Un papa antibelicista

Mientras Biden participaba en la cumbre de la OTAN y el G7 en Europa, el pontífice definía como “¡locura!” el aumento del gasto militar hasta un 2%. La gran mayoría de los medios italianos apenas recogieron las palabras de Francisco

Marco Politi 

“Vaticanista” es una definición típica del periodismo italiano. En otros países, los medios de comunicación cuentan con expertos en temas religiosos. En Italia, en cambio, la palabra indica la importancia política del Vaticano, de la Iglesia, del mundo católico, por lo que los medios de comunicación, grandes y pequeños, tienen su propio observador privilegiado que sigue cada movimiento del papa y su entorno. En consecuencia, en los medios italianos es aún mayor el espacio dedicado a los gestos, las palabras, los documentos, e incluso los silencios del papa.

El jueves 24 de marzo sucedió algo fuera de lo común. Biden estuvo en Europa y participó en la cumbre de la OTAN, el G7 y el Consejo Europeo. Exactamente en ese momento, el papa Francisco, en su reunión con el Centro de Mujeres Italianas, definió como “¡locura!” el aumento del gasto militar hasta un 2% del presupuesto. Con respecto a la guerra en Ucrania, afirmó que la respuesta “no son otras armas, otras sanciones, otras alianzas político-militares, sino otro enfoque, una forma diferente de gobernar el mundo ahora globalizado… una forma diferente de entablar las relaciones internacionales”. El signo de exclamación que acompaña a la palabra “locura” es parte del texto oficial del Vaticano. El papa añadió que estaba “avergonzado” tras conocer la decisión y concluyó con una indicación específicamente política: la forma correcta de responder a la crisis actual “no es mostrar los dientes, como ahora”. La intervención del papa, de gran actualidad, puso en tela de juicio las decisiones del Gobierno de Draghi y también de los gobiernos europeos. Y, entonces, sucedió un milagro. Las ediciones digitales de los principales medios de comunicación guardaron silencio. Sólo La Stampa informó del asunto como tercer tema de portada. Al día siguiente, en la edición impresa, el periódico dedicó una página entera a la historia. El Corriere y La República reservaron dos sueltos –breve tribuna de opinión– para la intervención vaticana. Si Francisco hubiera hablado de gatos, que a muchos les importan más que a los humanos, habría tenido más espacio.

La historia es interesante desde un punto de vista político. Mientras que en el mundo angloamericano –nutrido por la libertad protestante y la vivacidad del pensamiento judío donde se afirma que “dos maestros hacen tres opiniones”– la controversia es la sal del debate cotidiano, en Italia con la invasión de Ucrania se activó el antiguo reflejo de la Inquisición. Quien expone un pensamiento fuera del marco es un enemigo de la fe. Así ha estallado el epíteto-anatema de “proputinianos”, “equidistantes”, partidarios del “Partido de la rendición” (posición totalmente ajena a la mayoría de italianos, que simpatizan con la Ucrania atacada). Como sostiene cualquier inquisición, está prohibido hacer preguntas. Por ejemplo: ¿existe la doctrina Monroe?, ¿cómo se enfrentó la crisis de los misiles en Cuba en 1962?, ¿tuvo sentido la expansión de la OTAN hacia el Este? El análisis de las raíces del conflicto provoca reacciones descontroladas por parte de los inquisidores. Así que ahora se le ha impuesto la mordaza al papa. Esto no incomoda al pontífice argentino, que tiene la piel resistente. Francisco denunció con duras palabras la brutalidad de la agresión de Putin y, naturalmente, considera justificado –como dijo su secretario de Estado Cardinal Parolin– el derecho a resistir al invasor.

Las palabras del papa plantean cuestiones políticas y humanas con la misma claridad con la que Juan Pablo II se opuso a la invasión de Irak (totalmente ilegal) protagonizada en primera instancia por Estados Unidos, Gran Bretaña, y también Polonia. Estas son preguntas básicas y concretas. ¿Qué sentido tiene una carrera de gasto armamentista para los estados europeos mientras se va acercando una recesión brutal? ¿Por qué no estamos invirtiendo en una defensa europea, que ahorraría grandes sumas? ¿Qué significa ese ridículo ejército europeo de 5.000 efectivos? ¿Cuánto pesará sobre la gente la distorsión del presupuesto en detrimento de las inversiones sociales, empezando por la salud, la educación o el apoyo a las familias? Con la inflación en aumento, ¿es posible olvidar de repente que la prioridad número uno debería ser la lucha global contra la pobreza y superar las desigualdades que ha producido la pandemia? Francisco es un “líder político”, ya lo decían sus allegados en Buenos Aires. El punto sobre el que el Vaticano intenta llamar la atención es que la crisis de Ucrania remite a una crisis de equilibrio mundial que sólo puede remediarse con una nueva arquitectura de relaciones entre las áreas de poder económico y político del planeta. Necesitamos un Pacto de Helsinki para el siglo XXI.

Este es el sentido de la advertencia de que no es necesario “mostrar los dientes”. Este es el núcleo de la exhortación del papa para salir de la perspectiva de los bloques político-militares, trabajando por “una forma diferente de gobernar el mundo ahora globalizado, una forma diferente de establecer las relaciones internacionales”. Lo de Francisco es realismo, no una forma pietista de afrontar los problemas. El espacio cultural católico es uno de los pocos en Italia en el que –dejando de lado la militarización del pensamiento– se examinan estos temas cruciales. Avvenire, el diario de la Conferencia Episcopal italiana, insiste en la clave de que las democracias deben ser capaces de encontrar un sistema de relaciones con esa vasta parte del mundo que, según el sociólogo Mauro Magatti, “no acepta el modelo liberal occidental”. Si la lógica violenta de Putin es inadecuada, corresponde a Occidente construir reglas de juego que involucren a “otros”. Marco Tarquinio, director de Avvenire, escribe que en un mundo que no logra vacunar, curar y aliviar la pobreza de todos los hombres y mujeres del planeta, la “soberbia rearmista de muchos” despierta indignación. Con el avance de las semanas y las grandes dificultades con las que se encuentra la maquinaria militar rusa, es evidente que evocar la alarma de un efecto dominó, “después de Ucrania, Moscú quiere tragarse los países bálticos y Polonia”, está totalmente fuera de la realidad.

Si, como dijo el general Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios, la dura intervención papal plantea una pregunta fundamental sobre la política de Occidente. ¿Quiere detener la agresión de Putin o Washington prefiere que Rusia se desangre dejando que el conflicto continúe unos meses más? Y en este caso, ¿es realista que China ayude a Estados Unidos a someter a Rusia y luego ver a Washington y sus aliados abrir una guerra político-económica contra Beijing? 

Marco Politi es escritor y periodista.

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