigados, nos cansa la vida. Y nos ahogan las preguntas sin respuesta. Y cae sobre nosotros la cruz del silencio.

-Señor, ten lástima de nuestras cruces.

-Señor, ten lástima del mundo.

-Señor, sana nuestras heridas.

Tercera estación: JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

En el principio dijo Dios a la primera pareja: “Someted el mundo y dominadlo”. Dios nombra al ser humano administrador de su obra maravillosa, de su paraíso, donde todo era armonía, destinado al bien de su criatura más perfecta. Pero el ser humano se ha hecho dueño de la Creación, la ha tomado entre sus manos sin respetar los límites de la creatura; y ha querido, durante demasiado tiempo, exprimirla demasiado. La ha dañado, la ha herido sin compasión, quizás de muerte; ha actuado con un corazón insaciable, llevado de la avaricia y el afán de poseer y acumular. Y no cesa el ser humano en su egoísmo, en su ataque contra la naturaleza.

-Señor, haz que amemos tu Creación.

-Señor, ten lástima de la humanidad.

-Señor, sana nuestras heridas.

Cuarta estación: JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE EN EL CAMINO DE LA CRUZ

Madres de Ucrania, madres del Sáhara, madres con hijos en paro. Madres marcadas por las adicciones de sus hijos. El corazón de las madres sufre de modo especial por sus hijos. Quieren salir al encuentro, abrazar, proteger, besar. ¡Cuánto desgarro en los corazones de las madres del mundo! ¡Cuánto dolor insoportable que solo aguanta el amor increíble de una madre! Este dolor tiene que ser semilla de un mundo nuevo, fecundo, lleno de vida.

-Señor, acoge el corazón herido de las madres del mundo.

-Señor, ten lástima de la humanidad.

-Señor, sana nuestras heridas.

Quinta estación: JESÚS ES AYUDADO POR EL CIRINEO

Caín es la expresión del hombre que daña al hombre. Es la presencia del mal en el mundo. Desolación y sufrimiento sembrados por el ser humano. Pero Dios no nos hizo para el mal, sino capaces del bien. Hay muchas manos tendidas para socorrer al que se hunde; para partir el pan; o abrir la puerta de una casa para el que acude, frágil, herido. Hay proyectos de progreso para las naciones o los pueblos. Hay quien organiza caravanas de ayuda, quien visita a los enfermos, quien alza la voz contra las injusticias. No faltan cirineos en nuestro mundo para aliviar las terribles cruces.

-Señor, danos un corazón valiente que ayude y acoja.

-Señor, ten lástima de la humanidad.

-Señor, sana nuestras heridas.

Sexta estación: LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS

Una mujer en la calle, entre la multitud horrorizada que sufre por Jesús; y la multitud que reclama su muerte. La mujer se adelanta para ser consuelo y gesto de misericordia en medio de la crueldad desatada. ¡Cuánto precisan nuestro mundo y la Iglesia encontrar en sus caminos difíciles la presencia de la mujer! En la Iglesia muchas mujeres nos recuerdan que el Dios de la vida, el Dios creador, el Dios salvador es más madre que padre. Ellas son las que riegan la fe familiar en la catequesis; las que acompañan con la oración; son el rostro de la caridad activa en nuestras comunidades; las que cuidan del templo; las que hacen realidad una Iglesia sinodal, compañera de camino, dialogante, compasiva.

-Señor, que cuidemos la presencia de la mujer en la Iglesia.

-Señor, ten lástima de la humanidad.

-Señor, sana nuestras heridas

Sèptima estación: JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

El agua, contaminada; los bosques, quemados; las tierras, esquilmadas. Y los mares, con auténticos continentes de plástico dentro. ¡La Creación entera se estremece, herida de muerte! Los científicos avisan del colapso inminente, buscan soluciones, crean productos que ayuden a remediar la terrible agonía de lo creado.

Pero seguimos imparables, inconscientes. No ponemos límite a la herida de la naturaleza, encerrados en nuestro confort y nuestro consumismo. El hombre no se siente hermano de las criaturas, sino dueño despótico y caprichoso.

-Señor, ten lástima de tu jardín destrozado.

-Señor, ten lástima de la humanidad.

-Señor, sana nuestras heridas.

Octava estación. JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN

¡Cuántas lágrimas solidarias y de impotencia en nuestro mundo! Al ver los pueblos destrozados por la guerra, la gente huyendo, el hambre hundiendo en la indignidad al ser humano. Lágrimas que hay que consolar. Lágrimas que piden otras lágrimas hermanas, un abrazo que ponga calor en el alma fría.

Hay que consolar a las que cuidan durante años a enfermos incurables, a los que ven a sus seres queridos convertirse en sombras silenciosas; a los que sienten su casa vacía y las calles sin juegos y sin el trajín de los trabajadores que van y vienen. Hay que consolar al pueblo, como nos pide Dios.

-Señor, calma nuestras lágrimas.

-Señor, ten lástima de la humanidad.

-Señor, sana nuestras heridas.

Novena estación: JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

La caída de Jesús, agotado, deshecho, era inevitable. También nuestra caída es inevitable: el mundo no puede más. Para sostener en el tiempo nuestro ritmo de vida, el consumo de materias primas, el despilfarro de recursos, harían falta dos o tres planetas como el nuestro. Pero no hay más que un planeta. El remedio es reducir nuestro consumo; decrecer; reducir actividades, organizar de otra manera nuestras sociedades, trazar otras prioridades. Debemos conservar lo que hay y regenerarlo. Pero insistimos en la destrucción del planeta, insistimos en nuestra propia destrucción.

-Señor, cambia nuestra mirada obstinada y egoísta.

-Señor, ten lástima de la humanidad.

-Señor, sana nuestras heridas.

Décima estación: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS.

Sin tierra, sin casa, sin escuela, sin agua limpia, sin futuro. Tantas naciones del mundo miran sus manos y están vacías. Han sido despojadas y abandonadas.

Lo mismo pasa en nuestros pueblos: cada vez con menos niños, sin bancos, sin servicios, sin oportunidades para los jóvenes, sin empuje. Nuestros pueblos han sido despojados, vaciados. Tierras vaciadas, eriales donde es difícil sembrar la semilla del futuro y la esperanza. Tierras despojadas, pueblos despojados, personas despojadas. Sus miradas piden dignidad y humanidad para acercarnos.

-Señor, ten lástima de los despojados.

-Señor, ten lástima de la humanidad.

-Señor, sana nuestras heridas.

Décimoprimera estación: JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ

El enfermo incurable; el parado crónico; el deprimido que no ve nunca luz al final de su túnel; el anciano en soledad; el pueblo silencioso y vacío; la sociedad pasiva y callada; la política alejada del pueblo y de sus carencias. Cruces que a diario nos sangran por dentro, nos anclan en ellas para morir lentamente, en una agonía cruel en la que nos falta el aire de la esperanza. Impotentes, retenidos, clavados a esa cruz que nos destruye y nos reduce a la nada. Tristes cruces de nuestro mundo.

-Señor, ten lástima de los crucificados de nuestro mundo.

-Señor, ten lástima de la humanidad.

-Señor, sana nuestras heridas.

Décimosegunda estación: JESÚS MUERE EN LA CRUZ

¡Cuántos muertos inocentes, olvidados, a lo largo de la historia! Muertos en viajes sin final a falsos paraísos, huyendo del hambre. Muertos en su puesto de trabajo. Muertos en la irresponsabilidad de la carretera. En las epidemias.

También se mueren los pueblos. Se perdieron costumbres, tradiciones, ritos entrañables de la historia interna y sencilla de nuestros pueblos. Se vendieron casas y tierras, se cerraron trabajos y oportunidades. Y nos ronda la pregunta de si se muere también el futuro y la esperanza; la pregunta por nuestro mañana.

-Señor, no olvides a tantos muertos ignorados.

-Señor, ten lástima de la humanidad.

-Señor, sanas nuestras heridas.

Décimotercera estación: JESÚS ES PUESTO EN BRAZOS DE SU MADRE

Entregan el cuerpo muerto de Jesús a su madre, a sus discípulos, a algunos amigos. ¡Cómo lo abrazarían, cómo llorarían sobre él! ¡Cómo ansiamos y necesitamos nosotros también el abrazo! ¡Cómo necesitamos sentir que no estamos solos, ni abandonados, ni olvidados! Que contamos en la historia de la familia, de la calle, del pueblo. Que somos importantes para la sociedad o la Iglesia. Necesitamos que nos acojan cuando estemos perdidos o angustiados. Necesitamos llorar con otros, sentirnos hermanos de lágrimas. Necesitamos que nos bajen de nuestras cruces y que un abrazo nos conforte.

-Señor, que no falte un abrazo al que baja de la cruz.

-Señor, ten lástima de la humanidad.

-Señor, sana nuestras heridas.

Décimocuarta estación: JESÚS ES SEPULTADO

En el sepulcro no había solamente un cuerpo muerto. Había también una semilla de vida, una promesa de Resurrección. Cuando corrieron la losa no dejaron allí solo muerte y silencio. También dejaron allí las primeras raíces de la esperanza nueva, definitiva.

Necesitamos la fuerza de nuestras raíces para un mañana nuevo. Las raíces de un humanismo que pone al ser humano en el centro; y que se esfuerza en construir un mundo justo y abierto, al tiempo que cuida de la naturaleza. Las raíces de una fe que da sentido a la vida, al esfuerzo cotidiano, al trabajo e incluso a la muerte. Las raíces de una resurrección que cambia nuestro luto en cánticos de alegría. El cuerpo muerto de Jesús es semilla de vida eterna. Que nuestras muertes y carencias nos traigan vida plena.

-Señor, siembra de resurrección nuestras muertes diarias.

-Señor, ten lástima de la humanidad.

-Señor, sana nuestras heridas.

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