Semana Santa y amistad social

 

José M. Tojeira

En Semana Santa recordamos con frecuencia el mandato de Jesús a sus discípulos: “Ámense unos a otros como Yo les he amado”. Es un mandato universal para todo el que se considere cristiano. Y es un mandato que desobedecemos con demasiada facilidad, pasando del resentimiento al odio, y de éste a la ofensa, que puede llegar incluso a matar.

Jesús fue víctima de esta tendencia humana a afirmarnos como seres humanos negando la humanidad de los demás. Y por esa misma razón la tradición cristiana, cuando piensa en la vida en sociedad, además de recordar el mandato básico del amor, recomienda la existencia de normas que defiendan a los débiles e impidan el abuso sobre los indefensos o los que no tienen voz, como decía nuestro San Romero. Normas que no rompan la amistad social, sino que tiendan a aumentarla.

En el pensamiento secular, en buena parte inspirado por la tradición cristiana, se puso como principio, en los albores de la democracia, la frase “que nos gobiernen leyes y no personas”. Mientras las personas están sujetas a mayores equivocaciones, la norma es fruto (o debe serlo) del diálogo, de la reflexión y del discernimiento sobre las situaciones históricas en las que viven las colectividades humanas.

Protegen a los más débiles universalizando derechos y crean instituciones independientes que supervisen el cumplimiento de las obligaciones derivadas de la ley. En nuestros países centroamericanos, se dio desde muy temprano, en buena parte como herencia colonial, la tendencia a establecer gobiernos muy elitistas que pronto evolucionaron hacia caciquismos regionales y gobiernos militaristas.

Salir de la tendencia a que nos gobiernen autoritariamente personas y no normas, es y continúa siendo un proceso largo y conflictivo. La desigualdad social, una plaga muy extendida en nuestros países, no solo genera violencia. Tiende también a generar gobiernos elitistas que rápidamente se convierten al populismo autoritario y paternalista.

Para quienes acaparan poder es mejor la costumbre romana de “pan y circo”, con palo y garrote para quienes opinen diferente, que la democracia participativa y con controles de poder. En muchos aspectos nos siguen gobernando personas en vez de leyes. Y eso impide la confianza en las instituciones y la amistad social.

En el esfuerzo por construir sociedades democráticas hemos trasladado a nuestras Constituciones los Derechos Humanos, con una mayor o menor universalización de los mismos según contextos históricos. Pero no hemos desarrollado adecuadamente las instituciones que universalicen los derechos constitucionales y controlen los abusos del poder. En la actualidad, además, se utiliza la mayoría parlamentaria  y el control de las instituciones incluso para cambiar términos en beneficio y capricho del poder. De este modo la Policía, PNC, puede decir que hubo cero homicidios en un día y un pandillero muerto.

Como si matar a un pandillero, aunque fuera en legítima defensa, no fuera un homicidio que se debe investigar y ubicar como tal para eximir de responsabilidades a los ejecutores, si así lo determinan los hechos. Se burlan de los Derechos Humanos sin darse cuenta de que sobre los mismos está construida la propia Constitución.

Y se confunde la Constitución con la voluntad mayoritaria de la Asamblea Legislativa o con los deseos y órdenes del Presidente elegido constitucionalmente. Se controlan las instituciones de control, reduciendo los controles a voluntades personales, más allá de la constitución y de los convenios internacionales ratificados por la misma Asamblea Legislativa. Fanatismo y miedo suplantan a la amistad social.

En la actualidad, el mandamiento del amor, que reflexionamos y tratamos de vivir de un modo especial en la Semana Santa, al menos los cristianos, no puede vivirse sin amistad social. Y la amistad social se niega cuando el poder de muy pocos se impone a como dé lugar. No hay nada mejor para vivir la amistad social que una democracia de leyes inspirada en la universalidad de los Derechos Humanos.

En Semana Santa debemos busca nuestra propia conversión al amor hacia todos, a la justicia y a la paz social y el bien común. Y por eso, en las actuales circunstancias, no debemos olvidar la invitación del Concilio Vaticano II que pide a los cristianos comprometidos en política que se olviden del propio interés y que “luchen con integridad moral y con prudencia contra la intolerancia y absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político; conságrense con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza política al servicio de todos” (Gaudium et Spes 75).

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