La revolución de la ternura

Francisco invita a los ancianos y abuelos del mundo a «ser artífices de la revolución de la ternura»

Francisco, en el día de los abuelos
Francisco, en el día de los abuelos

«¡Bendita la casa que cuida a un anciano! ¡Bendita la familia que honra a sus abuelos!»

«Descubriremos que envejecer no implica solamente el deterioro natural del cuerpo o el ineludible pasar del tiempo, sino el don de una larga vida. ¡Envejecer no es una condena, es una bendición!»

«El mundo vive un tiempo de dura prueba, marcado primero por la tempestad inesperada y furiosa de la pandemia, luego, por una guerra que afecta la paz y el desarrollo a escala mundial»

«Todos hemos pasado por las rodillas de los abuelos, que nos han llevado en brazos; pero hoy es el tiempo de tener sobre nuestras rodillas —con la ayuda concreta o al menos con la oración—, junto con los nuestros, a todos aquellos nietos atemorizados que aún no hemos conocido y que quizá huyen de la guerra o sufren por su causa. Llevemos en nuestro corazón —como hacía san José, padre tierno y solícito— a los pequeños de Ucrania, de Afganistán, de Sudán del Sur»

Por Jesús Bastante

«En la vejez seguirán dando fruto«. El salmista da título al mensaje de Francisco para la jornada de los Abuelos y los Ancianos, que se celebrará el próximo 24 de julio. Una jornada promovida por el Papa para reconocer -como lleva décadas haciendo Mensajeros de la Paz– la misión de nuestros mayores en la Iglesia y la sociedad. «Queridas abuelas y queridos abuelos, queridas ancianas y queridos ancianos, en este mundo nuestro estamos llamados a ser artífices de la revolución de la ternura. Hagámoslo».

«Los ancianos no son parias de los que hay que tomar distancia, sino signos vivientes de la bondad de Dios que concede vida en abundancia. ¡Bendita la casa que cuida a un anciano! ¡Bendita la familia que honra a sus abuelos!«, subraya el Pontífice.

El Papa y una anciana
El Papa y una anciana

«Esto va a contracorriente respecto a lo que el mundo piensa de esta edad de la vida; y también con respecto a la actitud resignada de algunos de nosotros, ancianos, que siguen adelante con poca esperanza y sin aguardar ya nada del futuro», constata Bergoglio, que arranca, provocativo, su mensaje: «La ancianidad a muchos les da miedo. La consideran una especie de enfermedad con la que es mejor no entrar en contacto».

«Los ancianos no nos conciernen»

Es la cultura del descarte, en la que «los ancianos no nos conciernen —piensan— y es mejor que estén lo más lejos posible, quizá juntos entre ellos, en instalaciones donde los cuiden y que nos eviten tener que hacernos cargo de sus preocupaciones», denuncia el Papa, que «autoriza a imaginar caminos separados entre “nosotros” y “ellos”».

Y es que, sostiene Francisco, «la ancianidad no es una estación fácil de comprender, tampoco para nosotros que ya la estamos viviendo». «A pesar de que llega después de un largo camino, ninguno nos ha preparado para afrontarla, y casi parece que nos tomara por sorpresa», recalca, incidiendo en que «las sociedades más desarrolladas invierten mucho en esta edad de la vida, pero no ayudan a interpretarla; ofrecen planes de asistencia, pero no proyectos de existencia».

Las sociedades más desarrolladas invierten mucho en esta edad de la vida, pero no ayudan a interpretarla; ofrecen planes de asistencia, pero no proyectos de existencia

No esconder las arrugas

Por eso, añade, «es difícil mirar al futuro y vislumbrar un horizonte hacia el cual dirigirse. Por una parte, estamos tentados de exorcizar la vejez escondiendo las arrugas y fingiendo que somos siempre jóvenes, por otra, parece que no nos quedaría más que vivir sin ilusión, resignados a no tener ya “frutos para dar”». Nada más lejos de la realidad.

Sin embargo, sí es cierto que el fin de la actividad laboral y la marcha de los hijos de casa hacen que «las fuerzas declinen» y otras circunstancias, como la enfermedad, «pueden poner en crisis nuestras certezas». El día a día tampoco ayuda. «El mundo —con sus tiempos acelerados, ante los cuales nos cuesta mantener el paso— parece que no nos deja alternativa y nos lleva a interiorizar la idea del descarte».

Mayores refugiados
Mayores refugiados

Frente a ello, el Papa propone la virtud de la espera. «Al llegar la vejez y las canas, Él seguirá dándonos vida y no dejará que seamos derrotados por el mal», al tiempo que «descubriremos que envejecer no implica solamente el deterioro natural del cuerpo o el ineludible pasar del tiempo, sino el don de una larga vida. ¡Envejecer no es una condena, es una bendición!»

Por ello, recalca Francisco, «debemos vigilar sobre nosotros mismos y aprender a llevar una ancianidad activa también desde el punto de vista espiritual» y fortaleciendo «las relaciones con los demás, sobre todo con la familia, los hijos, los nietos, a los que podemos ofrecer nuestro afecto lleno de atenciones; pero también con las personas pobres y afligidas, a las que podemos acercarnos con la ayuda concreta y con la oración».

Pedro Sánchez: “Hoy podemos celebrar que vosotros, abuelos y abuelas, estáis a salvo del virus”
Pedro Sánchez: “Hoy podemos celebrar que vosotros, abuelos y abuelas, estáis a salvo del virus”

Una misión que nos espera

«Todo esto nos ayudará a no sentirnos meros espectadores en el teatro del mundo, a no limitarnos a “balconear”, a mirar desde la ventana (…) y podremos ser una bendición para quienes viven a nuestro lado», porque «la ancianidad no es un tiempo inútil en el que nos hacemos a un lado, abandonando los remos en la barca, sino que es una estación para seguir dando frutos. Hay una nueva misión que nos espera y nos invita a dirigir la mirada hacia el futuro».

«Es nuestro aporte a la revolución de la ternura, una revolución espiritual y pacífica a la que los invito a ustedes, queridos abuelos y personas mayores, a ser protagonistas»

«Es nuestro aporte a la revolución de la ternura, una revolución espiritual y pacífica a la que los invito a ustedes, queridos abuelos y personas mayores, a ser protagonistas», clama el Papa, especialmente en nuestros días. «El mundo vive un tiempo de dura prueba, marcado primero por la tempestad inesperada y furiosa de la pandemia, luego, por una guerra que afecta la paz y el desarrollo a escala mundial. No es casual que la guerra haya vuelto en Europa en el momento en que la generación que la vivió en el siglo pasado está desapareciendo. Y estas grandes crisis pueden volvernos insensibles al hecho de que hay otras “epidemias” y otras formas extendidas de violencia que amenazan a la familia humana y a nuestra casa común», exclama.

Cada anciano es tu abuelo
Cada anciano es tu abuelo

Desmilitarizar los corazones

Frente a todo esto, «necesitamos un cambio profundo, una conversión que desmilitarice los corazones, permitiendo que cada uno reconozca en el otro a un hermano». «Y nosotros, abuelos y mayores, tenemos una gran responsabilidad: enseñar a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo a ver a los demás con la misma mirada comprensiva y tierna que dirigimos a nuestros nietos», reclama.

Ancianos en Ucrania
Ancianos en Ucrania

«Hemos afinado nuestra humanidad haciéndonos cargo de los demás, y hoy podemos ser maestros de una forma de vivir pacífica y atenta con los más débiles», pide el Papa a los abuelos. «Nuestra actitud tal vez pueda ser confundida con debilidad o sumisión, pero serán los mansos, no los agresivos ni los prevaricadores, los que heredarán la tierra». Y son ellos los que han de «proteger el mundo«. «Todos hemos pasado por las rodillas de los abuelos, que nos han llevado en brazos; pero hoy es el tiempo de tener sobre nuestras rodillas —con la ayuda concreta o al menos con la oración—, junto con los nuestros, a todos aquellos nietos atemorizados que aún no hemos conocido y que quizá huyen de la guerra o sufren por su causa. Llevemos en nuestro corazón —como hacía san José, padre tierno y solícito— a los pequeños de Ucrania, de Afganistán, de Sudán del Sur».

Y un llamado final, un recordatorio que los abuelos no necesitan, pero tal vez sí la sociedad: «No nos salvamos solos, la felicidad es un pan que se come juntos. Testimoniémoslo a aquellos que se engañan pensando encontrar realización personal y éxito en el enfrentamiento. Todos, también los más débiles, pueden hacerlo. Incluso dejar que nos cuiden —a menudo personas que provienen de otros países— es un modo para decir que vivir juntos no sólo es posible, sino necesario«

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