La sinodalidad, un camino


Palabra, liderazgo y comunidad eclesial


Carmen Soto Varela

Lidia, Febe, Prisca, Junia, Tecla, Olimpia, Paula o Lampadion son algunos nombres de mujeres que dejaron huella en la memoria cristiana porque asumieron tareas significativas en sus comunidades, contribuyendo al crecimiento y configuración del cristianismo en los primeros siglos


Sus relatos son breves y a veces fragmentarios, pero su existencia nos habla del profundo anhelo de igualdad e inclusividad que palpitaba en el camino cristiano en sus comienzos, pero que no pudo realizarse del todo porque chocaba con los imaginarios de género, las concepciones identitarias y las expectativas frente a las mujeres de las sociedades del mundo mediterráneo antiguo en las que estaban insertas las primeras comunidades de creyentes en Jesús.

Del vivir al proclamar

Los relatos evangélicos nos recuerdan que las mujeres siguieron a Jesús en Galilea, subieron con él a Jerusalén y son las primeras testigos y anunciadoras de que Jesús vive. Algunas de estas mujeres son recordadas por sus nombres: Magdalena, Salomé, María la madre de Santiago, María de Cleofás, Juana… y las encontramos adquiriendo un protagonismo muy relevante especialmente en los relatos de la Pasión y la Pascua.

De formas diversas, los autores de los evangelios señalan que estas mujeres seguían y servían a Jesús ya desde Galilea, reconociendo su pertenencia al grupo de Jesús, aunque su memoria de discípulas haya sido difuminada por los pinceles de la mirada androcéntrica y patriarcal a la que no pudieron sustraerse los autores de los textos.

En los evangelios se subraya la centralidad del servicio (diakonia) como clave del discipulado (Mc 10, 42-45) y este significado nos permite intuir que la diakonia de estas mujeres iba más allá, pues lo que era habitual en sus vidas se convertía en paradigma para el seguimiento y estaba llamado a definir las relaciones comunitarias, los estilos de liderazgo y las propuestas organizativas de la comunidad del Reino a la que habían sido convocadas.

Como mujeres, estaban llamadas también a hacer los ritos de duelo; por eso, aquella mañana se dirigen a la tumba de Jesús y allí, al hacer memoria del Maestro, su lamento se convierte en experiencia de revelación y en mandato de anunciar lo que habían visto y oído. Su encuentro con el Resucitado, y el modo en que ellas interpretaron la experiencia vivida y la narraron, está en el origen del kerigma, y su testimonio las legitimaba para asumir servicios en la comunidad y en la misión, aunque por su condición de mujeres no siempre les resultase fácil.

Líderes y anfitrionas

El Nuevo Testamento testimonia la presencia de mujeres que se destacaron por su liderazgo y por las tareas que iban asumiendo en sus comunidades. Sus relatos nos revelan el valor e importancia que ellas tuvieron en la organización eclesial y señalan su audacia y compromiso en la tarea misionera y evangelizadora.

Aunque los datos que nos ofrecen los textos aportan poca información para determinar cómo eran los ministerios que ejercieron y cómo se definió su liderazgo, es posible recuperar una praxis existente, que sin duda estuvo condicionada por las creencias sobre las mujeres y su lugar en la sociedad y en la religión de aquel momento. Esto, sin embargo, no impide que la memoria y su papel en la construcción de la Iglesia en los comienzos legitime la inclusión de las mujeres en los ministerios eclesiales, y nos invite a repensar las estructuras actuales para posibilitar una comunidad de iguales que posibilite un acceso normalizado e inclusivo a los diferentes servicios eclesiales y al liderazgo.

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