«Curia romana, todo el pueblo de Dios»

Anunciad el evangelio (III):  Una iglesia post-jerárquica, post-colonial y post-capitalista

El Papa y la Curia romana
El Papa y la Curia romana

En la línea de las dos «postales» anteriores sigo tratando de la “Constitución apostólica”  «Praedicate Evangelium» que establece (instituye) la identidad y tarea de la Curia de Roma al servicio de la iglesia

Esta Constitución no se dirige sólo a los miembros de la Curia Romana, sino a todos los cristianos, insistiendo en en el evangelio como buena noticia de Dios, revelada (encarnada) por Cristo en el mundo. Como toda institución, la Curia Romana ha tendido a “cerrarse” al servicio de sus intereses, como he puesto de relieve en las dos  postales anteriores. Para superar ese “cierre”, Francisco sigue empeñado en un  Iglesia en Salida

            Desde ese fondo ofreceré una reflexión en tres momentos. (a) Curia romana, todo el pueblo de Dios. (b) Una  una iglesia post-jerárquica, post-colonial y post-capitalista. (c) Unas anotaciones para el camino

«El organigrama jerárquico de la iglesia actual es más propio de un sistema burocrático sacral y estamental que de una comunión de seguidores de Jesús. Sólo así se entiende el hecho de que ordene ministros en sí (presbíteros sin comunidad, obispos sin iglesia),  como expresión de honor y cambio de estado (elevación estamental)» 

Por | Xabier Pikaza teólogo

(A) CURIA ROMANA E IGLESIA: DOS LINEAS, UN  CAMINO

Como he dicho, las instituciones eclesiásticas tienden a cerrarse y tomarse como fin en sí mismas; surgen para realizar unos servicios, pero corren el riesgo. Empiezan para servicio del evangelio, pero terminan sirviéndose a sí mismas. En contra de eso, en esta Constitución (Praedicate Evangelio) el Papa Francisco es que la Curia esté al servicio del evangelio. Es un tema y tarea difícil, pues como he puesto de relieve en las “postales” anteriores, la Curia Roma ha seguido aumentando poderes, incluso a pesar (y en contra) del NT y del Vaticano II.             

A diferencia de algunos que quisieran que el mismo Vaticano renunciara a sus “poderes” y se disolviera, tras 500 años (o 1000) años de “servicio”, el Papa Francisco  quiere que el cambio se realice en dos planos complementarios: (a) Por una transformación oficial del Vaticano. (b) Y por un cambio o reforma radical del conjunto de la iglesia.

 ¿Camino de transformación oficial?.

El Vaticano ha mantenido una actitud tradicional de poder: insiste en el sistema y actúa como «estado religioso unificado», hacia dentro y hacia fuera, con “nuncios” ante todas las naciones, nombramiento directo de obispos, con una formación presbiteral en seminarios “superiores”, con un celibato de poder, exclusión de mujeres etc.  La iglesia de este Vaticano es una sociedad jerárquica, colonial y “capitalista” (con un capital que no es simplemente económico, sino de primacía de poder y “verdad” (una infalibilidad extendida).

La despedida de Benedicto XVI

Mirando las cosas de un modo quizá parcial, este modelo se encuentra a mi entender ya seco, y así me atrevo a confesarlo después de trabajar durante casi treinta años a su servicio, de un modo muy intenso, como profesor de un “seminario” y facultad de teología, en la formación de estudiantes para el presbiterado, es decir, para la “jerarquía, el colonialismo eclesial y la “capitalización múltiple” de la iglesia.

Tras 30 años de trabajo muy intenso sentí que ese modelo estaba ya acabado (al menos en occidente), por el anquilosamiento de la doctrina, la escasez (y problematicidad) de las vocaciones “jerárquicas, desligadas de sus comunidades, separadas de la vida y crecimiento real de los cristianos.

Tuve la certeza de que vocaciones ministeriales han de surgir y cultivarse desde el interior de las comunidades cristianas, que son semillero (seminario) para aquellos que sean encargados de realizar tareas de evangelio varones o mujeres, célibes o casados, sin desligarse de su entorno y su trabajo humano, tras un tiempo de maduración y prueba, reasumiendo de forma no patriarcal la inspiración de las Cartas Pastorales de Pablo.

Tuve la certeza de que el verdadero cambio tiene que venir del mismo evangelio, vivido y actualizado en las comunidades cristianas. El primer cambio no puede venir de “arriba” (de un tipo de Roma Curial),  sino de la “palabra vivida”, esto es, de la buena nueva del evangelio.

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La forma actual de preparar ministros en general y para todo (para celebración y enseñanza, dirección comunitaria y servicios sociales…), elevándoles de nivel al “ordenarles” (=organizarles)  de presbíteros (y más aún de obispos), sin referencia a una comunidad concreta en la que puedan compartir la fe, me pareció en principio carente de sentido y contraria no sólo al evangelio, sino al mismo Concilio Vaticano y a las necesidades de la Iglesia.

¿Un camino extra-oficial, es decir extra-vaticano?

Hay comunidades que empiezan a reunirse y vivir el Evangelio por sí mismas, sin un presbítero oficial, suscitando desde abajo sus propios ministerios de celebración y plegaria, servicio social y amor mutuo etc, como al principio de la iglesia. Son comunidades que han comenzado a compartir la Palabra y celebrar el Perdón y la Cena de Señor sin contar con un ministro ordenado al estilo tradicional, pero sin haber roto por ello con la iglesia católica, sino todo lo contrario, sabiéndose iglesia.

Estos «ministros» pueden recibir nombres distintos: a veces se les llaman colaboradores, otra son auxiliares o párrocos seglares, otras asistentes pastorales… Lo del nombre es lo de menos. Más importante es el hecho de que algunos están “reconocidos” y realizan funciones oficiales: todo lo del presbítero menos «consagrar» y «absolver» de manera solemne. Otros no necesitan (o no piden) ese “reconocimiento, de forma que empiezan a ser cristianos “católicos” extra moenia ecclesiae (fuera de los muros de la iglesia, pero no fuera de la iglesia, que no debía tener ese tipo de muros).

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 Las comunidades que actúan de esta forma carecen de visibilidad oficial (no tienen comunión ministerial externa), pero pueden estar en Comunión real con el conjunto de la iglesia. Ellas son, por ahora,  pequeñas y frágiles, pero estoy convencido de que van a multiplicarse, eligiendo sus ministros (varones o mujeres), para un tiempo o para siempre, conforme a la palabra de Mc 9, 39 no se lo impidáis. Desde el momento en que el sistema sacral pierde fuerza, ellas pueden elevarse, creando una comunión o federación de iglesias,  como al principio del cristianismo.

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Teológicamente hablando, estas comunidades no integradas (por ahora) en el orden oficial de la Gran Iglesia no plantean dificultades. Así nacieron al principio las iglesias del NT, así  eligieron sus ministros, así se federaron formando unidades mayores. Por ahora, la Gran Iglesia no admite ese modelo, pero lo hará pronto, no sólo por la fuerza de los hechos sino, por la misma evolución de sus ministerios oficiales, que irán perdiendo sacralidad sacerdotal (carácter jerárquico) para convertirse en servicios comunitarios de carácter flexible, desde el interior de las mismas comunidades. De esa forma se irá acercando la iniciativa del pueblo cristiano y la tradición de las grandes iglesias, en un camino de re-forma cristiana que nadie puede asegurar o fijar de antemano.

El organigrama jerárquico de la iglesia actual es más propio de un sistema burocrático sacral y estamental que de una comunión de seguidores de Jesús. Sólo así se entiende el hecho de que ordene ministros en sí (presbíteros sin comunidad, obispos sin iglesia),  como expresión de honor y cambio de estado (elevación estamental). Muchos de esos ministros absolutos (sin comunidad o iglesia), mantienen un carácter difícil de precisar y muchos piensan (pensamos) que hay que volver volvamos a los primeros tiempos de la iglesia, que en el siglo V (Concilio de Calcedonia, año 451) prohibía la ordenación en sí, sin referencia a una iglesia. Un ministro cristiano que pierde o abandona su comunidad o tarea ministerial dentro de una comunidad o iglesia ipso facto deja de ser ministro, sin necesidad de dispensa o «reducción al estado laical» (que es una terminología no cristiana).

(B) HACIA UNA IGLESIA POST-JERÁRQUICA, POST-COLONIAL Y POST-CAPITALISTA.

            Partiendo de lo anterior,   quiero destacar tres rasgos significativos de la nueva Iglesia que llamaré post‒colonial, post‒capitalista y post‒religiosa.   

1.Iglesia no jerárquica, Hermanos y amigos 

‒ Tema de fondo. A lo largo del segundo milenio, desde la Reforma Gregoriana, la Iglesia se ha encontrado dominada por un tipo de estructura “colonial” de poder sagrado, impuesto (administrado) por papas, obispos y presbíteros. Los hombres parecían sometidos a Dios, los cristianos eran súbditos de una Iglesia poderosa que les liberaba del pecado y les ofrecia indulgencias y tesoros de gracia. Pues bien, los nuevos cristianos descubren, con el evangelio, que ellos no son súbditos de Dios, ni “dependientes” de una Iglesia, que se ocupa de ellos para salvarles desde arriba, sino que han sido y son liberados por el mismo Dios de Cristo para la libertad (cf. Gal 5, 1‒15). Este descubrimiento de la libertad para el amor abre un camino que aún no ha culminado (2022). 

2. Iglesia no colonial.

En la línea anterior En esa línea debemos superar toda apariencia de colonización, de superioridad del clero sobre los “simples” fieles, de los hombres sobre las mujeres etc. Eso implica un ordenamiento distinto de Iglesia, sin poder jerárquico, ni imposición patriarcal, en igualdad real de varones y mujeres, como testimonio e impulso universal de comunión de fe (confianza mutua) y de vida (afecto, economía), tal como lo propuso el evangelio de Mateo (cf. Mt 18, 15‒20 y 23, 8‒13).

No se trata pues sólo de superar un tipo de jerarquía clerical o de que las mujeres accedan a los ministerios de la comunidad, sino de crear comunidades liberadas en fe y gratuidad, desde los excluidos del sistema de poder, compartiendo la vida como experiencia de amistad (cf. Jn 15, 15), en un camino de resurrección (vivimos en Dios viviendo en los otros, por Cristo). Se trata de ser‒crear comunidades para el amor gratuito, cercano, intenso, generoso, en la línea de Cristo, en comunión de amor con todas las comunidades del mundo, en red misionera de anuncia y principio del Reino.

3. Iglesia no capitalista

El colonialismo clásico (de estados)  parece haber terminado, pero corremos el riesgo de caer en un tipo de colonialismo aún más peligroso, de tipo económico. 

El marxismo del siglo XX quiso oponerse a ese modelo creando un movimiento de “comunismo” que en su forma externa ha fracasado, por razones económica, militaristas e ideológicas.  En esa línea, el fin de las dictaduras soviéticas europeas (1989/1990), pero no ha resuelto los problemas del mundo,  con millones de nuevos hambrientos y con el éxodo de parte de sus poblaciones empobrecidas, ante la nueva situación de los mercados. 

1. En ese fondo se sitúa el reto quizá más intenso de la Iglesia nuestro tiempo (2022): el surgimiento de una humanidad redimida para el amor, que no esté ya dominada por una igleia entendida como poder religioso, stado, ni por un capitalismo del Mercado, sino abierta a la comunión universal y concreta de la vida, en línea de evangelio, no en forma general (de inmensos grupos), sino en formas y caminos de comunicación directa entre creyentes.

En esa línea, debemos añadir que la Iglesia no es una simple entidad benefactora (que da bienes desde fuera a los más pobres), sino una comunidad de creyentes, reunidos en nombre de Jesús y liberados por Dios para el amor mutuo. No basta “dar cosas”, sino que es necesario darse y compartir, desde y con los pobres y excluidos. Por eso, la palabra transcendente de la Iglesia sólo puede pronunciarse y sólo alcanza sentido allí donde los cristianos se implican de un modo personal en el surgimiento de un tipo de vida distinta, promoviendo caminos y tareas de comunión real de bienes y palabra, de vida y esperanza, entre los hombres y los pueblos, más allá de Mammón (capital divinizado) que Mt 6, 24 presenta como poder anti‒divino (es decir, anti‒eclesiástico).

Iglesia en salida

Actualmente, el mundo parece unido sólo por el capital y el mercado, que son el papa y la iglesia de la nueva humanidad. Pues bien, en contra de eso, resulta necesario relanzar desde el evangelio una “cruzada” distinta, de comunión en el amor de todas las comunidades cristianas, al servicio de la comunión de vida (¡en el mundo y camino de vida!) de todos los hombres y los pueblos. En esa línea, la misión nueva de la iglesia acaba de empezar

4. ¿Iglesia religiosa o iglesia evangélica?

 Desde el siglo III‒IV d.C., la Iglesia ha venido a configurarse, en general, como religión establecida, en línea de poder sacral. Pues bien, ese momento de sacralización religiosa del cristianismo parece estar llegando a su fin. Actualmente, son muchos los hombres y mujeres que abandonan la Iglesia, para cultivar un tipo de religión intimista o para olvidar y/o marginar toda experiencia religiosa, en un mundo cada vez más secularizado, sin más Dios que el bienestar inmediato y el dinero.

Todavía no podemos valorar el alcance y consecuencias de ese rechazo, ni su extensión en los diversos pueblos y culturas, pero es evidente que el reto es muy fuerte y que la Iglesia puede y debe superar un tipo de religiosidad establecida para volver a la raíz del evangelio, no para crear un nuevo poder de iglesia, sino para que los hombres y mujeres puedan compartir una experiencia de amor solidario, creciendo así en humanidad y experiencia de vida.

2. Abandonar ciertos elementos de poder religioso, para ser iglesia de evangelio. En los años que siguieron al Concilio (1962‒1965) eran muchos los que defendían la necesidad de superar la estructura religiosa que el cristianismo había recibido a lo largo de los siglos, y éste es para algunos analistas el mayor de los problemas actuales de la Iglesia: La posibilidad (necesidad) de separar el cristianismo de la religión y de recrear una Iglesia de evangelio, sin poder establecido.  Toda nuestra reflexión desde el Vaticano II (1962‒1965), con los últimos papas, nos ha situado ante esa pregunta: ¿Iglesia como religión establecida o iglesia como evangelio, pero sin religión?

Iglesia sin poder

   En estas pequeñas reflexiones sobre la Constitución de la Curia Romana, no puedo responder a esa pregunta, y así termino aquí mi reflexión, dejando que los mismos lectores respondan, invitándoles de nuevo lectores a volver al principio, es decir, a la experiencia de Jesús y su evangelio. Lo que sucederá en el futuro ya no es cosa de decirlo aquí, en forma de libro, sino que pertenece al despliegue del Espíritu de Dios y a la creatividad de los creyentes en la Iglesia. Tengo la impresión de que he dicho en este libro algunas cosas importantes, que pueden ayudar a los lectores a situarse ante ese tema, descubriendo y abriendo caminos para resolverlo. Pero el modo concreto de hacerlo (lo más importante) queda pendiente, de forma que deberán (deberemos) realizarlo todos los cristianos que nos sintamos vinculados a la Iglesia católica en un camino de transformación según el Evangelio, como parece querer el Papa Francisco. 

(C) ALGUNAS ANOTACIONES PARA ESE CAMINO.  

En este momento, 2022, al comienzo del tercer milenio de la Iglesia, quedan pendientes o abiertas numerosas cuestiones, que deben plantearse de un modo radical, aunque su solución tarde en lograrse. Entre ellas, miradas desde la perspectiva del Papa y la curia Vaticana (desde la perspectiva de la Constitución que ha proclamado el Papa Francisco, las más significativas son a mi entender las siguientes: 

1.Reforma (¿supresión?) de la Curia Vaticana en su forma actual

Recién elegido, en abril del 2013, Francisco nombró con ese fin una comisión de cardenales, llamada coloquialmente G8 (grupo de los 8), que se ha venido reuniendo con regularidad, sin haber alcanzado conclusiones significativas. La organización del Vaticano, como residencia papal y sede de los organismos de gobierno de la iglesia romana, es relativamente moderna, pues comenzó tras el retorno de Aviñón, a finales del XIV, y sólo se estabilizó con su basílica y plaza, con sus palacios, museos y oficinas, en los siglos siguientes (del XVI en adelante).

Actualmente empieza a cuestionarse el mismo hecho del Estado Vaticano, y muchos piensan que la Iglesia debería renunciar unilateralmente su misma existencia, devolviéndolo a Italia para así expresar y realizar mejor su misión, no sólo porque las condiciones político‒sociales de la actualidad son muy distintas de las que había en su fundación (año 754), sino por radicalidad evangélica. Para ser católica, la Iglesia no necesita un Estado, con nunciaturas (embajadas), congregaciones, y funcionarios como los actuales. Un primer signo en esa línea podría ser no sólo la vuelta del Papa y de su grupo de “animador” a la sede de la Iglesia romana, que hasta el siglo XIV estuvo en Letrán, sino la búsqueda de un tipo distinto de “animación de la Iglesia en amor” (cf. Ignacio, Ad RomIntroducción), sin necesidad de una independencia estatal, ni medios económico‒sociales de poder como los que tiene hoy.

Ciudad del Vaticano

2. Sin poder patriarcal ni jerarquía de género.

El estilo de gobierno del papado y de la iglesia católica actual (2022) sigue siendo patriarcalista (no evangélico), pues sólo los varones pueden ser obispos y presbíteros en ella. Ciertamente, algunos (pocos) teólogos (y bastantes obispos) esgrimen argumentos ontológicos (de naturaleza) para mantener la situación, diciendo que sólo los varones como tales pueden ser ministros de un Cristo varón. Pero ellos resultan bíblica y teológicamente desafortunado, como he destacado al ocuparme de los últimos papas (Pablo VI, Benedicto XVI), pues no deriva del mensaje de Jesús ni de la vida de la Iglesia, sino de las condiciones socio‒económicas y antropológicas del siglo II dC, que actualmente han cambiado.

  Posiblemente, la superación del patriarcado no es el mayor problema de la Iglesia, pero es importante, y nos lleva hasta las raíces del movimiento de Jesús, pues sin la igualdad radical de vida y ministerio de varones y mujeres no puede hablarse de reforma de iglesia ni de apertura a un futuro de transformación mesiánica. No se trata de un simple cambio de organigrama, sino de una transformación de fondo de las comunidades, desde la experiencia de comunión liberadora de Jesús, a partir de los pequeños y excluidos, pues la autoridad de la Iglesia no jerárquica (como un “ordo” social helenista o romano), sino de identidad personal, en línea de evangelio.

3. Poder económico. La economía ha estado al fondo de los problemas de Iglesia en los últimos siglos, desde la fundación de los Estados Pontificios (s. VIII) y en especial desde las crisis del XIII-XV, cuando los papas (Juan XXII) no sólo condenaron un tipo de franciscanismo radical (cosa que podía tener cierta razón), pero convirtieron su iglesia (Vaticano) en centro bancario importante de la nueva Europa, en una línea que no es cristiana. En la actualidad (siglo XXI) el problema del “dinero” del Vaticano es complejo y tiene matices que deberían precisarse mejor, pero es evidente que, en un plano cristiano, hay que actuar de un modo radical, apelando a principios de evangelio, como prometía la Comisión para asuntos económicos, creada por el Papa Francisco el año 2014, que no ha dado por ahora frutos significativos.

            Actualmente, la organización de la Curia y el mantenimiento del Estado Vaticano necesitan un soporte económico, que, ciertamente, no es inmenso, en comparación con algunas corporaciones multinacionales, pero resulta considerable y ha sido causa de escándalos en los últimos decenios, como es normal dentro de un organismo que se dice cristiano, pero que está vinculado a la banca mundial, y tiene además unos problemas añadidos, por su tipo de gestión, inclinada al secreto y al mal paternalismo. Éste es un problema de fondo, que no se arregla con pequeñas reformas, pues está vinculado a la misma constitución del Estado de la Ciudad del Vaticano, y puede (debe) exigir incluso que desaparezca, pues la encarnación de la iglesia en el mundo de los pobres (desde y para todos) es muchísimo más importante que la existencia del Estado Vaticano. 

             Por eso, las propiedades económicamente significativas de la iglesia (edificios, colegios, hospitales, casas de caridad…) no pueden inmatricularse a nombre de la iglesia como tal, sino que han de hacerse a nombre de fundaciones autónomas de cristianos, con el fin de compartir y animar unos bienes y unas obras de evangelio, sin ánimo de posesión ni de lucro.  

Ciertas iglesias tienen de hecho una gran riqueza de bienes patrimoniales y artísticos (templos, objetos de arte), aunque la mayoría son poco rentables y se están convirtiendo en museos, gestionados por sociedades civiles (o estados), como bienes culturales, sin finalidad de lucro. En esa línea debemos añadir que la Iglesia en cuanto tal ha de asumir un camino radical de pobreza (no en el sentido de no-tener), como experiencia radical de gratuidad, comunión y servicio a los necesitados (en la línea de Mt 25,31‒46), sin capitalizar, ni utilizar el dinero de un modo financiero (en clave de usura, condenada por los concilios de Letrán del siglo XII).   Quedan, sin duda, muchos problemas pendientes, pero sólo en un camino de evangelio pueden resolverse, siempre que la Iglesia vuelva al principio de Jesús y deje de ser una estructura de poder económico, en línea de capitalismo, conforme a la palabra de Mt 6, 24 (no podéis servir a Dios y a Mammón).

Celibato
Celibato

4. Poder ministerial, vida afectiva y misión del clero. El problema fundamental para la iglesia católica vino dado en torno al año mil, con la crisis de identidad del paso del milenio, que se resolvió con la Reforma Gregoriana, en línea de jerarquía y superioridad papal, con el establecimiento de unos ministerios fuertes, con gran autoridad sacramental y social, en una línea feudal que más que evangélica. Pues bien, ahora, pasados mil años desde aquella reforma, el tema de los ministerios puede y debe replantearse, no sólo por imperativos externos (pérdida de poder civil del clero, posible riesgo de pederastia…), sino por la dinámica interior del mismo evangelio, con la vuelta a los orígenes y la nueva conciencia eclesial de las mujeres, en línea de comunión personal de todos (varones y mujeres), desde los más pobres y excluidos, al servicio de la nueva humanidad de Cristo.

Hay muchos problemas de fondo, pero en este campo se ha vuelto dominante y en algún sentido patológico el escándalo de la pederastia de una parte pequeña, aunque significativa, del clero, como lo muestra el hecho de que la Congregación para la Doctrina de la Fe se haya vuelto en la práctica una Comisión Anti‒pederastia, con “nuevos programas piloto” para resolver los casos. Pues bien, el tema de fondo no es la posible pederastia de algunos, sino la forma en que el clero se ha constituído como instancia de poder, en línea jerárquica y endogámica (de “clase” especial), como si el “pecado” de un clérigo particular fuera sea pecado y responsabilidad (incluso económica) de toda la Iglesia.   

 A través de una historia compleja (contraria al evangelio) los ministros de la Iglesia se han vuelto “jerarquía superior sagrada” (de tipo patriarcal, masculino), con su identidad especial de cuerpo endogámico y su poder sobre el “resto” de los fieles. Más aún, desde el comienzo del segundo milenio, el Papa ha retenido el poder de nombrar, dirigir y remover a todos los obispos de la iglesia romana (y por ellos al resto del clero), imponiendo además el celibato sobre el conjunto de los ministros, para insistir de esa manera en su separación y elevación sobre el el resto de los cristianos. De esa forma, los obispos se han vuelto delegados del Papa de Roma, que actúa como super‒obispo y que, a través de la Congregación de los Obispos, dirige la estructura y funcionamiento de todas las iglesias.  

Pues bien, en este campo es necesario que las comunidades recuperen no sólo la libertad original del evangelio, sino su forma de organizarse y ordenar los ministerios, de manera que los ministros, varones o mujeres, presbíteros u obispos, no estén por encima del resto de los creyentes, sino que ejerzan una función importante al servicio de todos. Por otra parte, no se trata de “romper los lazos con Roma”, sino de crear comunidades vivas y autónomas, unidas en red de amor con las restantes comunidades cristianas, en unidad y colaboración con las demás iglesias, con ministros que broten de las mismas comunidades, varones o mujeres, célibes o vinculadas a otras formas de comunión personal y afectiva

Teología de la liberación

              No se trata de introducie pequeños cambios o de permitir unas ligeras variantes retóricas (misas en latín o de espalda al pueblo), sino de recuperar y desarrollar la libertad evangélica y la comunión de vida en la celebración de los signos del Reino, desde el interior de la misma liturgia de la vida, no como gesto separado de ella, sino como expresión de la autoridad recreadora de la vida en común, en línea de evangelio. No ha de empezarse pidiendo permiso a la Congregación del Cultos para cambiar algún tipo de ceremonia formalista, sino asumiendo la libertad cristiana, propia de todos aquellos que acogen el evangelio y quieren celebrar (actualizar) el misterio y tarea de Jesús en el agua del renacimiento humano y el pan compartido de la comunidad, en apertura a todos los hombres, en especial a los pobres.

5. Ruptura cristiana, nuevo nacimiento de la Iglesia.

 Conforme a todo lo anterior, no estamos en un momento de escisión, como en el siglo XI ( cuando se separaron las iglesias de oriente y occidente), ni de reforma, como en la gregoriana del siglo XI‒XII o en la luterana (del siglo XVI), sino ante un reto y camino de nueva creación cristiana, de misión evangélica y creación de Iglesia, con lo que ello exige de ruptura institucional y personal. 

‒ En el principio de la iglesia está el gesto de Jesús que abandona su “buena familia” (comunidad) de ley, para plantar su casa entre los pobres y excluidos del sistema (enfermos, posesos, pecadores). Jesús y sus discípulos dejaron el orden de los sabios, buenos militares de la liberación (celotas), puros y perfectos (fariseos, esenios), para hacerse hermanos de los excluidos, e iniciar con y para ellos la “edificación” de una iglesia, es decir, de comunidades liberadas desde y para el evangelio, que es la buena nueva de la libertad para el amor de Cristo. Su nueva actitud no fue un simple rechazo, para aislarse del mundo, sino un paso adelante hacia la universalidad, reconociendo la presencia y don de Dios en aquellos que no importan ni cuentan en las estadísticas, pues se encuentran fuera de la gran sociedad triunfadora, que se instituye a partir de su su riqueza, pureza social o “nobleza”. De manera consecuente, para mantenerse fiel al evangelio, la iglesia debe levantar su tienda actual y moverse a la periferia del sistema: romper su vinculación con las estructuras de poder, sus ventajas diplomáticas y sociales, para sentarse en la calle de la vida (sin casas nobles, sin edificios principescos), con Jesús y sus primeros discípulos, creando familia en gratuidad universal, por encima de las leyes del sistema socio‒económico dominante.

‒ Esta es una ruptura de comunicación orante, es decir, de nueva interioridad. Hay una “comunicación del sistema”, que se expresa en forma de representación ideologizada, como espectáculo circense, gran teatro del mundo, organizado por los medios (radio, internet, televisión). Nos hallamos actualmente en el centro de una gran sociedad mediática, inmersos en una especie de “nueva conciencia colectiva” que puede ayudarnos a mantener contactos múltiples con personas o instituciones de muy diverso tipo, pero siempre en un nivel superficial de fachada, de pantalla de móvil o celular, de tablet u ordenador (PC). Pero la palabra de la iglesia debe superar ese nivel de pantalla y conducirnos con Jesús al lugar de la ruptura orante, al encuentro personal con Dios y a la comunión personal con otros seres humanos en concreto. Jesús rechazó el sistema de culto (sacrificios, ritos nacionales), para dialogar con Dios desde la vida, en comunión directa con los hombres y mujeres de su entorno. Ciertamente, la iglesia actual habla de oración, pero a veces parece que le tiene miedo. La mayoría de los templos cristianos de occidente se han cerrado o son para turistas. Muchos orantes buscan recetas o modelos orientales, como si la fuente de misterio de la iglesia su hubiera secado: no hay apenas varones contemplativos y las admirables mujeres de las grandes tradiciones monacales (benedictinas, franciscanas, carmelitas) viven cerradas en clausuras legales, bajo el dominio de clérigos no orantes y su influjo no parece grande en el conjunto de la iglesia…

Iglesia del pueblo

‒ Esta ruptura debe vincularse a la  apertura concreta hacia los pobres o excluidos, acogiendo y compartiendo su palabraEsos pobres o excluidos no valen por sistema, espectáculo u organización, sino por ellos mismos: como dignos de amor, presencia del Cristo (como sabe Mt 25, 31‒46). Frente al Todo del orden social que promete beatitud a sus privilegiados, se elevaba y se eleva como principio de nueva humanidad el enfermo y moribundo de Buda, el huérfano, viuda y extranjero de la tradición israelita, el hambriento y sediento de Cristo. Ellos son signo de un Dios de gracia, que habita en lo escondido, rompiendo y superando los modelos de sacralidad del mundo, propios de las religiones organizadas, que acaban bendiciendo el sistema (buena familia, culto bueno, sacerdotes funcionarios de ritos eclesiales). Partiendo de esa ruptura (novedad y gracia) de los pobres (enfermos, pecadores, leprosos, manchados) ha trazado Jesús su camino mesiánico, ha iniciado la marcha de su iglesia. Sólo en este contexto de comunión de hermanos se puede hablar de comunión con el Dios Padre, el Dios de Cristo

Este encuentro con el Padre constituye el alfabeto y lenguaje de la iglesia, sobre una sociedad de espectáculo, de planificación y de mercado, donde todo se compra y vende, sobre todo las personas. Pues bien, en contra de esa sociedad de capital y mercado, por encima de todo fingimiento, el creyente de Jesús acoge y agradece la vida como don (por encima de todo capital), y se atreve a compartirla con los hermanos (ante todo con los expulsados del sistema, los hambrientos y extranjeros), en forma de comunidad vinculada por el pan compartido (como regalo de eucaristía, no como mercado y compra‒venta). Por eso, el creyente vive en libertad: nada le puede dominar, nadie puede dirigirle desde fuera, pues se sabe querido de Dios, elegido, en manos del misterio fundante del Padre y de los hermanos, en la Iglesia. Se dice que el budismo nace cuando reconocemos la omnipotencia del dolor y superamos la dictadura del deseo que domina y destruye nuestra vida. Pues bien, el cristianismo nace y se expande allí donde afirmamos sorprendidos, respondiendo a su palabra y presencia de amor, que hay Dios en Cristo, y que es Padre nuestro y de los expulsados del sistema. 

 Según eso, retomando todo lo anterior, podemos afirmar que la confesión cristiana de la Iglesia se expresa en dos principios: (a) La unión con el Dios de Cristo(b) La comunión con los hombres, en especial  con los pobres, promoviendo una comunidad de creyentes, que rompen y trascienden los modelos normales de un sistema de poder, para crear comunidades alternativas de gracia y encuentro entre personas.

Jesús y los pobres

Éste es el milagro, éste el secreto: hombres y mujeres pueden vivir y vincularse por fe en el Padre, en comunión de amor, desde los pequeños y excluidos del sistema de poder. Partiendo de esa confesión se unieron los primeros cristianos, esperando la próxima venida de Jesús, el fin del tiempo; pero Jesús no llegó en forma de parusía espectacular, sino que viene por la pascua, en la comunidad creyente, que se funda en Dios (fuente de gracia) y se abre a los excluidos (signo de presencia divina), rompiendo los moldes del sistema

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