Muerte, resurrección, transformación

 Mónica Mínguez Franco

Vivimos un tiempo precioso, reflejado en el tiempo litúrgico, el tiempo de Pascua y, especialmente, las siete semanas, que nos llevarán a Pentecostés, manifestación de la Presencia de Dios en el mundo, al cual nombramos como Espíritu.

Tanto la Cuaresma como el tiempo de Pascua se explican a través de los textos bíblicos. Atendiendo a cada tradición cultural y dependiendo del tiempo en que se transmiten estos textos, el mensaje se incultura para hacerlo fácilmente comprensible a la sensibilidad y contexto de cada época. Adicionalmente, en el segundo testamento, la Muerte, Resurrección y Transformación se narran desde la experiencia cierta de Jesús de Nazaret, hijo del hombre, hijo de Dios y, más que nunca, Palabra encarnada.

Primer TestamentoSegundo TestamentoAproximación
Salida de EgiptoMuerte en la cruzMuerte de las viejas actitudes
Llegada a Canaàn, tierra prometidaResurrección en DiosNacimiento a lo Nuevo
Cuenta del omerSiete semanas del tiempo de PascuaPreparación a la transformación
Recepción de la Palabra en Moisés – la Palabra deviene Ley  (Shavuot)Venida del Espíritu SantoTransformación

Se hace evidente, no sólo la densidad, sino la infinitud de los textos de los que se puede explicar tantas y tantas dimensiones que ahora dejamos a un lado.

La contemplación profunda de cualquiera de los dos textos empuja suavemente a nuestra alma a emprender un camino de cambio que, independientemente del tiempo necesario para recorrerlo, acontece en tres pasos:

  • Aceptar la necesidad de la muerte. Y, por tanto, morir, haciendo un compromiso profundo, más allá de esta vida con la Vida.
  • Situarse en lo Nuevo. Dar un pequeño paso, hacer un suave y sutil movimiento. Sólo desde la verdadera posición de Resurrección, de lo Nuevo, se puede contemplar la muerte sin sufrimiento, dando paso al Agradecimiento.
  • Vivir desde la Transformación, desde un alma nueva rendida al Amor y al Agradecimiento por todo aquello acontecido y que ha de acontecer, acogiéndolo por doloroso que haya podido ser, por doloroso que sea.

Los textos bíblicos nos ofrecen una explicación comprensible a nuestra pequeñez, donde se juega con símbolos, que buscan hacer vibrar nuestra alma para que despierte a una realidad diferente, para que despierten a la Realidad.

Mientras que prestamos atención a la expresión de las medidas temporales -día, semana, año- dejamos de lado la importancia de los números. Los números bíblicos mantienen un secreto más allá de su valor cuantitativo evidente. Así, de las siete semanas, lo importante es, precisamente, el número siete, que expresa el Tiempo -referido a un Tiempo de Dios, no a un tiempo humano- durante el cual volvemos a nosotras mismas, poniendo de manifiesto nuestra fragilidad, pero permitiéndonos volver al ser, reconectando con la grandeza del don de la Creación, de la Vida y los dones personales; al mismo tiempo, nos acercamos a Dios, abandonando el hacer para permitirnos Ser.

Este tiempo entre Pascua y Pentecostés se abre a nuestro paso cada año en el recuerdo que significa el tiempo litúrgico. Pero, en la dimensión personal, sucede sólo, y sucede siempre, después de la Muerte y de la Resurrección, del paso de lo Viejo a lo Nuevo. Es, apenas, un pequeño movimiento generado en el alma por el Espíritu que la llena de Agradecimiento al mismo tiempo que la deja rendida al Amor. Es un pequeño paso transformativo; transformativo porque transforma pero también porque su esencia es la transformación en sí misma.

La aceptación es un paso importante, es un llevarse bien con la realidad que percibimos, es un primer paso necesario. Pero, la verdadera Transformación no está en ella. Reside en una toma de conciencia más profunda, más allá de la aceptación pero a una distancia pequeña, apenas perceptible; darlo produce un efecto inmenso, que permite la entrada a una percepción y conocimiento diferentes, a los cuales llamamos sabiduría.

San Pablo sin duda da testimonio del efecto de su Transformación en una de sus cartas a los corintios al explicar que «Dios ha preparado para los que le aman cosas que nadie ha visto ni oído y ni siquiera pensado. (…) Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo sino el Espíritu que procede de Dios, para que entendamos las cosas que Dios en su bondad nos ha dado. Hablamos de estas cosas con palabras que el Espíritu de Dios nos ha enseñado, y no con palabras que hayamos aprendido por nuestra propia sabiduría».

El camino a esta Transformación está en el silencio, en el silencio interior, en el silencio del yo. Individual o comunitaria, la práctica continuada del silencio nos configura y nos vacía del yo para reconocer y acoger el Espíritu, que nos coloca en posición de Resurrección. Desde esta nueva posición, sólo queda ya hacer un pequeño movimiento, suave y sutil, sólo permanece el Agradecimiento, sólo permanece el Amor.

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