Bajó a los infiernos. La Pascua de los “encarcelados”

El credo romano (= de los apòstoles) incluye un “articulo” clave de la iglesia antigua en el que  se dice que Jesús “descendió” a los infiernos para liberar a todos los encarcelados (condenados) de la historia humana

   La Iglesia oriental sigue representando la pascua con la imagen de Jesús que desciende a los infiernos de la historia (de la muerte y opresión humana) para liberar a todos los  condenados de la opresión del mundo para hacerles participantes de su resurrección.

    He desarrollado este “artículo” central de la fe en diversos libros, en especial en el Diccionario de la Biblia.  Desde ese fondo quiero presentar hoy dos breves reflexiones que no sirven para exponer el tema en su totalidad, sino para situarlo en un contexto más amplio de compromiso y oración cristiana, en este tiempo de Pascua. 

 | X. Pikaza

La cárcel de la historia, lugar de Dios.

  Al final de su lista de los necesitados humanas, tras los hambrientos-sedientos-extranjeros-desnudos-enfermos, como para indicar que en ellos se condensan y culminan todos los “males de Dios”, Mt 25, 31‒46 presenta a los encarcelados, esto es, a los hombres y mujeres a quienes la sociedad encierra (expulsa) como peligrosos. Precisamente ellos aparecen así como más cercanos a Jesús, Hijo de Dios que ha sido expulsado de la “viña” (de la buena sociedad) y condenado a muerte, pues no cabe en la “casa” de la “buena” sociedad dominadora (cf. Mt 21, 43).

Sin duda, algunos encarcelados representan un peligro para la vida de los demás (por perturbación psíquica o tendencias agresivas/homicidas insuperables), y no es sensato que queden sin más en libertad. Pero la mayor parte de los encarcelados son enfermos y víctimas de una falta de educación y de la violencia social. Sea como fuere, Jesús se identifica con todos ellos, y así quiere ofrecerles (recibir en ellos) una presencia humana de cuidado.

Jesús no define el posible pecado moral y social de esos encarcelados, ni instituye una dinámica de tipo judicial, para saber si son o no culpables (cf. Mt 7, 1), sino que pide a sus seguidores y a todos los que quieren responder en amor a la presencia del Dios Trinidad que les visiten/atiendan (les cuiden), definiendo así la cárcel como “casa trinitaria”.  Así se expresa la gran paradoja del evangelio: 

‒ Por un lado, Jesús pide a los hombres que visiten/ayuden a los encarcelados, no que les “castiguen” ni que les condenan. En esa línea, los cristianos están llamados no sólo a perdonarles (en el caso de que sean culpables), sino a servirles con su visita y cuidado personal. Eso significa que ellos no pueden condenarles, mandándoles a un tipo de infierno, que sería ya irrecuperable, sino que han de entender la cárcel como espacio de ayuda a los necesitados y como lugar de terapia para los culpables, es decir, como “casa activa de la Trinidad”, laboratorio de amor.

 De todas formas, ese mismo Jesús que pide que perdonemos y salvemos a los encarcelados, parece condenar a quienes no lo hacen: ¡Apartaos de mí, el fuego eterno, pues estuve encarcelado y no me visitasteis… (Mt 25,41). Así parece que este Dios Trinidad, que nos pide que perdonemos y ayudemos a todos, no cumple lo que pide: Por un lado, dice a los hombres que perdonen y ayuden siempre a los demás; por otra parte parece que tiene una cárcel eterna e inmensa (sin salida, una casa de la no‒Trinidad) para aquellos que no ayudan a los encarcelados.

 Esta paradoja ha de entenderse desde la gracia de la libertad del hombre: El Dios del amor supremo, que nos pide amar a todos, tiene que dejarnos en libertad, no puede obligarnos a “ir al cielo” (es decir, no puede tenernos a la fuerza en su Casa de Trinidad). Eso significa que nosotros podemos condenarnos a quedar fuera de Dios, no porque Dios deje de ser amor, sino porque lo es y así quiera salvarnos en amor, libremente. En esa línea, también los que ayudan a los encarcelados han de estar dispuestos a comprender el misterio del fracaso: A pesar de que quieran rehabilitar a todos los encarcelados puede haber algunos que voluntariamente se nieguen, que no quieran “redimirse”, liberarse.

            Entendido así, este pasaje (Mt 25, 31-46) nos deja en manos del misterio más hondo de la vida. (a) Por un lado, el Dios de Jesús (Casa abierta de la Trinidad) se hace presente en los que sufren (hambrientos, sedientos…), y de un modo especial en los encarcelados, y así quiere ayudarles, liberarles de su perdición y acogerles en su casa. (b) Pero, al mismo tiempo, ese Dios de Jesús de libertad en (por) amor y no pueda cambiar (liberar del infierno) a los hombres por la fuerza, sino que les deja (nos deja) en manos de nuestra propia opción, de aquello que nosotros queramos.

‒ Éste es, por un lado, el Dios del poder-supremo que entra (se encarna) en el lugar de mayor miseria (en la cárcel), invitándonos a seguirle, desde allí, acompañando a los encarcelados, pues él es el Dios que les libera (Lc 4, 18-19) y ama sin exigirles nada. En esa línea resulta difícil hablar de una cárcel para siempre, de un infierno del que Dios no pueda liberar a los que “quieran” condenarse (¡libremente, no a la fuerza!).

‒ Pero este Dios de la suprema libertad, amor gratuito, que tiene que avisar a los hombres, diciéndoles: ¡Tened cuidado, pues podéis condenaros si es que no ayudáis a los otros! Por puro amor, Dios tiene que indicar a los hombres su riesgo de infierno, advirtiéndoles que puede destruirse si no ayudan a los encarcelados.  

 En esta línea, podemos afirmar que Mt 25, 31-46 sólo habla del infierno (es decir, de la cárcel eterna) como aviso para los que no dan de comer ni cuidan los encarcelados,  pues si mantienen esa línea de conducta pueden acabar destruyéndose a sí mismos, en la cárcel que van construyendo con su egoísmo. El Dios de Jesús no quiere en modo alguno la cárcel, y por eso se ha encarnado en los encarcelados para liberarles (pidiendo a los hombres que le ayuden, ayudando a los encarcelados, para crear así la casa de la Trinidad sobre la tierra).

Pero, precisamente por eso, por amor, él proclama su amenaza (¡ay de vosotros!, cf. Lc 6, 20‒26) ante aquellos que no visitan y ayudan a los encarcelados, diciéndoles que pueden destruirse a sí mismos. Ésta no es la “amenaza de Dios”, sino la de aquellos que no quieren a Dios, es decir, a los necesitados de la tierra. No les condena Cristo (¡ha venido a salvarles!), pero tiene que elevar su aviso de amor diciendo que pueden perderse, pues la vida del hombre es gracia y libertad, y el que niega la gracia del amor puede “libremente” condenarse, no por castigo de Dios, sino a pesar del amor de Dios. Éste es el “infierno”: Dios abra su casa trinitaria para todos, pero algunos pueden rechazarla.

2 Orar con (por) los encarcelados (y descartados)

Éste es un tema clave de los salmos, en sus dos vertientes: (a) Orar desde el abismo del dolor, de la injusticia y de la muerte, en el borde de la desesperación, como el salmo “de profundis” (Sal 129/130) o el otro aún más intenso y propio del Señor crucificado: “Dios mío ¿por qué me mas abandonado?” (Sal 22/21; Mc 15, 34 par). (b) Orar en comunión (a favor de) los hombres y mujeres del abismo, los hambrientos y sedientos, extranjeros y desnudos, enfermos y encarcelados” (Mt 25, 31-46).

            Esta Oración de Cruz, como llamada dirigida a Dios y como experiencia de vinculación con los crucificados, constituye una  oración fundamental de Cristo y de la iglesia, desde el principio del Bautismo (morir en y con Cristo) hasta la Eucaristía (resucitar con el Crucificado, descubriendo sus llagas en las llagas de los crucificados). Ésta es la oración activa, vinculación y compromiso real (personal y social) a favor de los sufrientes, siendo, al mismo tiempo, o “pasiva” (en sentido radical): Contemplar al Cristo no sólo como amigo personal,  sino descubrir y venerar su presencia y acción redentora (acompañarle y ayudarle) en los crucificados de la historia.

            Así lo ha sabido la piedad del pueblo creyente, igual que la experiencia de los grandes orantes como Francisco de Asís o Juan de Cruz. Éste es no sólo el motivo de fondo de Mt 25, 31-46, principio de toda acción de amor (dar de comer, acoger, cuidar, liberar a los pobres), sino también el “argumento” supremo de la mística cristiana, desde los salmos de Israel hasta el mensaje emocionado de los evangelios y de Pablo en el NT. No se trata, simplemente, de contemplar a Dios como misterio separado, sino de verle y venerarle, acompañarle y amarle en los crucificados de la historia.

Algunos han podido minusvalorar esta oracióndel compromiso social objetando que la “ayuda y cuidado” a los pobres es un “activismo” externo, añadiendo que el cristianismo y la oración habrían de ser sólo “otra cosa”, una elevación y encuentro personal, directo, con Dios sin añadido o mezcla de otros objetivos de tipo social e incluso “político”. Pero esa objeción va en contra de la encarnación de Dios y de la unión de los dos mandamientos (amor a Dios y amor al prójimo).   

            Así preguntan los “examinados” de la tarde: ¿Cuándo te vimos hambriento, enfermo, oprimido, encarcelado…?  Cada vez que “visteis” (contemplasteis, acogisteis) a uno de estos hambrientos, oprimidos… me visteis a mí Mt 25, 31-46.  Éste es la mística cristiana más profunda, en la línea de aquello que Jesús dice a Tomás (Jn 20): “Mira mis manos clavadas, toca mi costado abierto; así me verás y tocarás cuando veas, acojas y ayudes a los crucificados de la tierra”.

            Éste es la mística del Cristo tierra/carne dolorida (cf. Jn 1, 14), carne hambrienta, ensangrentada. Mística no es sólo ver la gloria del Dios exaltado (de ella pueden hablar otras religiones), sino verle y encontrarle en la carne sufriente de los hombres, como sabe el himno más alto de la kénosis (Flp 2, 6-11).

Esta es la palabra de Mt 25, 38.42: ¿Cuándo te vimos…? Tanto aquellos que han servido-ayudado a los pobres-encarcelados como aquellos que no les han servido preguntan a: Cuándo te vimos(pote se eidomen). Ésta es la pregunta y tema central de la oración cristiana: Que la sociedad en su conjunto (y de un modo especial los seguidores de Jesús) sepan y sientan el “contenido” divino del dolor humano, el valor de la carne sangrante, dolorida, de los “crucificados” de la tierra, a quienes de pensamiento, palabra y obra han de acompañar, acompañando y ayudando así al mismo Dios encarnado.

Éste es el sentido de la oración cristiana, en el doble sentido que ella tiene en Mt 25: Sólo vemos a Dios viendo y amando en verdad a sus pobres. Por eso es necesario comenzar “viendo” de hecho (sintiendo, acogiendo) a los hambrientos-sedientos, extranjeros-desnudos, enfermos-encarcelados, oponiéndose así a una sociedad que tiende a invisibilizarles, para así justificarse a sí misma, en una estrategia defensiva, tratándoles como si no existieran.

            Esa visión de los pobres/oprimidos en Dios es el principio de la oración cristiana, en contra de la tentación de pasar de largo, como si esos “necesitados” no existieran, como si no tuvieran nada que ver con nosotros, como dice la parábola del buen samaritano, al referirse al sacerdote y al levita, que pasaron de largo sin querer “ver” al herido del camino, es decir, sin ver a Dios (cf. Lc 10, 30-37). No se trata sólo de ver a los pobres como puros sufrientes materiales (producto de un destino adverso, resultado colateral de una empresa victoriosa de los “vivos”…), sino de verles como “Dios”, contemplando en ellos a su Cristo, esto es, al mesías de Dios y portador de la salvación.

Esta experiencia radical de ver al Mesías de Dios (Dios mismo) en los necesitados forma parte del mensaje del evangelio, que ha sido preparado a lo largo del Antiguo Testamento (especialmente a través de los profetas) y que ha culminado en la vida y obra de Jesús, centrada en exigencia de ayuda a los enfermos y oprimidos, como indican, de una forma expresa Lc 4, 18-19 y Mt 11, 2-5.

            En contra de cierta tradición que quería que el Mesías nos hiciera capaces de ver al Dios siempre más alto y poderoso (un Dios aislado de los hombres, por encima de ellos), Jesús nos ha enseñado a verle en los hambrientos y sedientos de la tierra. Así lo ha formulado de manera clásica 1 Jn 4, 20 cuando afirma que no podemos amar al Di

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