La escuela en el corazón de Romero


La fuerza más potente del mundo

“¿De qué sirve todos esos «descubrimientos» si en vez de dar alas al alma para acercarse a Dios, fueron tumba que aprisionó el espíritu? No es que condene el progreso, sino el ateísmo de nuestro progreso. Que el hombre se olvidó que las fuerzas que tiene en sus manos y el dominio sobre la materia Dios se los confió solamente para perfeccionar su misma esencia humana que consiste en ser imagen de Dios


Y por eso se ha escrito que el alma de toda cultura del alma […] la fuerza más potente del mundo no es el vapor, sino la fe. La energía más valiosa del mundo no es la electricidad sino el amor. El ideal más digno del hombre no es el campeón de boxeo, sino el santo. El tesoro más sublime del hombre no es la máquina sino el alma”, esto lo escribió Oscar Romero en abril de 1949 siendo un joven sacerdote de 32 años.

Idea que le angustió profundamente durante toda su vida sacerdotal, pues sentía que, de alguna manera, era la raíz de los males del ser humano. “Almas que aprisionó la sensibilidad o el espíritu comercial excesivo, o la fe desmedida en el poder de la máquina, o el atropello de toda justicia, o el error de falsas opiniones. Almas que parecéis vivas y estáis muertas, oíd, está soñando la hora de la libertad! Es la hora de la resurrección!” Y tenía muy claro que la educación era un camino poderoso para contribuir con Cristo y la Iglesia en la resurrección del hombre aquí y ahora.

Una educación con un fuerte propósito social

Una educación con un fuerte propósito social, eso pensaba Romero, para la defensa de los derechos humanos, la búsqueda de la paz y la propia liberación de todo hombre y mujer, que se sustentó de la creciente comprensión que tuvo sobre las posiciones que asumieron las Conferencias Episcopales de Medellín (1968), cuyo tema central fue la liberación de los pueblos de América Latina y la de Puebla (1979), acontecimiento en el cual se asume la opción preferencial por los pobres como una línea de acción de la Iglesia latinoamericana y de otros documentos relacionados con la doctrina social de la Iglesia Católica, es decir, una educación que sirva, como cierran aquellas muy lejanas palabras de 1949, para romper “los sellos de la tumba, rodar la pesada losa sepulcral. Y por el campo libre, bajo la espléndida mañana, iluminado por una vida sin temores de muerte, camina seguro [junto al] Resucitado. Si con Cristo habéis resucitado, buscad vosotros también las cosas que son de arriba”.

Quizás el tema educativo haya sido una preocupación central en el pensamiento de Romero desde siempre, pero no lo abordó de manera decidida y constante, aunque, si leemos sus documentos con la mente abierta, podemos hallar allí palabras que pueden nutrir aspectos fundamentales para la pedagogía latinoamericana. No lo abordó con mucha constancia, pero cuando lo hizo aportó ideas luminosas brotadas del corazón siempre nuevo del Evangelio.

Una casa para moldear el corazón del hombre

La escuela es una casa en la cual podemos moldear el corazón del hombre y esa tarea preciosa la tienen los maestros y profesores, en especial, aquellos que “miran con fe a un niño porque no es un ser para malearlo a nuestro gusto, sino un hijo de Dios que trae la imagen que el mismo Dios está reclamando que se forme a lo que él ha puesto en potencia en ese futuro hombre”. Moldearles el corazón con la forma de la mirada de Cristo cuya presencia en el mundo es un permanente –y siempre nuevo– cuestionamiento de la realidad humana, en especial, en ambientes de espesa injusticia.

Moldearles el corazón a partir de una idea muy clara de una ética trinitaria o de la concordia, ya lo hemos dicho, una ética como posibilidad humana de ceder al otro prioridad sobre uno mismo, es decir, deponer nuestra soberanía, nuestro orgullo y nuestra prepotencia. Una ética que busque siempre y en todo momento “un bienestar que no sea atropello de nadie, sino que sea el amor y la fe entre los hombres”. Un corazón siempre dispuesto a trabajar por la construcción un amor y una paz -pero no una paz y un amor superficiales, de sentimientos, de apariencia-, un amor y una paz que tiene sus raíces profundas en la justicia. Sin justicia no hay amor verdadero, sin justicia no hay la verdadera paz. Paz y Bien


Por Por Valmore Muñoz Arteaga. Director del Colegio Antonio Rosmini. Maracaibo – Venezuela

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